Ser freelance en el periodismo en español: ¿periodigna o precariodista?

Ilustración @donmarcial
Ilustración @donmarcial

Subject: CIERRE EDICIÓN IMPRESA PÚBLICO

Sent: Fri, Feb 24, 2012 12:28:00 PM

“Estimad@s tod@s,

Como much@s ya sabréis, en el día de hoy la administración concursal de Público ha decidido liquidar la actividad editorial en papel…”

“Liquidar la actividad editorial en papel”, vaya eufemismo para decirnos que cierran el diario y que nos vamos a la calle con deudas incluidas.  A los 28 años, con seis de experiencia profesional, ya había asistido al cierre de tres medios de comunicación. En el primero sí me tocó un expediente de regulación de empleo, los famosos EREs, como eufemísticamente se nombra en la legislación española el permiso oficial para mal liquidar a los empleados ante la quiebra de la empresa. En la segunda y la tercera, ya era solo una colaboradora, aunque en esta de Público presentara factura todos los meses, y al cerrar solo me quedaron impagos.

El 24 de febrero de 2012, cuando el diario Público decidió dejar de imprimir, yo estaba en Honduras cubriendo el incendio de una prisión donde murieron 360 presos. Era parte de mis atribuciones como colaboradora corresponsal de México y Centroamérica, adelantando viáticos que nunca se me pagaron. Tenía 28 años, un premio europeo bajo el brazo y muchas ilusiones profesionales que estuvieron a punto de frustrarse con ese cierre. Llevaba dos años en México y ya había empezado a colaborar en medios mexicanos (Día Siete, Milenio Revista, 24 horas,…) porque en Público también cobraba por nota, pero con el enojo sideral y la deuda sentí que ya no podía vivir como freelance. Cambié mi forma migratoria de trabajadora a estudiante y pedí la beca CONACYT para una maestría que ya estaba cursando y que en principio, me había negado a hacer a tiempo completo. Acaban mis esperanzas de conseguir, a medio plazo, un contrato como periodista de internacional y con ellas mi fe en el periodismo como forma de vida hacía aguas.

Me dediqué dos años a la academia. Y periódicamente publicaba en Domingo, la entonces revista del diario El Universal, que subsanaba mis veleidades periodísticas una vez que Conacyt había pagado mi renta. En cuanto más se acercaba el fin de la beca volví a ampliar el abanico de colaboraciones: El País, Radiofórmula, di clases en la Escuela de Periodismo Carlos Septién… hasta que tomé un trabajo fijo en Animal Político. La rutina periodística me castraba y pronto volví a agarrar por la libre. Tendría más tiempo para mi, escogería mis coberturas y mis horarios, escribiría en medios más grandes junto a plumas prestigiosas, me dije. Me consolidé como periodista freelance. Así en inglés, que suena más pro.

Porque los periodistas freelance levantamos la bandera de la dignidad. Creemos que no estamos tan sometidos a la línea editorial, que nos escapamos de las latosas rutinas periodísticas y de jefes acosadores, salimos a comer entre semana y tomamos café a deshora. Autoengaños, que es otra función del eufemismo.

Pasamos días enteros escribiendo un pitch que desecharan una docena de editores. Y un par nos ofrecerán publicarnos a cambio de difusión, prestigio o notoriedad, todos eufemismos de trabajar gratis, como si nuestro estómago se alimentara de likes.

Cambiamos las conferencias de prensa anodinas –esas que salvan la nota de tres columnas el día que no hay tema– por reuniones y cocteles donde conocer a editores y financiadores.  En lugar de refritear comunicados revisamos una y otra vez las convocatorias de becas y premios. Adaptamos nuestros intereses a los objetivos de desarrollo sostenible o el frame que esté de moda entre las financiadoras periodísticas. Dedicamos más tiempo a presentar propuestas a fundaciones, que a ir a campo a reportear.  Nos volvemos técnicos de proyectos, más que periodistas que defienden el interés público. Pero sin seguro social, ni prestaciones, ni crédito de ahorro, ni baja por maternidad, ni guardería. No entendemos de puentes, feriados ni vacaciones.Y luego, si tenemos suerte, nos vamos a las zonas más conflictivas con nuestro material, sin seguro médico ni de equipo ni medio que nos respalde si nos secuestran, violan o nos desvalijan el automóvil.

Y eso, quiénes tenemos acceso a financiamiento para hacer periodismo. Porque cuando vamos a campo pedimos fuentes a periodistas de provincia que cobran por nota lo que nosotros gastamos en un café en la Roma para hablar con el editor de turno. Porque mi discurso no deja de ser el de una reportera privilegiada a quién, pese a los eufemismos, le abren las puertas Oxfam, la fundación Bill & Melinda Gates o el Centro Europeo de Periodismo.

Por eso, celebro con emoción que en México se haya creado una organización para defender los derechos de los freelance. Frontline Freelance es una organización mundial que reivindica los derechos laborales de los periodistas independientes en todo el mundo. En México ya urgía. No solo no nos pagan bien si no que nos están matando. ¿Cuántos de los 124 reporteros asesinados en las últimas dos décadas eran freelances? Ni lo sabemos. Los freelances asesinados no aparecen en contraportadas.

El estudio de Linkedin How the Freelance Generation is Redefining Professional Norms publicado en 2017, asegura que en 2020 el 43% de los trabajadores estadounidenses serán freelance. En 1989 solo lo eran el 6%. El dato no es una buena noticia, es otro de los efectos de la crisis económica.

Ese mail que yo ya había recibido de tres maneras diferentes en 2012 ha llegado con un u otro eufemismo a miles de periodistas mexicanos en el último año. El desmantelamiento de las redacciones ha ido aparejado al aumento de las contrataciones baratas o las colaboraciones.

La figura del colaborador ha existido siempre en el periodismo –en español, en inglés y seguramente en coreano también–, pero en los países de habla hispana cada vez es más común y más precario. La unión de periodistas en la que estoy inscrita en España sacaba en 2018 el informe Periodismo Freelance, guía para el profesional autónomo, que destaca que siete de cada diez periodistas y fotoperiodistas independientes no llegan a unos ingresos mínimos de 1.000 euros netos al mes. Y en México podríamos bajar el listón a los 15 mil pesos. No somos periodistas si no precariodistas. Y esto sí que no es un eufemismo. Al menos en los países de habla hispana. Mientras el periodismo sajón sigue teniendo un estatus y una independencia económica que le aseguran ciertos resultados, nuestro precariedad profundiza la crisis de la profesión.

¿Cómo podemos hacer un periodismo incisivo, a profundidad y de calidad, si para sobrevivir debemos aceptar consultorías, trabajos corporativos o institucionales? Los mismos medios que defienden que sin periodismo no hay democracia basan su información en esfuerzos precarios. Ante ello, urge unión y regulación para nuestro trabajo. Urgen condiciones dignas para elaborar la información que se merece una ciudadanía democrática. Queremos menos eufemismos, como diría el colega Manu Mediavilla, queremos ser menos precariodistas y más periodignas.

Esta publicación/plataforma ha sido posible gracias al apoyo del pueblo de los Estados Unidos a través de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). Su contenido es responsabilidad de los autores y no refleja necesariamente el punto de vista de USAID o del Gobierno de los Estados Unidos de América.

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