¿Qué izquierda? 9. Vivian Abenshushan

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1. ¿Por qué es funcional todavía la dicotomía izquierda-derecha? ¿Cuáles son los principios que distinguen hoy a la izquierda de la derecha?

Desde la experiencia de la política partidaria, la dicotomía se volvió inoperante a partir de los años ochenta: quizá en el terreno de las costumbres un político podía inclinarse hacia un lado u otro (¿pueden los homosexuales besarse en público?, ¿deben las mujeres tener igualdad de oportunidades en la selva laboral?), pero en el terreno económico se instituyó el camino único (la liberalización de los mercados, el crecimiento ilimitado, el paradigma liberal absoluto). En Europa, los partidos de centroizquierda estuvieron tan involucrados en el desarrollo del capitalismo financiero como los partidos de derecha, dejando intactas las relaciones de explotación, los problemas de la precariedad en aumento, la inmigración y el desempleo. En México, una vez que la izquierda se convirtió en gobierno (en el DF y en otros estados) fue abandonando su perspectiva (ocuparse en resolver los conflictos sociales), para convertirse en una izquierda descafeinada, fría, pragmática, corrupta, cínica, al servicio de los ricos y, algo peor, coludida con el crimen organizado, como ha quedado al descubierto con la tragedia de Ayotzinapa. No es extraño que los electores estemos hartos de asistir desde hace treinta años a la misma comedia, donde izquierda y derecha son indistinguibles.

2. ¿Se trata de construir una izquierda “moderna” o de volver a la agenda y los principios históricos de la izquierda? ¿Existe en realidad una diferencia?

Con la caída del Muro y la inauguración de la postpolítica y la hegemonía capitalista, a la izquierda “moderna” se le ha asignado el triste papel de botarga: participar en un proceso de toma de decisiones que no decide nada. Cualquier oposición real a la desregulación financiera, cualquier defensa activa de los derechos laborales, será descrita como retrógrada, conservadora, antiprogresista, arcaica, populista… Poco “moderna”. En todos los casos, “se trata de excluir la posibilidad de una crítica realmente de izquierda a una política económica y social reaccionaria que se oculta con un lenguaje liberal y hasta libertario –‘flexibilidad’, ‘desregulación’– y que nos presenta esta libertad forzada como un destino inevitable” (Bourdieu). La izquierda entre comillas no es una alternativa ni en México ni en Francia ni en ningún lado, porque no tiene un proyecto de izquierda. Por otro lado: me temo que volver a los principios históricos de la izquierda para resolver los problemas del presente, sin entender las mutaciones radicales del capitalismo postfordista, es una tarea condenada al fracaso. La necropolítica y la hipervigilancia como formas corrientes del discurso público global, la psicosis de los mercados financieros, la aparición del capitalismo digital, el Estado de excepción generalizado, la normalización de la violencia, son condiciones que obligan a la izquierda a proyectar otros modelos de acción, distintos al marco teórico y práctico del siglo pasado.

3. ¿Cuáles son hoy las batallas fundamentales de la izquierda en México? ¿Quiénes son sus principales adversarios?

La batalla fundamental es detener el proceso generalizado de demolición de todo lo existente. Ni más ni menos. Desde la defensa de la biodiversidad, los mantos acuíferos, los bosques y la tierra, entendidos como bienes comunes que hoy se encuentran amenazados por una minoría extraordinariamente voraz e irracional (los entrepenuers de la minería a cielo abierto, las empresas forestales, Monsanto y su semillita única, la lógica extractivista que destruye comunidades enteras a su paso), hasta la lucha contra la degradación sistemática de las condiciones de vida de millones de personas (trabajadores de maquila convertidos en esclavos invisibles de nuestro confort, mujeres tratadas como mercancía desechable, la infra vida del inmigrante centroamericano que a su paso por México es torturado, extorsionado, asesinado). En pocas palabras, la izquierda se enfrenta a problemas de dimensiones posthumanas. Su principal adversario: el necrocapitalismo. La gestión económica (y política) de la muerte. No es extraño que un joven poeta mexicano, Javier Raya, haya escrito que en México “estar vivo es un acto de subversión”. Entonces, la cuestión para la izquierda se ha convertido en una cuestión de “vida o muerte”. Así de simple. Así de complejo. No hay forma de enfrentar la violencia del narcotráfico si no se entiende que se trata de la contraparte extralegal de la violencia económica del hipercapitalismo. (Franco Berardi ‘Bifo’ dijo recientemente en México, no sin humor negro, que los narcotraficantes deben ser entendidos como neoliberales coherentes.)

4. ¿Cuál(es) debería(n) ser la(s) postura(s) de izquierda ante el régimen y su crisis actual?

En primer lugar: no negociar con el régimen. En segundo lugar: interrumpir el ciclo de violencia, abuso de poder, despojo y terror, a través de la autoorganización de la inteligencia colectiva, la reconstrucción y defensa de una democracia comunal, participativa, directa, dialogante, organizada desde abajo. Es impensable superar la violencia actual sin una participación extra-ordinaria y continua de la ciudadanía en el proceso. Mientras en las metrópolis intentamos reconstruir el ágora (la deliberación pública) como espacio para la política, en la comunidades indígenas y en los municipios expoliados de Michoacán y Guerrero se organizan para no morir. De esas comunidades autogestionadas y en resistencia (Cherán, las juntas de buen gobierno zapatista, por ejemplo) también aprenden los movimientos urbanos que en estos días activan procesos asamblearios, socializan conocimientos y saberes, ponen en práctica formas de cooperación, gestionan huertos colectivos. Estas prácticas han logrado desbordar (a pesar de su fragilidad) el paradigma neoliberal absoluto. Por eso son perseguidas (incluso por los partidos de izquierda).

5. ¿Cuál es el estado actual de la izquierda partidista en México?

Se encuentra en estado de putrefacción. Hiede. Esa izquierda no puede generar alternativas frente a la catástrofe actual; antes necesita enfrentar su propia crisis. Si no reconfigura sus enunciados políticos, si no pone en cuestión la hegemonía partidaria como única forma de síntesis de la voluntad colectiva, si sigue reproduciendo la centralización del poder y el caudillismo, si entiende la política exclusivamente como una cuota de poder, será apenas una sombra cómplice del régimen. Algo más: una izquierda que no se someta a examen permanente, una izquierda que no haga de la democracia directa (de las comunidades, los barrios y las colectividades) una práctica constante, solo perpetuará la crisis de representación y se hundirá junto con el país entero.

6. ¿Cuáles tendrían que ser las políticas públicas primordiales de un gobierno de izquierda en México?

Para empezar: someter a los mercados (legales y extralegales, drogas incluidas) a una regulación jurídica y ética insobornable. Un lobby organizado entre empresarios, políticos y narcotraficantes no es una democracia. Eso significa también una “revolución fiscal” como la que proponía el Front de Gauche en Francia: una reforma redistributiva que acabe por fin con el fraude de las grandes fortunas, un sistema de control para evitar la fuga de capitales, una protección sin cortapisas a las condiciones de trabajo dignas. Democratizar los sindicatos y los medios de comunicación. Restituir las leyes que, hasta la llegada de Peña Nieto, evitaban la privatización de las playas nacionales y defendían, por poner ejemplos concretos, el Nevado de Toluca y los bosques de Xochicuautla.

7. Más allá del sistema de partidos, ¿cuál es el papel de los movimientos sociales en la construcción de una alternativa de izquierda en México?

Los movimientos sociales en México (desde el levantamiento zapatista hasta las movilizaciones contra el terrorismo de Estado en Ayotzinapa, pasando por las comunidades en resistencia y el movimiento estudiantil #YoSoy132) no solo han renovado la necesidad cívica de la sublevación –una perspectiva a la que renunció la izquierda “moderna” hace décadas–, sino que han puesto en práctica una serie de nuevas formas de organización y de lucha fundadas en la horizontalidad, la autorregulación, la cooperación y la autoproducción, además del uso frecuente de herramientas tecnopolíticas (un cambio de paradigma que supone la irrupción de nuevas dinámicas de conectividad y redes sociales) sin las cuales sería muy difícil construir alternativas de izquierda capaces de agrupar los descontentos contemporáneos. Esos movimientos, redes, procesos y luchas privilegian relaciones de la democracia directa basadas en el espacio asambleario, es decir, en decisiones por consenso y no por votación, que demuestran no solo que el poder neoliberal no es incontestable, sino que existen alternativas reales a la crisis de legitimidad y representación de la democracia liberal, así como a los lineamientos tradicionales de izquierda. Pero el verdadero desafío de las izquierdas contemporáneas es lograr que esa conciencia creciente acerca de la naturaleza devastadora del neoliberalismo global, una conciencia que se ha expresado masivamente desde la revuelta en Seattle hasta Occupy, el 15M en España o la Acción Global por Ayotzinapa, logre en efecto transfigurar la realidad. El combate por venir es el combate por una democracia radical frente al absolutismo económico.

8. ¿Cuál es el estado actual de los medios de izquierda en México?

Tengo la impresión de que los medios de izquierda se han multiplicado gracias a internet, pero se encuentran marginados de una circulación masiva fuera de ese espacio (es difícil encontrar revistas de izquierda y los espacios zurdos en la televisión o el radio son prácticamente inexistentes; el consenso forzado reina). En los últimos dos años, desde el arribo de Peña Nieto al poder, muchos de esos medios se han convertido en espacios de resistencia y contrainformación, no larvados aún por la censura restaurada en México e imprescindibles para decir lo que nadie quiere decir. Si la función del horror, como ha escrito Agamben, es dejarnos sin habla, convertirnos en infra humanos, hoy los medios de izquierda se convierten en espacios de combate para contrarrestar esa violencia enmudecedora. Por eso, los periodistas críticos, los que desmontan la narrativa oficial, se encuentran todos los días en peligro en nuestro país, en medio del fuego cruzado (muchas veces indistinguible) de la censura oficial y la censura del crimen organizado.

9. ¿Es posible, y de qué manera, reivindicar las recientes experiencias de gobierno de la izquierda en América Latina (Venezuela, Bolivia, Ecuador, Uruguay, Argentina)?

Si Maduro representa al “socialismo del siglo xxi”, estamos, desde mi perspectiva, podridos. Lo diré de manera menos inelegante, con un tuit que le leí hace poco a mi padre (quien me educó con himnos anarquistas por la mañana y aforismos de Cioran por la tarde…): “Perpetuarse en el poder tarde o temprano conduce a la tiranía y la corrupción extremas. Eso deberían entenderlo Ortega, Correa y Evo Morales.” Sin embargo, creo que las experiencias uruguaya y argentina se pueden leer aparte y ser reivindicadas, cada una con matices.

10. ¿Qué otras tradiciones de izquierda deberían atenderse hoy?

El autonomismo italiano; las comunidades dimisionarias del mundo (okupas, Monos Blancos, movimientos del precariado, freegans, movimientos antisistema, cooperativas de comercio justo); las prácticas emancipatorias en el marco de una democracia comunal, como la que se desarrolla al interior de los pueblos indígenas organizados o en rebeldía; el decrecimiento como forma controlada y regular de desaceleración económica, que comienza con el Informe del Club de Roma en los años setenta y llega hasta nuestros días con Serge Latouche (bajo la influencia de Iván Illich); la mejor tradición del anarquismo (incluida la Magonista) y las prácticas autogestivas; los ambientalistas y todos aquellos movimientos actuales que tratan de reconstruir los vínculos comunitarios pulverizados por la violencia o el individualismo recalcitrante. Creo que es importantísimo también atender a las mutaciones laborales del presente, donde la producción de conocimiento en la tecnósfera y la aparición del cognitariado (Franco Berardi ‘Bifo’ llama así a una nueva clase global, deslocalizada, sin derechos laborales, productora de los bienes inmateriales que nutren al semiocapitalismo) se convierten también en un territorio en disputa. Ahí la tradición italiana postmarxista, con Marazzi, Negri, Virno, Lazzarato, el propio Bifo, pueden arrojarnos algunas luces.

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