París, 13 de noviembre: la guerra y la política

La violencia no es la solución a los atentados del 13 de noviembre. París representa hoy la oportunidad de hacer algo diferente en la política de Medio Oriente.

| Internacional

31 de octubre, 2015: un avión ruso que volaba de la zona turística de Sharm al Sheik a San Petersburgo es derribado en la zona del Sinaí en Egipto. 12 de noviembre: dos ataques suicidas en el barrio shiíta de Bourj al-Barajneh, en Beirut, dejan como saldo 43 muertos y más de 200 heridos en el peor atentado terrorista en Líbano desde el fin de la guerra civil de 1990. 13 de noviembre: seis ataques coordinados en París dejan un saldo de, hasta el momento, 129 muertos y 352 heridos. Han sido dos semanas de horror y muerte con un elemento en común: el Estado Islámico.

El relato de los acontecimientos en París ha ocupado todos los titulares de los medios informativos, así como las discusiones en las redes sociales durante el pasado fin de semana, por lo que no repetiré la descripción de los hechos. Tampoco cabe aclarar aquí el origen y propósitos del Estado Islámico, ya que hay también información disponible sobre este grupo (dos referencias son “Más allá del Estado Islámico”, de Luis Xavier López Farjeat, y el texto anónimo “The Mystery of ISIS” en el New York Review of Books). Ahora me ocuparé de una vertiente de lo ocurrido inmediatamente después de los atentados: la respuesta política, encarnada en los jefes de Estado y los políticos profesionales.

Después de la conmoción de los atentados, el presidente francés François Hollande —a quien los hechos sorprendieron en el Stade de France, uno de los seis lugares atacados de manera simultánea— se dirigió a la nación. Su respuesta fue tan clara como equivocada: la instauración del estado de excepción, el cierre de las fronteras y el mensaje de que Francia sería implacable con los terroristas, ya que se trata de “una guerra”.

¿Por qué llamar equivocada a esta respuesta si parece natural? Desde Clausewitz y su famosa definición de la guerra como la continuación de la política por otros medios, existe una justificación teórica para la solución de diferencias y conflictos a través de la violencia. La violencia no parecería ser un estado de excepción sino de extensión de la naturaleza política. En este sentido, Hollande habría respondido de manera natural para un político: hacer la guerra a quien en primera instancia actuó con violencia en contra del Estado. Por su parte, el Estado Islámico es la reacción —completamente errada y desquiciada, pero reacción al fin— a las políticas occidentales en Medio Oriente después de los atentados del 9/11. Es a través de ataques terroristas como los ocurridos en París que el Estado Islámico pretende ampliar su esfera de influencia política.

Estas narrativas pueden extenderse más en el tiempo, pretendiendo justificar los actos de violencia de ambas partes. Antes de la invasión a Irak, estuvieron la primera guerra del Golfo, el apoyo de la CIA a Osama bin Laden para combatir a los soviéticos, el golpe de Estado a Mossadeq en Irán, la disolución del Imperio otomano (el principio de todos los males, según el discurso de Al-Qaeda), y un largo etcétera. Desde el otro punto de vista, la situación es similar: antes de los atentados en París estuvieron los atentados en Madrid y Londres en 2004 y 2005, el ataque a las Torres Gemelas, las operaciones de Carlos “el Chacal” en los años setenta, los agresiones en Múnich en 1972. En esta historia del huevo y la gallina, la política del “ojo por ojo y diente por diente” es elevada a razón de Estado o forma de redención libertaria. Al momento de escribir estas líneas me entero de que Francia bombardea Raqqa, la autoproclamada capital del Estado Islámico en Siria. También se anuncia la prolongación del estado de excepción por otros tres meses en Francia y el endurecimiento de las políticas migratorias de toda Europa ante la crisis de los refugiados. Son malas noticias para todos.

¿Por qué, entonces, si era lo que se esperaba, es esta una respuesta equivocada?  Porque la política militar de Occidente en Medio Oriente, de la cual hacen eco las medidas adoptadas ahora por Francia, ha sido un fracaso durante los últimos quince años: Afganistán naufraga en la inestabilidad, lo mismo que Irak; el conflicto palestino-israelí vivió uno de sus peores episodios el año pasado; Líbano ha vuelto a los problemas que tenía durante la guerra civil y Siria es en buena medida la causa de lo que hoy vemos en París. ¿Cuál hubiera sido la alternativa a los bombardeos en Raqqa? ¿Cuál debería ser la alternativa si de verdad queremos evitar una escalada de la violencia en las siguientes dos décadas? Aunque más son posibles, hay tres ejes fundamentales:

1) La defensa de los derechos humanos. Los jefes de Estado en Europa y Estados Unidos hablan de una “guerra contra nuestros valores”. Entonces, esta crisis abre la oportunidad de demostrar cuáles son esos valores sobre los que está fundada “nuestra civilización occidental”. No cerrar las fronteras de Europa a los inmigrantes es primordial. Esos emigrados vienen huyendo de los mismos asesinos que han cometido las atrocidades en París. Si los atentados a la capital francesa son un crimen contra la humanidad, ¿qué significa dejar que miles de inmigrantes mueran en el Mediterráneo por la culpa de unos pocos? No atentar contra los derechos de las minorías —en estos momentos de manera especial la de los musulmanes— también es fundamental. Francia no está en una guerra civil, como lo ha afirmado el alcalde de Nîmes, ni tampoco debe eliminar los derechos civiles de ciudadanos, como lo ha pedido Sarkozy, ni negar la ayuda humanitaria a los refugiados, como lo quiere Marine Le Pen. ¿Los valores fundacionales de la civilización occidental son hacer “que paguen justos por pecadores” o la defensa irrestricta de los derechos humanos y civiles?

2) La solución del conflicto palestino-israelí. La creación de un Estado palestino es un punto de referencia primordial en las relaciones entre Europa y Medio Oriente. La instauración de una Palestina en igualdad de derechos y obligaciones que Israel puede ser una realidad si se tiene la voluntad política de respetar las resoluciones de la ONU, principalmente la 242, la 446 y la 478.

3) Eliminar el doble discurso en la política exterior de la región. El contenido de la política exterior estadounidense y europea parece estar marcado por la máxima de Franklin D. Roosevelt (que luego copiaría Henry Kissinger) sobre el dictador nicaragüense Anastasio Somoza: “Puede que sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Desde hace décadas, Occidente ha respaldado a los personajes más siniestros de Medio Oriente si estos sirven a sus intereses: el Shah de Irán, Saddam Hussein, Osama bin Laden, Hosni Mubarak, Bashar al Assad, Muammar Gaddafi, Benjamín Netanyahu (elegido democráticamente, pero a quien que se le han tolerado acciones de lesa humanidad insostenibles desde cualquier punto de vista), etcétera. Arabia Saudita merece una mención especial. Es de esta monarquía absoluta de donde ha salido el dinero que exporta, promueve y mantiene a imanes de carácter fundamentalista en todos los países de Europa. Lo que aprenden los futuros jihadistas es lo que les han enseñado estos personajes financiados por Arabia Saudita. Igualmente, gran parte del dinero de los grupos islámicos radicales proviene de Riad, la capital del reino saudí. Cortar los ingresos de origen saudí de estos grupos sería mucho más eficiente y costaría menos que enviar cazas y drones a destruir ciudades enteras.

El financiamiento del propio Estado Islámico es todo un tema aparte. Sabemos que sus ingresos provienen de dos fuentes principales: el petróleo de las refinerías que se encuentran en las zonas bajo su control y el saqueo y comercialización de piezas arqueológicas. Decenas de miles de millones de dólares provienen de esas dos fuentes. ¿Dónde y a quién se venden esos miles de barriles de petróleo? Parece poco probable que se haga llenando tambos para ofrecerlos de localidad en localidad. Solamente países y corporaciones enormes están en posibilidad de adquirir y utilizar el crudo a esta escala. Lo mismo puede afirmarse de las piezas arqueológicas. Seguramente no son comercializadas en un mercado de pulgas, sino con coleccionistas millonarios, fáciles de localizar por la escala de las transacciones. Quienes estén comprando ese petróleo y esas piezas son corresponsables de los atentados en París. Una implacable persecución financiera generaría menos víctimas inocentes de ambos lados que la práctica de bombardeos que llevan consigo la muerte de miles de personas vistas solamente como “daños colaterales”.[1]

En efecto, la guerra es la continuación de la política por otros medios. Pero hay guerras que se pueden evitar. Pienso irremediablemente en la Primera Guerra Mundial (1914-1918), la cual, como han señalado Jean Meyer y otros historiadores, pudo haberse evitado con un manejo adecuado de la crisis suscitada por el asesinato del archiduque. El conocimiento de los errores y los horrores de las tragedias del pasado nos brinda posibilidades para enmendar el camino de manera conjunta. Dice el lugar común que las crisis son oportunidades. París representa en estos momentos esa oportunidad: la de hacer algo diferente en la política de Medio Oriente con el fin de evitar más tragedias. La política debería continuar por un medio menos socorrido, pero más provechoso al largo plazo: el de la ética. Tratar de entender para no cometer los mismos errores es la única justicia que les podemos brindar a los muertos.


Nota

[1] Además de cortar las fuentes de recursos de los radicales, están las medidas relacionadas con los propios costos militares de Occidente. El Nobel de Economía Joseph Stiglitz y Linda Bilmes, economista de Harvard, calculan que la guerra en Irak le costará al gobierno estadounidense más de tres trillones de dólares. ¿No sería mucho más eficiente destinar al menos una parte de los costos de la guerra al fomento de políticas de cooperación internacional que puedan garantizar el establecimiento de políticas económicas sustentables en los países de Medio Oriente? (Los tres trillones de dólares están cuantificados en la escala corta, que es la que se utiliza en el sistema estadounidense, o sea tres millones de millones de dólares.)


(Foto: cortesía de Meiry Peruch Mezari.)

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