Simone de Beauvoir ha muerto, ¿viva Simone de Beauvoir?

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Simone de Beauvoir murió el 14 de abril de 1986. Hace treinta años. Desde el hospital Cochin donde dio el último suspiro hasta el cementerio Montparnasse, avanza a paso lento un denso cortejo fúnebre. Centenares de mujeres han acudido, los brazos cargados de flores; muchas de ellas provienen de partes lejanas del mundo como América, África, Asia y hasta Oceanía. Beauvoir yace: el turbante rodea su cabello, como la corona de una reina, y en su dedo brilla el anillo mexicano regalado por Nelson Algren.[1] Descansará para la eternidad al lado de Jean-Paul Sartre, en la tumba.[2]

Ha transcurrido mucho tiempo desde aquel entonces y, sin embargo, siguen pareciendo frescas las huellas que dejó Beauvoir en ciertos espíritus, sobre todo feministas. A Beauvoir la podemos recordar a través de tres elementos principales e intrínsecamente vinculados entre ellos: 1) un estilo de vida de mujer intelectual relativamente excepcional para el siglo XX; 2) la noción de existencialismo que desarrolló en parte de su obra y junto a Sartre; y 3) su lugar y papel preponderante en la historia del feminismo, francés e internacional, tras la publicación de El segundo sexo en 1949.

Beauvoir nació en 1908 y se hizo niña en un ambiente burgués parisino. Con una madre devota y un padre aficionado al teatro, recibió una educación familiar religiosa y literaria. Si bien no tardó en romper con la fe católica en la adolescencia,[3] desarrolló su pasión por las letras, cursó estudios de filosofía en La Sorbonne, supo rodearse de compañeros de trabajo –como Sartre, Nizan y otros–, obtuvo l’agrégation en 1929.[4] Se enamoró de Sartre y concluyó con él el pacto de amor(es) que consistió en rechazar la institución del casamiento y optar por una fidelidad al “amor necesario”, pero en domicilios separados y sin prohibirse vivir “amores contingentes”.[5]

Tal vez inspirada por el modelo subversivo de La garçonne que imperaba en aquel momento,[6] decidió alquilar un cuarto para vivir sola y adquirir su independencia económica ejerciendo el oficio de profesora de filosofía. Vivió en hoteles –en habitaciones separadas con Sartre– y comió en lugares públicos durante más de veinte años, liberándose así de las tareas domésticas de la vida cotidiana que suelen atribuirse a las mujeres. Escribió una obra inmensa constituida de novelas, ensayos y libros autobiográficos. Se negó a la maternidad y tuvo una sexualidad libre al mantener relaciones múltiples con hombres y mujeres: una práctica ocultada por ella pero revelada de manera póstuma.

Aunque en los años treinta tomó el pulso de la Europa fascista a través de algunos viajes, es a partir de los años cincuenta cuando empezó a recorrer gran parte del mundo con Sartre, a convertirse en una militante activa, comprometida con la libertad del individuo y con la lucha contra las injusticias y desigualdades sociales y políticas. Esto se vio particularmente en su toma de posición en contra de la guerra de Argelia. Por último, la presencia pública de Beauvoir se agudizó aún más en los años setenta, en la segunda ola del feminismo, cuando defendió activamente la condición femenina colaborando con el Mouvement de Libération des Femmes (M.L.F.) y otros grupos feministas internacionales. A grandes rasgos, he aquí los componentes del estilo de vida que caracterizó a Beauvoir durante el siglo XX y que también la edificaron como mujer libre, vanguardista, militante, y feminista en su vida y obra.[7]

Esta idea de libertad o de sujeto libre se encuentra en los fundamentos del existencialismo con el que se identificó Beauvoir. Corriente de pensamiento que comenzó a gestarse en Europa –especialmente en Alemania y Francia– entre las dos guerras mundiales, el existencialismo, tal como su nombre lo indica, remite a la importancia de la existencia humana. Considera que los seres humanos son seres “arrojados al mundo”, absolutamente libres, carentes de identidad, meras existencias que han de “hacerse su ser”, meros seres que han de trascender su estado actual para construir lo que quieren ser –su esencia– proyectando acciones y llevándolas a cabo. Tanto para Sartre como principal representante del existencialismo en Francia como para Beauvoir, la esencia no precede la existencia: al nacer no somos nada más que meros existentes, pura nada que equivale a pura libertad, abocados a la tarea de hacernos ser, fabricarnos una consistencia. Para Beauvoir, el ser humano es proyecto, ya que hemos de proyectar continuamente lo que queremos ser; también el ser humano es un “ser para-sí”, porque es conciencia –coincidiendo con Sartre–, pero también un “ser-con-los-otros”.[8] Es la situación, como contexto, la que permite o no que se ejerza la libertad, así como la realización de uno como proyecto.[9] Con estas ideas se puede dibujar el vínculo entre lo teórico y lo vivido en carne propia por Beauvoir: además de ilustrarlo en varios ensayos, el existencialismo fue su filosofía de vida.

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De corte existencialista, El segundo sexo disparó, en 1949, una revolución ideológica. A pesar de las innumerables críticas que recibió desde diferentes ámbitos,[10] el libro colocó a Beauvoir como ícono del feminismo internacional. La obra no sólo señaló que las representaciones del mundo siempre han pertenecido a los hombres, sino que también desmontó la idea de una naturaleza femenina definida por la biología e insistió en que las mujeres no se reducían a su papel de “hembra”, que las condenaba a tener una vida de madres, esposas y amas de casa. Beauvoir denunció la opresión generada por la tradición; entre otras ideas, sostuvo: el derecho de una mujer de romper con el destino esperado por el entorno familiar y social; la opción por el no matrimonio y el rechazo a las labores domésticas como vías de escape a la alienación conyugal; la conquista de la independencia económica gracias al trabajo; la posibilidad de hacerse mujer sin hacerse madre.

¿De qué manera siguen vigentes, hoy en día y en México, las ideas de Simone de Beauvoir, tanto las que encarnó en su vida como las que plasmó en su obra y en particular en El segundo sexo? Ante esta pregunta, considero necesario distinguir dos niveles de respuesta. Todo depende del contexto social y cultural abordado, es decir, de si reflexionamos desde el pensamiento feminista y de género, o si nos volcamos hacia la realidad cotidiana de ciertas mujeres.

En la actualidad, en México como en otras partes del mundo, el feminismo académico y la formación en los estudios de género siguen incluyendo a Beauvoir como una referencia obligada para entender los antecedentes de la segunda ola del feminismo de los años setenta, así como el éxito del concepto de género, el cual ya había delineado Beauvoir sin nombrarlo tal cual. Hartos estamos del uso y abuso de la frase-lema de El segundo sexo, “no se nace mujer, se hace”, que parece haber dado varias vueltas al mundo; sin embargo, sigue ilustrando la importancia de abordar el género como, ante todo, una construcción social y cultural.

En el plano de los feminismos militantes, cabe contemplar el aspecto generacional. En los años setenta, muchas mujeres (mexicanas y latinoamericanas) se hicieron feministas “gracias” a la lectura de El segundo sexo (y/o de las Memorias de una joven formal). Para estas mujeres, el descubrimiento de la obra revolucionó su vida, la manera de vivir su feminidad, y les proporcionó las armas y las ganas de bajar a la calle para luchar contra las desigualdades de género.[11] Por supuesto, esto se debe matizar en función de la corriente feminista a la que se suscribían, porque Beauvoir también fue criticada y rechazada por sus posiciones universalistas, igualadoras, asimiladoras y hasta normalizadoras.

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El segundo sexo no ha tenido el mismo impacto en las nuevas generaciones de feministas. Hoy en día, en el contexto mexicano tanto como en otros, el feminismo beauvoiriano ha sido superado por otros enfoques teóricos. Beauvoir se centró en una crítica de la opresión de las mujeres blancas europeas y estadounidenses en el contexto de la posguerra. Desde hace varios decenios, han florecido otras preocupaciones a través de los feminismos queer, black e indígena cuyo propósito –entre otros– ha sido poner en tela de juicio que la mujer blanca y heterosexual fuera el único sujeto político de un movimiento de transformación social. Los jóvenes feminismos también tienen otras inquietudes a la hora de abordar temas como la procreación médicamente asistida, las sexualidades diversas, el matrimonio gay, lo trans-género, el post-porno o el fenómeno del drag queen/king. Éstas son temáticas no abordadas por Beauvoir, porque ella vivió en otros tiempos.

Ahora, si nos alejamos de la academia y abrimos los ojos a las diferentes esferas de realidad que componen el México actual, se debe constatar que el pensamiento de Beauvoir sigue siendo provocador y sugestivo, aunque lo sepamos acuñado desde una posición social y cultural diferente y privilegiada. Según el contexto que observamos, cultural y social, rural o urbano, pueden surgir diferentes perfiles de mujeres. En pueblos y ciudades existen un sinfín de mujeres que “resuelven porque resuelven”, porque tienen varios hijos a su cargo y un marido que no forzosamente cumple con su papel de proveedor. Estas mujeres optan por conseguir un trabajo, no con la intención de conquistar su libertad, sino con la de garantizar la supervivencia cotidiana. En ciertas comunidades, otras mujeres, a la inversa de las primeras, se ven castigadas –muchas veces golpeadas– por el marido o la familia política cuando se las ingenian para obtener un trabajo e intentar “ganar unos centavitos”; a éstas se le juzga por querer moverse en el espacio público y querer tener una “vida disoluta”.

Respecto al tema de la maternidad también hay mucho qué decir. Sobre todo en espacios rurales (aunque también sucede en los urbanos), todavía persisten las ideas según las cuales una mujer estéril no es una mujer o a lo mucho es una mujer fracasada; una mujer que no quiere tener hijos es sospechosa; una mujer que aborta es una criminal. En otras palabras, estamos todavía lejos de la libre disposición del cuerpo de las mujeres, tal como lo abogó Beauvoir. En muchas partes de México –y reitero, también en otros países–, sigue prevaleciendo un “deber ser” de la mujer fundado en el cumplimiento de la maternidad.

Pero regresemos a la tumba de Beauvoir. Hace treinta años. El cortejo fúnebre sigue avanzando y abre camino entre la densa multitud, aglutinada en la entrada del cementerio Montparnasse. Algunas jóvenes del M.L.F. empiezan a entonar suavemente el himno: “Nosotras quienes somos sin pasado, las mujeres / nosotras, quienes no tenemos historia / desde los tiempos remotos, las mujeres somos el continente negro / ¡de pie, mujeres esclavas! ¡de pie!, ¡de pie!”. Muchas hubieran querido y quisieran todavía ver a Beauvoir, de pie, decididamente viva, en la lucha contra las desigualdades de género, al lado de mujeres mexicanas y de otras latitudes. Para numerosas mujeres, Beauvoir se ha erigido como la reina del feminismo del siglo XX. Pero Beauvoir ha muerto, y hace ya mucho tiempo. Es probable que en el futuro su vida y su obra se conviertan en no más que una referencia histórica, de suma importancia, pero que no despierten una pizca de identificación entre las mujeres jóvenes, sumergidas en realidades sociales y culturales radicalmente diferentes a las de Beauvoir. Ojalá así sea, porque eso podría ser el signo de la verdadera emancipación de una mayor proporción de mujeres en el mundo.

(Fotos: cortesía de RV1864Monceau y Ashton Pal.)


Notas y referencias

[1] Nelson Algren, escritor estadounidense, fue su amante de 1947 a 1951.

[2] Esta imagen ha sido descrita numerosas veces. Entre otras referencias, citemos Monteil, Claudine, Simone de Beauvoir côté femme, Timée-Editions, 2006, p. 123.

[3] Su libro Memorias de una joven formal (1958) desarrolla toda la época de su infancia y adolescencia.

[4] Se trata del concurso más difícil y más prestigioso en Francia para ser profesor(a) funcionario(a) de la Educación Nacional; es innecesario decir que en los años veinte pocas mujeres accedían a tal logro.

[5] Este contrato es presentado a inicios de La plenitud de la vida (1960).

[6] El modelo de La garçonne tuvo un impacto entre mujeres urbanas y parisinas, de medios adinerados, cuyo objetivo era conquistar su libertad y ganar su autonomía.

[7] Para una reconstrucción completa de la vida y obra de Beauvoir: Tinat, Karine, “La biografía ilusoria de Simone de Beauvoir”, Estudios Sociológicos, Colmex, Vol. XXVII, núm. 81, septiembre-diciembre, 2009, pp. 755-800.

[8] López Pardina, Teresa, Simone de Beauvoir leyendo El segundo sexo, PUV, Universitat de València, 2011, p. 23.

[9] Beauvoir escribió tres ensayos existencialistas –Pyrrhus et Cinéas (1944), Para una moral de la ambigüedad (1947) y El existencialismo y la sabiduría popular (1948)–, sin contar toda la obra novelística de corte existencial y sus dos grandes volúmenes: El segundo sexo (1949) y La vejez (1970).

[10] Muchos intelectuales, como Albert Camus y François Mauriac, se rebelaron contra la obra; también la condenaron tanto el Vaticano como el Partido Comunista francés.

[11] Me fundamento en múltiples conversaciones que he podido tener, en el espacio universitario, con mujeres feministas académicas y/o militantes, mexicanas y latinoamericanas.

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