Populismo USA: entre la desigualdad social y la política identitaria

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Los partidarios de Bernie Sanders estaban listos para la fiesta. Su candidato iba a hablar frente a la misma audiencia —en su mayoría millenials progres de la convención anual de Netroots Nation— que el día anterior se había rendido a los pies de la senadora Elizabeth Warren, cuyas críticas a Wall Street y el poder del dinero en la política son prácticamente indistinguibles de las de Sanders. En el auditorio principal, justo detrás de mi mesa, cinco personas disfrazadas de oligarcas de caricatura se divertían de lo lindo jugando a Rico McPato contra Bernie. Decenas de jóvenes sonrientes, casi todos blancos, repartían carteles de campaña con el ubicuo “Feel the Bern!”

La primera señal de que las cosas no irían conforme a lo planeado fue el papelón que hizo Martin O’Malley, exgobernador de Maryland y primero en la pasarela, cuando activistas del movimiento “Black Lives Matter” lo interrumpieron y se le plantaron en el escenario. Al pedírsele que repitiera la consigna que da nombre al movimiento, O’Malley  respondió con el lugar común de una neutralidad que los activistas consideran inaceptable: “black lives matter, white lives matter, all lives matter”. Después de eso, el exgobernador ya no pudo hacerse escuchar.

Sin embargo, se suponía que Bernie Sanders tenía mucha mayor legitimidad para abordar el tema de la discriminación racial y el abuso policiaco, y sus partidarios asumían que así lo entenderían los que protestaban frente al escenario. El resultado fue un ejemplo clásico de lo que los latinoamericanos llamamos “desencuentros”. El candidato no pudo entender por qué se le cuestionaba a pesar de su historial en favor de los derechos civiles y la justicia económica, mientras que los activistas de “Black Lives Matter” se resistían a que las experiencias de discriminación y su peculiar virulencia contra los afroamericanos fueran diluidas en el discurso de la desigualdad socioeconómica como causa raíz. La presentación de Sanders terminó entre gritos y poco faltó para que sus partidarios y críticos se liaran a golpes. Caminando entre los bandos pude ver que tanto el encono como la perplejidad eran genuinos. ¿Por qué “Black Lives Matter” revienta un evento del candidato más progresista en vez de protestar contra los candidatos que abiertamente respaldan la brutalidad policiaca y fingen ceguera frente al complejo carcelario industrial que afecta sobre todo a los jóvenes afroamericanos? ¿Por qué los simpatizantes de Bernie Sanders se apresuran a felicitarse a sí mismos por su supuesta sensibilidad hacia las víctimas de la discriminación, pero no permiten que esas mismas personas se expresen con su propio discurso y en sus propios términos? La escena se repitió tres semanas después en Seattle.

Mucho se escribió desde ese día difícil de mediados de julio. Aunque los matices son importantes, la discusión en la izquierda social estadounidense es una reedición de polémicas de larga data sobre la relación entre política identitaria y desigualdad social: ¿son las políticas y campañas antidiscriminación un apartado de la lucha más amplia contra la desigualdad social o deben construir un programa autónomo que, si bien puede ser parte de la construcción de alianzas, no debe perder la primacía de su objetivo?

En un plano teórico más amplio, las interacciones entre la candidatura de Bernie Sanders y el movimiento “Black Lives Matter” nos pueden arrojar luz sobre la aplicabilidad y los límites de la teoría populista de Ernesto Laclau en coyunturas concretas, sobre todo si nos enfocamos en un aspecto crucial —la construcción de la identidad colectiva a partir de la articulación democrática de demandas—, que suele invocarse menos que el resultado políticamente más visible: la emergencia de un bloque popular irreductiblemente opuesto a los detentadores del poder. ¿Cómo se negocian las demandas individuales en el proceso que verá a una de ellas alzarse como la demanda hegemónica que ancla y cementa al bloque popular? ¿El diseño populista de Laclau presume un cierto nivel de homogeneidad étnica/racial, lingüística, de origen nacional o alguna otra que no admite experiencias demasiado diferenciadas de discriminación o exclusión?

Bernie Sanders es un populista. En Estados Unidos, el término conlleva una menor carga peyorativa que en América Latina. En la galería de personajes “populistas”, según la descripción común, abundan los políticos reformadores de personalidad exuberante, como Theodore Roosevelt, y caciques locales autoproclamados progresistas, como el gobernador de Luisiana Huey Long; estos y otros nombres están en su gran mayoría a salvo de las conexiones filofascistas que han empañado la reputación del populismo latinoamericano. Todos en algún momento expresaron su apoyo al “hombre común” por encima de los poderes establecidos. Bernie Sanders es también un populista en el sentido más laclauista: es un dirigente que busca posicionar la demanda hegemónica del combate a la desigualdad social para afianzar una amplia coalición de fuerzas contra la oligarquía, definida informalmente como todos aquellos multimillonarios que controlan el acceso a las decisiones políticas a través de sus cañonazos de dinero.

Recordemos que la elaboración original de Laclau, en La razón populista (FCE 2006), es la de un tipo ideal de construcción de identidades colectivas. No hay nada en la teoría que vincule la lógica política populista con un tipo de régimen, ni tampoco existen estudios empíricos, hasta donde sé, sobre el impacto de esta lógica sobre la calidad democrática de las instituciones públicas. Dicho en otros términos, la relación entre el populismo postulado por Laclau y la democracia, como forma institucional y como práctica, es parte de una agenda pendiente de investigación. Por eso es tan interesante observar elementos de la construcción política populista en plena interacción con las instituciones democráticas formales e informales y evitar la tentación común de ver el populismo como esencialmente nocivo para la democracia, según la visión liberal, o como un paso incompleto pero valioso hacia la superación de la democracia formal, como planteó Žižek en sus debates con Ernesto Laclau recogidos en Contingency, Hegemony, Universality (Verso 2011). Para Bernie Sanders, la lucha frontal contra la captura oligárquica de los procesos electorales que se ejerce a través del gasto de campaña prácticamente ilimitado de grandes empresas y multimillonarios es precisamente parte de la regeneración de la democracia.

Sanders es una expresión orgánica del discurso de movimiento Occupy Wall Street y su consigna cuantitativamente populista: “We are the 99 percent”. El pueblo constituido por la pura fuerza de los números que muestran la inmensidad de la exclusión socioeconómica. Ahí es donde entra la cuña de “Black Lives Matter”. Si el acento está puesto en la exclusión que afecta por igual al 99%, la transición hacia el bloque popular procede por simple agregación de exclusiones particulares, diferenciadas pero equivalentes entre sí e igualmente válidas con relación a la demanda central: el combate a la desigualdad. Si, por el contrario, se presenta una lucha al interior de los excluidos por enmarcar su debilidad política desde discursos encontrados —desposesión económica versus discriminación racial—, la construcción del bloque popular queda sujeta a intensas negociaciones internas.

Lo que propone “Black Lives Matter” es recentrar las formas particulares de la exclusión tal y como la experimentan las comunidades pobres afroamericanas —y otras de las llamadas “comunidades de color”— como demanda hegemónica. Desde esta perspectiva, el discurso llano de la desigualdad social es problemático porque eleva una exclusión socioeconómica particular, la de las comunidades blancas de clase trabajadora, a una falsa universalidad que —paradójicamente— excluye las experiencias de otros grupos.

En la teoría de Laclau, el locus de la política es el constante trazado y reconfiguración de las fronteras entre el pueblo y el poder. Es en este espacio que la batalla por la hegemonía se produce y que ciertos grupos quedan dentro o fuera del campo popular dependiendo del trazo de la línea entre el pueblo y el anti-pueblo. Un ejemplo de lo anterior que se menciona a menudo es la batalla perdida del gobierno de Cristina Fernández en Argentina por elevar las retenciones a las exportaciones del agro en 2008. Cuando los grandes terratenientes y agroindustrias se opusieron con todas sus fuerzas, el gobierno intentó presentar la lucha en términos del combate del pueblo —encolumnado detrás del gobierno— contra la misma oligarquía agraria que aparece como villano por excelencia desde los tiempos del primer peronismo. El problema fue que al imponer las retenciones al parejo para casi todos los productores agrícolas, muchos campesinos pobres y pequeños propietarios (chacareros) se vieron afectados y, dada su situación ya de por sí precaria, fueron quienes encabezaron la resistencia más encarnizada, quedando así del lado de la “oligarquía”.

Lo que vemos en el caso de Bernie Sanders y “Black Lives Matter” es una situación a la que Laclau dedicó menos atención que a la lucha hegemónica entre el pueblo y el poder. Es una tortuosa negociación dentro un campo popular en ciernes que amenaza con echar abajo el proyecto de construcción colectiva. ¿Por qué es importante llegar a un buen acuerdo entre las visiones en pugna? En gran medida, porque la cohesión del bloque popular depende tanto de la adecuada (y democrática) articulación de demandas alrededor de una demanda hegemónica, como de la identificación del adversario que surge de este proceso. El adversario que emerge de la denuncia de la desigualdad es una oligarquía rapaz susceptible de ser encarnada con relativa facilidad —ahí está Donald Trump reclamando el título desde ahora. En contraste, el adversario que surge de posicionar hegemónicamente la denuncia de la discriminación contra una comunidad en particular es por definición racista y especialmente enconado contra ese grupo determinado. Por supuesto, esos adversarios existen en la realidad —uno solo tiene que sintonizar Fox News para ver ejemplos— pero la relevancia de ese adversario racista y prejuicioso no es universal, por lo que no puede encarnar a la entidad absolutamente opuesta al pueblo, cuyo rechazo moviliza al bloque popular entero.

No menos importante es el hecho de que en la teoría populista se plantea claramente que la atención diferenciada que otorgan los poderes públicos a ciertas demandas tiene el potencial de diluir el bloque popular. Es por eso que las demandas de los trabajadores migrantes no pueden ser la hegemonía del movimiento. Es claro que una reforma migratoria, por limitada que sea, desmovilizaría a buena parte de quienes se agrupan bajo esta demanda y colapsaría al bloque desde su centro. De la misma forma, la oligarquía neoliberal puede ser abierta y tolerante, como todos los Bill Gates y George Soros del mundo, y comprometerse a financiar un programa integral de sensibilización contra la discriminación racial y la brutalidad policiaca, mientras sigue acaparando la tajada mayor de la renta.

Por lo pronto, los acercamientos entre la campaña de Bernie Sanders, activistas de “Black Lives Matter e integrantes de otras colectividades continúan con altas y bajas. Al terminar este ciclo electoral en Estados Unidos veremos hasta qué punto las demandas particulares lograron articularse en torno a una candidatura progresista y crítica como no la había habido en décadas. Y por supuesto también veremos qué tan lejos pudo llegar el bloque así constituido en identificar su adversario principal y arrebatarle transformaciones significativas. El sistema político de Estados Unidos está diseñado para permitir estas irrupciones populistas que logran reformas sociales significativas y revitalizan la participación cívica. Sea cual sea el desenlace, el saldo ya es positivo.

(Foto: cortesía de Gage Skidmore.)

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