Repensar la libertad de expresión

Las redes sociales lo cambiaron todo. El discurso es una doble hélice. Internet es una válvula de escape para los discursos más incendiarios y al tiempo es la posibilidad de construir nuevas narrativas del mundo. ¿Censura o libertad de expresión radical?

| Ensayo

En una época en la que se han acelerado y diversificado los discursos racistas, misóginos, xenófobos y de difamación religiosa, argumentar a favor de la libertad de expresión se vuelve una tarea compleja. Las tecnologías de la información han agravado la problemática: privatizaron a gran escala las discusiones públicas y corporativizaron la exigencia en la protección de derechos. Esta dinámica ha dado como resultado una confusión generalizada sobre los discursos públicos y privados: sus límites, excesos y jurisdicciones.

La era digital ha amplificado las desigualdades políticas y sociales que existen en el “mundo real” entre sus usuarios. Si bien sus principios básicos son, de acuerdo con sus pioneros[1]: “nadie la posee, todos pueden usarla, cualquiera puede mejorarla”, la realidad es que los poderosos se vuelven más poderosos y los débiles, aunque participan de cierta conversación que antes les estaba negada, son cada vez más excluidos, en multitud, por los algoritmos y el sistema salvaje del corporinternet. Un fenómeno que, por supuesto, ocurre también fuera de la red: el sistema neoliberal ha precarizado la capacidad de ejercicio de derechos de millones de personas en tanto que a otras las ha privilegiado sin precedentes.

Hemos pasado décadas preocupándonos por el control estatal del discurso mientras que los espacios de internet han sido colonizados por las corporaciones de Silicon Valley. Ahora apenas pasa un día sin enterarnos sobre otra violación de los derechos humanos en relación con internet en algún lugar del mundo, ya sea por parte de actores estatales o de intereses privados (corporativos).

La noción de libertad de expresión en un mundo enredado se ha modificado hasta el desfiguro. Las leyes varían de región en región; los términos de servicio de las plataformas digitales son, en muchas ocasiones, más restrictivos que la ley -y tanto más poderosos-; la preocupación constante de inclusión ha aumentado la variedad de discursos circulantes, y el spin de odio se cuela en todo el espectro de la conversación pública. La libertad de expresión no es solo una cuestión de principio abstracto, sino que también es un aspecto de una lucha de poder entre fuerzas con ejes divergentes. De hecho, abordar cuestiones de libertad de expresión en abstracto o contextualmente es en sí mismo un aspecto de la lucha de poder subyacente. Aquellos que piensan que un enfoque abstracto les ayudará a ganar la batalla intentarán canalizar el debate por esa vía, y a la inversa para aquellos que piensan que un enfoque contextual ayudará. Incluso el partidario de principios de la libertad de expresión sin restricciones está involucrado en una lucha por el poder, si no por una ventaja material, quizás sí para crear un orden social basado en un discurso desapasionado y fluido.

Este panorama nos obliga a repensar las teorías generales sobre lo-que-se-puede-decir al tiempo que nos fuerza a imaginar un horizonte que refleje nuestras aspiraciones sociales.


Algunos enfoques de libertad de expresión

El mercado de las ideas

El relato clásico del mercado de las ideas aparece en el segundo capítulo de Sobre la libertad,[2] de John Stuart Mill. El enfoque de Mill es bien conocido, pero sus supuestos de fondo requieren alguna exploración. Según detalló Mill, la principal virtud de la libertad de expresión es su función instrumental en la búsqueda de la verdad. Aquellos que censuran o suprimen el discurso que creen falso, afirman una supuesta infalibilidad que no puede justificarse.

Las épocas anteriores a la Modernidad profesaban la certeza de las doctrinas que ahora se saben falsas —tal es el caso de la planitud de la Tierra o la alquimia—, y es una arrogancia injustificable que las sociedades futuras no miren hacia atrás y lean a Mill con la misma sorpresa de la gente que podía creer tales falsedades. Además, incluso si se pudiera demostrar que el discurso es objetivamente falso, este debe ser protegido de la censura sobre la base de que la expresión del falso discurso fortalece, en lugar de debilitar, la comprensión de las verdades. Una verdad que no se prueba constantemente contra las alternativas corre el riesgo de diluirse.

Una mirada coyuntural nos puede indicar que la llamada “posverdad” no es tal: la verdad es la suma de una serie de relatos en disputa que reflejan las relaciones de poder existentes.

Sin embargo, el interés de Mill por la libertad de expresión se extendió más allá de su relación con la verdad. La necesidad de contar con las demandas de verdad compitiendo era una parte clave del desarrollo intelectual individual. La censura no solo debilita las verdades, debilita, en el terreno de lo público, a las personas que apoyan esas verdades. Al permitir a los individuos experimentar y probar doctrinas alternativas, incluso las más equivocadas, la sociedad asegura que la verdad sea un consenso duradero.

El argumento del mercado de ideas es un relato explícitamente teleológico. Si bien es la condición humana la que sufre con los errores, hay una verdad que se puede derivar y que es independiente de ese proceso. Como tal, es vulnerable a los argumentos que apuntan a esa teleología. En primer lugar, como fundamento sobre el cual estructurar la protección institucional de la expresión, la teoría asume que la sociedad prioriza la búsqueda de la verdad sobre todos los demás valores. En segundo lugar, a pesar de su escepticismo acerca de la certeza de que la sociedad puede identificar las verdades, Mill asume que las verdades están por ahí para ser conocidas, y que el libre debate conducirá a esas mismas verdades.

La teoría de la libertad

Las defensas de la libertad de expresión basadas en ideales de autonomía y autorrealización datan, por lo menos, de la antigua Roma. Tácito describió la libertad como “cuando podemos pensar como queramos y hablar como pensamos”, colocando a la función del habla como una cuestión de satisfacción personal. La teoría de la libertad está plenamente enunciada en los textos de C. Edwin Baker. Baker, a diferencia de Mill, se refiere a extraer la justificación institucional específica para el habla de la Primera Enmienda. El discurso merece protección debido a su doble función, como parte necesaria de la autorrealización individual y como elemento sine qua non de la participación en la toma de decisiones sociales. El énfasis funcional de la teoría del mercado de las ideas excluye potencialmente más discurso que el protegido por la Primera Enmienda. Por ejemplo, es difícil justificar la obscenidad y la pornografía como necesarias para la búsqueda de la verdad.

El mercado de ideas tampoco protegería el discurso puramente privado, el que se hace para el entretenimiento o la autoexpresión (discurso de mayor peso en internet), o incluso el discurso político que no está formulado o es improbable que se comunique a otros. Sin embargo, la teoría de la libertad protege ese discurso bajo la justificación de que estas formas de expresión forman parte de la búsqueda de autonomía de un individuo.

La pregunta relevante para Baker no es si un discurso dado afecta el progreso hacia la identificación de la verdad, sino si funciona como parte de la autonomía de un individuo.

Teoría negativa sobre la dignidad

Una de las teorías más relevantes de los últimos tiempos es la de los daños del discurso de odio, enunciada por Jeremy Waldron, cuya preocupación se encuentra en justificar los límites del discurso público desde el enfoque de la dignidad del individuo o de un colectivo minoritario. La dignidad es entendida en The Harm in Hatespeech[3] como los atributos de una persona que le permiten presentarse con seguridad en lo público; en los casos de quienes pertenecen a una minoría, estos atributos —argumenta Waldron— son negados por la estructura social. Waldron comienza con la premisa de que en una “sociedad bien ordenada” no solo todas las personas deben estar protegidas por la ley, sino que tienen derecho a vivir seguras de esta protección. “Cada persona [. . .] Debe ser capaz de hacer sus negocios, con la seguridad de que no habrá necesidad de enfrentar la hostilidad, la violencia, la discriminación o la exclusión de otros”. El discurso de odio socava este bien público esencial. “Cuando una sociedad se ve desfigurada con la señalización antisemita, las cruces ardientes y los folletos raciales difamatorios”, dice Waldron, esta seguridad de protección “se evapora. Una fuerza policiaca o el Departamento de Justicia pueden impedir que las personas sean atacadas o excluidas “, pero los objetivos del discurso de odio, asegura el autor, las excluye de la certeza de que la sociedad las considere como personas de igual dignidad.

Cualquiera de estos enfoques es razonable en sí mismo. Cada cual tiene límites externos e internos que favorecen una mirada crítica del derecho de la libertad de expresión. No obstante, ninguno contempla a profundidad las nuevas dimensiones de la libertad de expresión en el campo digital. Anteriormente, los discursos/acciones que sucedían en Nueva York, París o Ciudad de México eran juzgados por las leyes nacionales e interpretados de acuerdo con una tradición jurídica dada y un contexto concreto. Hoy el mundo entero juzga cada discurso desde un código compartido de valores proveniente de las corporaciones que dan soporte a la difusión de esos discursos.


Los linderos de la censura

Afuera de las oficinas de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), en Nueva York, el #FreeSpeechBus (“autobús de la libertad de expresión”) anunciaba una campaña abiertamente transfóbica: “las niñas tienen vagina, los niños tiene pene. Que nadie te engañe”. Auspiciado por la organización CitizenGO, la campaña ya había causado rechazo en Madrid al punto de que el autobús fue atacado.

Es interesante que la “libertad de expresión” en abstracto sea el mensaje principal del autobús. Bien pudo haberse llamado “el autobús de la homofobia” y, sin embargo, al usar #FreeSpeechBus como estandarte se puede activar lo que Cherian George ha llamado “el giro del odio”.[4] La operación es la siguiente: un discurso que pudiera ser considerado “de odio” es usado libremente a través de reivindicar la libertad de expresión y condenar la corrección política. Esto es, la estrategia busca que la repulsión se traslade de los homófobos hacia quienes defienden posturas más incluyentes. El discurso hegemónico fingiendo persecución.

Cabe apuntar que en este caso los matices se tornan demasiado difusos. Por un lado, tanto en la legislación estadounidense como en la interamericana, el discurso de odio no puede ser considerado como tal si no es posible probar un daño inminente por parte de quien lo emite. Esto es, un grupo nazi puede marchar en un poblado de mayoría judía sin que este discurso/acción sea considerado de odio (Brandenburg v. Ohio). A pesar de ello, se hace obligatorio denunciar la estrategia y exhibir con tanta fuerza como sea posible la operación de transferir la repulsión social hacia quienes piden que los discursos discriminatorios sean desterrados de lo público. Y, aun así, dejar que el autobús circule.

Un caso opuesto: en la última bienal de pintura del Museo Whitney, también en Nueva York, la pintora Dana Schutz presentó una obra titulada Open Casket. Se trata del retrato de una escena icónica en la historia de la lucha por los derechos civiles: el ataúd abierto de Emmett Till con la cara molida a golpes. La obra evade el realismo del rostro desfigurado y lo resuelve con pinceladas gruesas: una mancha por rostro. La obra generó polémica entre la comunidad afroamericana y de artistas participantes en la bienal. El reclamo contra Schutz es que se trata de una blanca “apropiándose” de la violencia histórica de la comunidad afroamericana en Estados Unidos. La pintura fue retirada del museo. Aunque oficialmente no se debió al escándalo sino a causa de una fuga de agua, el público ya no podrá ver la obra.

A diferencia del caso del #FreeSpeechBus en el que un grupo usa la libertad de expresión para avanzar un discurso discriminatorio, en este caso se usa la dignidad colectiva de los negros para censurar la pintura de una blanca.

Tenemos que ser cuidadosos al pensar las razones de la censura en el caso de la bienal. El discurso del arte se encuentra especialmente protegido —así como el discurso político— en distintos instrumentos legales y jurisprudencias. Más aún, se debe considerar que el campo cultural en sí mismo goza y debe gozar de la suficiente autonomía para que allí se generen las nuevas sensibilidades; esa autonomía de ser con respecto a la moral y los prejuicios de la época. El supuesto agravio a la dignidad de una comunidad no debe operar normativamente contra el arte.


El discurso en la web

La red masificó el ejercicio del derecho de libertad de expresión y agregó una nueva dimensión que ensanchó las capacidades individuales y colectivas de ejercicio de este derecho. Pasamos de un modelo de comunicación hiperlocal y disgregado hace diez siglos, a “uno para muchos” (desde la invención de la prensa hasta la última década del siglo XX) y ahora tenemos uno de “muchos para muchos” con internet.

La red—que ha trascendido la dimensión tecnológica y ha configurado un modo de pensar que prioriza las redes, una forma estética que descansa en lo inmaterial y la utopía política de la horizontalidad—ha sido, en las últimas décadas, la filosofía más disruptiva de la que tenga memoria el ser humano. El impacto de internet es profundo. Hoy la manera como nos concebimos y miramos nuestro entorno está trastocada por el mundo digital.

Como todo cambio fundamental, este ha venido acompañado de ciertas resistencias. No es difícil ver a intelectuales como Mario Vargas Llosa minimizar el poder de la red y evocar con cierta añoranza una nebulosa edad dorada.[5] A partir de la última década del siglo XX se consolidaron dos escuelas de pensamiento sobre la red y el ser digitales: por un lado, los pesimistas que juzgan el internet y las redes como herramientas que generan archipiélagos reflexivos, uniforman el saber e inciden de forma determinante en la estupidez masiva (o viral, diríamos hoy); por el otro, los optimistas que juzgan tales herramientas como los componentes de una aldea global, que alientan la diversidad de ideas y cuya consecuencia lógica, nunca mejor dicho, es la inteligencia colectiva.

Nicholas Carr pertenece a la última ola de pesimistas de las redes. Después de un famoso artículo publicado en The Atlantic, “Is Google Making Us Stupid?” [“¿Google nos vuelve estúpidos?”] ―en el que asegura que la velocidad del internet y la manera en como saltamos de una porción incompleta de conocimiento a otra están haciendo de la humanidad una masa sin raciocinio―, llevó ese mismo argumento a sus dos siguientes libros, uno homónimo y otro titulado The Shallows (Los superficiales), en el que hace una nutrida recopilación de evidencias para sostener sus fúricos argumentos. Sin embargo, los saltos lógicos que da para aterrizar sus conclusiones no poseen el sustento, vaya ironía, de evidencia alguna. Se trata de una buena y una mala noticia que debería ser un lugar común o un “dogma laico”: ni internet ni Google ni Twitter nos hacen más estúpidos de lo que ya somos.

La abundante bibliografía sobre redes sociales de los últimos años nos cuenta una historia distinta. Por ejemplo, que no toda información se dispersa de la misma forma en la red, sino que se trata de dinámicas complejas de formación de la opinión pública; que dicha formación está mediada por los atributos individuales, la influencia del ambiente y el flujo informativo; que la inteligencia colectiva no es una falsa ilusión y, por último, que las redes sociales aceleran la formación de consensos con una determinada distribución de los agentes difusores.

Los procesos inaugurados por los sistemas complejos de redes democratizan y distribuyen la información, de eso no cabe la menor duda. (Aunque ciertos usuarios sean estúpidos, el medio no lo es por la sencilla razón de que no constituye un ente racional.) En contraste, tenemos la no tan distante era de la televisión, en la que una privilegiada élite decidía qué se opinaba y quién debía hacerlo. Sobra decir que quienes consumían aquella información, embebidos en ella, eran incapaces de interpelar a sus “comunicadores”. El paradigma transitó de la escasez de información a su hiperabundancia. Estos procesos democráticos, así como la novedad de un mundo interconectado, no suelen ser asimilados por quienes tratan de explicar el mundo con la nostalgia de la autoridad perdida.

Todavía hoy existe quien se esfuerza en dividir el “mundo digital o virtual” del “mundo real” para describir las interacciones entre los individuos. Tal parece que siempre que alguien camina por la calle usando Google Maps es una casualidad el hecho de que ese “mundo virtual” (¿falso?) concuerde con la dirección exacta a la que el individuo se dirige. Los usuarios del “mundo virtual” ocupan espacio en el “mundo real” y ambos espacios se traslapan dando paso a una realidad aumentada: conexiones, información, opiniones y acciones tienen significado en uno o ambos mundos. La tecnología no desconecta a las personas sumergiéndolas en “mundos virtuales”, sino que aumenta la posibilidad de interacción. Algunas de estas interacciones ocurren en espacios físicos, otras solo tienen significado en los espacios contenidos virtualmente. Las que nos interesan se encuentran en la intersección de ambas. Y tenemos que reconocer que ya no podemos hablar de actividades en línea o actividades offline, dado que nuestra vida transcurre y toma forma en línea.

Las comunidades digitales se conforman por la capacidad individual de conectarnos. Partes que en conjunto forman este estado global llamado internet. Producimos y consumimos más información que nunca; servicios como Twitter no solamente nos permiten crear contenidos, sino socializar y ensamblar la información con propósitos determinados. Es una red social y una red de información donde seleccionamos de manera deliberada comunidades que curamos y configuramos. Con lazos más fuertes unas y con lazos más débiles otras, establecemos y somos testigos —como si se tratase de un panóptico—[6] del surgimiento de distintas comunidades. Influimos en nuestras redes al tiempo que somos contagiados por otros pequeños universos. Lo público se tornó íntimo, de allí que la nueva dimensión en el derecho tenga como resultado constantes confusiones.

Parafraseando la paradoja del árbol, ¿si alguien grita en una plaza vacía, realmente lo está haciendo? Exactamente este es el punto de inflexión en la libertad de expresión en la red. Siempre hay alguien del otro lado de una pantalla escuchando—por más vacía que esté la plaza— y ese alguien probablemente nos acompañe en nuestro grito. Aunque el tiempo vertiginoso de la era digital nos impida tomar distancia, lo anterior es una novedad sin precedentes. Tan solo hace un par de décadas la conciencia colectiva del ejercicio de derechos estaba mediada por la prensa y aun antes era imaginaria. Es por ello que el sistema internacional de derechos humanos (nacido en un mundo predigital pero globalizado por la guerra), mediante las relatorías para la libertad de expresión, reconoce a internet como una “herramienta transformadora” de la vida de las personas.

Esta herramienta transformadora colocó a la expresión en un nuevo plano, y parte de los elementos clásicos del Estado, el territorio, la sociedad y el gobierno, se ven afectados por la red en tanto que ahora el individuo responde de manera simultánea a las leyes nacionales y a las reglas impuestas en las comunidades virtuales, ya sea por parte de las corporaciones o por los mismos integrantes.


Una disputa de poder

No importa si el enfoque desde el que defendemos la libertad de expresión intenta reforzar nuestra autonomía o promover la dignidad de un grupo minoritario, lo cierto es que se trata de una lucha de poder. Esta disputa se lleva a cabo en el espacio público y en el mundo virtual; participa de actores estatales, no estatales y corporaciones; y, por último, desactualiza constantemente los límites y caminos de la libertad de expresión. ¿Quién habla? ¿Quién escucha? ¿Quién protege?

Aquí la lucha de poder se da entre aquellos que ven la verdad como una pregunta abierta y los que no; entre aquellos que tienen mayor acceso a los medios de comunicación y los que tienen menos. La lucha contra el racismo o el sexismo es ilustrativa de esta batalla. Supongamos que una sociedad con una historia de racismo y sexismo como Estados Unidos ha hecho algunos avances en la lucha contra estos males, pero que ahora están resurgiendo y están siendo promovidos desde el poder: el reloj va de vuelta. Supongamos además que, aunque los blancos y los varonen siguen predominando en la política, las minorías y las mujeres (y sus aliados) han alcanzado el poder suficiente para lograr cierta contención en el discurso racista y sexista. Aparte, los actores corporativos juegan un papel preponderante: ya no es solo el Estado el que regula la ley, ahora también es el algoritmo programado por las creencias de los CEO. En este contexto, pensar una única solución es una tarea compleja e incompleta.

La libertad de expresión en el neoliberalismo se encuentra trastocada. La contracción del Estado y la suplantación de sus tareas por las corporaciones ha precarizado la vida pública. El mercado de las ideas ya no tiene bases comunes para desarrollarse, la autonomía cada vez es más relativa y las subjetividades de la dignidad cada vez se encuentran más excluidas de la conversación pública. Si es así, ni el diálogo ni la regulación del discurso racista y sexista bastarán para eliminar el racismo y el sexismo, son necesarios cambios en las condiciones sociales que están en la base. Tanto el racismo como el sexismo, por ejemplo, pueden surgir en las culturas no igualitarias como un medio para justificar la desigualdad, proteger el estatus de los privilegiados, crear clases desfavorecidas que soporten el peso de las dificultades de la sociedad, poner a los oprimidos unos contra otros. Si es así, entonces el racismo y el sexismo probablemente permanecerán mientras la desigualdad persista, o en la medida en que disminuyan quizá serán reemplazados por alguna otra forma de opresión.


Plataformas y consecuencias

Hasta aquí parece haber un consenso: la libertad de expresión no significa libertad para emitir discurso de odio. La libertad de expresión no garantiza una plataforma de difusión. Y la libertad de expresión no significa que el habla esté libre de consecuencias. Todo lo anterior puede ser cierto dependiendo de lo que se entiende por “consecuencias”, “plataforma” y “discurso de odio”.

El reciente caso de Marcelino Perelló en la UNAM podría servir de ejemplo. Aunque su discurso no puede ser considerado legalmente como “de odio”, es un mensaje chocante con un alto índice de misoginia que pretende, en su lógica, contrarrestar los problemas derivados de que un juez refrende el machismo social. Su plataforma, Radio UNAM, auspiciada con dinero público, reaccionó después de unos días en cuanto el escándalo se armó en las redes sociales, y despidió a Perelló. Aquí son claras las consecuencias que puede tener un discurso chocante, y la importancia de la plataforma desde donde se emite.

Las plataformas públicas tienen las mismas obligaciones del Estado frente a la libertad de expresión. Por un lado, no pueden ser más restrictivas que la propia ley —libertad que sí pueden darse las plataformas privadas— y por el otro, deben promover un discurso que fomente los derechos humanos, rechace la discriminación de forma contundente y se asegure de ser diverso y plural.

Las redes sociales lo cambiaron todo. El discurso es una doble hélice cuyos elementos corren en sentido contrario. Twitter o Facebook han amplificado este efecto, no se es capaz nada más de observar la formación de opinión pública, sino que se es contagiado de forma simultánea por otras corrientes de información. Este efecto es espacialmente problemático cuando se trata de hablar de límites y jurisdicción, pues el discurso emitido en redes viaja a nivel global tocando diferentes límites, pero no está sujeto a una jurisdicción más allá de los propios límites de la compañía —en muchas ocasiones la moral del Silicon Valley es más conservadora que la propia ley—.

Entonces la doble hélice se acelera. Cada mensaje emitido entraña al mismo tiempo una posibilidad de que sea usado en contra de quien lo emite. En algunas ocasiones son las plataformas virtuales las que controlan estos efectos. El caso de Twitter y su enfoque hacia el discurso de odio es un buen ejemplo: en Alemania está proscrito el discurso que niega el Holocausto, entonces cualquier tuit emitido allí y reportado en este sentido es censurado por la plataforma en aquel país, pero resulta visible para el resto del mundo con un aviso de que fue borrado en su lugar de emisión. Esta solución tecnológica es útil y peligrosa si pensamos a la compañía como sustituto del Estado o del ámbito público.

Un caso todavía más complejo es el de Milo Yiannopoulos, cuyas conferencias en los campus universitarios en Estados Unidos han causado una indignación mundial por medio de las redes sociales. El discurso de Yiannopoulos se encuentra en los límites de la Primera Enmienda —el sistema de libertad de expresión que raya en lo absoluto— al ser a la vez discriminatorio, misógino, violento, supremacista blanco y fascista. Eso significa que los activistas de izquierda que gastan energía en oposición a Yiannopoulos, en lugar de ignorarlo están cayendo en una trampa. Él los está ofendiendo intencionalmente, y ellos están jugando. Tratar de detenerlo a la fuerza no ha hecho sino mejorar las ventas del libro que contiene sus “ideas”: las ventas de Dangerous subieron en 12,740% después de la censura en Berkeley.

Si se va a argumentar que sus conferencias deben seguir, es fundamental no normalizar lo que se dice en ellas. Pero, ¿hasta dónde se puede tolerar que estas ideas circulen? Ha habido voces en la izquierda que han dicho que el fascismo debe ser detenido incluso a golpes y con violencia. La pelea, en todo caso, sería enormemente desigual: en la calle, una pelea entre un neonazi y un progresista probablemente mataría al progresista; los que defienden “ideas” de supremacismo serán siempre los más brutales.

Las palabras de Yiannopoulos pueden incitar al odio contra ciertas comunidades de por sí marginadas y excluidas, generando así un ambiente de inseguridad generalizado. Hay que decirlo también: el discurso de Yiannopoulos no es una excentricidad, es la expresión de una mayoría que hoy detenta el poder en Estados Unidos. Es por ello que impedirle hablar podría generar incluso más odio. Al aceptar la censura de individuos impresentables como Yiannopoulos, preparamos nuestra boca para el bozal. Con Donald Trump como presidente es crucial que se abrace la libertad de expresión radical en la mayor cantidad de plataformas posibles.


Es claro que se deben repensar los derechos a la luz de los efectos del neoliberalismo y la era digital. Al aumentar la cantidad de personas que participan en la conversación pública de forma global, los afectos y entendimientos vinculados a la libertad de expresión y sus actores aumentan también. Hoy Twitter —y no una corte— defiende a los críticos de Trump frente a la requisición de datos de los censores; Yiannopoulos es expulsado de las universidades y en Europa más discursos son proscritos. Nada de esto ha prevenido la aparición de Trump o Le Pen o los trolls en las redes. Internet es una válvula de escape para los discursos más incendiarios y al tiempo es la posibilidad de construir nuevas narrativas del mundo. ¿Deberíamos cerrar los blogs antisemitas o nazis?  ¿El principio de la libertad de expresión solo se aplica a la represión del gobierno, o los actos privados también pueden amenazar la libertad de expresión? Si las corporaciones poderosas como Twitter son los nuevos guardianes de la plaza pública, sus decisiones afectan los derechos de voz. ¿Hasta qué punto el hecho de tener el derecho de hablar requiere tener la capacidad de hacerlo? ¿Qué pasa con el hecho de que la cantidad de discurso que obtiene un individuo depende de la cantidad de dinero que tiene? La infraestructura donde fluye el discurso debe ser nuestra, no podemos permitir la privatización de los derechos humanos (donde los CEO’s son los jueces). Quizá tendríamos que pensar en expropiar Google, Facebook y Twitter a favor del interés público.


[1] Doc Searls y David Weinberger. (2003). Un mundo de extremos. Qué es internet y cómo dejar de confundirla con otra cosa.

[2] John Stuart Mill. (2002). On Liberty. Estados Unidos: Dover Publications

[3] Jeremy Waldron. (2012). The Harm in Hate Speech. Estados Unidos: Harvard University Press.

[4] Cherian George. (2016). Hate Spin: The Manufacture of Religious Offense and Its Threat to Democracy. Estados Unidos: The MIT Press.

[5] Notablemente encuentro esta columna en El País como uno de los desvaríos más grandes de MVLL, que profundiza en el ensayo La civilización del espectáculo (Alfaguara, 2012), sobre una supuesta robotización del ser humano y una decadencia abrumadora de la cultura: http://elpais.com/diario/2011/07/31/opinion/1312063211_850215.html

[6] En 1791, el filósofo Jeremy Bentham diseñó lo que consideraba una cárcel perfecta: el panóptico. En esta novedosa prisión un vigilante podría observar a todos los prisioneros —o no— al mismo tiempo. Sin otra herramienta más que la arquitectura, se actuaba directamente sobre la conducta de los individuos: al ignorar en qué momento eran vigilados, su comportamiento se modificaba.

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