Pepe Mujica y la izquierda por venir

El candor y la austeridad de Pepe Mujica, el entrañable expresidente uruguayo, suponen una importante lección para las izquierdas: si en verdad se quiere transformar el estado de las cosas, es necesario promover –entre otras cosas– un conjunto de valores y emociones distinto al auspiciado por la cultura neoliberal.

| Internacional

1.
Decir que en la actualidad es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo supone, entre otras cosas, lanzar una dura crítica al estado actual de las izquierdas en el mundo. Para Slavoj Zizek es sintomático, y alarmante, que esas izquierdas –principalmente las partidistas– no consigan imaginar hoy otra alternativa al fundamentalismo económico neoliberal que el retorno –lleno de nostalgia– al colapsado Estado de bienestar.

A dos décadas y medias del proclamado fin de la historia y de la victoria aparentemente irreversible del capitalismo financiero, no sorprende la hegemonía de las izquierdas liberales –en detrimento de las socialistas–, reducidas a controlar los efectos nocivos del capitalismo y a reproducir un enfoque según el cual los problemas de distribución de la riqueza, movilidad social y acceso la educación no son más que errores del sistema que se resuelven mediante la eliminación de la corrupción, mayores mecanismos de injerencia ciudadana y algunos ajustes institucionales. La priorización de la agenda de libertades civiles (matrimonio entre parejas del mismo sexo, legalización del aborto, despenalización de la mariguana) –de ningún modo irrelevante– es también distintivo de esa izquierda. El consumo es su mayor apuesta económica, y es a través de la mejora de salarios como las personas encontrarán un mejor mañana, pues podrán consumir más y ello –por alguna razón– mejorará su calidad de vida.

Lo anterior no es en lo absoluto desdeñable; sin embargo, abandonar la crítica a los modos capitalistas y el clivaje neoliberalismo-antineoliberalismo es –y ha sido– grave para la izquierda. Tratar las problemáticas políticas y sociales –dominadas todas por la prevalencia de la injusticia– como cuestiones aisladas, como fallas institucionales, y no como problemas estructurales nos lleva a desviar la atención de un asunto que nadie como José Mujica, el expresidente uruguayo, ha traído recientemente de vuelta: que el capitalismo, en su versión neoliberal es, además del sistema económico hegemónico, una dominación esencialmente cultural.1

Durante su visita a la Universidad de Guadalajara el pasado 6 de diciembre, para recibir el reconocimiento “Corazón de León”, Mujica sentenció:

Hay una cultura de hecho, subliminal, que nos enreda a todos, que es la sociedad de consumo, funcional a las necesidades de acumulación (…) y ese consumismo atroz, y no vengo a hacer culto a la pobreza, esa sociedad de consumo nos lleva a un nivel de compromiso permanente con el trabajo donde enajenamos nuestra libertad.

2.
Para muchos aún no está claro que el neoliberalismo se expande más allá de la doctrina económica, que además constituye un ethos y que sus fundamentos y valores se derraman no solo sobre las formas y prácticas políticas sino sociales. Competencia, propiedad, eficiencia, administración de recursos, consumo, utilidad y la administración gerencial no solo del Estado sino de la vida: estas son las premisas básicas de la ideología neoliberal.2

¿En dónde radica la fuerza de estas premisas? Justo en que se les hace pasar como conductas naturales de la condición humana cuando se trata de cuestiones claramente culturales. La educación mediante la lógica de la competencia, la selva laboral, el estatus simbólico y material que generan la propiedad y acumulación de bienes y los libros de auto-superación que lanzan una carnada llamada éxito y empujan a encontrar la realización personal en el trabajo son solo algunos de los muchos mecanismos a través de los cuales se diseminan, y naturalizan, esas premisas. Adicionalmente, la precarización y escasez de empleo/oportunidades obliga a los sujetos a aceptar un trabajo desgastante, absorbente, que deja poco tiempo libre –y ese tiempo es utilizado para el consumo. El negocio es, así, redondo.

“La felicidad –dijo también Mujica aquel día– es comprar, comprar, comprar, comprar cosas nuevas, permanentemente y pagar cuotas y tratar de deber lo más que se pueda porque la felicidad es igual a comprar cacharros nuevos. Esta no es una ideología teorizada, no, no, esta es una ideología real, metida en nuestros hábitos y costumbres, que nos rige a todos (…) Cuando tú compras algo, no lo compras con dinero, lo compras con el tiempo de tu vida que gastaste para tener ese dinero. Nunca te olvides de eso.”

¿No debería ser esta –combatir el ethos neoliberal– la principal preocupación de la izquierda en nuestros días?

3.
Se ha señalado con insistencia –y no está de más volver a enfatizar– la congruencia que Mujica mantiene entre discurso y práctica. No es solo su austeridad; no es simplemente su sobriedad y humildad ni su cercanía con la gente; no es el acto por sí solo sino el fundamento que lo anima: el arrinconado republicanismo. Mujica habla de ello entre risas e ironías; no obstante, su conducta supone una dura crítica a todas esas formas que los estados modernos mamaron de las viejas formas feudales, de toda esa parafernalia y esos lujos disfrazados de necesidades que, se supone, la abolición monárquica suprimiría. Pero no fue así: como dice Mujica, esos hábitos y formas “se nos colaron”. Hoy observamos a nuestras realezas contemporáneas entre protocolos y mansiones. Esa es, pues, otra herencia del ex presidente uruguayo que la izquierda debería reclamar: el republicanismo, el rechazo al lujo no por lujo sino por lo que simboliza –elitismo, supremacía de los gobernantes sobre los gobernados.

Mujica, además, llama a una dignificación del Estado y la política. Son conocidas sus críticas a lo que hoy conocemos como el político profesional. Para Mujica la política no es profesión y menos negocio: es una vocación –una vocación por el servicio público. El Estado, nos recuerda, es, primeramente, función pública, y lo público, al contrario del régimen de lo privado, es aquello que es de todos y no le pertenece a nadie.

El rey filósofo de nuestros tiempos lo han llamado algunos. Pienso que justo eso debe representar para la izquierda. Ciertamente Mujica no es el primero en señalar la dominación cultural capitalista, fundamentada hoy en la doctrina neoliberal, pero ha conseguido hacerlo de una forma clara, poética e incluso estremecedora que cualquiera pueda comprender. No solo eso: en su efusión y luminosidad ataca esa subjetividad contemporánea profundamente moldeada por los valores neoliberales, pues apela a un conjunto de emociones y valores –solidaridad, humildad, austeridad, pasión, honestidad– que representan, en buena medida, la antítesis de la banal cultura neoliberal.

Urge a la izquierda, entonces, generar contraposiciones a la razón neoliberal. Si en verdad busca fortalecer su base, así como distinguirse con claridad de otras propuestas políticas, debe ir al fondo: cuestionar la concepción dominante sobre nuestro entorno y nuestra forma de comportarnos en el mismo. De este modo, Mujica encarna una propuesta filosófica que debería ser hoy el fundamento de toda propuesta política de izquierda, la brújula que nos oriente para combatir el ethos neoliberal desde otra postura ética.


Notas

1. Aquí recurrimos nuevamente a Zizek, pues resulta útil su noción sobre el concepto de cultura: llamamos cultura a toda actividad que hacemos sin concederle demasiada importancia y sin cuestionarnos por qué la hacemos.

2. Al respecto sugiero revisar un par de textos: El psicoanálisis y el malestar en la cultura neoliberal, de Enrique Guinsberg, y El abismo de los ganadores: la intervención social, entre la autonomía y el management, de Claudia Mónica Salazar Villava.

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