PODEMOS en el carrusel: una nueva izquierda en España

GRA044 MADRID, 31/01/2015.- Cabecera de la "marcha del cambio", convocada por Podemoso para advertir al Gobierno de que "empieza su cuenta atrás", que discurre desde la madrileña Plaza de Cibeles, bajo el lema "Es ahora", con una multitudinaria asistencia de simpatizantes que secundan la convocatoria. EFE/Chema Moya
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Aunque es cierto que en las acampadas masivas de 2011 en España –el llamado 15-M— se creó un nuevo lenguaje para hablar de lo que nos pasa juntos y que este lenguaje pudo articular una nueva mayoría política, si hace un año le dijesen a un ciudadano español cualquiera que surgiría una nueva fuerza electoral, de actitud revolucionaria y de vocación masiva, de simpatías republicanas y de estrategias populistas, impulsada por profesores universitarios y cientos de jóvenes desconocidos, y si, además, le dijesen a ese ciudadano cualquiera que ese partido, en menos de doce meses, sin casi experiencia alguna, en la primavera de 2015 arrasaría en las elecciones municipales y autonómicas y que, en el otoño siguiente, el chaval con coleta que lo lidera podría convertirse en el próximo presidente del gobierno, esa persona pensaría que su interlocutor está loco.

Y, sin embargo, desde hace algún tiempo, en la temporalidad permanentemente acelerada de la llamada “Crisis Española” todo puede suceder. Un día lo inimaginable devino lo posible en tierras íberas: en solo tres años, se descubrió convertido en ruina y en deuda el crecimiento hacía una década llamado “el boom del ladrillo”; a continuación, mientras el gobierno afrontaba toda suerte de cargos de corrupción y buena parte de la sociedad catalana reclamaba su independencia, el Estado del Bienestar fue desmontado por vía de la transferencia de la deuda privada de empresas y de bancos a los ciudadanos. Semejante loco carrusel resulta hoy incomprensible: cómo, cuándo, quién lo puso en marcha y, sobre todo, de dónde viene esa música pegadiza que no termina nunca. A los sujetos y colectividades que sufren directamente los mecanismos de desposesión disciplinaria llamados “la crisis” les han cambiado los horizontes de expectativas a la fuerza: desempleo, desahucios, pobreza, precariedad. Para ellos, el “todo puede suceder” se confirma a cada nueva vuelta y, sin embargo, no han averiguado todavía cómo parar este tiovivo del infierno.

Aunque todo pueda suceder, la clave de todo tiempo político colectivo es lograr que sucedan las cosas buenas. El problema es que estas cosas son, irónicamente, las más inconcebibles de todas. Con Zizek, en la primavera de 2011, las asambleas del 15-M se preguntaban cómo podía ser más fácil imaginar el fin del mundo que el final del capitalismo. Imaginar un mundo distinto era lo más difícil, pero también era el primer paso para que tal mundo existiera. Esto era lo que en mayo de 2011 sugerían múltiples pancartas de aroma sesentaiochista (“Como no sabían que era imposible, lo hicieron”, “Nuestros sueños no caben en vuestras urnas”, “Si no nos dejáis soñar, no os dejaremos dormir”). Durante unas cuantas semanas de enamoramiento colectivo, las gentes describieron otros afectos políticos posibles, otras formas de vida deseables, otras maneras de relacionarse, de hablarse y de sentarse juntos en la Puerta del Sol de Madrid y en tantas otras ágoras dispersas por el Mediterráneo. A diferencia de sus colegas egipcios, a los indignados españoles no les ametrallaron, pero sí los expulsaron de las plazas, dando inicio, con ello, a un nuevo ciclo de movilizaciones, deslocalizado e insospechadamente creativo.

Surgieron las Mareas Ciudadanas de defensa de los Servicios Públicos y del Estado del Bienestar y surgió la PAH, la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. De pronto, era imaginable parar un desahucio. Y a veces se paraba, juntando los cuerpos de unos cuantos frente a la puerta de una casa antes de que llegasen los antidisturbios a expulsar a una familia de desempleados, acosada por las deudas y a punto de perderlo todo. Sin embargo, y a pesar de todo, muchas veces lo imaginable no era un poder suficiente con el que oponer resistencia a las fuerza del Estado y de  los bancos. Así, los movimientos ciudadanos chocaban continuamente contra el orden público y contra las leyes que lo sostienen, lo que generaba –y aún genera— una terrible frustración colectiva. El conflicto entre el Orden ciudadano de lo Imaginable y el Orden estatal de lo Posible oponía lo legítimo y lo legal en el espacio público. Los ciudadanos querían tirar del freno de mano del carrusel pero un policía siempre estaba allí para impedirlo.

Cuando en la primavera de 2014 emergió Podemos como propuesta electoral, no se hablaba ya solo de la necesidad de imaginar, sino también de la de vencer. El propio nombre del partido aludía a un deseo de victoria: Podemos echarles, Podemos cambiar las cosas, Podemos construir un mundo más justo a través de las urnas. Traducción española del Yes, we can de Obama, tal y como fue reapropiado por los grupos anti-desahucios de la PAH (¡Sí, se puede! ¡Pero no quieren!), el nombre de Podemos anunciaba la esperanza y el convencimiento de que, con voluntad, saberes y herramientas adecuadas sí es posible ganar elecciones y convertir lo imaginado en lo real mediante el ejercicio legislativo. Desde el comienzo, la relación entre la galaxia del 15-M y la discursividad de Podemos era así la propia y la esperable del socialismo real respecto del socialismo utópico (cuyo lema sería más bien Soñemos), esto es: curiosidad mutua y tensión sexual no resuelta.

En el proceso de constitución de Podemos como partido, sus simpatizantes experimentaron la falsa dicotomía entre lo real posible y lo posible real. Estas disonancias entre la lógica del nuevo partido político y la de los nuevos movimientos sociales que lo precedieron condicionan los horizontes colectivos de transformación social en el aquí y el ahora del Estado español. De su resolución acertada dependen muchas cosas. También el futuro –moral, vital y laboral— de una –o dos— nuevas generaciones de activistas. La pregunta por la conexión entre la máquina electoral Podemos y sus bases es una pregunta moral –por la pureza del movimiento, por su integridad— y política –por su poder de representación— pero también una pregunta estratégica –por la fuerza que gana o pierde la máquina electoral al precio de perder o mantener esa conexión activa con sus redes de organización.

En los últimos meses, Podemos fue dejando de ser un nombre para ser también un partido. A lo que comenzó como un racimo de deseos, como una discursividad sin máquina burocrática, le van saliendo miembros y órganos en una fascinante metamorfosis realpolítica. Tras la inesperada conquista de cinco eurodiputados en el Parlamento Europeo en mayo de 2014, el deseo no constituido que se presentó a dichas elecciones activó una ola imaginativa en la cual surfeaban sus promotores amenazando con nacionalizar los bancos y con auditar la deuda pública. La pasada primavera se prometió mucho: no más desahucios; no más corruptos; Renta Básica Universal; sanidad y educación universales, gratuitas y de calidad; jubilación a los sesenta años; treinta y cinco horas de trabajo semanales; un nuevo proceso constituyente y una democracia real ya. En ese periodo, aquel devenir electoral enunciaba los deseos de sus redes simpatizantes. Estuviese uno dentro o no de aquello, parecía que era un poco de todos.

Las cosas que decía Podemos eran cosas nunca vistas ni oídas desde los primeros programas electorales del Partido Socialista Obrero Español tras la muerte de Franco, promesas sepultadas en los diversos abismos políticos y morales por los que deambularon los gobiernos de Felipe González a lo largo de los años ochenta. Si todo lo enterrado entonces se hizo de nuevo imaginable en las plazas de 2011 y en las marchas y las mareas de 2012 y 2013, de pronto, un grupo de personas prometía además, en 2014, convertir estas promesas en realidad mediante un gobierno ciudadano. Desde la primavera pasada, la poesía social de aquellas viejas demandas recobradas ganó los corazones de muchos y, como una profecía que se cumple a sí misma solo por el hecho de enunciarse, cada vez que Podemos declaraba su futura victoria, las encuestas situaban sus siglas más cerca del gobierno.

 

Acusados de populistas, una de las acertadas estrategias de comunicación del partido fue la negación de los lenguajes establecidos a partir de la crítica de las prácticas que subyacen a los mismos: así la democracia española se convertía en “el régimen de 1978” y los nacionalistas catalanes de CIU en dirigentes corruptos cuya “única patria es el dinero”. Igualmente, el término “casta” era una manera rápida de explicar que las élites locales –ya definidas como socialdemócratas, ya como conservadoras o ya como nacionalistas periféricas— habrían sido cómplices del entramado caníbal de la Troika (la coalición transnacional-corporativa formada por el Fondo Monetario Internacinal, el Banco Central Europeo y la Comisión Europea), a la hora de implementar políticas austericidas en España desde 2008. Desde 1978, según la lectura histórica de Podemos, estas élites extractivas habrían sido reas del complejo de intereses del franquismo por su complicidad con el mantenimiento de una democracia de perfil bajo desde la muerte de Franco. En este contexto, el mayor reto lingüístico de la formación podemista ha sido prometer desde la tradición de izquierdas sin usar el lenguaje instituido de la izquierda, y ello, precisamente, debido al descrédito de los partidos tradicionales con los que este lenguaje se asocia.

En estos meses últimos, los dirigentes de Podemos han ido articulando su robocop corporativo, su máquina de ganar elecciones. En un proceso acelerado en que la tecno-democracia y la tele-política han entrado en resonancia, el partido se fue constituyendo primero mediante un proceso experimental de discusión digital (Plaza Podemos, Ruedas de Masas, el programa de las europeas elaborado colectivamente…) para después cuadrarse marcialmente cuando llegó la hora de los votos el pasado noviembre. Entonces, los órganos de gobierno, los principios y los fines del movimiento concertados por el núcleo dirigente fundador fueron refrendados en votaciones digitales. Además de priorizar en los afiliados el papel de “followers” (I like/I don’t like) frente al de proponentes, en todo ese proceso, los mecanismos de votación se vieron limitados por su implementación práctica al ser votadas las proposiciones en bloques conjuntos y excluyentes. Solo los mecanismos de discusión dejaron ver algo de política 2.0. Muchas posibilidades por ello se clausuraron. En nombre del hacer, había que dejar de imaginar.

Si el núcleo fundador del partido impuso completamente sus tesis fue porque quiso plantearlas de manera antagónica frente a las propuestas críticas, amagando incluso su líder, Pablo Iglesias, con no jugar a las canicas si no salía elegido secretario general, en un coqueto remedo de la falsa espantada de Felipe González en 1978 en la celebración del 28° Congreso Socialista. Pero también es cierto que si el núcleo fundador de la organización decidió comportarse como una apisonadora a la hora de los votos fue gracias a la autoridad y el prestigio que se habían ganado en los meses previos blandiendo sus argumentos en agresivas tertulias televisivas. Dirigentes como Iglesias, Juan Carlos Monedero, Íñigo Errejón o Carolina Bescansa se han convertido en brillantes performers de la sociedad del espectáculo en su sucursal ibérica, muñecos del teatro de guiñol televisivo que, armados con grandes cachiporras, saben dar su merecido a los malvados tertulianos y comentaristas defensores del Orden de lo Posible creado en 1978.

¿Qué es lo que sucede cuando las multitudes inteligentes dejan las plazas pero siguen viendo la tele? Gracias a los votos de los activistas-espectadores, en vez de un organismo-pólipo-mutante hiper-conectado construido por concejos horizontales y redes bio-tecnodigitales, con el que algunos soñábamos, ha surgido un partido de corte clásico, regusto bolivariano, glándulas republicanas, músculos leninistas y carrocería posmoderna. Hay que agradecer a sus doctores Frankenstein que su estética no sea demasiado hipster y que algunos ramalazos kinkies broten de cuando en cuando del interior del nautilo como las voces de una conciencia perrofláutica.

Con estos pertrechos, a lomos de su caballito, Podemos promete batirse en favor de ese otro deseo que también nos atraviesa desde que el carrusel de la crisis se puso a dar vueltas y que poco tiene que ver con la emancipación colectiva. Este 2015 también se vota para que nos lo arreglen todo, para que nos lo dejen todo lo más parecido a lo de antes, para que alguien nos devuelva “nuestras vidas” anteriores a la crisis. El deseo de volver a vivir sin preocupaciones mayores –ni políticas, ni económicas— es el más lógico en quienes no aguantan más el régimen de excepción al que han estado –y aún están— sometidos desde 2008. Este deseo también informa la galaxia colectiva del votante podemista. La democracia asamblearia o incluso la participativa, no forma parte ni de las prioridades ni de las expectativas de muchos de estos votantes. Claro que las expectativas se crean, se destruyen y se transforman. Aprender colectivamente a autogobernarse requiere probarlo, que te guste y disponer de voluntad y de mucho tiempo, lo que es como decir, de imaginación y de esperanza. Necesitaríamos de una máquina distinta para fabricar todo ese tiempo liberado.

Quizá se esté pasando de traer un nuevo canto entre los dientes a darnos con dicho canto en dichos dientes: paradójicamente, Podemos ha moderado el discurso que le ha posicionado imaginariamente cerca del poder al tiempo que cree acercarse a este. En el proceso, se ha creado, entre sus filas, un sector crítico que no comparte unas estructuras que parecerían limitan las expectativas de participación política de los simpatizantes podemistas a un tipo de subjetividad tutelada: la del espectador-consumidor, un sujeto con algo de voto, pero con bastante menos voz. Correlativamente, en los últimos meses, las formas del partido se fosilizan (retórica de telediarios, letras portátiles que los espectadores de los mítines levantan y que te dicen “el tiempo es ahora”, mercadotecnia, una marea violeta…). Podemos también ha moderado sus promesas, de las que mantienen ciertos elementos centrales que harán que muchos de los más críticos les voten: la defensa de una redistribución de la riqueza mediante una imposición alta para las rentas altas y la apuesta decidida por lo público. Podemos no quiere pagar los platos rotos de cinco años de austericidio, pero está dispuesto a fregarlos.

El pasado 25 de enero, Syriza ganó en Grecia. Podemos lo hará mañana en España. El mundo empieza a funcionar mejor. Este es el horizonte de expectativas que alimenta a los habitantes del universo del deseo podemista. A partir de aquí, todo es política ficción. En la próxima vuelta del tiovivo, asistiremos al Abrazo del Oso, cuando los antiguos socialdemócratas del PSOE se alíen tácitamente con el neoliberalismo del PP y, apoyando o no el gobierno de Podemos, obstaculicen al tiempo sus horizontes de cambio, asumiendo algunas políticas sociales y, al tiempo, alimentando la represión y descontento, con el fin de diluir las imaginaciones del nuevo movimiento en el previsible Orden de Lo de Siempre. En todo caso, si, dentro de un año –o dentro cuatro—, Podemos logra una mayoría capaz de gobernar a sus anchas, un demonio montado en una vespino y con cara de Felipe González (con la cara que González tenía en 1982) vendrá a visitar al joven príncipe, prometiéndole restaurar el estado del bienestar en España a cambio de su alma y de la de los movimientos sociales. O quizá la moto sea la de Obama. En todo caso, con su alma o con sus calcetines, uno negocia con lo que tiene. El dilema de Galileo, como lo vio Bertolt Brecht, pasa por entender a qué hay que renunciar –y cuándo— para no renunciar a todo lo demás.

Podemos hará lo que pueda, sí, pero, esto, ¿será lo que le dejen o será lo que todavía alcance imaginar? ¿Llegará a su cita con los demonios sin haberse roto el alma por el camino y con los calcetines aún puestos? Hoy, diríamos, Podemos quiere significar por lo menos dos cosas, dos mundos de cosas diferentes. De un lado, representa una máquina electoral ganadora: el Yes, we can de Obama con el que este se adjudicó una campaña inolvidable y un Nobel de la Paz muy pronto olvidado. Por otro lado, sigue remitiendo a un Podemos totalmente distinto, al Sí, se puede de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, la traducción lingüística y política con la que se movilizaron cuerpos y simpatías para ocupar casas y parar desahucios, para perseguir diputados haciendo ruido con cacerolas, resistir a la policía y ocupar sedes bancarias. Entre ambas polaridades políticas se tiende el campo de deseos y de fuerzas llamado Podemos mientras se dota de órganos y de estructura.

Una de las frases que Pablo Iglesias suele repetir es que la política sirve para mejorar la vida de las gentes. El poder del que aquí hablamos se representa como un tablero lleno de botones, como el volante de un vehículo prodigioso, como el cuadro de mandos de una fábrica. Si las gentes no podrían mejorar su propia vida por sí mismas es porque –se entiende— necesitamos de máquinas de guerra (de guerra electoral, de guerra crediticia, de guerra mediática, etc.) para poder producir nuestras propias condiciones de vida ciudadana. ¿Pero cómo armar una máquina para ganar elecciones que no sea a su vez parte de las máquinas del Estado y del capital que administran y generan dichas condiciones? O dicho en las claves más concretas de este texto, ¿es posible transformar el carrusel sin bajarse de los caballitos? Las preguntas políticas del momento son, a la vez, preguntas a la vez de estrategia y de mecánica. El carrusel no es ninguna metafísica, es simplemente una máquina que da vueltas, llena de caballitos.

Agradezco a Arcadio Díaz Quiñones y a Jorge Gaupp Berghausen sus valiosas críticas, que han mejorado sensiblemente la redacción final de este texto en sus difíciles equilibrios entre el no puedo y el no quiero.

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