Simpatía por las selfies: Yayoi Kusama en el Museo Tamayo

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Un principio de las redes sociales es: ser es ser repetido. El valor de los productos digitales se estima por el número de gente que los mira y reproduce. En la publicación y reiteración se legitiman experiencias personales (¿o habrá quien crea que la foto de su bebé es diferente a todas las demás fotos de bebés?). Las cosas se complican, al parecer, cuando se repiten y divulgan experiencias que, suponen algunos, deberían ser no solo privadas sino sublimes. Este es el problema en el centro de las críticas a las selfies tomadas en un museo. La autodocumentación, parece decirnos la suma de esas críticas, solo debería permitirse a individuos con cierta sensibilidad.

Sin embargo, resulta sospechoso el consenso alrededor de la descalificación a los asistentes a una exposición por su tendencia a tomarse un retrato con las obras. Este es el caso de la cobertura a la reciente retrospectiva de la artista japonesa Yayoi Kusama en el Museo Tamayo de la ciudad de México. No es difícil leer entre las líneas de esta cobertura una serie de argumentos elitistas que oscurece una discusión más amplia en torno al papel del museo y la responsabilidad del público en el proceso de la exhibición pública del arte.

“Pocos saben que la creadora ha estado internada voluntariamente en una clínica psiquiátrica de Tokio”

Identifico tres elementos en esta crítica. Primero, se supone que todo aquel que se haya tomado una selfie en la exposición de Kusama es un ignorante, y que el carecer del conocimiento requerido para apreciarla es una circunstancia que excluye del acceso a una experiencia estética superior. Pero este conocimiento supuestamente indispensable no tendría límites. De hacer caso a esta opinión, se necesitaría conocer la biografía completa de la artista, las raíces del arte performativo y del feminismo, los vericuetos de la escena artística en Nueva York en los años sesenta, y la historia entera del Minimalismo, el Op art y el Pop art, para comenzar a entender la obra de Kusama. En otras palabras, se está exigiendo absurdamente al público llegar al museo siendo ya un experto. En el fondo este es, por supuesto, un argumento de autoridad: el arte contemporáneo estaría disponible solo para aquellos privilegiados que contaran con un filtro contra lo vulgar. Estar frente a la obra de Kusama resulta una experiencia que este público (el de las masas de Instagram) no se merece.

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Segundo, se presume, en un sentido similar, que tomarse una foto descarta, por defecto, la posibilidad de un vínculo válido con la obra. En el caso de Kusama, este argumento no reconoce que parte de la obra de la artista (y, muy en particular, el Infinity Mirrored Room, esa zona cero de la selfie) está concebida, justamente, para que quien la mire se vea a sí mismo en ella. El reflejo no es un accidente, es una decisión artística. El tema es que hoy en día la mirada dirigida hacia nosotros mismos pasa a través del lente de una              –nuestra– cámara.

Yayoi Kusama, Narcissus Garden, 1966

Ahora bien, si lo que se critica es que el lente se encuentra apuntado hacia el propio fotógrafo, el problema parecería ser, entonces, el narcisismo. Pero me pregunto si podemos dejar de ver a las selfies solo como un ejercicio del ego. Cuando alguien se toma un retrato en un estilo reconocible ¿no se está borrando a sí mismo, sabiendo que su imagen es idéntica a otras miles? ¿No es el deseo de insertarse dentro del continuo visual de sus propias redes sociales (#FOMO) tan grande como el de aparecer personalmente en un retrato?

Por otro lado, una selfie, incluso cuando es abiertamente despectiva hacia la obra, siempre puede decirnos algo, porque nos revela más sobre el conjunto de expectativas en medio del cual se produjo y exhibe la pieza fotografiada que sobre la falta de sensibilidad del público. El arte no necesariamente sirve para disciplinar a la audiencia, sino que puede arrojar una luz sobre la ética del sistema en el que la pieza participa. Cuando el año pasado Kara Walker construyó en Brooklyn la escultura monumental de una mujer, una parte del público reaccionó –en palabras de la propia artista– como usualmente se reaccionaría en una cultura del abuso a las mujeres frente al espectáculo de una vagina de tres metros. Mirar a ese público mirando la obra es una parte del proceso artístico.

“Los cuartos con foquitos atraen a ese público”

Por último, los críticos de la exposición de Kusama en el Tamayo han descalificado la cantidad y tipo de público que el museo atrajo gracias a la reproducción de selfies en las redes sociales. No intento decir que más de 300 mil visitantes hayan hecho de la exposición un éxito: el número es tal vez irrelevante. Lo que llama la atención es que las quejas se hayan dirigido al público antes que a la institución. Los asistentes al Museo Tamayo podían permanecer solo 20 segundos adentro del Infinity Mirrored Room. Cuando un museo impone una regla así, ¿tomarse una foto no significa entonces la oportunidad indispensable para apropiarse de la obra? Es un problema suponer que la experiencia artística se limita al momento sagrado en el que el público se encuentra físicamente en el museo. Este supuesto no admite la posibilidad de que nuevas lecturas de la obra se despierten en y a través de la repetición de su imagen. Los críticos parecen desconfiar de la memoria (contenida en la mirada replicada de la selfie), porque solo creen en el ejercicio de la erudición in situ.

Estos tres argumentos de hostilidad contra la selfie apuntan a una pregunta más amplia sobre el para qué y el para quién en la exhibición pública del arte. Por lo pronto, la discusión suscitada ha confirmado que los museos sirven para institucionalizar relaciones de conocimiento y poder, para calificar miradas, y para convertir un problema de disciplina institucional en uno de cultura de la recepción. Pero es justo cuando la mirada del público se resiste a ser disciplinada por los mecanismos del museo –cuando esta mirada se disloca al autodocumentarse y replicarse mediante plataformas populares–, que el arte se abre para cumplir funciones nuevas e inesperadas.

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