¿Por qué está empeorando el problema del crimen organizado en México?

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Dos ex-vigilantes, participando en una patrulla como miembros formales de la policía estatal en Michoacán. Foto: Nathaniel Parish Flannery, del libro «Searching for Modern Mexico.»

 

En las últimas semanas, una serie de graves acontecimientos ha puesto en evidencia la creciente ola de violencia relacionada con el crimen organizado. La confrontación en Culiacán, el ataque a la familia Lebarón en Sonora y una serie de atentados en Ciudad Juárez son solamente algunos de los episodios que han ocurrido cerca de la frontera con Estados Unidos. Por un lado, el presidente Donald Trump ha anunciado: «Ahora es el momento para que México, con ayuda de Estados Unidos, libre la GUERRA contra los carteles y los borre de la faz de la tierra.» Su intención de calificar como terroristas a los grupos de crimen organizado cambiaría la dinámica entre Estados Unidos y México, así como la estrategia para la llamada guerra contra las drogas. Por su parte, el presidente López Obrador se ha empeñado en rechazar la posibilidad de una intervención militar de las fuerzas armadas de Estados Unidos contra los grupos delictivos en México así como en insistir en que el crecimiento económico y la creación de empleos ayudará a aliviar el problema del crimen organizado: «Ya tenemos resultados, ya se ha podido detener la escalada de violencia y yo espero que empecemos a disminuir», prometió durante una rueda de prensa reciente.

El hecho de que estos episodios, todos ellos de primera plana, estén ocurriendo en el contexto de una ola de crímenes sin precedentes, ha llevado a algunos observadores a azuzar el debate en torno a si México es un Estado fallido. En un momento en el que el tema del crimen organizado en México se ha politizado y polemizado en ambos lados de la frontera, vale la pena considerar la estructura actual del crimen organizado en México. Porque es obvio que la crisis de violencia en este país no terminará hasta que el gobierno federal comience a tratar el tema de la seguridad como su máxima prioridad. Mientras algunos comentaristas en Estados Unidos parecen creer que una confrontación militar con los carteles sería un buen cambio de estrategia, los mexicanos saben demasiado bien que las intervenciones militares pueden dar resultados cuando se trata de matar o detener a los líderes de los carteles, pero que no pueden hacer tanto a la hora de cambiar la serie de incentivos que han llevado a la proliferación de los grupos delictivos. En muchas partes de México los carteles centralizados han sido desmembrados y sustituidos por pandillas fragmentadas, descoordinadas pero brutalmente violentas, muchas de las cuales subsisten más por medio de las amenazas y las extorsiones que por el tráfico de drogas. Con el propósito de entender con mayor profundidad estas circunstancias, conversé con Falko Ernst, analista de International Crisis Group, una organización no gubernamental basada en Bélgica.

 

Nathaniel Parish Flannery: ¿Cómo ha cambiado la dinámica de la violencia en México desde que comenzaste tu investigación?

 

Falko Ernst: Cuando tengo que explicar cómo ha evolucionado el problema de la violencia en México, siempre cuento cómo han cambiado mis propias experiencias al ir a Tierra Caliente, en Michoacán. Es una de las regiones más prominentes de México, su historia con el narcotráfico se remonta décadas y es considerada por muchos como una especie de hoyo negro. Cuando en 2011 le compartí a un investigador mexicano mis intenciones de ir allá, me dijo: «Seguro entras, pero no vas a salir en una sola pieza.» La razón es que esa región era dominada por los Caballeros Templarios, cartel que desde fuera se veía como una especie de narco-secta hiperviolenta, capaz de decapitar afirmando que actuaba por inspiración divina. Pero al mismo tiempo ese control, en el que un solo grupo era dueño del terreno, permitía la existencia de canales de comunicación claros. Así conseguí que los cabecillas de los Templarios toleraran mi presencia en la zona, después de que hablara con ellos.

Hoy todo se ha vuelto más desordenado e incierto. Para llegar a las mismas comunidades ahora tengo que cruzar los territorios de diferentes grupos, esperando que mi presencia en las calles no sea advertida por los centinelas, e incluso tomando carreteras de terracería para evitar ciertos lugares. En pocas palabras, hoy hay demasiados grupos.

Este fenómeno se desarrolló porque la presión del gobierno y de las llamadas autodefensas provocó que el cartel local se desintegrara en muchos fragmentos. Así, en vez de tener una organización criminal relativamente coherente, nos quedamos con unos veinte grupos armados semiautónomos, todos peleando entre ellos pero ninguno lo suficientemente fuerte para ser hegemónico. Nadie tiene el control y eso ha llevado a la existencia de varias micro-guerras, muchos frentes de batalla y por lo tanto múltiples fuentes de violencia letal. Esto ha sido desastroso para los civiles de las localidades: muchos de ellos tienen lazos familiares con uno u otro grupo, por lo que se han convertido en blanco de ataques como parte del tipo de guerra que hemos visto surgir en los últimos años.

Y esto no se ve sólo en Michoacán, es una tendencia a nivel nacional. En 2006, el Estado entró con mano dura prometiendo barrer con todos los carteles por medio del ejército. Y sí consiguió matar o capturar a varios líderes –el número se encuentra en 133, me parece–, pero lo que no hizo fue seguir el camino de la construcción de instituciones que realmente estuvieran comprometidas con la protección de los ciudadanos en las zonas más afectadas y con el reestablecimiento del estado de derecho. Eso ha permitido que los residuos de las otrora organizaciones puedan regresar, pero esta vez sumergidos en ciclos interminables de asesinatos e incluso actuando de forma mucho más agresiva con los civiles, ya que esos grupos no están siempre tan bien conectados con el comercio internacional de drogas, por lo que han recurrido a otros métodos para generar ingresos, como la extorsión.

Estamos ante una mutación importante del crimen organizado en México: en 2006 teníamos unos seis carteles de gran tamaño, hoy tenemos más de cien grupos. Y el resultado ha sido un aumento constante de los homicidios, el año pasado se alcanzó un récord histórico, alrededor de 36 mil. Este año será peor. En total, han sido más de un cuarto de millón desde que en 2006 se declaró la versión más reciente de la guerra contra las drogas. Y estos números ni siquiera toman en cuenta los más de 40 mil desaparecidos, cifra oficial pero que probablemente es mayor en la realidad.

 

Parish Flannery: ¿Qué es lo más importante que has aprendido de tu trabajo en Michoacán?

 

Enst: Sobresalen dos cosas. Primero, que la idea –tan popularizada e inquebrantable– de un conflicto en el que el Estado lucha contra los narcos malos no tiene nada que ver con las realidades del terreno. Las líneas que separan al Estado y al crimen son muy, muy porosas. He conversado con docenas de miembros del crimen organizado así como con la policía y en cada caso ha sido evidente que frecuentemente no hay tantas confrontaciones cuanto acuerdos. Esto significa que agudizar la guerra no puede funcionar porque las líneas de batalla se adentran en lo más profundo del Estado. En cambio, lo que necesitaríamos sería, entre otras cosas, un compromiso genuino entre todas las partes, incluyendo Estados Unidos, para poner freno a la corrupción y la colusión. Mientras la tasa de impunidad de los crímenes serios y violentos permanezca arriba del 95%, podrás matar a todos los narcos que quieras sin ver ningún progreso.

La segunda lección que he aprendido es el carácter personal que puede llegar a adquirir la violencia. Acostumbramos describir el derramamiento de sangre en México como un fenómeno propiciado por la competencia del mercado, perpetrado por actores racionales que buscan quedarse con la porción más grande del pastel. Pero, por lo menos en los escenarios más «tradicionales» del conflicto, como Sinaloa, Guerrero o Michoacán, todos esos hombres se conocen y han estado en conflicto desde hace años, a veces décadas. Y cuando has estado en ese juego desde hace tanto tiempo, la violencia se convierte inevitablemente en un asunto personal. Por ejemplo, alguien con quien eras socio te traiciona, la tensión aumenta y llega un momento en que algún familiar es asesinado. Esto siempre ha estado ahí, estos ciclos interminables de asesinatos vengativos, de enemistades mortales. Estos fenómenos se han acentuado desde que las grandes organizaciones se fragmentaron, ahora todos se acusan de haberse traicionado.

 

Parish Flannery: Mientras López Obrador sigue trabajando en definir su estrategia de seguridad, ¿cual sería el consejo más importante que le darías en términos de combatir el crimen y reducir la violencia?

 

Ernst: Primero necesitamos una estrategia balanceada e integral. Los múltiples discursos emanados a raíz de los eventos de las últimas semanas apuntan a que existen dos tendencias: una que pide intensificar la guerra y otra que pide más abrazos –por citar a López Obrador– y el abandono de cualquier tipo de uso de la fuerza. ¿Pero cómo le puedes pedir esto a los miles de civiles que actualmente están en riesgo de convertirse en desplazados forzados? ¿O a los habitantes de la sierra de Guerrero que se encuentran inmersos en las rencillas de los grupos armados? Todos están en esta situación a causa de la militarización, la cual ya falló en el pasado. Pero renunciar por completo al uso de la fuerza, en las circunstancias actuales, también implicaría decirles: «Los dejamos a su suerte, que les vaya bien.»

Es decir, debemos pensar cuándo es necesaria la fuerza para proteger a la gente inocente y vulnerable. Aunque esto por sí solo tampoco es suficiente. También debemos iniciar operaciones para el establecimiento de la paz, incluyendo la mediación entre grupos enemigos cuando sea posible, así como esforzarnos en acabar con la impunidad. Si esto no se lleva a cabo, el mensaje continuará siendo el mismo: puedes asesinar, desaparecer, hacer lo que quieras con quien quieras y no habrá consecuencias. Concretamente, poner freno a la impunidad significa, en primera instancia, asegurar el control de la policía y las instituciones judiciales. La corrupción y la colusión siguen siendo rampantes, por lo que ello requiere instaurar mecanismos radicales de transparencia y responsabilidad en todos los niveles de gobierno.

¿Pero dónde comenzamos? En los últimos años la violencia se ha extendido por México, y dado que los gobiernos pasados fallaron en implementar las reformas necesarias, hoy tenemos un mar de problemas. Querer solucionar todo de un tajo sería como intentar colgar gelatina de una pared. En otras palabras, deben concentrarse los recursos en reformas puntuales dentro de ciertos sectores del Estado para crear así enclaves funcionales, los cuales podrían ser puestos en acción en algunas de las regiones más afectadas por el conflicto armado, como Michoacán o Guerrero. Medidas como ésta traerían resultados concretos respecto a la mitigación de la violencia a nivel regional así como una base necesaria para replicar después las experiencias positivas en otras regiones.

 

Nathaniel Parish Flannery es un escritor estadounidense y analista político enfocado en América Latina. En 2019 publicó el libro Searching for Modern Mexico: Dispatches from the Front Lines of the New Global Economy (Floricanto Press). Escribe con frecuencia para The Atlantic, Foreign Affairs, Forbes y otras publicaciones.

 

Traducido por Pablo Argüelles Cattori

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