París tras los ataques: el pulso de una ciudad

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Cuando París despertó el sábado 14 de noviembre, aturdida por una pesadilla real, no sabía dónde estaba. En pleno centro-este de la ciudad, en un radio de menos de un kilómetro, en un sector de clase media con un ritmo comercial vigoroso y una vida nocturna de metrópoli, había siete escenarios de crimen. Entre las 21:32 y las 21:43 de la noche anterior, un comando de tres terroristas armados con fusiles kalashnikov atacó en los bares Le Petit Cambodge, Le Carillon, Bonne Bière, La Belle Equipe, Casa Nostra y Comptoir Voltaire: 37 muertos. A las 21:40, otro comando, también de tres personas, irrumpió a tiros en la sala de conciertos Bataclan, donde la banda californiana Eagles of Death Metal daba un concierto frente a 1500 personas: 89 muertos. Minutos antes, en el extremo norte de la ciudad, al exterior del Stade de France, mientras las selecciones de Francia y Alemania jugaban un partido amistoso, tres kamikazes que conformaban un tercer equipo detonaron sus cinturones bomba. Uno de ellos mató a un hombre que caminaba por el lugar. En total, 129 muertos y 352 heridos tras el ataque terrorista más violento en la historia de Francia.

Durante ese fin de semana, y mientras los detalles se iban conociendo a través de los medios, la gente salió a las calles, desorientada por la carga emocional del momento: pena, ira, incredulidad, pero también la noción de que lo ocurrido parecía inevitable. “Esta vez fue París, Francia, un país occidental; eso impresiona a una parte del mundo, pero sabemos que esas cosas pasan todos los días. Sin embargo, eso no quiere decir que sea menos triste”, dijo Cholé Poirat, 27 años, frente al Carillon. “Sentía que esto iba a pasar, estaba madurándose”, dijo Dominique Viteau, 59 años, afuera del bar Bonne Bière.

Con el paso de las horas, las aceras de todos los lugares atacados fueron llenándose de flores, velas, fotografías de los fallecidos y tarjetas con mensajes que decían lo que muchos preferían no decir en público. Era todavía temprano para que la gente se juntara en un lamento compartido. Arrimado a un poste del alumbrado público, un joven veía hacia la puerta del Carillon, pero sus ojos miraban a la nada. Otro hombre prendía unos inciensos y murmuraba una oración. Una señora se tapaba la boca con el puño para no explotar en llanto. El dolor, aunque notorio, parecía contenido por el estado de shock.

Menos evidente era la actitud con que se enfrentaría el futuro próximo. “Tengo un poco de miedo, pero no voy a dejar de vivir, de salir; no puedo darles la razón a las personas que hicieron esto”, dijo Frank Flament, 47 años, afuera del Petit Cambodge. “Tengo miedo, pero la vida continúa. Las cosas malas nunca triunfan, y yo sé que Francia es un gran país que va a salir victorioso”, dijo Bernabé Silicoana, un boliviano de 36 años que también se sentía francés. “No podemos empezar a tener miedo, de lo contrario nos vamos a quedar encerrados en la casa. Yo tengo un hijo de 20 años que esta misma noche va a salir. Si no actuáramos así, dejaríamos que los terroristas ganaran”, dijo Laurence Chalmot afuera del Bataclan, adonde llegó, desde la periferia parisina, para dejar una rosa.

La tristeza convocaba a la vez una forma de resistencia. Negar el miedo era, en realidad, esconderlo tras el propósito de combatir el horror. Incluso antes de que ocurrieran los atentados, una encuesta del Observatorio Nacional de la Delincuencia demostraba que, detrás del desempleo, la principal causa de angustia de los franceses era el terrorismo.

Pero mientras esas muestras de solidaridad se daban en los lugares atacados, a pocas cuadras de ahí muchos cafés tenían suficiente clientela. El transporte público funcionaba sin alteraciones. Los eventos públicos programados para ese fin de semana se habían cancelado, pero las calles, si bien no vibraban como todos los días, tampoco lucían desiertas. La aparente normalidad parecía poco lógica en una ciudad que empezaba a estar en duelo. Esa suma de contrastes era acaso una muestra de que París, aún frente a la amenaza, tiene más de un pulso.


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La semana que siguió a los atentados concentró todas las emociones posibles y hasta las nunca imaginadas. El lunes 16 al medio día, el país se paralizó para ofrecer un minuto de silencio a las víctimas. Ese momento de intensa catarsis colectiva se disipó más tarde cuando el presidente François Hollande confirmó que Francia estaba en guerra. Lo hizo frente al pleno parlamentario, al cual pidió una reforma constitucional para extender el estado de emergencia a tres meses, y anunció que buscaría una alianza con Barack Obama y Vladimir Putin para formar una coalición internacional contra el Estado Islámico.

La Torre Eiffel, que había dejado de atender al público, reabrió sus puertas esa tarde y encendió sus luces con los colores de la bandera francesa. Al tiempo que eso hacía pensar que las cosas volvían a su cauce, Hollande anunciaba que el país entraba con todo en el torbellino bélico. “Durante los últimos 50 años, Francia vivió en un clima de paz, ahora sabemos que eso se acabó”, me dijo por teléfono el sociólogo francés Michel Wieviorka, especialista en terrorismo internacional.

El martes, la Torre Eiffel cerró de nuevo sus puertas por problemas de seguridad. Los museos estaban vacíos. Los noticieros informaban que, en realidad, durante el fin de semana que acababa de pasar los cafés y restaurantes de la ciudad habían tenido un 80% menos de clientela. Aquella aparente normalidad había mutado, como si pasado el shock hubiera llegado el recogimiento. En los lugares de trabajo, en cualquier reunión social, además de repasar los acontecimientos se comentaba sobre esa vibra extraña, esa desconfianza en el ambiente, esa mirada sobre el otro que ahora tenía algo distinto.


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El miércoles 18 de noviembre, cinco días después de los ataques, tomaba un café en un restaurante en el décimo distrito, muy cerca de varios de los lugares atacados. Eran las nueve de la mañana. El clima, que hasta entonces había sido excepcionalmente primaveral, empezaba a demostrar que ya estamos en invierno. En esa zona, la ciudad tenía lo que bien podría decirse un ritmo de vida normal. Pero en ese mismo momento, a 20 minutos de ahí, en el municipio de Saint-Denis, un suburbio colindante con París por el lado norte, las fuerzas especiales francesas continuaban el asalto a un departamento donde varios terroristas se mantenían atrincherados.

Hacia las cuatro de la mañana, en la mitad derecha de París (el río Sena divide la ciudad en rive gauche y rive droite) muchos habían saltado en sus camas debido al enjambre de sirenas y bocinas y motores que rugían llenando el ambiente de tensión. Ese día despertamos con la noticia de que probablemente en aquel departamento se encontraba el belga de 28 años Adelhamid Abaaoud, organizador de los ataques del viernes 13, y de que una mujer kamikaze había hecho explotar su cinturón bomba. A poco de los atentados, empezar la jornada con esa información sabía menos a sorpresa que a una secuela prevista.

Desde la madrugada, los canales de televisión transmitieron en directo el asalto en Saint-Denis, pero como en el café donde yo estaba no había televisor, me puse a seguir las actualizaciones de la prensa escrita en mi teléfono celular. En un momento, un hombre que estaba a mi lado me tocó el brazo y me pidió, más con gestos que con palabras, que vigilara sus cosas mientras él iba al baño. Automáticamente le dije que sí. Un segundo después bajé la mirada y vi una robusta mochila negra. Maletas así, vistas con sospecha o dejadas con descuido en lugares públicos, son la causa frecuente de parálisis en la rutina de la ciudad. Más de una línea del metro se detiene todos los días debido a bultos misteriosos abandonados en el piso. Lo mismo, aunque con menos frecuencia, ocurre en centros comerciales y aeropuertos. Aquella mochila me produjo entonces, en cuestión de segundos, una reacción desafortunada que mezclaba paranoia y poco discernimiento. No era yo en mi estado de evaluación racional de las cosas, sino yo, víctima de las circunstancias. Tomé dinero de mi billetera y busqué la mirada del empleado tras la barra para pagarle y salir de ahí, pero en ese instante me atacó la conciencia por haberle ofrecido al hombre cuidarle su maleta, así que esperé a que volviera. Volvió y me fui de inmediato.


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El asalto acabó en Saint-Denis. Hubo tres muertos, siete detenidos y todos los indicios de que los fallecidos preparaban un ataque en La Défense, el centro financiero de París. Más tarde se sabría que Abdelhamid Abaaoud había muerto en ese enfrentamiento.

Las noticias seguían llegando. Tantas familias destrozadas, como la de la chilena Patricia San Martín, que fue con su hija Elsa Delplace y el hijo de esta, el pequeño Louis, de cinco años, al concierto en el Bataclan. Murieron la abuela y la madre y se salvó el niño, porque se escondió —nadie sabe dónde— hasta que alguien lo sacó de ahí. Tantos proyectos destrozados, como el de la mexicana Michelli Gil Jaimez, que pronto iba a casarse en México con su novio francés y luego iba a abrir un restaurante en París. Tantos amigos perdidos, como los de ese grupo de diez que celebraban un cumpleaños en el restaurante Le Petit Cambodge. Ocho salieron a fumar. Los ocho murieron.

Las cifras también seguían llegando. La empresa que gestiona la red del metro, la RATP, anunciaba una disminución del 10% de usuarios tras los atentados. Consecuencia: embotellamientos inimaginables en las autopistas. El martes 17 hubo uno de 529 kilómetros, un récord histórico. Por otro lado, el Instituto de Cuidados Sanitarios informaba que el 65% de consultas por estrés post-traumático se habían hecho en la región parisina. Mientras, en el ejército estaban gratamente sorprendidos: luego de los ataques empezaron a recibir un promedio de 1500 llamadas al día de jóvenes que querían enlistarse. En situaciones normales, no más de 150 personas ofrecían sus servicios.

El jueves 19 por la tarde, el primer ministro Manuel Valls dijo ante la Asamblea Nacional: “Estamos en guerra, no hay que excluir nada, puede haber también el riesgo de armas químicas y bacteriológicas.” Más tarde matizaría sus palabras precisando que el peligro era “extremadamente limitado”, pero lo dicho ya había hecho pensar, no sin algo de intencional sarcasmo, en un París en Armagedón.

La sorna y el humor se hacían indispensables para atenuar la angustia. En esos días se comentaba un reportaje de radio en el que el periodista hizo de corresponsal de guerra en las terrazas de los cafés; la falsa orgía masiva convocada en la Place de la République; la portada de Charlie Hebdo, en la que aparecía un parisino de fiesta con el cuerpo agujereado y una leyenda que decía: “Ellos tienen las armas. Nosotros les jodemos, tenemos la champaña.”

En una reunión a la que asistí, Lucile* me contó que en el colegio donde es profesora, una institución con problemas de violencia e indisciplina entre los alumnos, lo ocurrido en París había despertado un profundo sentimiento de solidaridad y tolerancia. Pero en ese mismo lugar, Pedro* me habló de un amigo suyo que había sucumbido a las tensiones y se había comprado un fusil de aire comprimido para llevarlo siempre en su auto.


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Al cumplirse una semana tras los atentados, el dolor que inicialmente se expresaba con decoro y circunspección ahora se canalizaba en un desfogue colectivo. A las 21:20 del viernes 20, hora en la que se dio el primer ataque, la gente reunida al pie del Carillon se tomó del brazo en una media circunferencia y tarareó la melodía de La Marsellesa. Enseguida, una mujer se puso a cantar Ne me quitte pas con una voz más grave que la de Édith Piaf, y más tarde dos músicos estadounidenses regalaron dos estándares de swing. La música había llegado. La música como antídoto.

Afuera del Bataclan, un hombre instaló un parlante y, con micrófono en mano, cantaba temas populares del repertorio de la chanson française. Una cuadra más allá, dos jóvenes gitanos tocaron un poco de rumba y de flamenco. En la esquina, un trovador cubano cantaba un bolero de Polo Montañez. Y junto a él, bajo una carpa blanca había un piano, que un hombre llamado Lionel decidió traer desde su casa tres días antes para que cualquiera lo tocara y regalara música a la gente. Siete u ocho pianistas alternaron en un lapso de dos horas. A la media noche, como si hubiera estado programado, una mujer llegó con un viejo cuaderno lleno de letras de canciones y empezó a tocar y cantar magistralmente Hallelujah, de Leonard Cohen. Fue un momento glorioso. Una purga emocional. Antes de que la canción terminara, un grupo de motociclistas pasó por el bulevar Voltaire, y al llegar frente a la puerta principal del Bataclan, sobre la cual todavía se veía el letrero anunciando el concierto de Eagles of Death Metal, hicieron rugir sus motos apretando a fondo el acelerador. Era un mensaje de fuerza, el bramido de la noche. A una cuadra de ahí, la gente que estaba en el restaurante Le Baromètre había tomado la calle e interrumpido el tráfico. Bailaba bajo las luces del semáforo. Como en un carnaval o como en un fin de año. Como si París fuera un fiesta.

*Los nombres han sido cambiados.

Crédito de fotos: Santiago Rosero.

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