¿Qué izquierda? 11. Natalia Mendoza Rockwell

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1. ¿Por qué es funcional todavía la dicotomía izquierda-derecha? ¿Cuáles son los principios que distinguen hoy a la izquierda de la derecha?

A la usanza de “los antiguos” que distinguían entre “socialismo” y “socialismo real”, habría que distinguir entre la izquierda como mirada y la izquierda como oferta política efectiva. Limitándome a hablar sobre la primera, creo que la mirada de izquierda sobre el mundo implica:

– La desnaturalización de la injusticia social, es decir, la capacidad de tomar distancia respecto de una situación social particular para verla como un producto humano e histórico; la capacidad de ver los despojos y privilegios de todo orden como arbitrarios, o distintos del mérito.

– La política como herramienta de transformación social, la creencia en que el objetivo último de la actividad política no es ejercer el poder sino transformar la sociedad.

– El compromiso con el bien común, que podemos llamar “lo público”, “lo popular”, “lo colectivo”, etc., pero que se funda siempre en la idea de que el sufrimiento cotidiano de una parte de la población nos atañe a todos.

Por lo tanto, la izquierda, a diferencia de la derecha, tiene que atender tres objetivos simultáneos y con frecuencia contradictorios: a) entender la sociedad, o hacer visibles los procesos concretos que producen y mantienen la injusticia; b) imaginar una alternativa, lo que la confronta constantemente con la definición de lo posible; c) tomar el poder, fundar su propia legitimidad y evitar perderla al ocuparse de las necesidades propias del gobernar.

2. ¿Se trata de construir una izquierda “moderna” o de volver a la agenda y los principios históricos de la izquierda? ¿Existe en realidad una diferencia?

Para no entrar en el vericueto de “la modernidad”, voy a interpretar la pregunta de la siguiente manera: ¿hasta qué punto el legado de la izquierda es válido y suficiente para entender y solucionar los problemas contemporáneos?

Las formas de injusticia social que la izquierda clásica denunció, particularmente las que se derivan de relaciones laborales, existen todavía y en muchas partes se han agudizado. Lo que se ha vuelto más difícil es idear soluciones eficaces y legítimas. Veo tres temas principales en los que se definiría esta “contemporaneidad”:

– El Estado: Los problemas de ineficiencia, burocratización y autoritarismo de los Estados “desarrollistas” fueron reales, y la izquierda contemporánea no ha ideado formas sustancialmente distintas de gobierno y regulación económica. Hacen falta formas masivas, pero quizás no estatales, de asegurar el bien común.

– La tecnología: La izquierda tiene que adueñarse del diseño y la innovación técnica y logística para ponerlos al servicio de la mayoría, usarlos como formas efectivas de aliviar el trabajo, proteger los recursos naturales, combatir la injusticia y tomar el poder. Tiene que regresar a la convicción original de Marx, y de Walter Benjamin, acerca de que la revolución es un fenómeno tecnológico y material.

– La relación entre lo particular y lo universal: Este es uno de los temas más laboriosos: ¿Cuál debe ser la posición de izquierda ante las demandas identitarias o culturales? ¿Es posible conciliar la diversidad y la igualdad? ¿En qué circunstancias sí, no y por qué?

3. ¿Cuáles son hoy las batallas fundamentales de la izquierda en México? ¿Quiénes son sus principales adversarios?

Hoy son batallas negativas o defensivas: que no nos quiten y que no nos maten.

A la larga, la batalla es conquistar la autonomía en el sentido más profundo. Construir un país donde las comunidades y los individuos puedan producir su sustento, sus decisiones, sus verdades y su futuro.

Dado el grado existente de concentración de la riqueza y el poder político en México, me tienta cada vez más personalizar la lista de adversarios, cambiar términos como “monopolios” y “corrupción” por una docena de nombres y apellidos.

Pero la fantasía delata lo contrario. Lo que la desaparición forzada de los 43 normalistas terminó de evidenciar es precisamente la dificultad, incluso a nivel local, de nombrar ese adversario y de entender sus motivaciones. Este adversario es una figura topológica extrañísima, un Estado que no existe y que por eso es infinitamente cruel, arbitrario y todopoderoso, un Estado que no se sabe donde empieza y donde acaba, que se come y es comido por una proliferación de mini Estados que también cobran impuestos y establecen fronteras–una red amorfa que además de todo está confundida ella misma.

Nos topamos con el dilema de toda guerra civil, ante esa culpa difusa entre vivos y muertos con y sin nombre: ¿Cómo atender las demandas contrarias de verdad y reconciliación? ¿Cómo nos exorcizamos? ¿Cómo restablecemos la justicia sin purgar? Y ¿cómo lo hacemos concretamente desde la izquierda?

4. ¿Cuál(es) debería(n) ser la(s) postura(s) de izquierda ante el régimen y su crisis actual?

La prioridad tendría que ser la construcción de un sistema de procuración de justicia. Sin eso, todo lo demás es inconsecuente. Las discusiones sobre la participación del Ejército en el mantenimiento del orden público; sobre la coordinación entre policías municipales, estatales y federales; sobre las capacidades institucionales de los ayuntamientos; sobre la legalización de las drogas; sobre los jóvenes y el desempleo; sobre los gringos y sus mañas, etc., son todas fundamentales. Pero mientras el sistema de justicia no considere que todos los homicidios y abusos tienen la misma importancia, mientras haya muertos que importan y muertos que no, mientras se mantenga el estado de excepción, el Estado no podrá reconstituir su legitimidad y cada vez será más difícil diferenciar entre un grupo armado y otro.

En vez de limitarnos a denunciar “la corrupción”, habría que discutir con más profundidad los problemas concretos del sistema de justicia y adentrarse en los aspectos materiales e institucionales que dificultan su tarea. Meterse, por ejemplo, en los zapatos de un agente del ministerio público y pensar las formas concretas en que se le podrían “alinear los incentivos”; darse cuenta de que hay carencias tan concretas como la falta de archiveros, impresoras y secuenciadores de ADN.

 5. ¿Cuál es el estado actual de la izquierda partidista en México?

La pregunta de fondo es más complicada: ¿puede en México un partido ganar elecciones y mantenerse como “de izquierda”? Dicho sin cursilerías, el sentido de un partido es ganar elecciones y tomar el poder, y puede ser que ganar elecciones en México implique casi ineludiblemente (o por lo menos mientras el sueño eterno de los ciudadanos bien portados no se realice) entrar en toda clase de tratos y transas. En lugar de escandalizarnos por las maniobras de la clase política, habría que inventar las palabras y establecer los criterios que permitan diferenciar entre tipos de corrupción.

No es lo mismo aliarse con un grupo de paracaidistas que con Televisa. No es lo mismo repartir tinacos que intercambiar una mansión por una licitación pública. No son iguales desde el punto de vista social, porque –aunque sean transacciones informales– las podemos juzgar como políticas públicas: ¿cuántos beneficiarios hay, cuál es su efecto multiplicador, cuáles son sus externalidades positivas? ¿Son transacciones que promueven la producción o la dependencia? Para poder tener esa discusión hay que empezar por asumir abiertamente las discrepancias entre el ideal democrático y la política real. Ellobbying y el pork barrel politics en Estados Unidos no implican una mezcla menor de intereses públicos y privados, pero son reconocidos como legítimos.

6. ¿Cuáles tendrían que ser las políticas públicas primordiales de un gobierno de izquierda en México?

Diseñar políticas públicas tendría que ser el acto supremo de la imaginación política y social. Ahí es donde se cruzan una teoría sobre el mundo, una idea de justicia, y el oficio de la ingeniería social: ¿cómo se puede mover una sociedad del punto A al punto B? Sin embargo, es ahí también donde prima más claramente la aridez, y esa aridez es un problema de escala y de dependencia epistemológica.

Es un problema de escala porque pensar en términos de “poblaciones” o agregados nacionales permite ver algunas cosas, pero también oculta muchas otras. Es de escala, también, porque en muchos casos las soluciones son más efectivas mientras más se adecúen al contexto en el que se aplican, y porque involucrar a “los beneficiarios” en el diseño de las políticas que los afectan es una forma de ganar el compromiso local que se requiere para que funcionen.

Es un problema de dependencia epistemológica porque la estandarización de las políticas públicas en el mundo está respaldada por formas de conocimiento que se presentan como irrefutables. Afirmar la necesidad de políticas públicas de naturaleza alternativa, para las que la eficiencia, la creación de empleos y el crecimiento no sean prioridades, requiere armar un aparato epistemológico sólido y persuasivo. Tendría que ser uno que plantee como medida última del desarrollo de un país el incremento de la cantidad de personas que puedan elegir autónomamente en qué invertir su talento, que sean dueñas de su tiempo y, ¿por qué no?, de sus medios de producción.

7. Más allá del sistema de partidos, ¿cuál es el papel de los movimientos sociales en la construcción de una alternativa de izquierda en México?

Los movimientos sociales son más efectivos cuando se dedican a resolver problemas locales concretos y brindar protección y solidaridad a grupos vulnerables, que cuando se dedican a expresar opiniones o solicitar cambios. No niego que participar en un espacio público crítico sea importante, y que saber grillar y hacerse vivible en ese espacio no solo es un arte, sino que es indispensable para formar alianzas. No está de más sentir de vez en cuando esa flamita en el pecho que da participar en una “marcha histórica”.

Pero voto por que haya menos protagonismo sacrificial en la plaza pública y más sistemas de recolección de agua de lluvia, más equipos forenses no gubernamentales, más videos y fotografías que sirvan como evidencia y denuncien abusos de poder, más hackers filtrando información y apoyando causas sociales, más cooperativas, más software libre, más asesoría legal a los trabajadores, más medios de comunicación comunitarios, más conspiraciones que renueven calladamente las redes de confianza y protección necesarias para sobrevivir en un narco-Estado, más agricultura de precisión, más uso de Sistemas de Información Geográfica para vigilar la explotación de recursos naturales y diseñar las ciudades desde abajo…

8. ¿Cuál es el estado actual de los medios de izquierda en México?

Si estos medios no existieran, los echaríamos de menos. Pero hay dos asuntos relativos a las prácticas de los medios en México que me parece importante mencionar:

– El mundo de las columnas, los ensayos y los reportajes carece de investigación empírica y sofisticación analítica. Elevar el nivel de la discusión pública en México no significa llenarla de terminajos opacos y modelos absurdos –desde “Estado fallido” hasta “capitalismo voraz”. Significa hacer la investigación etnográfica y cuantitativa que nos permita hablar con profundidad de los problemas de cada región, crear un vocabulario que dé medianamente cuenta de la complejidad de cada situación. Hay que comenzar a partir de la premisa de que entendemos muy poco de lo que pasa hoy en México.

– El trabajo de los periodistas que a nivel local y nacional cubren cotidianamente la violencia podría tener un efecto social más significativo si: i) hubiera un compromiso más sistemático con la documentación forense, con la conciencia de que se están generando pruebas, registros e información cruciales para definir la identidad y perfil de las víctimas; ii) se pusiera mayor cautela en la reconstrucción narrativa de los hechos –lo cual, de paso, los confrontaría menos con el crimen organizado–, y iii) se diera un seguimiento continuo a los procesos judiciales–ahora se discute y vigila muy poco la procuración de justicia: la captura de un capo es noticia, pero su juicio no.

9. ¿Es posible, y de qué manera, reivindicar las recientes experiencias de gobierno de la izquierda en América Latina (Venezuela, Bolivia, Ecuador, Uruguay, Argentina)?

De entrada, hay que reivindicar que estén en el poder.

El problema es que se suele difundir más la retórica de estos gobiernos que el trabajo de las organizaciones de base en las que se apoyan y que, al parecer, ha logrado realizar proyectos meritorios en Bolivia e incluso en Venezuela. Es la retórica la que me resulta casi dolorosa, porque compra pleitos gratuitamente, porque al reclamar el legado de la vieja guardia se priva de alianzas que podrían ser productivas, y porque tiende a la paranoia.

Mujica es distinto: apela a un sentido común sumamente refrescante. Declarar, por ejemplo: “Porque tenés que entender que las cosas que comprás, no las comprás con dinero, las comprás con el tiempo de tu vida que gastaste en conseguir ese dinero”, es algo que pone el dedo en la llaga, de una manera íntima, humana.

En todo caso, a la izquierda mexicana le hace falta aliarse con el sur, no solo con Latinoamérica, que es lo natural, sino con África; recordar que muchos de los problemas son comunes y requieren por lo tanto de soluciones conjuntas.

10. ¿Qué otras tradiciones de izquierda deberían atenderse hoy?

Pienso en dos que han tenido relativamente poco impacto en México y que, sin embargo, considero centrales:

– La autonomía, no como rechazo de la pertenencia nacional, sino como afirmación radical de las capacidades locales de producción, organización y toma de decisiones. La izquierda debe promover la dignidad del “saber hacer las cosas”, la actividad empresarial de pequeña escala; valorar la autonomía y la autosuficiencia, por encima del consumo y la dependencia. Eso, y no el discurso “culturalista” que recibió más atención mediática, ha sido la contribución central del zapatismo.

– La lucha contra la discriminación racial, lo cual implica reconocer que el mito de México como “nación mestiza” está agotado y que las formas sistemáticas de discriminación que ese mito ocultaba siguen intactas. No se trata de corregir por encimita el habla y los tratos cotidianos, como decir “indígena” en lugar de “indio”–aunque eso no estaría de más. Se trata sobre todo de producir las políticas económicas, educativas y sociales que disuelvan de raíz la asociación entre la fisonomía indígena y la carencia.

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