¿Qué izquierda? 12. Cuauhtémoc Medina

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1. ¿Por qué es funcional todavía la dicotomía izquierda-derecha? ¿Cuáles son los principios que distinguen hoy a la izquierda de la derecha?

Hay una serie de implícitos en la pregunta que ofuscan la cuestión: está presidida por la idea, enormemente inútil y atrasada, de que las dicotomías de izquierda y derecha son “ideológicas” al modo de los choques dogmáticos entre creencias y dogmas institucionalizados de principios del siglo XX, como si los conflictos políticos fueran materia de un credo arbitrario de los grupos sociales. Todo abordaje serio del problema de izquierdas y derechas, incluso de la observación del modo en que esas divisiones llegan a complicarse y borrarse en batallas específicas, requiere abandonar la idea de que hay un dualismo de “principios” o postulados interiores, paralelo al dualismo supuesto de alma y cuerpo e ideas y prácticas.

Una vez abandonada esa visión, es evidente que cada que nos involucramos en luchas, debates y conflictos concretos reemerge tanto la dicotomía de posiciones y partidos sociales extensos en torno a formas de opresión, exclusión y violencia sistémica, como el imaginario de la división moderna de izquierdas y derechas. Contra lo que la doxa neoliberal quería hace un cuarto de siglo, la división derecha-izquierda aparece, y da forma, a esos episodios de lucha en momentos de intensificación histórica. Lo que es discontinuo y movible es “qué queda a la izquierda” en esas confrontaciones. Izquierda y derecha son, en ese sentido, y como debiera ser evidente dada su metáfora espacial, valores posicionales. Pero su vigencia es una experiencia viva.

2. ¿Se trata de construir una izquierda “moderna” o de volver a la agenda y los principios históricos de la izquierda? ¿Existe en realidad una diferencia?

Perdón que insista en que aquí hay un problema de lenguaje. “Izquierda moderna” fue la contraseña de la forma en que ciertas organizaciones partidarias se disciplinaron al arreglo hegemónico neoliberal para abandonar su relación con el movimiento social, del mismo modo que “nueva izquierda” fue el intento de repensar las luchas sociales y la cuestión de la emancipación tras la crisis de la dogmática leninista en los años sesenta. Bajo la divisa de la modernización de la izquierda, Tony Blair llevó a los laboristas ingleses a sumarse a la invasión de Iraq. Del mismo modo, el entusiasmo con que la burocracia del PRD se adhirió a la ofensiva neoliberal de las “reformas estructurales” de Peña, y la forma vergonzosa en que se comportó tras los crímenes de Ayotzinapa, ha contribuido poderosamente al descrédito de la democracia mexicana. En ese sentido, una de las tareas centrales de la izquierda emergente es desmantelar a la llamada “izquierda moderna”, ojalá evitando que, en un desplazamiento pendular peligroso, la desilusión de la “modernización” lleve al movimiento social a pensarse únicamente en una perspectiva dogmática a favor de la acción directa o incluso guerrillera.

En cuanto a la historia, toda observación de los movimientos sociales hace evidente que estos trenzan pasado, presente y porvenir de modos imaginativos y complejos. Siempre “se regresa” a algo para ir a un “no sé dónde”. No hay movilización social que no sea, a su vez, la incitación a una empresa historiográfica radical. En ese sentido, también, dictar al movimiento social cómo debe trenzarse con el pasado no viene al caso. El modo por demás vertiginoso en que en el último año los referentes de los discursos públicos pasaron de la insistencia en la mitología del liberalismo mexicano a la activación de historias de resistencia popular, e incluso a la reemergencia de debates sobre la historia de la guerrilla, es una prueba de ese dinamismo de la memoria social.

3. ¿Cuáles son hoy las batallas fundamentales de la izquierda en México? ¿Quiénes son sus principales adversarios?

“Fundamental” es otro componente de un vocabulario que tanto el movimiento social como la reflexión contemporánea han triturado. En un periodo en que el capitalismo ha dinamizado de modo sublime a la sociedad global y a su violencia estructural y concreta, hacer un catálogo de posiciones fijas facilita la derrota del movimiento social. Lo que la historia reciente sugiere a nivel planetario es que los movimientos sociales no están “estructurados” en términos de argumentos básicos, sino que son casi siempre debates emergentes y concretos centrados en algo puntual, y que estos debates derivan en sacudidas de sociedades enteras sin requerir de una generalización intermedia. En la medida en que las reivindicaciones específicas plantean articulaciones más amplias y generan resistencia, movilización y conflicto prácticos, más poderoso es el movimiento social. En otras palabras, definir ahora qué es “lo fundamental” o quiénes son los adversarios concretos es desmovilizador. Las materias de confrontación aparecen, lo mismo que los sujetos que las llevan a cabo, y de ahí su carácter sorpresivo e incontenible.

4. ¿Cuál(es) debería(n) ser la(s) postura(s) de izquierda ante el régimen y su crisis actual?

El movimiento social ha dado muestras muy claras de su rechazo al régimen político, al sistema de partidos profesionalizados y a la creciente integración entre la clase de políticos demagógicos, los empresarios oligopólicos y las empresas criminales en este país. La percepción generalizada es que esa élite incluye a las burocracias de los partidos de la antigua izquierda partidaria, y que es un bloque integrado, corrupto, insensible al dolor yal  desastre, y notoriamente falto de imaginación política. Eso es lo que perfila la frase, a la vez confusa y emocionada, “que se vayan todos”. La acumulación de violencia, la integración de fuerzas del Estado y grupos criminales a lo largo del país y la visible falla de toda clase de gestión gubernamental y privada dan la razón al modo en que las movilizaciones de los últimos años han expresado un repudio constante a ese régimen. Un análisis por demás desapegado de las cifras de muertos y de condiciones de vida debería llevar igualmente a la conclusión de que el arco de cambios que preside el neoliberalismo en México desde los años ochenta es el camino de un suicidio social sin atenuantes. Seguir definiendo el futuro social en torno a facilitar la acumulación y empobrecer a la mayoría es un proyecto sin rescate posible.

5. ¿Cuál es el estado actual de la izquierda partidista en México?

Es responsabilidad de la izquierda modernizada haber desprestigiado tan a fondo las vías electorales de cambio político; también lo es que se haya perfilado un dogma por la “horizontalidad” que abarca a sectores que antes eran parte de sus votantes y afiliados.

Conviene entender qué se perdió. El proceso político que, a mediados de los años ochenta, nos planteó a muchos la idea de “democracia” como la posibilidad de un avance del movimiento social de resistencia contra las imposiciones del neoliberalismo, de un avance articulado a través del uso del aparato electoral para construir un gobierno emanado de esa movilización, es hoy por hoy una estructura podrida que amenaza con poner en riesgo los logros de los movimientos sociales que había canalizado: desde la reivindicación de los derechos reproductivos hasta la defensa de las universidades, desde la gratuidad de la educación pública hasta la recuperación de un cierto uso social del espacio citadino ahí donde la izquierda partidista ha sido un gobierno local continuo, como en el D. F. Esta es una pérdida significativa. Contra lo que piensa un grupo extendido de activistas y agentes sociales, veo pocas condiciones para que ocurra una “refundación de la república” desde una subversión desorganizada. Pretender predecir qué devendrá de este quiebre, y más aún recetar alguna salida, es imposible.

6. ¿Cuáles tendrían que ser las políticas públicas primordiales de un gobierno de izquierda en México?

¿Qué son “políticas públicas”, además de uno de los ultrajes más cacofónicos del idioma que ha producido el aparato publicitario del régimen neoliberal? Me parece evidente que no se puede articular un argumento de resistencia o emancipación con una fraseología que implica la transferencia de una gestión “empresarial” y comercial al aparato de Estado y que imagina al Estado como una rama de la economía de servicios, atendiendo “demandas con ofertas”, en lugar de expresar nuestra condición de sujetos políticos plenos.

Los gobiernos de izquierda (y, de hecho, los gobiernos de derecha) hacen política de masas, establecen una política exterior, transforman la economía, rigen los medios de comunicación, utilizan las fuerzas armadas y producen cuerpos legales. Imagino que la tarea fundamental de un viraje a la izquierda sería encontrar la forma de salir del círculo vicioso del capitalismo neoliberal, que ha integrado las economías globales por la vía de generar inmensos ejércitos de miserables y trabajadores precarios que sirven para favorecer una acumulación sin límites, la cual tiene su mejor expresión en ese empresariado neoliberal radical que es el narcotráfico. Un gobierno de izquierda tendría que fortalecer el poder colectivo frente a una mentalidad que solo concibe al gobierno como policía de clase. Un gobierno de izquierda tendría que favorecer una cultura vibrante y creativa que favorezca la diversidad, revierta la marginación y violencia de género y de sector, y modifique el ethos centrado en la acumulación del capital a favor de una definición de placeres y valores más armónica y diversa. En otras palabras, la cuestión es instaurar otra clase de hegemonía.

7. Más allá del sistema de partidos, ¿cuál es el papel de los movimientos sociales en la construcción de una alternativa de izquierda en México?

Los movimientos sociales tienen una diversidad de focos específicos que expresan resistencia, el avance o la defensa de intereses sectoriales, y demandas éticas y políticas amplias. Ese tejido múltiple, en el que lo particular aspira a vertebrar el descontento general y a transformar a la sociedad, es el referente fundamental de todo pensamiento y política de izquierda. Producir el momento de subversión social, lingüística y cultural que obligue a replantear la sociedad y el sistema político es el único contenido que implica, de hecho, que una alternativa “se abra”.

8. ¿Cuál es el estado actual de los medios de izquierda en México?

Hay un vigoroso sector de medios de comunicación independiente que, junto con las redes sociales, ha producido un campo de debate extraordinario. A pesar de la pobreza y la represión, este es un circuito que crece a una velocidad significativa y que implica lo mismo medios comunitarios que agencias periodísticas independientes y comprometidas y formas de activismo en términos de la producción de información alterna. En la coyuntura actual, algunos “medios tradicionales” (en diversas combinaciones con los llamados “nuevos medios”) han vuelto a adquirir relevancia y significación política. Tanto la movilización en torno a los desaparecidos en los últimos meses como la reacción social ante la evidencia de corrupción directa en la familia presidencial no se explican sin la existencia y penetración social del periodismo independiente. En conjunto, sin embargo, la protesta social tiene como uno de sus enemigos principales a ese medio de adoctrinamiento y manipulación que es la televisión: ese “ministerio de la verdad” que se encarga del montaje y falsificación constantes que sostienen a la hegemonía.

9. ¿Es posible, y de qué manera, reivindicar las recientes experiencias de gobierno de la izquierda en América Latina (Venezuela, Bolivia, Ecuador, Uruguay, Argentina)?

Todos esos casos son intentos, en diversas gradaciones de éxito y fracaso, esperanza y parodia, de una tarea extremadamente compleja: la producción de alguna clase de gestión contraria al dogma del neoliberalismo en América Latina y de la búsqueda de alguna clase de hegemonía que no sea la continuidad de la dominación colonial-capitalista-modernizadora. Un rasgo interesante en un par de casos es el propósito de construir un régimen que desafíe el orden racista que heredamos de la colonización. La valoración de sus éxitos y fracasos es con frecuencia difícil por la ofensiva mediática y propagandística contra ellos, que los representa como formas de monstruosidad dictatorial, representación que difícilmente se sostiene ante la comparativa de datos estadísticos básicos o, para destacar solo lo evidente, ante el grado de violencia y violación de derechos humanos que han producido, en cambio, países ovejunamente neoliberales de la región como México o Colombia. La facilidad con que el caudillismo pasa de ser un elemento necesario, aunque impuro, de los movimientos sociales a ser un objeto de deseo perverso que facilita la propaganda contra el movimiento social es, ciertamente, una de las deformaciones que convendría revisar. En mi opinión, esta simpatía por el caudillo expresa una afiliación emocional compensatoria que deriva de la impotencia política localizada.

10. ¿Qué otras tradiciones de izquierda deberían atenderse hoy?

No es tarea de nadie hablar de “debería”… Lo que podemos hacer, con cierto detalle, es escuchar los ecos, reivindicaciones históricas y relecturas que hoy hace el movimiento social, en toda su conflictiva creatividad, de una diversificada, compleja y multi-regional tradición histórica. Todo eso es en extremo estimulante. Los fantasmas del anarquismo y hasta del ludismo, la curiosidad por la combinación de espontaneidad y crítica de la acumulación como despojo de la obra de Rosa Luxemburgo, y el replanteamiento de las ideas derivadas de la reflexión feminista y postcolonial se mezclan con la reivindicación de experimentos localizados, como los argumentos de Iván Illich o Paulo Freire, en discusiones de todo tipo. Yo encuentro interesante que, en medio de la autodestrucción de los partidos constituidos en México, aparezca en varias posiciones y textos cierta conciencia gramsciana por la vía de la lectura de gente como Revueltas, Žižek o Laclau, y que esta aparezca como un cuestionamiento de la doxa “antipartidaria” y horizontalista de ciertos segmentos del movimiento social. Como siempre, la “tradición” es una epistemología muy poco fiel a las tradiciones: consiste en “traer” al presente lo que se necesita, con todas las revisiones, deformaciones y restituciones literales que se requiera, en un constante desprecio por la fijeza. Esta es una tradición anti-tradicionalista.

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