¡Que viva México! Una crónica sobre el festejo obradorista

Por primera vez un candidato de izquierda y sus seguidores festejan un triunfo electoral. Para AMLO, la plaza del Zócalo capitalino no es un territorio desconocido, pero ahora celebra como presidente electo ante serios desafíos.

y | Nacional

El Zócalo de la Ciudad de México es un lugar de montajes.

Así como la Catedral Metropolitana se encuentra montada sobre las piedras de la fabulosa Tenochtitlan, justamente así, pero de manera invertida, el movimiento obradorista cae sobre un escenario construido para transmitir la gesta mundialista… banderas nacionales conviven con los trapos del partido político vencedor, rancheras entonadas por un mariachi enfrentan al coro multitudinario de asistentes, quienes revuelven consignas contra el régimen y porras futbolísticas: «Sí se pudo, sí se pudo», «¡Fuera el PRI, fuera el PRI!».

¡Qué no habrá visto el Zócalo capitalino! Sobre el escenario futbolero habla Andrés Manuel López Obrador, la figura de la izquierda partidista más importante en casi un siglo de vida política mexicana. Obrador —sesenta y cuatro años— compitió por tercera vez para las presidenciales de México. Y ganó. Pensar en Salvador Allende y en Lula da Silva es inevitable: triunfadores después de largos procesos sociales que llevaron a las izquierdas partidistas al gobierno.

México tiene una larga historia de lucha por la democracia mediante las urnas. Hace treinta años, en esta misma plaza, el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, hijo del único presidente que consideraría de izquierdas en la historia del país, el general Lázaro Cárdenas, denunciaba un fraude electoral a cargo del hegemónico Partido Revolucionario Institucional.  Julio de 1988, las consignas aquí eran otras: «¡Repudio total al fraude electoral!, ¡el pueblo votó, y Cárdenas ganó!». Ya desde entonces se escuchaba el: «¡Fuera el PRI, fuera el PRI!».

Ahora es distinto. Obrador dirá un discurso memorioso y conciliador. Durante su cierre de campaña en el Estadio Azteca recordó movimientos y líderes sociales, como el líder campesino Rubén Jaramillo, el dirigente magisterial Othón Salazar, el líder ferrocarrilero Demetrio Vallejo, la defensora de derechos humanos Rosario Ibarra de Piedra. Intentaba, quizá, arroparse con las historias de la lucha social mexicana del siglo XX. Originario del sur-sur, de cabello gris y habla pausada, está convencido de que llevará a cabo la cuarta transformación de la vida pública: independencia, reforma liberal, revolución y regeneración nacional:

«¡Viva México!»


El cineasta ruso Sergei Eisenstein tituló ¡Viva México! a un ambicioso filme inconcluso que pretendía hacer un montaje dialéctico entre el pasado y el entonces presente posrevolucionario del país. Eisenstein dejó notas en las que habla de cómo décadas y milenios se empalman en apenas unos metros: «un reino de muerte donde el pasado domina el presente».

El proyecto fue retomado por su colaborador, Grigory Alexandrov, quien lo presentó en 1972 con la estructura ideada por el director. La película está conformada por un «Prólogo» con filmaciones en Chichén Itzá, el cual incluye la concepción de Eisenstein sobre la historia mexicana. El segundo capítulo, «Sandunga», muestra un casamiento en Juchitán. Después, «Fiesta», pasa del culto a la Virgen de Guadalupe a una gesta taurina. Le sigue «Maguey», en el que la lucha de campesinos ofendidos por el patrón termina en represión. Luego, «Soldadera», un fragmento sobre el México revolucionario que no llegó a realizarse. Y, finalmente, un «Epílogo» sobre el Día de Muertos.

Eisenstein intuyó que su técnica de montaje tendría sentido en México. También fue apabullado por las rarezas de su historia social: una revolución inacabada, interrumpida, traicionada.

Las banderas que ondean en la noche llevan más colores que la bandera nacional. Se superponen a ella, la envuelven, juegan. Con orgullo, un puñado de integrantes de la comunidad LGBTTIQ sonríen, gritan, agitan en el aire las tonalidades del arcoíris: «¡presidente, presidente, presidente!». En la avenida de Reforma automóviles emiten festivos pitidos. Se dirigen a toda velocidad hacia el Zócalo. ¡Tambores, trompetas, un dron!, los ruidos de estos artefactos se mezclan con gritos de niños que atienden un puesto de frutas mientras gritan: «¡presidente, presidente, presidente!».

Afuera del hotel Hilton, Obrador da una conferencia de prensa. La gente hace mitin afuera del hotel en torno a la pantalla.

Es raro ver este lugar sin antimotines.


Más adelante, por la avenida Madero, lo espera la historia, lo que ha llamado la «ambición legítima» de ser un buen presidente de México: «¡Es un honor estar con Obrador!».

La frase que suena con insistencia tiene más de diez años de antigüedad, desde el 2006, cuando el sistema político mexicano colocó al conservador Felipe Calderón como ganador sobre Obrador con .56% de ventaja. Entonces, las cámaras de las televisoras no estaban aquí. Y si estuvieron, fue para vilipendiar a los manifestantes que montaron un campamento de protesta desde el Zócalo hasta toda la avenida Reforma, los mismos espacios donde ahora triunfa el obradorismo.

Ahora es diferente. Esta vez los emporios mediáticos de Televisa y Tv Azteca siguen al flamante líder de la izquierda electoral desde que sale de casa, va a votar, espera los resultados. Como tantas veces anteriores, lo recibe el Zócalo a reventar. La escena se antoja como la celebración de las fiestas patrias del 15 de septiembre. El mariachi restriega canciones de José Alfredo Jiménez. «La sierra de Guanajuato… la vida no vale nada». La terrible canción «Mátalas» causa protestas de mujeres en un país con más de quinientos feminicidios en lo que va del 2018.

Atrás se encuentran las pantallas que al día siguiente transmitirán el partido México-Brasil. Este escenario fue la excusa de gobierno actual para que Obrador no cerrara su campaña en el lugar de mayor carga histórica del país. Ahora, como por arte de magia, las pantallas futboleras proyectan el nombre del partido vencedor: Movimiento de Regeneración Nacional, la Morena de nombre tan cercano al guadalupanismo que fascinó a Eisenstein. Pero hay algo extraño aquí: «The revolution will not be televised», versa la canción del pantera negra Gil Scott-Heron.

«No estás acostumbrada a que gane por quien votaste». Esta frase repetida varias veces durante la primera semana del triunfo obradorista resume el ánimo de esta luna de miel mexicana. Aunque comentarios racistas y clasistas de una derecha resentida pueblan las redes sociales: nacos-feos-no están preparados para la presidencia. Sin embargo, el habla, las canas, el origen sureño y hasta los apellidos de López Obrador los desarman y obligan a fans y periodistas a llevar al nuevo presidente a los memes: «estrella de rock and roll…».

Durante el festejo de su triunfo el 1 de julio la plaza del Zócalo alberga una mezcla de clases, una «reconciliación» como hubiera querido Thea von Harbou para su Metrópolis. Un payaso, originario del Estado de México, de Ixtapaluca, hace la figura de Obrador con globos, lo vende a mujeres rubias. La caricatura de López Obrador que se hizo famosa en el 2006, creación del monero Hernández, adorna banderas de la victoria, paraguas, encendedores y pañoletas: «aquí está el póster del nuevo presidente, ¡lleve el póster!», dicen los vendedores ambulantes.

Los mariachis hacen un comentario futbolístico: «Hoy ganó quien debía ganar. Y mañana gana México».

Todo un show. La madre patria (¿no es una contradicción llamarle así?), está en vías de regeneración. Una fiesta de la democracia. Por fin.


Casi todas las manifestaciones de la izquierda mexicana en el Zócalo llevan consigo la marca del agravio. Desde 1992, cuando AMLO condujo caminatas a pie desde el sureño estado de Tabasco para denunciar la destrucción de las tierras indígenas chontales. En el 2000, Obrador gobernó la ciudad desde el antiguo Palacio del Ayuntamiento, mirando el Zócalo desde la ventana, «para no olvidar de dónde vengo». Ahí mismo convocó a las protestas contra el desafuero legal que intentaba impedir su candidatura presidencial en el 2006. Más de un millón de personas acudieron a esta convocatoria.

Tres de los capítulos de Eisenstein muestran la violencia en México. La idea de un México bronco, enojado, profundo está bien enraizada. Las transformaciones de las que habla Obrador comenzaron y terminaron con guerras. A Obrador le gusta decir que su triunfo en las urnas no tuvo: «ni una gota de sangre derramada».

Pero desde diciembre del 2006, ya con el conflicto poselectoral a cuestas, el conservador Felipe Calderón declaró una guerra contra el narcotráfico. La guerra no ha parado en doce años, y es quizá el tema más doloroso para la izquierda en México: víctimas, desapariciones, crímenes de lesa humanidad. La vía pacífica llevó a una larga espera de dos sexenios con saldos de terror.

Para el México de izquierda —la izquierda social— la lista de agravios contra la población es larga. Va desde la matanza de estudiantes en la plaza de Tlatelolco en 1968 hasta la desaparición de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa en el 2014, pasa por la masacre de Acteal en 1997, el periodo de la Guerra Sucia y hasta el asesinato de varias personas que impulsaron la candidatura de Cárdenas.

El Zócalo es testigo de represión, desalojos, violencia. También el Zócalo se ha convertido en una plaza comercial. Zócalo de conciertos apoteósicos: Roger Waters, Manu Chao, Shakira; Zócalo tapizado con miles de desnudos a capricho de Spencer Tunick. ¡Qué no ha visto el Zócalo! Marzo del 2001: la Marcha del color de la tierra lleva a miles de personas, encabezadas por el Congreso Nacional Indígena y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), pero también a José Saramago y Daniele Miterrand, a exigir el cumplimiento de los acuerdos que protegerían su autonomía política y territorial.

El gobierno mexicano firmó los acuerdos, pero finalmente no los cumplió y los partidos políticos, incluido el PRD de Cárdenas y Obrador, lanzaron una contrarreforma de ley y cultura indígena. Así que no toda la izquierda está con él. El diario El País acaba de titular un texto: «Solo el zapatismo se resiste a Obrador». El debate entre zapatistas y obradoristas se encuentra en un punto álgido. El morenista Alejandro Solalinde azuza al zapatismo para entrar en diálogos que no han pedido. Adelfo Regino, próximo encargado de los asuntos indígenas, ofrece el cumplimiento de los acuerdos de San Andrés sin haber consultado, todavía, a los pueblos.La izquierda antisistémica y autonomista que es el EZLN no puede estar más distanciada del obradorismo. Han desmentido la posibilidad de diálogo mediante un comunicado de la comandancia insurgente. En el comunicado, el EZLN acusó al obradorismo de repetir los «usos y costumbres del PRI». De Solalinde dijeron: «no hemos recibido más que mentiras, insultos, calumnias y comentarios racistas y machistas». Antes, el zapatismo ha dicho: «podrán cambiar al capataz, los mayordomos y caporales, pero el finquero sigue siendo el mismo».

Y es que, quizás para llegar al poder, para sentarse en la silla del águila, el obradorismo incluyó a sectores que antes pertenecían a la llamada «mafia del poder». Alfonso Romo, empresario regiomontano en negocios de alteración genética de vegetales, beneficiado por el rescate bancario zedillista, será jefe de gabinete y encargado de un poco probable encuentro con el zapatismo; Esteban Moctezuma Barragán, secretario de Gobernación del zedillismo en la época de la constrainsurgencia frente a la guerrilla del EZLN, será el próximo secretario de Educación. Olga Sánchez Cordero, ministra durante el zedillismo, cuando los mencionados acuerdos fueron incumplidos, será la próxima secretaria de Gobernación.

Hay otras críticas fuertes contra la izquierda que acaba de llegar al poder. El virtual presidente electo ha dicho que no cancelará, sino que revisará los contratos de la polémica Reforma energética; tampoco ha sido claro si cancelará el nuevo aeropuerto que se construye sobre el Lago de Texcoco, controvertido por los efectos ambientales que denuncian los pobladores macheteros de San Salvador Atenco, en cambio, han anunciado una consulta nacional sobre el NAICM. No ha dicho tampoco si hará caso a las denuncias de grupos de derechos humanos sobre su negativa de cancelar la Ley de Seguridad Interior.

Es común que en varios de sus mítines, las bases de su propio partido, Morena, protesten por la incursión de «chapulines», el término mexicano que designa a políticos que saltan de un partido a otro.


Por otro lado, el futuro presidente de México no es ignorante. Conoce bien a las familias de víctimas de la guerra y a los pueblos originarios, los menciona antes que a nadie en su discurso de aceptación. Se formó en la lucha ambiental del pueblo chontal de Tabasco contra los efectos de la extracción petrolera. Sin embargo, hoy habla de la tierra como «recursos naturales» y de la población mexicana como «gente buena y trabajadora» para explotarla. Pensar en Rafael Correa y Evo Morales es inevitable.

Ellos lo felicitan, le llaman hermano: Correa, Morales, Kirchner; pero también Trump y Santos; Sanders y Corbyn, hasta Alejandro Jodorowsky.

Las pantallas gigantes muestran la camioneta blanca del flamante vencedor. Él saluda a quienes agitan las manos y las banderas. Las miles de personas presentes en el festejo de la elección del nuevo presidente escuchan cuando la producción hace sonar en las megabocinas la cumbia oficial: «Moreeena», cuyo coro parece un rezo armado para bailar. Obrador saluda, observa, cruza palabras con la gente, responde a preguntas de reporteros de las grandes televisoras. Los flashes deslumbran.

Cuando por fin logra llegar al escenario, la euforia y los gritos de emoción alcanzan su punto climático.

«¡Es un honor estar con Obrador!»


Exactamente hace seis años, una marcha con antorchas llegaba a esta plaza, miles de estudiantes se preparaban para la próxima jornada electoral. Organizados en el #Yosoy132, no apoyaron a Obrador, quien se postulaba por segunda ocasión, pero sí combatieron al PRI. Ahora hay fuego en el cielo. Vista desde el Zócalo, la noche parece un escenario de batalla galáctica. Enormes insectos zumbantes pelean con la oscuridad. Y la vencen.

Obrador anuncia reuniones en Palacio Nacional con el todavía presidente Peña Nieto. En ese momento resuena la consigna de los movimientos estudiantiles del 2012: «¡Fuera Peña, Fuera Peña!». «¡No que no sí, que sí, ya sacamos al PRI!», festejan jóvenes.

Esta noche se escucha la canción popular «Cielito lindo» por lo menos siete veces; empleada cuando la selección de futbol juega bien, ahora choca con la consigna: «¡El pueblo, unido, jamás será vencido!».
Un niño lleva un dibujo que quería dar al nuevo presidente. No lo alcanzó. Niños indígenas tocan el «Cielito lindo» con sus instrumentos porque lo escuchan en los cantares de la manifestación. Piden dinero entre las olas de personas. Varios hombres en situación de calle, algunos con acento hondureño, piden también algo de comer.

Después del discurso de Obrador, policías comen esquites. Un coro canta el himno a la alegría. Luego dicen: «nos queda mucho por hacer». Brotan asambleas espontáneas.
Un ensamble de tambores festeja. Es la una de la mañana: playeras, paraguas, trompetas: «estaremos mejor con Obrador» platican quienes caminan en la oscuridad con luminarias.

Dos senadoras electas de la izquierda están en este festejo nocturno, la exlíder de las policías comunitarias de Guerrero, Nestora Salgado, y la senadora electa más joven de Latinoamérica, Citlalli Hernández, platican con quienes las rodean. Una Ⓐ  anarquista aparece pintada en una jardinera: nunca faltan. Mujeres vestidas de tehuanas y hombres de charro hacen círculo alrededor de un coro que entona el himno a la alegría: Eisenstein 2.0.

Una mujer con un puesto de elotes dice: «si no hubiera ganado Obrador, se hubiera hecho un desmadre».

México es un desmadre. En los dos últimos periodos presidenciales la violencia se extendió a toda la población. Más de 104,83 averiguaciones previas por asesinatos durante el sexenio de Enrique Peña Nieto, y 102,859 en el de Felipe Calderón. Al menos treinta y cinco mil casos de desaparecidos en el gobierno actual, cifras que se comparan con las dictaduras de Argentina y Chile. Quizá por ello en  los municipios hubo cien candidatos asesinados durante el periodo electoral del 2018. Pero los sitios más peligrosos del país votaron a Andrés Manuel: Acapulco y Ciudad Juárez, Tijuana y Ecatepec. El hartazgo generalizado llevó a la población, toda, a desbordar las urnas. Paz, justicia y dignidad —así se llamó el movimiento de víctimas que colmó esta plaza en el 2011, un nombre, por cierto, zapatista— quedan como las grandes tareas.

«No va a haber divorcio, entre el gobierno y el pueblo» dice Obrador. Y anuncia una nueva gira por todo el país. Una semana después, un hombre llamado Óscar Martínez Vélez publicó en Facebook una anécdota. Antes de la reunión que Obrador tuvo con Peña Nieto, en el Palacio Nacional, justo frente al Zócalo, en el lugar de tantas protestas, entre empujones de camarógrafos y reporteros, se vio frente a Obrador en el Palacio y este le preguntó:

— ¿Y tú qué haces aquí?

—Me colé.

—Yo también me colé, y con nosotros se coló toda una nación.

México somos todos, dice el nuevo presidente. Entonces, México es el empresario minero Germán Larrea y un minero atrapado en Pasta de Conchos, Carlos Slim y los campesinos de Atenco, los cárteles y los campesinos de Guerrero.

«¡Viva México!» Resuena todavía el último grito de López Obrador ahí afuera, en el Zócalo.

Al día siguiente, pierde la selección nacional.


Fotografías: Daliri Oropeza

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