Siete textos para repensar el feminismo

Inaceptablemente naturalizada, la desigualdad de género es uno de los principales enemigos del siglo XXI.

| Sociedad

Sexta selección de la serie "Siete".

Los siguientes siete textos fueron seleccionados para pensar la desigualdad entre hombres y mujeres (Nochlin, Nussbaum), pero también para problematizar las soluciones que ofrece el Estado de bienestar (Fraser). Para ampliar el panorama, se incluye un croquis rápido de los temas y la historia de los feminismos populares e indígenas en México.

Por otra parte, desde el feminismo radical, el liberal, la izquierda y el postestructuralismo, estos ensayos hacen críticas indispensables de los indicadores económicos –tan usados en la actualidad–, y desmontan el statu quo de la heterosexualidad, la maternidad, el sexo y el género.


1. “¿Por qué no ha habido grandes mujeres artistas?” (1971). Linda Nochlin.

Hay preguntas que son como dados cargados. Una de ellas es “¿Por qué no ha habido grandes mujeres artistas?”, pues anticipa esta única respuesta: “porque las mujeres no son tan talentosas como los hombres”. Es, en realidad, una demostración formulada como pregunta que se pretende objetiva: razona que la ausencia de mujeres se debe –parece decir– a que éstas han reprobado en todas las técnicas, estilos, temas y disciplinas.

Linda Nochlin, historiadora del arte, se percató de la trampa detrás de la pregunta y cambió para siempre la manera de responderla. De nada sirve memorizar una lista más o menos larga de mujeres artistas que han sido ignoradas por la atención pública. En lugar de acusar a las mujeres de burdas o mediocres, hay que denunciar a las instituciones. Con esta estrategia en mente, registró las muchas maneras en que el mundo del arte le cierra el paso a las mujeres. Sin acceso a la educación formal, a becas y reconocimientos, es de esperarse que el trabajo creativo de las artistas pueda ser algo más que un simple pasatiempo.

 2. “Las capacidades de las mujeres y la justicia social” (2000). Martha Nussbaum.

¿De qué sirven los derechos si no hay modo de ejercerlos?, se pregunta Martha Nussbaum en “Las capacidades de las mujeres y la justicia social”. Las libertades son un simulacro –letra muerta, como decimos en México– cuando no existen las condiciones institucionales y materiales para gozar de ellas. Porque no basta con los derechos, Nussbaum propone que nos preguntemos por lo que una mujer realmente es capaz de ser y hacer. A manera de guía, escribió una lista de capacidades funcionales, que no es corta: va desde la alimentación y la vivienda –pasando por la seguridad física, la salud reproductiva y la participación política– hasta la capacidad de usar la razón y la imaginación, de disfrutar del tiempo libre y de llevar una vida emocional sin miedo ni angustia. Será el lector quien decida si su listado puede ser la base para evaluar las políticas públicas de todos los países del mundo, o bien, si no es más que otra maroma filosófica del liberalismo que termina por imponer una visión occidental a las culturas extranjeras.

Pero hay otras razones para leer este ensayo. La primera de ellas es su crítica económica: a los indicadores económicos –como la renta y el PIB per cápita–, a los análisis costo-beneficio, a los modelos que suponen que las preferencias de los individuos son exógenas y a conceptos como el de “la derrama económica”; todos estos abstractos económicos, concluye Nussbaum, no recogen información sobre las capacidades reales de las mujeres. La segunda razón es que la autora se desmarca de las corrientes libertarias y neoliberales que abogan por un Estado que se limite a no interponerse en los derechos de los ciudadanos por uno que sí regule e intervenga en los mercados. Para Nussbaum, el Estado debe asumir la obligación de crear y mantener las condiciones económicas y sociales que funcionan como prerrequisitos para ejercer derechos y gozar de libertades. Así, este ensayo es uno de los mejores esfuerzos del pensamiento liberal por acercarse a la justicia social de género y, por ello, no solo debe ser leído por liberales, sino por quienes se inclinan más a la izquierda. Nussbaum es una de las autoras con las que hay que debatir.

3. “La lucha por las necesidades: esbozo de una teoría crítica socialista-feminista de la cultura política del capitalismo tardío” (1989). Nancy Fraser.

No hay lecturas ni sugerencias inocentes. Es recomendable leer “La lucha por las necesidades” de Nancy Fraser antes o después de haber leído a Martha Nussbaum, sin que pase mucho tiempo entre estas lecturas; su contraste evidencia el desacuerdo entre el liberalismo y el pensamiento de izquierda.

Hay que dar un paso atrás, dice Fraser, y pensar cómo se definen e interpretan las necesidades políticas antes de congratularnos con un Estado de bienestar. Una vez que las instituciones públicas dan respuesta a las demandas, los grupos políticos se desarticulan. El ciudadano individuo recibe una transferencia de dinero, una terapia gratuita, un crédito con la mejor tasa de interés, beneficiarios pasivos de un programa de gobierno que no les permite redefinir sus necesidades ni la manera en que son atendidas –son los expertos, los funcionarios y algunos académicos quienes deciden cuál es la mejor solución de sus problemas. Las terapias, insiste Fraser, no se preocupan por acercar a las mujeres que son víctimas de violencia al feminismo –pues no es de su competencia–, apenas se concentran en la autoestima y los sentimientos del paciente, y así una demanda política regresa al terreno de la mejoría personal. Ahora que el Estado mexicano ha asignado parte del presupuesto a la desigualdad de género, ahora que diseña e implementa programas para las mujeres, la burocratización del feminismo debe ser uno de los principales focos de atención.

4. La heterosexualidad obligatoria y la existencia lesbiana (1980). Adrienne Rich.

En la década de los setenta –incluso, antes– varias mujeres denunciaron que la clase y la raza eran puntos ciegos del feminismo, y todavía en los ochenta las lesbianas no contaban para el movimiento, por lo cual Adrienne Rich publicó La heterosexualidad obligatoria y la existencia lesbiana.

En su trabajo Rich no se contenta con argumentar por la inclusión de las lesbianas, sino que hace un recuento de las razones y obstáculos que conducen a las mujeres a asumirse heterosexuales, aunque para muchas esta orientación sea insatisfactoria en la práctica. Además de conseguir una mejor vida en términos económicos y del miedo a ser excluidas y marcadas por la sociedad, la idealización del amor romántico y del matrimonio heterosexual evita que las mujeres imaginen, siquiera, la posibilidad de llevar una vida lesbiana sexual y afectiva. Aunque resbale en lo visceral, el objetivo de Rich fue detectar las coerciones silenciosas, sutiles, que conducen a esa heterosexualidad que se siente obligatoria. A pesar de que este texto se publicó en 1980, todavía es fácil encontrar artículos y llamadas al feminismo que no toman en cuenta a la sexualidad.

5. El género en disputa (1990). Judith Butler.

No cabe duda que El género en disputa es uno de los libros clave del feminismo postestructuralista. En las décadas anteriores, se pensaba que el sexo era una realidad biológica mientras que el género era una construcción cultural. Butler, en cambio, duda de todo: ni el sexo ni el deseo ni el cuerpo son verdades que anteceden y escapan de los significados sociales. A pesar de que sintamos que los deseos, los miedos y los pensamientos son “nuestros”, la subjetividad es resultado de las circunstancias en las que vivimos. No existe un “yo” auténtico que deba expresarse y oponerse al mundo exterior. No se trata de empeñarse en introspecciones, sino de revelar los contextos que forman lo más íntimo de nosotros.

En este misma línea, Butler advierte que solo un par de configuraciones del sexo, el deseo, la práctica sexual, el cuerpo y el género son inteligibles para la sociedad –y para nosotros mismos. De ahí la tentación de entender a los travestis como “hombres vestidos de mujer”. Una estructura binaria (hombre, mujer) ordena el mundo, haciéndose pasar como “lo real”. El resto de las permutaciones no son relegadas. Más importante aún: se les descarta como apariencias, ilusiones, existencias falsas.

Entonces, ¿de qué manera podemos hablar del sujeto? De acuerdo con la “performatividad”, uno no es como sujeto o sustantivo, sino como verbo. La identidad es una secuencia de actos repetidos y regulados por un conjunto de microdisciplinas. Es aquí donde Butler detecta la oportunidad de transgredir: los actos performativos pueden ser incoherentes entre sí; no existe unidad, sino expresiones discontinuas.

A lo largo de sus páginas, Judith Butler recupera a autores clásicos (desde Simone de Beauvoir y Monique Wittig hasta Jacques Lacan y Sigmund Freud): su discusión con cada uno de ellos bastaría para recomendar esta lectura. Sin embargo, su crítica al concepto del patriarcado es de especial interés, ya que el término suele diluir los contextos históricos y culturales en una opresión que aparenta ser la misma en todos los lugares y en cada época. Con ello, Butler se separa del feminismo radical y de la estructura binaria con la que solemos pensar el mundo.

6. “Movimientos de mujeres indígenas y populares en México” (2009). Gisela Espinosa Damián.

Una lista mexicana de lecturas fundamentales del feminismo no puede prescindir de las indígenas, trabajadoras –formales e informales–, amas de casa de colonias populares, migrantes, campesinas y mujeres que viven en zonas suburbanas. Sin embargo, la historia, los medios de comunicación y la presencia pública suelen favorecer a las mujeres de las clases alta y media, a las académicas, profesionistas, universitarias.

En “Movimientos de mujeres indígenas y populares en México”, Griselda Espinosa Damián recupera la trayectoria de estos feminismos: sus intercambios y confrontaciones con la izquierda, su distanciamiento de las facciones más privilegiadas, y deja en claro su capacidad y efectividad para organizarse, apropiarse de conceptos y articular sus propias demandas y estrategias. Las mujeres del EZLN son un buen ejemplo: a un tiempo, se asumen mujeres –ante los hombres con los que comparten origen étnico– y como indígenas –ante el resto de las mujeres y hombres mexicanos. El feminismo indígena ya ha tenido victorias importantes. Han descartado los usos y costumbres que las oprimen, incrementando su participación política en los caracoles de los Altos de Chiapas, y han señalado que la violación que padecen suele tener una dimensión étnica (de acuerdo con sus testimonios, varias son perpetradas por rancheros y campesinos blancos y mestizos). Tampoco se deben perder de vista las coaliciones que han formado estos movimientos con sus pares en América Latina. Así, este ensayo es una buena introducción a otros feminismos.

7. “Maternidad: la recuperación de los textos demoniacos” (1992). Ann Snitow.

“Maternidad: la recuperación de los textos demoniacos” es el mejor compendio de escritos feministas sobre la maternidad. Ann Snitow recupera las obras clave, situándolas en su contexto político y explicando la aparición de textos radicales en la década de los setenta, así como el retroceso conservador del feminismo de los ochenta –que se debió, de acuerdo con la autora, al triunfo del neoliberalismo. Con ello, Snitow propone otra cronología del movimiento, que rebasa la periodización ortodoxa –y didáctica– de las olas del feminismo, para registrar los giros que ocurren de una década a otra, de un sexenio al siguiente.

Una de las virtudes raras de Snitow es su disposición a escuchar y comprender las demandas del feminismo radical, a pesar de que vocifere y se manifieste con desplantes. Los argumentos y las experiencias no deben ser desacreditados por el tono en el que se expresan. Mejor aún, esta autora asume el riesgo de teorizar la decisión de ser madre, tan censurada dentro del feminismo y, con demasiada frecuencia, desautorizada por un llamado a la tolerancia que trunca las interpretaciones políticas y mantiene a la maternidad en el reino de la decisión individual –una vez más, lo político da vuelta y se refugia en lo personal. “Hemos sido más capaces de escuchar las voces de las madres”, se atreve a escribir Snitow, “que de imaginar una vida plena sin maternidad”. Nunca se ha tratado de emprender una campaña de desprestigio contra las madres, sino de pensar en las condiciones que nos obligan a serlo. Así, concluye Snitow, hay que regresar al debate y a los argumentos sin miedos ni tabúes.

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