Siete materiales para repensar el coleccionismo

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Duodécima selección de la serie "Siete".

En la época de los gabinetes de curiosidades, alrededor de 1560, el grabador y coleccionista Hubert Goltzius escribió una lista, un catálogo, una colección al fin, de 968 colecciones que él mismo visitó en sus viajes. Era el tiempo de coleccionar el mundo, cuando todo lo maravilloso y extraño, todo aquello que llevara el conocimiento de la humanidad al límite y despertara su curiosidad, cabía en un gabinete. Conchas, cráneos y sirenas falsas convivían en los a veces muebles y a veces cámaras enormes donde los millonarios y los curiosos almacenaban y exhibían sus tesoros.

Cualquier tema, cualquier objeto, puede despertar en alguien el mal del coleccionismo. La obsesión, la pasión, la avaricia, la generosidad, la obcecación, como la llamaba Monsiváis, son algunas de las pulsiones que mueven al coleccionista y que la sociología, la historia, la literatura, la psicología y el cine han querido entender. El coleccionismo es también coleccionable. Los protagonistas de estas historias, los coleccionistas, suelen ser personajes fascinantes, tan terribles como entrañables. Las colecciones mismas tienen historias apasionantes que narran el ímpetu por preservar la memoria, la historia, el conocimiento, la belleza, y revelan el conjunto que da sentido a una colección, a costa de intereses, el tiempo y la entropía. Existen colecciones privadas y secretas, y colecciones exorbitantes y públicas; colecciones de baratijas y colecciones invaluables; colecciones eclécticas y colecciones en serie; colecciones completas y colecciones infinitas.

La siguiente colección de materiales aborda el coleccionismo desde lugares muy distintos, desde la ficción o la historia, el individuo o la colectividad, lo abstracto o lo específico. Pensando como un coleccionista del Renacimiento, lo deseable sería un conocimiento total del tema. Sabemos, sin embargo, que dicha colección total es también una utopía, y que las colecciones y los coleccionistas seguirán conservando, a pesar de todo, por suerte y por desgracia, su misterio.


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  1. Utz (1988), de Bruce Chatwin.

Bruce Chatwin murió a los 49 años y dejó tras de sí la novela póstuma Utz, que remite a la juventud del escritor, cuando trabajaba en la casa de subastas Sotheby’s. Chatwin entró a trabajar en Sotheby’s a los 18 años, marcando y catalogando piezas de arte, en esos espacios donde “se almacenan las obras y sacudir se considera peligroso”. Ocho años después, cuando era el director más joven que Sotheby’s había tenido, la abandonó para dedicarse a viajar y escribir.

Chatwin también fue coleccionista de arte, pero las pertenencias materiales y los viajes son una combinación difícil, así que eventualmente decidió deshacerse de su colección –aunque, declaró en una entrevista, los viajes mismos pueden ser una forma de tiranía, pues “conforme te desplazas vas coleccionando lugares”. Kaspar Utz, el protagonista de la novela –inspirado en un personaje real, el coleccionista de porcelana Rudolph Just–, vive bajo el régimen comunista en Checoslovaquia. Aunque todos los años tiene la posibilidad de huir no lo hace, para no abandonar su colección. Chatwin decía amar y odiar al mismo tiempo los objetos de arte, que liberan y a la vez aprisionan. Esta novela, trabajada con el detalle y humor de una miniatura de porcelana, explora a fondo esta contradicción primordial del coleccionista.

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  1. El coleccionista apasionado (2013), de Philipp Blom.

El coleccionista apasionado es una historia poliédrica del coleccionismo. Blom abarca las facetas más asombrosas, desde la colección barroca de Ulise Aldrovandi hasta las colecciones kitsch de objetos en serie. Se adentra en el mundo de estos personajes obsesivos, coleccionistas de libros, plantas, arte, recuerdos, fantasías y mujeres por igual. “Todo coleccionista es un Don Juan”, dice en el capítulo dedicado a Casanova: “Alcanzan los objetos de su deseo, pero enseguida descubren que sólo son símbolos de lo que ansiaron; que era el deseo mismo”. El coleccionista apasionado tiene como subtítulo “una historia íntima”, y lo es. Explora de cerca los motivos profundos que despertaron en estas personas el ansia de acumular, clasificar, ordenar, conservar y recordar; de luchar, en suma, contra la muerte.

  1. El sistema de los objetos (1968), de Jean Baudrillard.

En este libro Jean Baudrillard establece un sistema de clasificación y análisis de los objetos cotidianos. Las colecciones se encuentran en la segunda categoría de las tres que propone: objetos funcionales, disfuncionales y metafuncionales. Baudrillard analiza las colecciones desde un enfoque estructuralista, marxista y freudiano. Compara las colecciones de serie con la conquista amorosa serial y recalca la importancia de la falta: “la falta es aquello por lo cual el sujeto siempre se recobra objetivamente: mientras que la presencia del objeto final significaría en el fondo la muerte del sujeto, pues la falta de este término le permite al sujeto representar su muerte figurándola en un objeto, es decir, conjurándola”. Las colecciones, dice, han sustituido en el mundo contemporáneo a la religión y las ideologías, al proponer un consuelo “en la mitología cotidiana que absorbe la angustia del tiempo y de la muerte”.

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  1. “Desempacando mi biblioteca: una plática sobre el coleccionismo de libros”, de Walter Benjamin.

Quizás este sea el texto más famoso acerca del coleccionismo de libros. Aquí Benjamin ensaya, entre cajas y polvo y pilas de libros, los motivos por los que alguien como él conserva sus libreros llenos de libros que jamás leyó y que quizás nunca lea. Por qué la gente no devuelve libros, y en última instancia por qué los escribe. El coleccionista de libros no es necesariamente un lector voraz, es en cambio un amante del objeto “libro”, de las historias y recuerdos asociados a cada copia. El escritor, para Benjamin, es el coleccionista frustrado, que no puede más que escribir los libros que, por inexistentes, no puede comprar y que faltan en su colección.

  1. Toda la memoria del mundo (1956), de Alain Resnais.

La biblioteca pública es una colección total de libros, donde se aspira a guardar toda la memoria del mundo. Si Benjamin habla de las bibliotecas personales, íntimas, selectas y a veces secretas, el cortometraje de Alain Resnais Toda la memoria del mundo es un ensayo visual sobre la colosal utopía que era la Biblioteca Nacional de París en 1956. Las imágenes muestran pasillos infinitos, cardúmenes de libros y fichas y periódicos, y cientos de individuos que trabajan con disciplina de hormiga para echar a andar los engranes de una maquinaria exorbitante, tan compleja como un cerebro. El conocimiento sigue en aumento y la biblioteca debe crecer también, como una torre de babel. La última imagen del documental muestra a los lectores en las salas de lectura, donde quizás, se dice, algún día todo ese conocimiento logre la felicidad universal.

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  1. El gabinete de un aficionado: historia de un cuadro (1979), de Georges Perec.

Perec escribió en El gabinete de un aficionado un catálogo exhaustivo de obras inexistentes de grandes maestros, como Holbein, Cranach y Vermeer. Los cuadros en la novela forman parte de la colección de Hermann Raffke y están contenidos en la pintura de Henrich Kürz, que retrató al coleccionista rodeado de su colección. El cuadro de Kürz es una puesta en abismo en donde se retrata la pintura de la pintura en un cuadro, con imágenes cada vez más pequeñas, y con diminutas variantes, hasta que el ojo humano es incapaz de verlas. Perec describe las pinturas con detalle, habla de la historia de cada cuadro y de las vicisitudes de las obras hasta llegar a manos del coleccionista. La novela incluye las opiniones de los críticos contemporáneos de Raffke y hasta los precios a los que se vendían en las subastas. Al final se descubre que las obras eran falsas y Perec, el coleccionista de pinturas imaginarias, revela su propio artificio, hecho, dice, por el puro placer de aparentar.

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  1. Retrato de un coleccionista. Entrevista con Carlos Monsiváis.

En esta entrevista que hace Juan Manuel Gómez a Carlos Monsiváis, el escritor y coleccionista habla de la manía, el fetiche, la generosidad y la avaricia del coleccionista. Gracias a esta, como él la llamaba, obcecación, Monsiváis juntó los más de 20,000 objetos de todo tipo, caricaturas, fotografías, grabados y miniaturas que fueron a dar al Museo del Estanquillo, llamado así en honor a las misceláneas donde, a finales del siglo XIX y principios del XX, se podía comprar todo tipo de mercancía en la ciudad de México.

“La manía acumulativa es la misma en cualquier coleccionista, trátese de la colección que sea: la de propiedades de Raúl Salinas, la de un museo o la modestísima mía”, dice. Al coleccionista, explica, “no le basta el aprecio de una pieza, necesita poseerla, porque quiere sentir la posibilidad de, en cualquier momento –aunque sea una ráfaga, una mínima porción–, tenerla al alcance de la vista.” Por este capricho de la mirada su casa se volvió “inviable”, una marabunta de libros, cajas y gatos.

“Empecé con caricatura, que es una pasión continua. De pronto tuve la posibilidad de adquirir un lote de Miguel Covarrubias. Empeñé todo y lo conseguí. A partir de ese momento ya estaba perdido, no tenía remedio, estaba indefenso frente a la locura adquisitiva. Podría tener –idealmente– una casa en Coyoacán o un buen departamento, pero prefiero tener mis colecciones.”

Casi todos los objetos de la colección del museo fueron adquiridos en la Ciudad de México, en La Lagunilla o en la Plaza del Ángel. En esas pesquisas, entre los puestos de antigüedades, rarezas y curiosidades, Monsiváis fue construyendo el vínculo con la ciudad que la misma colección retrata y homenajea. La colección del Estanquillo fue en última instancia un obsequio de Monsiváis a la ciudad que lo sedujo hacia la frustración, “el hallazgo y el gusto” de coleccionar.

(Foto: cortesía de Roberto Pla y The Public Domain Review.)

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