Podemos y sus críticos

Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email

Aunque el movimiento que le dio origen empezó años –si no es que décadas– atrás, Podemos, el partido político, nació el 17 de enero de 2014. Para algunos su nacimiento fue el resultado de los años de organización que siguieron a las protestas de los “indignados” que ocuparon la Puerta del Sol en Madrid y otras plazas a lo largo de España durante el verano de 2011. Otros ubican su origen antes, en 2008, el año de la crisis financiera global, que fue también el año cuando Izquierda Anticapitalista (IA) se transformó de movimiento en partido político para competir en las elecciones del Parlamento Europeo del 7 de junio de 2009. (El 19 de enero de 2015, IA decidió integrarse completamente a Podemos.) Otros más, especialmente observadores situados en la derecha, encuentran sus orígenes a medio camino entre el Partido Comunista Español (PCE) –integrado a la coalición Izquierda Unida– y los gobiernos de la “marea rosa” latinoamericana, que incluyen a Hugo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador. Sin importar qué relato se elija, parece claro que Podemos ha sido la respuesta izquierdista española más exitosa a la “latinoamericanización del sur de Europa” posterior al 2008 y a, más ampliamente, la era de globalización que este año significa.

La atención sobre Podemos, al momento, se ha centrado en su éxito electoral y su capacidad para movilizar a cientos de miles de personas, ya sea en línea o en las calles. En línea, el partido ha atraído a más de 370,000 miembros, que debaten y votan programas, políticas públicas y estrategias gracias a plataformas de código abierto como Loomio y populares redes sociales como Reddit. En las calles, el 31 de enero de 2015 Podemos convocó a una “marcha por el cambio” que atrajo a la Puerta del Sol a al menos 100,000 simpatizantes, según las estimaciones más mesuradas. En el año que transcurrió de las elecciones europeas del 25 de mayo del 2014 a las elecciones municipales y regionales de España del 24 de mayo de 2015, Podemos se convirtió en la tercera fuerza del país. Sus cinco representantes en el Parlamento Europeo conseguidos en 2014 –siendo que un año atrás no tenían precedente político alguno–, hoy parecen insignificantes en comparación con el crecimiento posterior. En el nivel municipal, Podemos dirigió candidaturas conjuntas –con partidos como Equo, el partido verde más grande de España, y con plataformas ciudadanas como Ganemos y Guanyem Barcelona– que ganaron las alcaldías de las ciudades más grandes del país: Madrid y Barcelona. Estas candidaturas conjuntas permitieron que Manuela Carmena superara al dominio conservador de un cuarto de siglo en Madrid y que Ada Colau revelara las tramas de privatizaciones disfrazadas de “solidaridad nacionalista” en Barcelona, haciendo que la atención de la ciudad girara hacia los temas de los desalojos y la cancelación de los privilegios fiscales corporativos.

Pero los desenlaces electorales y la capacidad de movilizar a la población, por sí solos, no pueden explicar el ascenso de Podemos. Como Pablo Iglesias sugirió en un artículo para New Left Review, esto tampoco puede explicar “la ofensiva constante contra Podemos, conducida con una virulencia inaudita para el contexto español, que revela el grado en que somos vistos como una amenaza real para el sistema dinástico de partidos”. Ya que una parte significante de este artículo se centrará en explicar la naturaleza de esta “ofensiva” en contra de Podemos, primero quisiera estudiar algunas de las ideas centrales de sus líderes, esas ideas que los otros partidos (los partidos del establishment) encuentran tan amenazantes para su control sobre el poder político.


La “hipótesis Podemos”

A diferencia de los principales partidos políticos de España, en los que la organización partidista usualmente dicta que los dirigentes tengan cualquier tipo de grado universitario, la mayoría de los líderes de Podemos son académicos –científicos sociales, físicos, economistas, historiadores y filósofos. Algunos de ellos, incluyendo Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, han tenido –como buena parte de sus colegas alrededor del mundo– posiciones profesionales precarias y mal pagadas. Tanto Iglesias, Errejón y Juan Carlos Monedero (quien en abril de 2015 dejó el partido) como otros líderes visibles tienen experiencia como profesores de teoría política en el Departamento de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid, la universidad pública más grande y prestigiada de España.

Junto a otras figuras importantes del partido como Luis Alegre y Germán Cano, todos estos personajes dedicaron en mayor o menor medida sus investigaciones académicas a la política contemporánea de Latinoamérica. La disertación de Errejón del 2012, por ejemplo, es un estudio sobre el primer gobierno de Movimiento al Socialismo (el partido de Evo Morales) en Bolivia, de 2006 al 2009. Años antes, en 2006, Luis Alegre, filósofo marxista de la Complutense, escribió junto a Carlos Fernández Liria, también filósofo de la misma universidad, un libro sobre la respuesta de los intelectuales occidentales a la presidencia de Hugo Chávez en Venezuela. Y, en el mismo año, Iglesias permaneció todo el otoño en Bolivia, durante el periodo de las elecciones, para escribir un ensayo sobre el tema que más tarde aparecería en Bolivia en movimiento: acción colectiva y poder político, un libro que coeditó en el 2007 con Jesús Espasandín. Derivado de sus intereses académicos por los gobiernos socialistas latinoamericanos, Iglesias, Errejón y otros miembros de Podemos han enfatizado su nexo intelectual con un grupo de pensadores vinculados a la región, entre los que destaca el teórico político argentino Ernesto Laclau.

Si existe una teoría política que estructure la “hipótesis Podemos”, como la llama Iglesias, esta cuenta con dos componentes distintos. Uno tiene que ver con la revisión neo-gramsciana del concepto de “hegemonía” propuesta por Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, y con la teoría del populismo del primero. El otro componente es su apuesta por la importancia de la televisión y otros medios como instrumentos para desarrollar y transmitir su propia hegemonía, o lo que llamaré su “teoría neo-leninista de la comunicación”.[1] Errejón, el principal teórico laclauista de Podemos, define a la hegemonía como “la capacidad de un grupo de presentar su proyecto particular como encarnando el interés general (un particular que genera en torno a sí un universal), una relación contingente, siempre incompleta, contestada y temporal”.

Además de esta definición básica de hegemonía, Errejón, siguiendo a Laclau, nota lo fundamentales que son los “significantes vacíos” para que el grupo en cuestión articule la encarnación del interés general. Para Podemos, estos significantes vacíos hasta el momento han sido menos palabras como “democracia” –el preferido de Laclau– y más términos como “la casta”, “el pueblo” y “el régimen del 78” –año cuando se realizaron los “Pactos de la Moncloa”, un acuerdo entre los partidos políticos y los sindicatos sobre cómo estabilizar la economía española, que en gran medida dejó intactas a las personas y empresas que se habían beneficiado de la liberalización económica impuesta por el franquismo desde 1959. Contrastando con las lecturas convencionales de Laclau y Mouffe, Errejón da mayor peso al aspecto universalizador de la construcción de un “bloque hegemónico” radicalmente democrático que a la compleja manera en la que esta construcción tiene lugar. Errejón identifica que la hegemonía “no es solamente una cuestión de liderazgos o simplemente una alianza de fuerzas, sino la construcción de un nuevo significado que es más que la suma de sus partes”.

La lectura que Errejón hace de Laclau y Mouffe se aleja de las interpretaciones de otros estudiosos en dos puntos: confronta la idea de que la construcción del bloque hegemónico es un proceso de abajo hacia arriba y, segundo, responde al recelo, común entre mucha gente de la izquierda, ante “los peligros de los liderazgos carismáticos y vanguardistas”. En su ensayo para Le Monde Diplomatique, “¿Qué es Podemos?”, Errejón explica las formas en las que Podemos ha enfrentado los “tabús de la izquierda clásica”. En concreto, Errejón escribe que Podemos se ha ocupado críticamente de tres creencias que han limitado proyectos socialistas del pasado: “la rigidez del mecanismo de lo social”, “el tabú por el liderazgo”, y las definiciones de “izquierda” y “derecha” como significantes políticos.

La primera creencia se refiere a la idea de que los actores políticos tienen que construir un movimiento social antes de contender electoralmente. Podemos, a juzgar por Errejón, es una lectura del movimiento 15-M, “una iniciativa que nació desde arriba, y, en contra de la idea fatalista de muchos activistas y de la izquierda radical de que ‘no existen atajos’, defiende que el periodo electoral es también un momento para articular y construir identidades políticas”. El segundo punto se refiere a esa tendencia antidemocrática que algunos críticos identifican como el riesgo inherente a cualquier intento de construir un partido político alrededor de un líder carismático. De acuerdo con Errejón, Podemos, en contraste, ha mostrado que el uso estratégico del líder, en este caso de Pablo Iglesias, no solo es un complemento sino que es, de hecho, un componente fundamental en la construcción de la hegemonía.

El tercer y último tabú que Podemos cuestiona involucra a la división inviolable y rígida entre la izquierda y la derecha. En un país donde el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) sobrevive identificándose como un partido de centro-izquierda, pero una vez llegado al poder promueve las clásicas políticas públicas de la derecha, esas supuestas divisiones pierden todo el significado que pudieron tener alguna vez. Más aún, buena parte de la población rural y obrera de España no se identifica con la izquierda. Errejón argumenta que, al proponer un discurso antagonista que opone la “democracia” a la “oligarquía” o la “ciudadanía” a “la casta”, se redefinen “los polos (las identidades), los términos, y el campo de batalla mismo”. Estas nuevas dicotomías, escribe, “aspiran a aislar a las élites y generar nuevas identidades en contra de ellas”.

El último componente de la teoría política de Podemos es lo que llamo su reconocimiento neo-leninista de la importancia de la comunicación para la construcción de la hegemonía. En el capítulo de su libro ¿Qué hacer? –un capítulo usualmente ignorado– sobre la necesidad de un periódico político ruso de cobertura nacional, Lenin argumenta que, mientras que los movimientos políticos se construyen organizando a las personas en la calle, “no existe otra manera de entrenar organizaciones políticas fuertes que a través de un periódico político ruso de cobertura nacional”.[2] Lenin estaba consciente del alcance geográfico e ideológico que los periódicos tenían en la Rusia zarista. Declaró incluso que “la publicación de un periódico político ruso de cobertura nacional debería de ser la línea principal por la que inquebrantablemente se debería desarrollar, profundizar y expandir la organización”. Esta cita ilustra la importancia que Lenin le daba a los medios de comunicación como instrumentos para recolectar apoyo entre una gama de clases sociales.

A pesar de que ni Iglesias ni Errejón admiten influencia teórica alguna, la primera estrategia mediática de Podemos ha radicalizado en muchos sentidos este presupuesto leninista al aprovecharse de las tertulias –los debates políticos en televisión– como el principal medio para ganar el apoyo del público y desarrollar un bloque hegemónico. En España –escribe Iglesias– “las personas no se involucran en la política mediante los partidos, […] sino por los medios”. Los programas políticos transmitidos en cadena nacional se han convertido en una especie de parlamento, dice Iglesias. Muchos de los canales fueron forzados por la demanda de rating a dedicar un espacio a las “víctimas” de la crisis económica. La televisión, sigue Iglesias, “permite y ayuda a manufacturar los esquemas en los que piensan las personas –las estructuras mentales y sus valores– en un nivel mayor de intensidad que los sitios tradicionales de producción ideológica: la familia, la escuela, la religión”. Esta primera estrategia mediática, que diferencia a Podemos de los otros partidos españoles, así como de otros proyectos de la izquierda que intentaron construir una plataforma populista, es en buena medida el método con el que la organización expandió su apoyo electoral más allá del movimiento del 15-M y de los pequeños grupos de izquierda alrededor del país.

Por esta misma razón, sin embargo, Podemos también ha sido el partido político más criticado en España. Ya sea en la televisión o en las páginas de periódicos y libros, ha sufrido constantes ataques desde la derecha y también desde la izquierda. Estas críticas revelan una ansiedad latente, cierto nerviosismo, especialmente en la derecha, sobre el futuro de sus propios compromisos políticos y la manera de perseguirlos electoralmente y defenderlos en el campo de batalla intelectual de opiniones e ideas.


16104083334_5e3efd1603_k (2)

La derecha contra Podemos

“Si el conservadurismo es una reacción específica a un movimiento específico de emancipación”, escribe Corey Robin en The Reactionary Mind, “suena lógico que cada reacción tendrá la marca del movimiento al que se opone.” Ese es precisamente el caso de Podemos y sus detractores. Desde finales de mayo de 2014, cuando Podemos estalló en el escenario político internacional por la elección de cinco de sus miembros al Parlamento Europeo, los comentaristas –conservadores y no conservadores– han estado interesados en discutir, reportar y publicar sobre el nuevo partido de izquierda en España. Cuando a muchos de esos comentaristas les preguntan qué precipitó el increíble ascenso de Podemos, contestan que fue la presencia mediática del partido, principalmente en la figura de Pablo Iglesias.

Como se lee en la solapa de ¿Podemos?, el libro de Asís Timermans: “Podemos es el fenómeno político más mediatizado de España en los últimos años”. Pero si la presencia mediática de Podemos es, según estos críticos, la razón de su creciente apoyo, no es menos cierto que el instrumento utilizado por los críticos para debilitar el partido ha sido el mismo: los medios. Durante el año entre las primeras y las segundas elecciones de Podemos, se estuvieron publicando regularmente libros críticos contra el partido: al menos trece aparecieron en ese lapso, de los cuales siete eran críticos. Estos libros surgieron en el contexto de una cobertura sesgada contra Podemos en periódicos de centro-derecha como el ABC, El Mundo y La Razón, y en canales como Telemadrid, Intereconomía y Televisión Española (TVE), el canal del gobierno.

En España, un país donde los medios han sido históricamente dominados por las voces de derecha, estas críticas suelen revelar tanto de la forma y estabilidad del movimiento conservador (o falta de ellas) como del propio objeto de su desdén. Con esto en mente, el resto de este artículo estudiará la reacción conservadora en España a la emergencia de Podemos, un partido que, como Syriza en Grecia, puede llegar a gobernar. Muchos, incluso, han dicho que su irrupción ha redibujado las coordenadas de la política española. Corey Robin, en el libro arriba citado, estudió la historia de las reacciones conservadoras a las irrupciones progresistas, desde el abolicionismo hasta el feminismo, para entender el motivo del movimiento conservador en el contexto anglosajón. Los conservadores, nota, reaccionan coherente, rápida y unánimemente a estos movimientos emancipatorios que presentan una gran amenaza a la continuidad de su poder. La reacción conservadora tiene que articular, no la derrota ideológica, escribe Robin, sino la amenaza, “el fracaso en un sentido intimidante y sugerente”: “La pérdida social, de posición o poder, de privilegio o prestigio, es el germen de la innovación conservadora”.

Los siguientes años y décadas juzgaran hasta qué punto Podemos podrá sobrevivir a la enorme esperanza que se le ha apostado desde la izquierda. También el tiempo permitirá ver el grado en que el partido en verdad desafió el poder de la derecha en un país que se recupera todavía de cuatro décadas de fascismo. Estudiando la reacción que la derecha ha tenido hacia Podemos, pretendo explicar y entender exactamente qué aspecto del partido     –y, por extensión, de la fuerza inspiradora detrás de él, esto es, las protestas de los “indignados”– es aquello que las élites conservadores encuentran tan amenazante.

Han existido dos reacciones políticas de la derecha española contra Podemos. Por un lado, muchos en la derecha inmediatamente intentaron (y después de dos elecciones todavía intentan) desacreditar al partido por asociación. Los críticos conservadores han pretendido que sus menciones al hecho de que los líderes del partido, que son científicos sociales de formación, hayan estudiado a los gobiernos de la “marea rosa” latinoamericana evoquen la animadversión automática de los lectores españoles, que han sido condicionados a pensar en estos regímenes como “dictatoriales”, “totalitarios” y “catastróficos”. Por otro lado, sin embargo, otros desde la derecha han saludado la irrupción de Podemos como un llamado de atención para sus propios colegas conservadores. Como Timermans escribe en ¿Podemos?, “lo más importante de la política española en 2014 no fue la emergencia de un líder como Pablo Iglesias –inteligente, buen estratega y, sobre todo, excelente comunicador– ni de Podemos como organización, sino la manera en que han sido capaces de aprovechar una acumulación de elementos negativos sin precedentes en el espacio público”. Con “elementos negativos” Timermans se refiere a:

corrupción institucionalizada, el silencio cómplice entre políticos ante los excesos de sus propios partidos, la falta de preparación para manejar los asuntos públicos, el desdeño e inhabilidad para comunicarse con el ciudadano común, el ocultamiento de sus estados bancarios, el ejercicio despótico del poder político sin atender a los intereses de los ciudadanos, la vergonzosa colusión entre los poderosos por encima de la ley, la falta de respeto a la opinión pública, y el control del ejercicio del poder.

Esta lista de afrentas podría llevar a más de uno a pensar que Timermans es miembro de un partido de izquierda similar a Podemos. Timermans, sin embargo, no podría estar más alejado de avalar las políticas de izquierda, pues es profesor de historia de las instituciones financieras en la Universidad Rey Juan Carlos y columnista del medio conservador Libertad Digital. Las afirmaciones de Timermans son un diagnóstico de los fracasos de la derecha dirigido a recriminar sus hábitos decadentes y a rejuvenecer su defensa del orden político.

Haciendo eco de uno de los argumentos más poderosos de Corey Robin en The Reactionary Mind, para los conservadores que, como Edmund Burke y Joseph Maistre, han intentado revitalizar su causa, “el peor enemigo del antiguo régimen no es ni el revolucionario ni el reformador, sino el mismo antiguo régimen o, para ser más precisos, los defensores del antiguo régimen”. ¿Por qué? Porque “los defensores carecen de las capacidades ideológicas para apoyar la causa del antiguo régimen con el vigor, la claridad y el propósito necesarios.”


#Podemos: el “libro instantáneo”

Después de las elecciones para el Parlamento Europeo del 25 mayo de 2014, los conservadores aparecieron predeciblemente en manada a denunciar a Podemos en televisión, radio y los editoriales en los periódicos. Más impresionante que este diluvio inmediato, sin embargo, fue el hecho de que el primer libro sobre Podemos fue publicado justo un mes después de su victoria electoral, el 25 de junio de 2014. Editado por John Müller, un periodista con larga experiencia en El Mundo, #Podemos: deconstruyendo a Pablo Iglesias es un libro de ensayos enfocados en criticar al partido y cuyo título irónico no miente. Editado en poco tiempo, la obra se puede describir, según Müller, como un “libro instantáneo”. A pesar de que Müller se refiere a la velocidad con que el libro se escribió, editó y publicó, uno podría entender que “instante” significa una “instantánea” del pensamiento conservador en España ante uno de los más impresionantes éxitos electorales de la década –o del periodo democrático posterior a los setenta– protagonizado por un partido que no es el PP ni el PSOE. La lista de colaboradores de este libro es estrecha: buena parte de los autores están asociados a El Mundo y casi todos son periodistas o economistas, o ambas cosas.

Una figura importante entre estos colaboradores es Lorenzo Bernaldo de Quirós, quien es presidente de la consultora Freemarket Corporative Intelligence, está asociado al Instituto Cato en Washington, D.C., y recientemente publicó un libro llamado Por una derecha liberal (2015). Al igual que las figuras de derecha discutidas en el libro de Robin, que dedican más tiempo a polemizar con sus colegas ideológicos que con sus oponentes, Quirós hace lo mismo con una derecha española que todavía disfruta del gobierno del Mariano Rajoy, que empezó en diciembre de 2011.

En su texto (“El programa económico de Podemos: ¿Es viable? ”), Quirós plantea que la derecha española debería de abrazar el programa neoliberal con mayor intensidad y dejar de lado su tradicionalismo, que suele trabar el curso de las privatizaciones. Pero, a diferencia de culturalistas ortodoxos como Juan Donoso Cortés, el teórico político español del siglo XIX cuyas ideas inspiraron la Teología política de Carl Schmitt, Quirós suscribe al catecismo de libre mercado de Hayek. Para él, el conflicto sobre el poder del capitalismo es lo que definirá el futuro de España y el mundo. La contribución de Quirós al libro, titulada “El programa económico de Podemos: ¿es viable?”, subraya esta preocupación por el fortalecimiento de las políticas neoliberales. Sus críticas a la “incoherencia” del programa económico del partido o incluso a su “antieconomía” son más bien expresión de su rechazo a cualquier movimiento que huela a redistribución.

La crítica más penetrante de Quirós, una que se repite en todos los ensayos del libro, dice que Podemos está usando a la política para otros medios. La ideología de Podemos, afirma, tiene que ver “con un ejercicio de voluntarismo construido por discursos encendidos, eslóganes y argumentos pseudo-morales que no apelan a la razón, sino a la instrumentalización del malestar y la frustración”. Para Quirós, Podemos representa una amenaza para la democracia liberal porque está construido desde fuera; no emerge de ella. El término “construcción” es clave para el universo lingüístico de la derecha española: aquí, por ejemplo, le permite a Quirós vincular a España misma con el fundamentalismo de mercado, relegando cualquier posición política que no se suscriba a él al ámbito de la alteridad. Tan pronto como algo es considerado como “construido”, en contraste con lo “orgánico”, es también cuestionado como antinatural y antinacional. Para Quirós, apoyar a Podemos es, en última instancia, una “expresión modernizada del nihilismo”.


16232513788_015872ea95_b (2)

Construyendo populismo

La impresión de que Podemos es una “construcción” formada desde fuera de la política española no es exclusiva de la derecha. Se asemeja sorprendentemente, de hecho, a una de las mayores críticas hechas desde la misma izquierda. Así como Quirós entiende que Podemos instrumentaliza la política por otros medios, muchos socialistas han criticado en este sentido al partido por ser populista, algo que ellos entienden como una perversión de la democracia con fines antidemocráticos. Santos Juliá, el historiador de referencia de El País, por lo general alineado políticamente con el PSOE, comparó el discurso de Pablo Iglesias con el del ascenso del nazismo durante la República Weimar, de la mano de la película Cabaret. Dice Juliá: “‘El mañana es nuestro’, así concluyó Iglesias su primer discurso en el Parlamento Europeo. Y, después de escucharle la frase, es imposible olvidar al guapo joven alemán, con su pie subido sobre la mesa, cantando con emoción ‘Tomorrow belongs to me’”. Al igual que el partido nazi revocó ilegítimamente la Constitución de Weimar al llegar al poder, Podemos, según la metáfora de Juliá, llevará a España al autoritarismo tan pronto tenga los medios para ello. Para los socialistas como Juliá, la lección que los españoles deben aprender es la de tener cautela ante cualquier amenaza interna que intente usar la política para cancelar la democracia liberal en el país.

En un movimiento similar, el líder del PSOE, Pedro Sánchez, advirtió en la radio nacional que Podemos es un partido populista que busca llevar a España por el camino de la Venezuela de Chávez, lo que para él significa “listas de racionamiento, falta de democracia y mayor desigualdad y pobreza”. Como otros en la izquierda y en la derecha, al describir a Podemos como un partido populista, Sánchez se refiere a que se trata de algo que viene de fuera de la democracia liberal. El argumento completo sugiere que el populismo elimina la democracia e impone un régimen autoritario con todos sus agravios.

Otro autor del libro editado por Müller, Esteban Hernández, explica que “el objetivo de Podemos es el de entrar en la política española no con la intención de ocupar un espacio sino de transformar las reglas del juego”. Como lo sintetiza Cas Mudde, al referirse a Podemos y Syriza: “En pocas palabras, el populismo es una respuesta democrática iliberal a un liberalismo sin democracia.” Se espera que los lectores de este planteamiento, además de discrepar con el iliberalismo de Podemos, tienen que asentir con el carácter de outsider que se le atribuye al populismo. La fusión conceptual de democracia y liberalismo, entendida como el sinónimo del tipo de régimen que la izquierda debería apoyar instintivamente, rechaza que el populismo pueda ser algo perteneciente a la esfera política. Esta posición condena al populismo por no buscar correctivos para el “liberalismo sin democracia” desde dentro de la esfera política. Pero al realizar esta condena, esta perspectiva fortalece la posición del liberalismo dentro del discurso político, dándole una inmunidad frente a la crítica “desde dentro”, la única que consideraría legítima. Los socialistas como Sánchez y Juliá rechazarían que se considerara como una “construcción” a su rígida definición de democracia –que para ellos es sinónimo de liberalismo. Más todavía, su lectura del populismo de Podemos es casi la misma que la lectura constructivista de la derecha: comparten las mismas preocupaciones de la amenaza que representa el partido para el liberalismo, especialmente para el libre mercado entendido como la “máxima” expresión de la libertad. El populismo es entonces la categoría en la que el PP y el PSOE convergen a la hora de definir la política de Podemos.

En otra parte de #Podemos (“¿Y ahora, qué? El Nuevo mapa político español tras la irrupción de Podemos”), John Müller, el editor del libro, intenta conceptualizar el supuesto populismo del partido. Empezando con una premisa política –la necesidad de articular a “el pueblo” en contra de una “élite”–, la definición de Müller rápidamente se traslada al ámbito económico porque, dice, “no existe un consenso sobre la definición científica” de populismo. La carta blanca que Müller se concede lo lleva a ver el populismo como un “sinónimo de irresponsabilidad macroeconómica, nacionalismo económico, intervención estatal y políticas redistributivas clientelares”. Luego procede a citar una serie de artículos y libros que se enfocan exclusivamente en su expresión en Latinoamérica, quedándose en figuras como Chávez en Venezuela y los Kirchner en Argentina. Lo que permite asociar a estas formaciones políticas tan diferentes, escribe Müller, no es un programa ideológico común o la noción de Mudde de respuesta democrática a un régimen no democrático, sino más bien una idea que solo funciona en retrospectiva: los regímenes populistas son aquellos que han implementado políticas populares, pero que terminan por herir el interés económico de la mayoría. En las manos de Müller, esta incoherente y sesgada definición de populismo –el populismo es, simplemente, “mala” política macroeconómica– ni siquiera se puede tomar en serio en sus propios estándares. Müller nota que el populismo argentino incluye el intervencionismo estatal de Juan Domingo Perón, el nacionalismo económico de los Kirchner y el neoliberalismo de Carlos Menem. Es una incógnita cómo una definición como esa es capaz de ayudar a los conservadores a entender lo que es populismo.

Sin embargo, el objetivo principal de este libro colectivo es, más que hablar de Podemos, diagnosticar el malestar del conservadurismo español a la mitad del actual periodo político. “En el caso español –escribe Müller siguiendo la crítica de Quirós en Para una derecha liberal– esta retórica ha encontrado apoyo en la realidad gracias a la desaparición de los principios meritocráticos de selección en política, los casos de corrupción que tocan a casi todo el espectro político y otras anomalías institucionales, como la distribución de plazas en la judicatura entre los dos grandes partidos o la ineficiencia del sistema judicial para resolver los casos de corrupción.” Para muchos en la derecha, Podemos puede ser un intento populista por llevar a España hacia el autoritarismo; si lo anterior es cierto, escribe Müller, la derecha tiene mucho que hacer en su camino al poder. Es precisamente el fracaso económico, político y social de la derecha lo que ha permitido el crecimiento tremendo de partidos pequeños como Podemos.

La idea de “construcción” también pone sobre la mesa la pregunta por la intencionalidad. Si Podemos es una construcción populista que busca transformar la democracia liberal en algo más, ¿quién exactamente está haciendo la “construcción” y por qué? Este es un tema delicado para los conservadores, que por un lado buscan criticar lo que ven como un oportunismo político, pero por el otro lado desearían que sus críticas se tomaran con seriedad, no como calumnias. Quirós mismo duda sobre si los líderes de Podemos en realidad intentan destruir la economía española (que él entiende como el renunciar a las medidas de austeridad impuestas por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Banco Central Europeo, y la institución de algo parecido a un Ingreso Básico Universal). “Si bien esta no sea la intención explícita de sus líderes y de aquellos que dieron su apoyo al partido en las boletas –escribe en el último párrafo de su colaboración–, su política económica tendría un carácter autoritario… Esto es indudable y, además, no existe razón por la que esto molestaría a los defensores del partido, cuyo leimotif es precisamente desmantelar la democracia liberal de libre mercado”. A la fusión entre democracia y liberalismo, los conservadores como Quirós añaden otro componente: capitalismo. La de por sí ya sospechosa creencia de que Podemos tendría la intención de llevar a España al autoritarismo se desarma desde el mismo argumento que se declara que eso es “indudable”.

Para los conservadores españoles, Podemos es por tanto una fuerza externa en todos los sentidos posibles. No solo se le percibe como externa al crisol de liberalismo, democracia y capitalismo, sino también como ajena al tiempo mismo: Podemos no pertenece al presente; es anacrónico. Además, Podemos, según los conservadores, es también un outsider geográfico: no es en realidad de España, sino de Latinoamérica. Esta forma de entender el carácter de outsider de Podemos aparece en casi todos los ensayos publicados en #Podemos.

En su mayor parte, el argumento del outsider descansa en el mencionado vínculo entre los líderes del partido y los gobiernos de la “marea rosa”. En manos de los conservadores, las anécdotas biográficas sobre este vínculo se insertan, magnificadas, en la teoría política de Podemos. “El principal aporte de Podemos, escribe John Müller en su contribución, es la introducción a la política española de ideas y estrategias del populismo latinoamericano. Es lo que se llama izquierda bolivariana en contraste con la izquierda clásica que ha evolucionado desde el Eurocomunismo de los sesenta y que engloba la Izquierda Unida (IU).”

Esta división rígida, no tan incorrecta, de la izquierda en dos linajes recuerda a la famosa distinción de Jorge Castañeda desarrollada en un artículo del 2006 en Foreign Affairs –dos izquierdas decía Castañeda: una afín a la economía de mercado, el desarrollo, e inundada de retórica rosa, y la otra anti-capitalista (en la medida en que se pueda), creyente en las políticas del Estado benefactor y metodológicamente populista. Castañeda lo describía así:

No existe una única izquierda hoy en día: existen dos. Una es moderna, de mente abierta, reformadora y cosmopolita, y viene, paradójicamente, de la izquierda dura del pasado. La otra, nacida de la gran tradición del populismo latinoamericano, es nacionalista, estridente, de mente cerrada. La primera está atenta a sus errores en el pasado (así como a los de los antiguos modelos en Cuba y la Unión Soviética) y ha madurado. La segunda, lamentablemente, no.

En suma, Castañeda sitúa a Lula en Brasil y Bachelet en Chile en el grupo de la primera izquierda; y a Chávez en Venezuela, Morales en Bolivia y Kirchner en Argentina en el segundo. El objetivo de la distinción de Müller, parecida a la de Castañeda, más que proveer un relato histórico de la izquierda, es el de subrayar la naturaleza de Podemos como outsider: en este caso, ser un outsider significa ser anacrónico en lo económico, tener motivos políticos ocultos e importar a España formas políticas que no son españolas –todo lo cual simbolizaría la irracional extrema.


Los frikis de los medios

El último eje crítico que aparece en los ensayos de #Podemos tiene que ver con la presencia mediática de sus miembros. Los conservadores señalan la visibilidad de estos miembros –especialmente su habilidad para acceder a canales nacionales de España como La Sexta o Cuatro. Esto también es visto como una amenaza desde el exterior o como la aparición de unos frikis juveniles –así los llamó después de las elecciones Pedro Arriola, asesor del primer ministro Mariano Rajoy. En su ensayo (“La estrategia de comunicación, ¿clave del éxito de Podemos?”), Fran Carrillo –director de una empresa que entrena las habilidades comunicativas de empresas y élites políticas– rescribe la narrativa de la irrupción del partido atendiendo, no a las biografías políticas, sino las historias mediáticas de las principales figuras del partido. Este sutil replanteamiento de la interpretación conservadora vacía a Podemos de su contenido ideológico y reduce todo a una cuestión de estrategia mediática, a la vez que empaqueta la crítica formalista como un estrategia para revigorizar a la derecha.

Carrillo argumenta que Podemos utilizó una estrategia política de “boomerang” nunca antes vista en la política española. Esta estrategia consiste en

acercarse a las calles, escuchar los mensajes que se emiten ahí e identificar qué palabras se están utilizando en las protestas para, luego, una vez examinadas y revestidas de formalidad, transformarlas en pura nitroglicerina: discursos incendiarios, revolucionarios e indignados.

En buena medida, agrega para sintetizar, “ellos regresaron a las personas lo que las personas les habían transmitido”. Carrillo revela el fracaso de los partidos del establishment para prestar atención a lo que está sucediendo en la sociedad española no burguesa. Los partidos del establishment como el PP y el PSOE, nota Carrillo, han creado estructuras políticas impermeables, lo que significa que no solo no se pueden adaptar a las nuevas circunstancias políticas, sino que no pueden mantenerse cerca de la esfera pública


¿Podemos?

La publicación de #Podemos en el verano de 2014 fomentó una industria doméstica de libros de crítica conservadora del nuevo partido de izquierda. No sería sino hasta el otoño que se pasaría el relevo. El primero y más sustancioso de estos relevos fue ¿Podemos?, el libro de Asís Timermans. El objetivo del libro es responder a la pregunta de por qué tantas personas aparentemente sin compromiso ideológico decidieron votar por Podemos en las elecciones europeas. En otras palabras, ¿cuál fue la naturaleza de este “voto de protesta” (como comúnmente se le conoce)? ¿Y cuántos de estos votos vinieron de las líneas de los partidos tradicionales como el PSOE y el PP? Muchas personas que simplemente hubieran votado por otro partido grande en protesta con la pasada administración, decidieron en cambio votar por un partido no tradicional, que las encuestas en las semanas previas a las elecciones proyectaban ganaría, en el mejor escenario, un lugar en el parlamento.

Timermans se interesa en esta pregunta desde una perspectiva ideológica. Si estos votantes hubieran estado motivados por una postura ideológica, hubieran dado su voto de protesta a partidos con posturas afines a las de ellos mismos, como el partido de centro-derecha Ciudadanos o el partido de extrema derecha Vox. Pero no lo hicieron. Más bien se les hizo atractivo el discurso de la honestidad y la responsabilidad que vieron manifestado en la obsesión de Podemos con la corrupción en la democracia. El fracaso del PP para identificar esta preocupación entre la población, dice Timermans, tiene que ver con el “arriolismo” –una estrategia de Pedro Arriola, el mismo asesor que llamó frikis a los votantes de Podemos– que prioriza “hacer números” sobre la construcción de proyectos ideológicos. La idea detrás de esta estrategia de “contar votos” tiene que ver con rebasar el umbral mínimo de votos con el fin de mantener el poder. Al traducirla en estrategia, sigue el autor, la idea de “contar votos” recurre a una retórica del miedo cuya intención es espantar lo suficiente a los votantes para que sigan votando por el PP y el partido mantenga el poder.

El libro de Timermans ofrece tal vez la confirmación más clara del argumento de Corey Robin de que los intelectuales de derecha por lo general reservan sus críticas más espinosas para sus propios colegas de la derecha, que perciben como complacientes frente a una “amenaza real” de la izquierda. Timermans explica que, como repercusión de las elecciones del Parlamento Europeo, la derecha debatió si instrumentar o no el uso del miedo entre sus electores ante la emergencia de Podemos. La hipótesis era que el miedo convencería a aquellos que iban a apoyar a Podemos de dar su voto al PP. Pero “contrarrestar la esperanza con el miedo, aparte de ser erróneo, es inútil”, dice Timermans. Al mostrar su ignorancia, la derecha ha pensado en Podemos como algo que solamente afecta electoralmente a la izquierda y que, de hecho, hasta podría dividirla, beneficiando al PP. Para el autor, sin embargo, el que la derecha no quiera reformar sus políticas fallidas y crear un nuevo proyecto ideológico exhibe el amplitud de su deterioro.

Tras el éxito de Rajoy en las elecciones nacionales del 2011, el PP ciertamente se ha dormido en sus laureles. Además, a diferencia de lo que sucede en Estados Unidos o en otras partes de Europa, quienes han solicitado al PP que articule una nueva visión ideológica no han sido grupos particularmente xenofóbicos o que hagan llamamientos a la violencia. El PP ha mantenido una cara pública disciplinada a pesar de los vínculos directos entre sus líderes y los partidarios del franquismo. Mucho de esto tiene que ver con su decisión de convertirse en un partido funcional en una democracia liberal, por lo que ha tenido que incorporar a sectores más moderados de la derecha. El PP ha sido también el promotor más pacíficos (aunque igual de cuestionable) de la implementación de la economía neoliberal en España, una política que pretende eliminar por completo los servicios sociales y dejar a los ciudadanos sin protección ante los caprichos de la explotación capitalista.

A mediados del siglo XIX, la figura que encarnaba la vitalidad de la derecha española era Juan Donoso Cortés, quien, en reacción a las revoluciones de 1848, desarrolló una teoría de la dictadura que tuvo eco entre los conservadores de todo el continente. En la España de hoy, esa figura se acerca más al perfil del crítico en apariencia centrista, como Timermans, Müller, Quirós o Ralló –“en apariencia centrista” porque, a diferencia de la extrema derecha, esta figura conservadora mantiene lo que considera un compromiso no ideológico con la soberanía de los mercados neoliberales. Pero tal “centrismo” es cualquier cosa menos eso. Y si la reacción coordinada de estos “centristas” al surgimiento de Podemos –un partido cuyo principal objetivo es limitar la soberanía de los mercados– es indicación de algo, se puede suponer con certeza que la derecha está de hecho intentando revitalizar su visión ideológica precisamente ahora.


Notas 

[1] Tomo este término en parte de George Caffentzis y su noción de una “teoría de la comunicación revolucionaria”, en la que enfatiza el hecho de que uno de los principales argumentos de Lenin en ¿Qué hacer? era que la desconexión entre los grupos sociales rusos necesitaba sobre todo un periódico nacional para articular persuasivamente narrativas, facilitar la comunicación y, finalmente, organizar la acción en contra del Estado zarista. Veáse George Caffentzis, “Lenin on the Production of Revolution”, en Werner Bonefeld y Sergio Tischler Visquerra, eds., What Is to Be Done? Leninism, Anti-Leninist Marxism, and the Question of Revolution Today, Ashgate, Aldershot, 2003, pp. 150–67.

[2] V.I. Lenin, What Is to Be Done? Burning Questions of Our Movement, International Publishers, New York, 1969, p. 157; énfasis en el original.


La versión original de este texto se publicó en Radical Philosophy.

Traducción del inglés de Jorge Cano.

(Imágenes cortesía de Daniel López GarcíaMinisterio de Cultura de la Nación Argentina y Vicente José Nadal.)

Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email
Shopping Basket