¿“Por los niños” y contra los gays? Una crónica de la marcha de Guadalajara

A la marcha “Jalisco es uno por los niños” no asistieron monstruos sino gente común: un grupo heterogéneo de ciudadanos en contra de la diversidad.

| Sociedad

Al momento en que me disponía a terminar mi recorrido por la marcha “Jalisco es uno por los niños”,  me topé con un joven de alrededor de quince años, de tez morena y con ropa deportiva, que llevaba en sus manos un letrero que anunciaba su apoyo al “derecho de los padres a educar a sus hijos”. Con el madero que sostenía el cartel, comenzó a realizar una serie de movimientos escenificando una agresión, mientras decía: “Así voy a golpear a los gays.” Su padre, su hermano y su madre se echaron a reír. Alma Delia Guerrero Alviso, de 48 años, justificó a su hijo: “Le dije que no… mira, eh… nosotros estamos en el respeto, en la tolerancia. Ahorita que veníamos en la marcha, como diez de homosexuales (sic) gritaban y ofendían. […] Yo de fondo conozco el corazón de mi hijo y no lo hizo por ofender.”

Nada sería más sencillo que la gente que asistió a la marcha hubiera sido un montón de cabezas rapadas, nazis que orgullosamente saludan la esvástica. Entonces podríamos señalarlos y decir: “¡Miren, ahí está el fascismo!, el de siempre, el genocida. ¡Son monstruos que no respetan la diferencia!” Pero después de platicar con varios de los asistentes me encontré con algo mucho más perturbador. Los marchantes son gente común, “buenas personas”. Me refiero a que entran en la generalidad, no son particularmente racistas, clasistas o incultos: son en realidad el promedio, el reflejo de lo que somos.

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Alma Delia y su familia ejemplifican la disonancia cognitiva en la que viven los asistentes a la marcha. Por un lado, se ven socialmente obligados a abanderar discursos multiculturalistas, integradores y tolerantes con los modos de vida ajenos a los propios; suprimen sus opiniones e ideas, no porque haya respeto sino porque hay tolerancia (en la marcha no hubo una sola consigna en contra de la homosexualidad). Por el otro, la marcha fue una heterotopía conservadora en la que la homofobia estuvo presente sin ser dicha abiertamente, pues al interior de los pequeños grupos las injurias y los prejuicios estaban a la orden del día. La masa se tenía que ver representada como un espacio libre de señalamientos, pero los individuos protegidos por esa misma masa se permitieron ser quienes realmente son.

Mariana, de 28 años, dice: “Yo estoy empezando una familia y quiero que mis hijos vivan lo que yo he vivido: mi familia. Quiero heredarles eso. […] Respeto a los homosexuales, pero es algo que yo no quisiera para mi familia ni para mis hijos porque no es natural.” Su pareja, de origen asiático, la acompañaba.

—¿No crees que sean similares la prohibición contra los matrimonios entre personas del mismo sexo y la que en diversos países existía contra la unión de personas de distinta procedencia?

—No, nada que ver. Él es un hombre y yo soy una mujer; no va contra la naturaleza.

Mariana es una chica “bien”, una representante de lo que, hubiéramos pensado, sería el prototipo del asistente a la marcha. Pero este prototipo tampoco correspondió con la realidad, ya que todas las clases sociales estuvieron presentes.

Jorge, del Movimiento Familiar Cristiano, de piel oscura y baja estatura, sandalias rotas y gorro para protegerse del sol, afirmó: “No tengo nada contra ellos (los homosexuales), pero que no perjudiquen a la familia […], que no provoquen a los niños.”

¿Odian a los homosexuales? Creo que la mayoría no, pero siguen ciegamente un mandato que configura su identidad social. El filósofo de la derecha rusa Aleksandr Duguin, en su búsqueda por justificar las políticas represivas contra la homosexualidad en el régimen de Putin, hace un interesante apunte al afirmar que su lucha contra las prácticas no heteronormativas es una forma de reafirmar la identidad del proyecto nacionalista ruso frente a la agenda expansionista del liberalismo occidental. Es interesante ya que señala cómo la derecha lucra al convencer a las personas de que estas agendas son atentados contra los principios sociales y culturales que los constituyen.

José Santos Gallardo, miembro de la Orden de los Caballeros de Colón, una agrupación de laicos que se dicen defensores de la familia, ve en la sentencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación a favor del matrimonio igualitario la imposición de una agenda ajena a los intereses y las tradiciones del país. Santos Gallardo afirma que son “gente como Donald Trump” quienes intentan desvirtuar “lo mexicano” con temas como el matrimonio entre personas del mismo sexo. ¿Qué es lo que se pone en evidencia? Que el rechazo al tema va más allá de la simple obstinación, pues en la lógica de los opositores al matrimonio igualitario hay una serie afectaciones simbólicas muy tangibles. Pensarlos como “idiotas” es reducir la complejidad del tema, ya que invisibiliza la génesis real del rechazo a la diferencia.

Del lado contrario se encuentran varios grupos de individuos que valientemente se plantaron frente a la marcha para expresar su punto de vista, contrario a las consignas de la muchedumbre. Donají y Francisco tenían un mensaje muy claro. “Él dijo ámense los unos a los otros”, escriben en un cartulina que quienes pasan frente a ellos destruyen con la mirada. Acompañados por su pequeño hijo, dicen que no tienen mayor motivación que enseñarle a su vástago el respeto a la diferencia, y luchar por una sociedad en la que gobierne el respeto y no el odio. Más adelante me topo con Héctor, joven skate que discutía fuertemente con Patricia García, que se encontraba marchando y tenía un cartel en el que se leía: “A favor de que los padres de familia puedan educar a sus hijos”. La discusión inició en el momento en el que Héctor interceptó a los marchantes para cuestionar su discurso homofóbico, a lo que inmediatamente la señora Patricia contestó que el único propósito de la marcha era la defensa de la crianza de los hijos. De hecho, ella dijo no tener problema con que personas del mismo sexo puedan contraer matrimonio e incluso adoptar niños. Héctor arremete: “Pues si en realidad ese es su objetivo, la marcha se desvirtuó al estar en contra de los homosexuales.” Patricia calla —y es que no es la única que asegura no estar en contra de los matrimonios entre personas del mismo sexo. Hay otros jóvenes, como José Sánchez, de 16 años años, que se organizó con sus amigos de la parroquia para venir a defender la vida en contra de… el aborto.

—Nosotros marchamos en contra de la muerte de los niños no nacidos.

—¿Pero acaso no es una marcha contra el matrimonio entre personas del mismo sexo?

—Para nada, yo los apoyo, esto es en contra del aborto.

Los más jóvenes seguían este orden de ideas. Muchos incluso afirmaron que en sus escuelas tienen amigos que se dicen abiertamente gays y que ellos los respetan y aun dicen ser miembros de sus círculos cercanos.

Román Hernandez grita a los marchantes: “¡Que respeten, que muestren más respeto! ¡Los verdaderos criminales están dentro de la Iglesia!” Los gritos apasionados por la defensa de su colectivo fueron mal vistos por miembros de las agrupaciones quienes no dudaron en contestarle de la misma manera. Llegó a tal grado la crispación generada por sus cuestionamientos que un individuo se acercó e intentó arrebatarles las cartulinas, gritándoles “maricones” mientras la policía, a unos metros, no hacía nada. El incidente no fue a mayores ya que intervinieron los cuerpos de seguridad de la propia marcha.

Estos desencuentros entre la comunidad LGBTTTI y la Guadalajara conservadora no son nuevos. Ya desde los años ochenta han existido agrupaciones que han luchado por la agenda de la diversidad en la ciudad, como Grupo Orgullo Homosexual y Liberación (GOHL),  la primera organización de la comunidad que impulsó reivindicaciones en el espacio público y sufrió la represión por parte del Estado. Muchos de sus principales cuadros pertenecían al extinto Partido Comunista, por lo que su praxis y discurso eran más radicales y tocaban paralelamente temas como la lucha de clases —un tema que desagrupaba a la comunidad negando su homogeneidad.

gdl3Eduardo Rodríguez, miembro de la organización Solidaridad, apunta, como ejemplo, el tema de las adopciones. Es un derecho que serviría en particular a la clase alta, pues, según Rodríguez, son ellos quienes tienen los ingresos necesarios para cumplir con los requisitos socioeconómicos para la adopción de un infante. También me dice que a partir de los años noventa, con la llegada del PAN al poder, al contrario de lo que podríamos pensar, hubo un relajamiento en la persecución a la homosexualidad. Pero esta laxitud fue momentánea. Su fuerza inquisidora se reinstaló durante el sexenio de Emilio González Márquez, gobernador vinculado a los grupos de extrema derecha como El Yunque. Hoy en día, afirma Eduardo, en el actual gobierno de Aristóteles Sandoval (PRI) las cosas han mejorado; dice no saber si por convicción u omisión, pero sin duda hay menos intransigencia que en el sexenio pasado.

De regreso en mi domicilio, no dejo de sentir extrañeza ante lo que me encontré. Me gustaría haberme topado con monstruos. Pero hablar con los asistentes a la marcha me demostró que la lucha de las treinta mil personas que acudieron al llamado de la Iglesia “en defensa de la familia” está más cimentada en la ignorancia y en la defensa de su identidad que en el odio. Una ignorancia que no es particular a estos manifestantes, sino que es un elemento generalizado en grandes grupos, sin importar la clase social. El fervor con el que atacan la agenda de la diversidad deja ver que todo esto, más que un simple capricho, es un acto de defensa individual ante un mundo que parece que se les fue de las manos y que es aprovechado por los liderazgos de la derecha para, ellos sí, alimentar el odio.

¿Podríamos concluir que debemos respetar sus puntos de vista? No, y es que, a pesar de su humanización, no puedo dejar de pensar en lo irreconciliable de sus ideas con la agenda que tenemos muchos ciudadanos en este y otros temas, puntos de vista que jamás podrán encontrar un punto medio. No son monstruos, pero sí son adversarios. Es un asunto de lucha por la hegemonía, de dominio de una agenda sobre otra: un conflicto que se decidirá por la fuerza que tenga cada grupo. Aunque, si me lo preguntan, tanto por lo dictaminado por la Suprema Corte y por la visión de los más jóvenes, es una batalla que de hecho ya perdieron las posturas conservadoras. Con respecto al tema de la diversidad, quienes marcharon son simples almas en pena que gritan para aferrarse a un mundo que se desvanece.

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