Panahi: el cine de la resistencia

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En 2007 el director Jafar Panahi declaró que el objetivo de su cine es mostrar y procesar los problemas políticos de Irán.[1] Para Panahi, sus filmes son una creación autónoma que, tras nacer de sus cavilaciones sobre la realidad social, toman su propio camino, imprevisible de antemano. Solo algo está claro: su arte ha sido y sigue siendo parte de un movimiento crítico contra el gobierno iraní. Panahi, con el lirismo que caracteriza a la sociedad persa, se ha referido al asunto en estos términos: “aquellos que se han apropiado violentamente de morada, aquellos quienes creen que nos han mandado al exilio, están condenados a desaparecer –como el agua del río, ellos también fluirán lejos de aquí”. Su última película, Taxi (2015), grabada clandestinamente, como todo su arte desde que en 2010 el gobierno iraní le prohibiera realizar cine, es quizás su obra mejor lograda y una de las más férreas denuncias de los abusos, la censura y la represión que han caracterizado al gobierno teocrático de Irán desde su nacimiento. Un ejemplo de resistencia para todos los artistas en regímenes represores.

La complejidad del presente político de Irán tiene razones históricas. Bajo el imperio de Reza Pahlavi (1941-1979) la sociedad iraní sufrió las consecuencias de un proyecto modernizador impuesto desde arriba que buscaba insertar al país bajo el capitalismo occidental olvidando a las clases populares y sus tradiciones. El gobierno despótico del Shah había construido una sociedad desigual y alimentado el resentimiento colectivo que finalmente explotó en las protestas masivas de 1978. La Revolución iraní (1979) surgió gracias a una gran coalición de grupos sociales tradicionalmente oprimidos: los trabajadores fabriles y los agricultores, la clase media liberal y los clérigos en exilio. Durante la Revolución, su único factor común fue el discurso musulmán. El Islam sirvió para mantener unidas las fuerzas dispares y articular demandas muchas veces contrapuestas.

Sin embargo, tras el derrocamiento de Pahlavi, rápidamente la coalición se disolvió: los grupos empezaron a enfrentarse entre sí. La clase obrera demandaba aumentos salariales, derechos sindicales y mejores condiciones de trabajo; los agricultores exigían una reforma agraria que dividiera y repartiera la tierra; hubo importantes colectivos feministas que vieron en la Revolución una oportunidad para impulsar políticas de liberación; también minorías étnicas buscaron la autodeterminación.

Frente a estos proyectos, se posicionó una coalición más compacta, conformada por los defensores de un orden que asegurara el capitalismo nacional. En este movimiento, que finalmente alcanzaría el poder, se encontraba la clase alta comercial, representada de manera estereotípica por los dueños de los bazares y el liderazgo religioso a cuya cabeza estaba el Ayatollah Khomeini. A pesar de que la República Islámica de Irán nació de la efervescencia popular contra el capitalismo modernizador de Pahlavi y el imperialismo norteamericano, su consolidación implicó la destrucción de las demandas más radicales y la cristalización de sus tendencias más reaccionarias.[2]

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Teherán, capital de Irán.

Si bien desde una perspectiva geopolítica, el gobierno islámico de Irán representa un contrapeso importante a los intereses norteamericanos en la región y sus aliados –el proyecto expansionista israelí y el radical wahabismo del Estado familiar saudí–, al interior de sus fronteras no ha sido ni anti-hegemónico ni emancipador. Al contrario: desde su formación destacaron sus actitudes represivas frente a los proyectos social y económicamente críticos provenientes de las clases medias, la izquierda, las minorías sexuales y las mujeres.

Después de llegar al poder, el Ayatollah traicionó a muchos militantes socialistas que ayudaron a derribar al régimen del Shah. El gobierno islámico arrestó sin explicaciones a muchos militantes de izquierda, artistas transgresores, intelectuales de clase media, líderes estudiantiles y otros miembros de la coalición para deponer a la monarquía.

Aunque la represión violenta disminuyó, sobre todo durante el periodo reformista de Khatami de 1997 a 2005, en los últimos años, durante el mandato del presidente Ahmadinejad (2005-2013), las prácticas represivas del gobierno iraní cobraron fuerza, hasta alcanzar su punto máximo después de las protestas que siguieron al supuesto fraude electoral de 2009. Bajo el gobierno de Ahmadinejad se respondió al descontento popular mediante la violencia. En enero de 2007 las fuerzas de seguridad del Estado atacaron y arrestaron a cientos de choferes de autobuses en huelga en Teherán; el mismo año en marzo la policía agredió a grupos feministas que conmemoraban el día internacional de la mujer; ante el movimiento verde de 2009, que criticaba la reelección de Ahmadinejad como producto del fraude electoral, la policía, los Guardias de la Revolución y grupos paramilitares del Estado atacaron a manifestantes pacíficos, asesinaron a opositores políticos, detuvieron y torturaron a cientos de críticos del régimen, forzaron al exilio a artistas e intelectuales, censuraron medios de comunicación, prohibieron las manifestaciones y cerraron todo espacio de discusión.[3]

Precisamente durante este torbellino de represión, el cine de Jafar Panahi ha florecido como instrumento de protesta capaz de trascender fronteras y mostrar a una gran cantidad de espectadores los esfuerzos necesarios para construir una vida bajo la represión gubernamental. Panahi se considera a sí mismo como un cineasta comprometido, no con ideologías políticas, sino con la tarea de representar los sufrimientos diarios de la sociedad iraní. Sin embargo, a pesar de la actitud apolítica de Panahi, en un clima de represión constante, la representación fiel de la realidad termina por convertirse en la crítica más aguda contra el régimen, ya que muestra las consecuencias diarias de una autoridad absurda e inaccesible.[4]

Sus decisiones personales también han constituído una afrenta política al régimen. Frente a los castigos draconianos que han buscado acabar con su libertad artística, Panahi se ha mantenido convencido de que sus filmes deben tratarse sobre Irán y deben rodarse en Irán.[5] Para Panahi, no existe otra manera de ser un “cineasta social” que trabajando dentro de la sociedad a la que se está intelectual y emocionalmente ligado. Así, la actitud de Panahi, quien representa la filosofía de muchos miembros de la actual generación de artistas iraníes ─desde la mundialmente famosa Shirin Neshat hasta Newsha Tavakolian, quien diariamente negocia la supervivencia de su obra─, convierte a la producción artística en un acto de resistencia.

Resistencia frente a la discriminación de la mujer predominante en la sociedad iraní y apuntalada por la legislación del gobierno teocrático como en El círculo (2000) y Offside (2006), ambas prohibidas en Irán. La primera expone las humillaciones que tienen que sufrir las mujeres que no pertenecen a un hombre. La película comienza y termina con imágenes parecidas de una mujer hablando con una autoridad extraña y distante a través del panel corredizo de una puerta cerrada. La toma evoca cómo las mujeres iraníes experimentan lo social y viceversa, siempre a través del velo –el panel corredizo en los espacios públicos. Por su parte, Offside trata sobre un grupo de niñas que deben disfrazarse de varones para poder entrar a un partido de futbol. A pesar de la fuerte crítica dentro de su filme, Panahi mantiene su ideología neorrealista alejada de posicionamientos políticos explícitos. Para el director, el soldado que impide a las niñas entrar al estadio es solo un miembro cualquiera de su sociedad, un joven obligado a cumplir con el servicio militar y a hacer cumplir las leyes. Un hombre común que bien podría ser el hermano o primo de alguna de ellas. Guardia y prisionero viven dentro de la misma cárcel.

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Taxi no es, entonces, su primer acto de resistencia frente a la censura gubernamental. Su documental Esto no es una película (2011) ganó la atención internacional por las condiciones de su grabación –bajo arresto domiciliario en su departamento en Teherán– y de su distribución –escondida en una USB dentro de un pastel enviado al festival de Cannes–, que dotaron de mayor fuerza y visibilidad a su denuncia. El título, à la Magritte, es un ejercicio de sardónica ironía para burlar la prohibición del régimen iraní a Panahi de realizar cine durante 20 años debido a su “propaganda antigubernamental” y su participación en el movimiento verde de 2009. ¿La trama? Panahi contando la trama de una película. En su mayor desafío al gobierno hasta la fecha, el director iraní dirigió una película burlándose de que no se le permite hacer una película.

Esto no es una película habría colocado las expectativas muy altas sobre la posterior obra de Panahi y Taxi es capaz de cumplirlas, en parte gracias a que Panahi había superado el arresto domiciliario y logró expandir su espacio de grabación. Con Taxi, Panahi decidió hacer un retrato social desde el interior del vehículo, con él como chofer. Si bien las ambiciones y los alcances de esta película son mayúsculos, los motivos de las conversaciones que Panahi entabla son, sobre todo, íntimos: Panahi funciona como un taxista entrevistador que explora, como en anteriores películas, los problemas mundanos de la vida diaria iraní. Las tomas, por otro lado, no evocan la experiencia claustrofóbica sino que son visiones de libertad a través del parabrisas, capturas de toda la inmensidad de Teherán.

Las conversaciones con sus pasajeros permiten a Panahi continuar con la estrategia metanarrativa de Esto no es una película para burlarse de la prohibición gubernamental y reafirmar su autonomía artística. En mi escena favorita, una pasajera, su sobrina Hana, le cuenta de la tarea que le dejaron en la primaria. La niña debe grabar una película bajo estrictos lineamientos de la profesora: las mujeres deben usar velo, hombres y mujeres no pueden aparecer en la misma escena y la película debe evitar el “sórdido realismo”. Hana le explica al director disfrazado: “Debo mostrar lo que es real, pero no lo real-real… Si la realidad es desagradable, no puedo mostrarla”. Mientras habla, Hana va grabando a través de los cristales del taxi. De pronto, se enfada: ha grabado sin querer a un niño que recogió en secreto un billete que ha tirado una mujer. Ahora tendrá que eliminar la escena, ha mostrado la realidad, pero no aquella que concuerda con las expectativas irrealizables de su profesora, metáfora del gobierno iraní.

En Taxi, cada pasajero ofrece una mirada a lo que Panahi considera los problemas del Irán moderno: un gobierno que no entiende a su población, que tiene reglas contradictorias y difíciles de cumplir, que exige de manera absurda y que, cuando los ciudadanos deciden protestar, reprime de manera brutal. Taxi es un ensayo del Teherán moderno, pero representa situaciones que fácilmente podrían trasladarse a la realidad contemporánea de, por ejemplo, la Ciudad de México, otra urbe donde la profunda desigualdad impide a los habitantes más desprotegidos cumplir las leyes inescrutables de un gobierno que no les conoce. El vendedor de piratería, otro pasajero en Taxi, representa la necesidad de romper la ley para ser capaz de continuar con las actividades diarias, transgredir para vivir una diversión efímera.

El arte de Panahi representa a los alienados de la sociedad que transgreden para (sobre)vivir. En su voluntad artística resuena una enseñanza ante el autoritarismo y contra los gobiernos que, como la maestra de Hana, prefieren cambiar la representación de la realidad antes que modificar sus leyes irrealizables. Ese parece ser el mensaje cardinal de Pahani: incluso desde la celda se puede crear, incluso bajo la opresión se puede resistir.

(Foto: cortesía de Aslan Media y Loizeau.)


Referencias y notas

[1] Shiva Rahbaran, “An interview with Jafar Panahi”, Wasafiri, 2012, núm. 3, p.5.

[2] Loc. cit.

[3] Simo Jeffery, “Iran election protests: the dead, jailed and missing”, The Guardian.

[4] Shiva Rahbaran, art. cit., p. 6.

[5] Su idea sobre el realismo fílmico se asemeja a la de Asghar Farhadi, la otra luminaria del actual cine iraní, quien decidió rodar Una separación (2011) en Teherán a pesar de las presiones políticas.


Taxi

Director: Jafar Panahi

Países: Irán

Año: 2015

Idioma: Persa

Duración: 82′


 

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