Sinaloa: la violencia y el narco se cuentan en voz baja

Ilustración @donmarcial
Ilustración @donmarcial

Calla más de lo que dice
Pero dice la verdad.

Ella.

Ella es pura añoranza.

Es una expulsada de su propia tierra. En la ciudad descubriría que los llaman desplazados. Ella es una desplazada por la violencia. Un día, la fecha se la grabó precisa —como se hace con los cumpleaños o con la muerte de los seres queridos— subieron todo lo que pudieron en un par de camionetas pick-up, cerraron puertas y ventanas con candado, protegieron las pocas vacas y gallinas, y pusieron distancia. No era una despedida, no era necesario, todos estaban convencidos que volverían. Antes que se beban las gallinas el agua de repuesto estarían de regreso, recogiendo los huevos.

De eso hace siete años, cumplidos.

Pronto se dieron cuenta, al buscar refugio en las ciudades cercanas, con familiares o conocidos, que no eran los únicos desplazados por la fuerza. El grupo alcanzaría casi el millar de personas —286 familias, según un primer censo levantado por ellos mismos.

Todos recibieron la misma amenaza. En un par de semanas se salieron con lo puesto, o llevándose lo que podían, de unos cincuenta pueblos de la sierra que comparten Sinaloa y Chihuahua. Los pueblos eran pequeñitos y el infierno que se anticipaba era inmenso. En todos los casos grupos armados llegaban con la advertencia de que habría una guerra y que era mejor que se fueran. Amenazaron con llevarse a los más jóvenes para pelear con ellos. Aunque no todos vieron a los hombres armados, para muchos el correr de la voz resultó suficiente amena.

— No estábamos en un lado, ni en el otro.

Ella lo dice con la mirada desenfocada, como si recorriera el pueblito aquel.

Harían muchos intentos por volver en estos siete años, a veces incluso escoltados por la Policía y el Ejército. Ni siquiera lograban acercarse. Cada intento representaba una nueva amenaza.

Es entonces cuando las historias llegan a un punto insalvable, un tope de silencio autoimpuesto —que confirma la falsedad oficial del tope donde tope. Lo que sigue de ahí es un suicidio.

— No duro viva ni dos días, si digo todo lo que sé.

Ahora Ella lo dice sin inflexiones en la voz. Una leve sonrisa nerviosa.

No puede volver a su otra vida, la apacible y completa, donde conocía a todos los vecinos por dos generaciones. Pero sigue teniendo información de allá.

— Se fueron quedando con todo. Ocuparon nuestras casas. Se quedaron con el ganado y con las tierras que sembrábamos.

—¿Esto ya lo denunció?

— Lo hemos dicho en cartas y en reuniones privadas. Al Gobernador de Sinaloa —a este y al otro—, y al presidente López Obrador.

— ¿Esto es lo que no se puede denunciar públicamente?

— O que los militares los ayudan. No hacen nada por desalojar las propiedades que se fueron quedando.

Ella sabe que esto lo saben muchos. Que hay denuncias. Que aparece en informes que elaboró el Senado de la República junto con académicos. Que se lo han dicho a la Comisión Nacional de Derechos Humanos y a representantes de organismos internacionales. Pero nadie lo repite.

Ella sabe que insistir en eso es entrar en zona de peligro máximo. Por eso sin abandonar los reclamos, sin insistir en las autoridades coludidas con quienes los amenazaron para desalojar sus casas, Ella y otros muchos insisten en que es obligación de los gobiernos garantizarles el retorno a sus comunidades o contribuir a la integración de las familias a los nuevos asentamientos. Y lo más importante, recuperar los bienes que les despojaron, aunque sean pocos.

Dos presidentes de México y dos gobernadores de Sinaloa después, el desplazamiento forzado provocado por amenazas de organizaciones del narcotráfico se mantiene. El 15 de abril de 2019, unas doce familias se convirtieron en el grupo de desplazados más reciente. Abandonaron la comunidad de La Rastra, municipio de Rosario, sur de Sinaloa. Dos semanas antes asesinaron a los hermanos Alonso y Leonel, de apenas 22 y 25 años. Y a la semana siguiente a tres primos, Eduardo, Cruz y Fernando, de edades similares. Todos de oficio mineros. Los apellidos coinciden y las familias huyen.

Ella conoce el patrón que no deja de repetirse, lo vive cada día. A casi una década de enfrentar los desplazamientos forzados internos se desconocen datos precisos. Y ante las amenazas constantes, los defensores de la causa surgen de entre los mismos desplazados, como Ella.

Él.

Él es puro coraje.

Coraje, en las dos vías, porque ahora en una sola palabra cabe todo: ánimo y valor, e indignación y enojo. Él es otro expulsado, porque cuando la violencia ataca de frente arrebata todo. Él huye, los victimarios siguen en sus casas, con sus carros, con su vida.

Yo aprendo rápido, solo con ver cómo se hace una cosa, después la puedo hacer.

Él lo dice sin saber que también aplica para esta prueba de resistencia en que se encuentra. Con la diferencia que ahora hubiera preferido no saber. Esto no es aprender un oficio.

En diciembre de 2018 la vida le dio un zarpazo. Él hace un arco con la mano derecha, la lleva de un extremo a otro en un semicírculo. Se llevaron a su hijo. Llegaron directo por Él: también se llama Él. Contaron a tres hombres armados, pero después sabría que eran más, entraron a la casa de la madre del hijo y a rastras lo subieron a una camioneta.

Él lleva meses armando minuciosamente lo que ocurrió. Libra una batalla diaria. Doble: una para sobrevivir aun cuando lo obligaron a abandonar el oficio que ejercía en su misma casa, y otra para ir revelando lo que pasó con su hijo.

El jovencito estaba de vacaciones decembrinas. Estudiaba en la universidad. Unos meses atrás le pidió dinero para un viaje de estudios a Sudamérica, Él le sugirió que mejor se reservaban y juntaban lo suficiente para el viaje estrella de la carrera: Europa. De niño, su hijo mostró dotes deportivas. Muy por encima de sus compañeros se le convocó para ser un profesional. Él recuerda aquellos días, el sacrificio lo comparten los padres también. Los entrenamientos son sin descanso, van de un lado al otro, son pequeños y necesitan a un adulto para llevarlos. Al final se decidió por el estudio. No abandonó el deporte, mantuvo el nivel sin buscar ser profesional pero sí profesionista. Él y Él no vivían juntos, pero siempre mantuvieron la relación de padre-hijo. Al primero que llamaron cuando irrumpió el grupo armando a la casa de la mamá fue a Él.

En Sinaloa nadie, menos la autoridad, tiene preciso el número de privaciones ilegales de la libertad al día, a la semana, o al año. Muchos denuncian, otros callan. El Registro Nacional de Personas Extraviada o Desaparecidas –RNPED-, con un corte que casi cumple un año, es al 30 de abril de 2018, reporta a Sinaloa con 3,027 carpetas abiertas por desapariciones, es la entidad número cuatro en el país por el número de casos, encabeza la lista Tamaulipas con 5,990.

Él decidió primero buscar por su cuenta, investigar. Tenía una certeza: su hijo no estaba implicado en nada ilícito y tendrían que regresárselo. Lo primero que supo es que no era el primero, en todo el sector había muchos que estaban desaparecidos. Fueron surgiendo los nombres, algunos conocidos desde hace años. Aunque ya no vivía en este sector de la ciudad, los conocía por los apodos y a veces por el nombre.

Él llamó aquí y allá hasta que un amigo de un policía municipal le consiguió el celular de un comandante de la corporación local. Le dejó un recado. A las horas lo contactaron. Al tercer día de desaparecido su hijo, acuerda un encuentro con quienes se lo llevaron. Le pedían dinero, como en un secuestro. Ni vendiendo todo lo que posee podía reunir el monto. Lo citaron en una colonia contigua a su sector de la infancia. Llega antes, lo acompañan su mujer y dos niñas pequeñas, también sus hijas. Las deja en el auto y Él se mete a una bodega. Llegan a la reunión con dos camionetas y se bajan hombres armados con rifles y rodean el carro donde dejó a su mujer y sus hijas, pero Él no está ahí. Pretendían llevárselo también.

Logra huir y le arrebatan la bolsa a su mujer con las identificaciones personales.

Después lo buscarían en su casa y desde entonces huye. Es un desplazado por la violencia también.

Siguió armando la historia completa. Tiene fotografías de quienes se llevaron a su hijo. El mapa completo de quienes intervinieron. Su historia y los antecedentes. Al mes siguiente, aun confiando en que seguía vivo, se atrevió a interponer la denuncia, pero en una ciudad distinta donde ocurrió la desaparición. Sus investigaciones señalan que ministerios públicos y policías están coludidos, acercarse a la autoridad es entregarse a sus captores.

En un levantón —como se le conoce en Sinaloa a las privaciones ilegales de la libertad— el panorama es desolador. Pasarían casi tres meses para que su hijo apareciera, muerto. Entre un conjunto de cadáveres en una fosa clandestina mayúscula. La más grande hasta ahora encontrada en Sinaloa.

Si de los desplazamientos forzados y las desapariciones no hay datos, lo mismo ocurre con los cuerpos encontrados en fosas clandestinas. Entre 2006 y 2016 en el estado se registran 139 fosas, la entidad número cinco en el país según el informe https://adondevanlosdesaparecidos.org y en esas fosas encontraron 176 cadáveres, ubicando a Sinaloa en el número siete nacional.

—A mí no me van a levantar, me van a matar.

Él lo dice sin histrionismo. Sin miedo. Menos envalentonado. Con el valor y la indignación que da el coraje.

Periodista.

Periodista intenta ser pura certeza, pero le ganan las dudas puras.

Llegó al periodismo con unas pinzas y un par de desarmadores, uno estrella y otro plano. Pensó que estaba quemando naves, sería entonces cuando más utilizaría las herramientas. El periodismo también se trata de cortar cables, destapar cajas, cortar energía, encender luces.

Dice Loco, como otros decían Bato, para referirse al interlocutor. Es el único que hace más preguntas sobre contar la historia de silencios a su alrededor. Ni Ella ni Él dudaron, sin titubeos dijeron lo que no habían podido revelar. Periodista pregunta cuál será el enfoque.

¿Qué tiene que hacer un periodista cuándo le piden que ya no publique?

— Una combinación. Cuidarlos a ellos y cuidarme a mí. Irse con cuidado. Medirle.

Periodista lo dice sin saber que sembró la idea, sin quererlo, de contar las historias de silencios. En los idus de marzo una fuente le pidió no revelar datos precisos para la publicación de esa semana. Un joven estaba desaparecido y tenían el número de la patrulla de la Policía Municipal donde sería trasladado como detenido. Dos testigos lo confirmaban. En lugar de llevarlo a los separos del Tribunal de Barandilla lo entregaron directamente a unos civiles en camionetas. Después, no sabrían nada más del joven.

Periodista habla cuando se cumple el día siete sin un solo asesinato en Culiacán, la capital de Sinaloa, al noroeste de México. Como si se tratara de un cambio de ánimos por la primavera de 2019, de súbito se fueron sumando los días sin un solo crimen. Entre el sábado 23 de marzo y el lunes 1 de abril, no se registró un solo homicidio doloso en Culiacán, un municipio con 850 mil habitantes, y que lleva una década con más muertos que días en un año: en 2018 fueron 528 –en todo el estado de Sinaloa 1,011[1]. Y el año anterior, 2017, fue todavía peor, 617 crímenes en Culiacán y 1,332 en todo Sinaloa.

Pero periodista no es de Culiacán, es costeño. Y antes de la llegada de esta misma primavera en el puerto es lo contrario. En particular un sitio con nombre de esplendor, Miravalle, pero podrido por dentro. En unas semanas encontraron en el sitio 34 cadáveres, hasta ahora la fosa clandestina más grande en Sinaloa. Un sitio desolado y polvoriento, donde nada hace pensar en el mar.

Descubierto Miravalle, y Palmillas —otro punto de nombre bello y oscuro interior—, el peligro aumentó. Mientras aparecían los cuerpos las amenazas se incrementaban hasta que un día les dispararon en plena búsqueda. Después los amenazarían de manera directa, con golpes.

— Te comentan aquí, al interior de las instituciones, quienes son los que mandan aquí, cómo están vinculados y cómo les hacen el trabajo.

Periodista lo dice fuera de pretensiones, como una obviedad, sabiendo que no revela nada. Pero llegará el momento de escribir y es cuando llega el sufrimiento.

— Escribe la nota uno y la escribe con el pinche dolor de estómago. Se te revuelve de miedo.

 

[1] Los datos son del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP) para 2018. Se presentan diferencias sustanciales con los datos oficiales de la Fiscalía General de Justicia de Sinaloa o con INEGI, para efectos de consistencia solo se menciona la contabilización del SESNSP.

Esta publicación/plataforma ha sido posible gracias al apoyo del pueblo de los Estados Unidos a través de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). Su contenido es responsabilidad de los autores y no refleja necesariamente el punto de vista de USAID o del Gobierno de los Estados Unidos de América.

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