#PrimaveraVioleta: empatía generacional ante la violencia

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La marcha del domingo contra las violencias machistas, al unir una inmensa variedad de corrientes feministas en México, evidenció el fracaso del Estado mexicano en garantizarnos a las mujeres un ambiente seguro, oportunidades iguales y un marco de desarrollo igual al que goza la población masculina. Marcó un punto de no retorno. A partir del 24 de abril de 2016, no nos vamos a volver a callar. No somos pocas, no estamos inventando cosas y, por fin, dejamos de estar desarticuladas y aisladas.

En México hay tantas violencias machistas como feminismos. El domingo marcharon desde los familiares de las mujeres que no pudieron ir porque las asesinaron, pasando por aquellas que han sido víctimas de abuso sexual, hasta las que peleamos constantemente contra ese acoso sutil y cotidiano que es difícil de explicar y que comúnmente se disfraza de bromas, chistes o comportamientos socialmente aceptados. ¿Lo difícil? Encontrar un consenso para el eje de la marcha, para el comunicado, para definir la problemática fundamental.

A partir del caso de Marina y María José (asesinadas en Ecuador), del acoso a Andrea Noel, de la violación de Daphne y de cientos de testimonios de mujeres violentadas, vejadas y acosadas que inundaron las redes sociales, algunas de las feministas de todas partes del país se empezaron a comunicar a través de redes sociales. Lo que originalmente surgió como un pequeño grupo privado de Facebook se fue convirtiendo en un movimiento nacional, cuya marcha en la Ciudad de México rebasó los cinco mil asistentes y, con ello, toda expectativa.

Las redes sociales han sido clave en la proyección de estas denuncias y en la organización de los colectivos: permitieron que usuarias aisladas compartieran experiencias similares; gracias a esto, se ha creado una comunidad basada en la empatía. Probablemente el mejor ejemplo es el hashtag #MiPrimerAcoso, que se convirtió en un ciberespacio público de acompañamiento. Este hashtag se volvió un megáfono de secretos, que abrió la puerta a miles de mujeres para hablar abiertamente y, por primera vez, del acoso sexual. En el caso de Facebook –al ser una red mucho más personal–, los testimonios vertidos nos obligaron a reconocer lo cotidiano y común que es el acoso. El ejercicio evidenció, también, que el silencio aísla. De esta manera los blogs, las columnas y los artículos publicados en los últimos días hicieron eco de la violencia que vivimos las mujeres en México y redefinieron lo que (ya no) estamos dispuestas a soportar.

El machismo no es algo nuevo en México, pero por décadas fue algo tolerado. La generación de nuestras abuelas estaba acostumbrada a prescindir de una vida profesional y a satisfacer los deseos del “hombre de la casa”, supeditando sus proyectos e intereses a los de sus esposos. Las más privilegiadas de la generación de nuestras madres tuvieron la oportunidad de cursar una carrera universitaria y desempeñarse profesionalmente, pero sus vidas laborales son una especie de concesión o pasatiempo, que sigue sin tener la misma importancia y el mismo peso que la carrera profesional del hombre “proveedor”. Nuestras abuelas y nuestras madres aguantaron el acoso sexual en las calles, en la oficina y la escuela, un acoso de exhibicionistas, profesores y jefes que abusaban de su posición de autoridad; su generación soportó una sociedad que normalizaba muchas actitudes cotidianas de machismo, y aprendieron a aguantarse.

Nuestra generación, en cambio, tuvo la oportunidad de compartir, hablar y cuestionar todas estas situaciones aceptadas y arraigadas. Pudimos, gracias a nuestras abuelas y madres, heredar el avance de los pasos que ellas dieron. Pudimos, gracias a las redes sociales, salir del aislamiento y encontrar una comunidad donde antes solo había soledad, culpa y, más importante, vergüenza.

De Facebook, la organización de la Ciudad de México se trasladó al terreno físico en el ágora feminista por excelencia: La Gozadera, un restaurante y centro cultural en el centro de la ciudad donde se reunieron mujeres sin agrupación, defensoras de derechos humanos y algunas integrantes de colectivos como la Red Denuncia Feminicidios Estado de México, la Vulbatucada, las Lesboterroristas, la Colectiva Justicia Sexual, Las Enredadas, la Colectiva Lesboperras y la agrupación de mujeres Pan y Rosas, entre otras, para conformar una asamblea de organizadoras. Una vez reunidas, las participantes se dividieron en comités para diseñar la marcha, garantizar la seguridad de las asistentes y redactar el comunicado.

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De estas reuniones salió el posicionamiento que se leyó –con un megáfono y replicado a gritos– al final de la marcha del domingo. Éste terminó por ser una lista inagotable de exigencias bajo el paraguas de la violencia. El pronunciamiento presenta más de veinte demandas. Hay algunas sumamente elaboradas como exigir “el cese hacia el favoritismo judicial hacia los hombres criminales en los procesos penales” o “un alto a la invasión y depredación de las comunidades indígenas”, otras menos rebuscadas como detener el uso obligatorio de las faldas en las escuelas y exigencias concretas de política pública como liberar a las mujeres que se encuentran presas por abortar o incluir un enfoque preventivo de educación no sexista en las escuelas. Finalmente, como todos los movimientos sociales en México, el posicionamiento es difuso por intentar abarcar todas las perspectivas de las participantes.

También de las reuniones en La Gozadera salió el oficio mediante el cual se le informó al municipio de Ecatepec que habría una reunión frente al Palacio Municipal, y una caravana de bicicletas, camiones y autos hacia Indios Verdes. De ahí surgió la logística con la policía de tránsito de la Ciudad de México, coordinada por la única feminista que se identificó con un partido político. Finalmente, entre todos los grados de feminismo mexicanos, se encontró un punto de encuentro, un piso común, un límite no negociable: la violencia física. Ese punto de no retorno que no está abierto a debate ni teñido por ideología alguna: es intolerable, tan insoportable que nos une.

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Algo muy característico del domingo fue la difusión de las clases sociales. El 24 de abril no importó el estatus socioeconómico para juntarnos a marchar y a gritar. Porque, a pesar de que hay contextos sociales donde las mujeres son más vulnerables a la violencia machista, ésta existe en todos los estratos de la sociedad mexicana. La indefensión, el hartazgo y la solidaridad sumaron más de lo que las clases sociales podrían restar. Todas las feministas que marchamos el domingo compartimos esa premisa básica y fundamental de querernos vivas. De querer disfrutar nuestra libertad. De querer gozar los efímeros, fugaces e irrepetibles momentos que vivimos.

Por eso, el mejor lugar para arrancar esta protesta multitudinaria fue el Estado de México. Al llegar a Ecatepec el domingo en la mañana, lo primero que recibí de las manos de un hombre afligido y apurado, fue un volante con los datos de una joven desaparecida. Pensé que podría ser su hija. En el piso había pañuelos bordados que contaban historias de mujeres asesinadas y, frente al templete, cruces rosas en el suelo.

En 2015, el Estado de México fue la entidad federativa con más feminicidios en el país en números absolutos (205), seguido muy por debajo por la Ciudad de México (108), Jalisco (86), Guerrero (84) y Chihuahua (75).[1]

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De los 125 municipios del Estado de México, Ecatepec es el puntero en feminicidios: 37 mujeres fueron asesinadas durante el último año.[2] Al igual que la diferencia anterior, Tlanepantla de Baz, el municipio que le sigue, registra un número considerablemente menor de feminicidios (15). En la Ciudad de México, incidentalmente, las dos delegaciones con mayor número de feminicidios son colindantes con el Estado de México: Gustavo A. Madero e Iztapalapa.

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La sobrevivencia fue el punto en el que las feministas mexicanas pudimos vincularnos. No hay una característica más representativa de la precaria situación que vivimos las mujeres en México. Y de lo excluidas que estamos de una serie de derechos básicos. Mientras otros países sostienen debates feministas sobre la paga equitativa o qué tan representativas son las cuotas de género en el congreso o la lucha por la licencia de maternidad/paternidad tanto para hombres como para mujeres, en México se lucha para que no nos asesinen.

Es inconcebible que sigamos teniendo que explicar, y justificar, que tenemos derecho a vestirnos como queremos. Que tenemos derecho a usar el transporte público y a caminar por las calles. Que tenemos derecho a que no nos toquen cuando no queremos que lo hagan. Que golpearnos, abusar de nosotras, discriminarnos, violarnos y asesinarnos, no es normal.

De diferentes maneras y a muchas voces, el reclamo se hizo masivo el domingo pasado, en forma de fiesta. La marcha del #24A fue, sobre todo, una celebración. Muchas veces las relaciones entre mujeres pueden ser tensas, tal vez por inseguridad, por competir, tal vez por rivalidad. La marcha del domingo rompió con eso. Reemplazó la desconfianza y la defensa por apertura y solidaridad. Nos reconocimos las unas en las otras y predominó la empatía –de saber que otras pasan por lo que has pasado– así como la solidaridad –de imaginar el terror de lo que algunas han sobrevivido.

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Mujeres topless gritando desde los quemacocos, catarsis de todo tipo, como chicas agitando salchichas dentro de condones por la ventana de un coche con la leyenda “verga violadora, a la licuadora”, grafitis de vaginas por todo Reforma, los performance de Las Hijas de la Violencia, gritos tribales que nos hacían sentir guerreras amazonas y ese entendimiento tácito y compartido de lo gratificante que es ser mujer, y de sabernos juntas.

Haciendo memoria, yo no recuerdo ninguna movilización feminista en México tan diversa, mucho menos una de estas dimensiones. Hablando con mi madre, ella tampoco. Si acaso, en México había habido reuniones y protestas, importantes pero de menor tamaño, a partir de la década de los setentas, cuando las mujeres empezaban a usar pantalones de mezclilla y dejaban de usar el brassiere cuando querían. Estos años, y la liberación de ese momento, permitieron sentar las bases del feminismo de hoy en día.

Sobre la explicación de por qué ahora se dio una movilización feminista de estas dimensiones, creo que responde al momento histórico. Por un lado, responde a todo lo que las mujeres hemos ganado en términos de libertad y derechos a lo largo de los años. Por otro, se pudo gestar gracias a las herramientas tecnológicas que permitieron la coordinación y el anonimato, lo cual ayuda a romper con la vergüenza. El momento histórico y la comunicación vía redes sociales permitieron que este domingo llegara la primavera violeta, rompiendo esquemas y marcando un hito histórico. Si la generación de nuestras abuelas y la generación de nuestras madres han hecho una diferencia, no me queda duda de que nuestra generación (más organizada) marcará un parteaguas.

(Foto principal: Sebastián Tejas; fotos del cuerpo del texto: Santiago Arau Pontones.) 


Notas

[1] Es importante hacer la aclaración de que el Estado de México es la entidad con mayor población en el país y, en general, una entidad altamente violenta.

[2] INEGI. Defunciones por homicidio, año de ocurrencia: 2015.

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