Paternidad, primeras impresiones

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Luego de una noche de sueños intranquilos, una prueba de embarazo nos reveló que Tania estaba embarazada. Estábamos en la habitación 309 de un hotel de Guanajuato, a fines de 2014. No recuerdo nuestras primeras impresiones, pero recuerdo que la televisión estaba encendida, que el zumbido de la aspiradora en otra habitación entraba por la ventana levemente abierta, y que nos quedamos mucho rato sentados al borde de la cama, observando las rayitas azules, paralelas de la prueba positiva. También recuerdo que todo pasaba muy despacio a mi alrededor, como si —imagino— una bomba hubiese estallado y los oídos necesitaran un segundo para volver a sus funciones normales.


A los tres meses estuvimos a punto de perder al bebé. En una sala de urgencias me di cuenta de lo que ya sabía: que deseaba muchísimo ser padre, pero no serlo “a secas”, o en abstracto, sino de participar en el proceso de crianza de un ser humano. Hacer una familia. Pero ¿no eran Tania y Nicolás mi familia, aunque Nico y yo no compartamos genes? Habíamos deseado mucho un bebé, pero a este respecto he pensado que le recomendaría a cualquier persona, hombre o mujer, leer a Borges, conocer el mar, caminar a solas por ciertas ciudades, probar ciertas sustancias ilegales, pero nunca tener un hijo. Esta decisión, al igual que las elecciones estéticas, depende de una íntima e incomunicable necesidad, probablemente evolutiva, es cierto, pero que desborda toda elaboración racional. Uno puede enumerar características del ser amado, pero no puede decir por qué ama. Tampoco se necesita una orden judicial o un acta de matrimonio para fundar y vivir una familia.


El día del parto Tania y yo teníamos la actitud de dos deportistas profesionales que se enfrentan de pronto a la competencia olímpica para la que se han preparado durante meses. En la escena tradicional del parto, el papel de la mujer es sufrir, y el del hombre, esperar. Sufrimos y esperamos, pero vivimos el parto igual que el embarazo, como una forma de relacionarnos el uno con el otro. Luego de horas y horas de dilatación y preparación previa, entramos a la sala de labor. Lucas venía perfectamente acomodado, y salió dando un alarido que no olvidaré jamás. A nuestro alrededor, la máquina obstétrica era operada por médicos y enfermeras que parecían aficionados de un equipo de futbol, gritando instrucciones contradictorias y urgentes a los jugadores. La experiencia de ver nacer a alguien —valga la obviedad— no se parece a ninguna otra. En rigor, no hay nada como nacer. La violencia del cuerpo siendo cuerpo se ve secundada por la voracidad con que la comunidad humana, representada por el saber clínico, transforma el nacer en una experiencia cuantificable. Nos impresionó que a pocos segundos de nacer Lucas tuviera ya un archivo importante de datos y calificaciones; apenas nacemos, estamos siendo medidos, pesados, traducidos a cifras, estadísticas y parámetros. Nuestro entusiasta pediatra no dejaba de decirme que sacara fotos del bebé (si es una oportunidad tan única, ¿por qué necesitamos un souvenir, un sucedáneo de la experiencia misma? ¿Tomar una foto, cualquiera, no consiste en un instante de ceguera que queda representado para siempre en la fotografía? ¿Un instante oscurecido? ¿Un punto ciego?). Tomé algunas, creo que más por compromiso que por genuina necesidad de contribuir a ese archivo de imágenes en el que se ha convertido la memoria. Mis padres, por ejemplo, que esperaban en la habitación, vieron la foto de su nieto antes que al nieto mismo.


Erudito en partos, ignorante en cuanto a bebés, desde que nació Lucas me vi completamente desarmado y sin saber qué hacer. Por principio, parece que lo poco que hay que hacer nunca acaba: los proverbiales momentos padre-hijo deberán esperar al periodo de control de esfínteres y reconocimiento del entorno. Mientras tanto, los padres son lo que cualquiera que viva con un gato: un proveedor inagotable de calor y alimento, alguien que se encarga de la limpieza, una extensión —subordinada— de la propiocepción del bebé.


¿Qué ha cambiado desde que “soy padre”? Podría ponerme pedante y venir con aquello de que uno “no es padre” sino que está “deviniendo padre” a cada momento, pero sería una solución logocéntrica a un problema de tripas. Literalmente: llenar las tripas de alimento y supervisar el desalojo de las mismas. Además conozco a Lucas desde hace solo tres meses: si se tratara de alguien más diría que es demasiado pronto para hacerme una idea de él, que ya con el tiempo aprenderemos a reconocer nuestras semejanzas y diferencias, pero el tiempo de la crianza sustituye cualquier otra forma de tiempo: se instaura monárquicamente sobre el tiempo de las entregas laborales, sobre el tiempo del ocio y el del sueño. Una posible respuesta a la pregunta de este apartado podría ser que llevo muy poco tiempo siendo padre como para saber qué es o qué se siente ser padre, pero a la vez no puedo pensar mi vida —incluso antes de que Lucas existiera— sin pensar que soy padre. Tal vez la paternidad es un umbral que se está atravesando continuamente, más que una categoría. (Y sí, en ese sentido uno siempre está deviniendo padre.)


Los padres de los normalistas de Ayotzinapa, los padres de los niños de la Guardería ABC, las madres de las miles de desaparecidas y asesinadas de Ciudad Juárez: los ejemplos podrían multiplicarse, al igual que el horror y la injusticia, en este país, en esta época. Pero los padres y las madres están ahí. ¿Por qué no “lo superan”, como dijo el PRIsidente hace unos meses? Porque un padre no deja de serlo nunca: la intimidación, la violencia, el miedo, la muerte misma no son capaces de romper ese vínculo con otro ser humano, incluso del padre con su propio actuar. En ese sentido, reproducirse no lo vuelve a uno padre o madre; vivir una vida de la cual nuestros hijos puedan aprender se parece más a la idea de paternidad que me interesa, más allá de las consideraciones biológicas. Del mismo modo, considero que debemos aprender del espíritu de los padres de los desaparecidos y asesinados: aunque en apariencia les han quitado todo, siguen luchando; siguen poniendo el ejemplo para los hijos que no están, como si estuvieran.


Un fenómeno curioso: para muchos amigos de mi edad (alrededor de los 30) un bebé es algo así como un paquete de material radioactivo: delicado y amenazador a un tiempo. Confrontados con la ternura, los hombres se sienten juzgados, observados, fiscalizados: es decir, se sienten (o temen sentirse) como mujeres. Y lo peor para un hombre (nos lo repiten incluso nuestras madres) es comportarse como vieja. Las abuelas no dejan de repetir consejos desde cómo colocarse al bebé en los brazos hasta el ángulo correcto en el que hay que observarlo. Toda esta meticulosidad me sobrepasa un poco: un bebé ciertamente es frágil, pero no es tan frágil como un huevo de colibrí, no se rompe al contacto con la mirada. De hecho es increíble lo resistentes que son. Aguantan incluso los ensayos (y errores) de la ternura paterna. Lo frágil, en todo caso, sería la masculinidad (o su ejercicio normalizado) y su constante necesidad de probarse mediante la confrontación en vez de aprovecharse en el cuidado.


La maternidad y la paternidad son conceptos con muchas y diversas expectativas sociales, especialmente en cuanto al género. Por lo que respecta al padre, aparece en el imaginario colectivo como esa figura satelital a la unidad madre-hijo sobre la cual recaen las obligaciones económicas y, cosa curiosa, las celebraciones: es el padre el que reparte habanos y muestra orgulloso las fotografías de esos niños que brotan de cuando en cuando y de los que no sabe mucho. Los padres de mi generación están más involucrados en la crianza, esto es, en las engorrosas tareas de alimentar, limpiar y educar. Mientras la figura del padre en generaciones anteriores era una encarnación de la Ley simbólica, a cuya decisión se consignaba el castigo o la gratificación —además del dudoso honor de andar por ahí diseminando la semilla—, las familias actuales se comportan como democracias. Por ello, la paternidad actual no es algo cool: el padre debe dejar de lado el cultivo del individualismo (totalitario) para aprender a vivir en familia. Es decir, cuando se convierte de macho en padre, el varón adquiere un compromiso con el cuidado de otro ser, sin importar las consideraciones genéticas. Supongo que simplemente no me interesa ser el tipo de padre que “presume” a sus hijos, que los vuelve objetos de ornato o vano reconocimiento de su capacidad reproductiva (i.e. de su hombría). Mostrarse amoroso no es cool, y yo quiero ser un padre amoroso antes que otra cosa.


Como se lee en la más reciente portada del TIME, padres e hijos corren el riesgo de sustituir “memorias” por “documentación”, en una época donde los eventos familiares existen en la medida en que sean documentados y sometidos al juicio de los otros en las redes sociales. Además, cada tanto aparece el troll bravucón al que le da por insultar a los hijos de sus “víctimas”. Aún antes de saber leer, mis hijos se han granjeado palabras duras por parte de desconocidos, por el solo hecho de ser míos, o acaso por aparecer en mis redes sociales. O tal vez por existir. Este tipo de cobardía me deja frío, pero lo entiendo en cierto modo. Yo también crecí diciendo que el mundo no estaba para tener más hijos, que había que ocuparse de los niños y niñas que ya existen en lugar de “producir” más; crecí repitiéndome que reproducirse era extender la mancha humana por el mundo, y que adoptar era una buena forma de hacerse cargo del cuidado de un niño o una niña sin involucrar el factor genético. En suma, yo también creí que hacía algo al no hacer nada, es decir, colocaba la acción ética en el polo negativo del espectro: al no tener hijos estaba contribuyendo al futuro de la especie. No pretendo criticar esta postura —como dije, creo que tener hijos no es para todos—, pero algo cambió en mí, y ahora pienso que no importa si nos reproducimos o no: es necesario involucrarnos en el cuidado y educación de los niños, no importa si son sobrinos, primos o vecinos. Para nosotros —especialmente para los más pesimistas— el futuro está podrido, pero ellos pasarán toda su vida en el futuro. Es necesario enviar refuerzos —personas libres, felices incluso— al futuro.


¿Qué es lo que diferencia a un grupo heterogéneo de personas de una familia propiamente dicha? ¿En qué consiste este “propiamente” de las familias, que les da sus rasgos característicos, sus mitologías particulares, su aire diferenciado, incluso su manera propia de ser desdichadas? Me acuerdo de la frase inicial de Ana Karenina, invocada una y otra vez: “Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera.” Pero la frase de Tólstoi deja intacto el vínculo que mantiene unidas a las familias, tanto a las dichosas como a las infelices: la familiaridad, el trato, la experiencia común. Pero lo pienso también como aquello que mantiene a las bandas de rock juntas y a las manadas en movimiento; una especie de fuerza cohesiva de índole afectuosa construida y fomentada a base de gestos comunes que mejoran las probabilidades de supervivencia. Cada familia tiene su propio lenguaje para ser dichosa o infeliz.


La dicha o la felicidad que el discurso, la publicidad y el lugar común asocian a la familia (con apelativos cursis para los hijos como “los reyes del hogar”, y a la madre con el muy clasista y señorial “la reina” del ídem, etc.) tienden a homologar una idea de pertenencia a la casa/clase según atributos cada vez más asociados al consumo. Por poner un ejemplo: cargo a mi bebé de dos meses (y contando) mientras veo televisión. Pasan comercial tras comercial de autos, generalmente dirigidos a varones: no importa si se trata de camionetas o autos compactos, la idea de masculinidad/paternidad que se afirma es muy clara; por principio, un padre debe tener un auto: es el conductor de la familia, amo y siervo a la vez de una microcomunidad fundada y dirigida por él. Es una imagen un poco trasnochada de la familia esta que proyecta la industria automotriz: deja fuera a las familias francamente peatonales, como la nuestra, y promueve la idea de que la esposa (en la relación heterosexual) y los hijos son una especie de ingrediente en la puesta en escena de la masculinidad: copilotos y pasajeros, respectivamente. Otros ejemplos de familias “peatonales”: las familias homosexuales, monoparentales, reconstituidas, y todas aquellas que no entren en la norma heterosexual.


En estos días se realizó un Sínodo en Roma, en el cual se reunieron las autoridades de la iglesia católica a nivel mundial para discutir temas de suma importancia, como el papel de la iglesia para ayudar a prevenir la violencia en los hogares, así como otros que parecen francamente medievales, como si debe permitirse la comunión a los divorciados. Impresiona que el mundo siga dirigido por machos octogenarios que se niegan a perder cotos de poder. Sin embargo, en nuestra pequeña unidad familiar, las abuelas están muy preocupadas: ¿cuándo vamos a bautizar a Lucas? El dichoso sínodo romano se queda corto en cuanto a fragor teológico comparado con nuestras discusiones: Tania y yo somos del bando de la razón, digamos, y nos negamos grosso modo a difundir entre nuestra progenie un horror psicológico gratuito y la culpa asociada a un pecado original; el bando de las abuelas está con el Jesús en la boca: si no pudieron salvar las almas de los hijos, quedan las de los nietos. Y como un terceto encadenado de Dante, las viejas ideas atraviesan, transformadas, del pasado al presente; es ese movimiento, visto con cierta perspectiva, lo que llamamos todavía futuro.


Parafraseando un lugar común, sé lo que es ser padre cuando no me lo preguntan, pero en cuanto me lo preguntan lo olvido. Y cuando lo olvido me basta ver a mis hijos. Cada sonrisa —cada gesto— que compartimos configura el lenguaje de reconocimiento familiar que nuestra joven manada construye para sí. Durante mi vida solo he tenido la íntima certeza de que necesito escribir, todo lo demás ha sido incertidumbre, prueba y error(es). A esa certeza ahora se añade el bienestar de mis hijos. Fuera de eso, poco o casi nada me concierne.


(Foto: cortesía de Roland Tanglao.)

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