Sonita en todos los rostros

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Los asuntos que plantea el documental Sonita, de la realizadora iraní Rokhsareh Ghaem Maghami –presentado en México como parte de la Gira de Documentales Ambulante, 2016–, nos inducen a meditar en el complejo panorama socio-político y económico de Medio Oriente. La trama retrata la historia de Sonita, una joven afgana de quince años, exiliada en Irán, cuyo sueño es convertirse en una exitosa rapera. La tensión narrativa está lograda gracias a la postergación de su destino: el matrimonio o, más bien, la venta de su persona a un pretendiente con el fin de que su familia obtenga dinero para, a su vez, comprar a la esposa de uno de sus hermanos. Al no encontrarse en Afganistán, donde su suerte se vería (aún más) aplastada por su condición femenina, la niña hace lo posible por postergar su futuro y lograr escapar de la tradición que la condiciona. La primera parte del filme es un recorrido por esta problemática; hilvana así, en primeros planos volcados en los rostros o en los cuerpos que declaran, con paradójica lentitud, la violencia a la que han sido expuestos. Es un documental que privilegia el contenido ético-moral frente a una retórica de imagen preciosista o estilizada.

En la escuela de Sonita, donde una maestra amorosa la apoya y protege, se recrean, teatralmente, momentos violentos en la vida de los alumnos: cómo su familia fue atacada por talibanes en una carretera; pedazos de las realidades islámicas ante las que retrocede horrorizado Occidente –habría que preguntar si la mirada fílmica es occidental o no. La cámara en Sonita también recrea desplazamientos tranquilos en espacios cerrados casi asfixiantes; secuencias rotas por los trayectos en taxi hacia estudios de música o por acercamientos a los balcones de las viviendas destartaladas y empobrecidas. Los paneos exteriores muestran un Irán repleto de mercados extenuantes, con tendajos de ropa y objetos pordioseros, multitudes y un clima sofocante y polvoso; cuando los personajes viajan a Afganistán, nosotros, los espectadores, sentimos el bochorno de un atardecer recluido en su desierto: Oriente destrozado por hordas de personas que apenas caben en los espacios. Se siente la muerte rondando allí y, nosotros, como mexicanos, no estamos lejos de ese panorama atardecido, que desvanece su letanía de un mundo descompuesto a punto de la extinción.

Hay algo catastrófico en Sonita que se intuye, pero que no se devela rápidamente: los espectadores estamos sumergidos en sus constantes disyuntivas “morales”, es decir, en las decisiones del individuo frente a un contexto casi schopenhaueriano, en el que la voluntad lo es todo frente a la fortuna infranqueable. Poco a poco constatamos los pequeños logros, las audacias del personaje, casi como si testificáramos las aventuras de un pillo en una novela de formación. La diferencia es que es imposible no identificarse empáticamente con Sonita: deseamos su éxito, nos sorprendemos de estar codiciando su “libertad”, de sentirnos profundamente cimbrados por su “esclavitud”; es urgente que se rebele, porque ya estamos plenamente volcados en su vida.

La segunda parte se convierte gradualmente en una historia de superación personal. Su destino cambia de faz, y entonces vienen los logros: los productores musicales simpatizan con su canción que, por fin, singulariza su voz al retratar, con claridad, los males de las mujeres islámicas. También graba un video. Las canciones son tremendas, potentes: es imposible no involucrarse con estas. Tras la visita de su madre, Sonita ve interrumpidos sus sueños. El documental mismo se encuentra en peligro y la documentalista ocupa entonces un lugar protagónico en la vida de su personaje, vemos las peripecias para lograr que Sonita escape del destino que se le ha impuesto. En la escuela se muestra un diálogo desgarrador entre la madre que pide dinero para prorrogarle la estancia iraní y la maestra que intenta hacerla razonar.


En Irán Sonita está bien, pero también Irán muestra sus otros rostros: la pobreza, la censura, la estrechez. Aunque Sonita lograra permanecer allí por su cuenta, su destino sería cantar contra el gobierno y vivir en la miseria. El documental se sumerge en la opresión y la falta de soluciones. Sin embargo, cuando parece no haber salida, los ángeles bajan al documental y lo hacen en forma de una secundaria en Utah, donde le ofrecen a Sonita una beca para estudiar tres años. La documentalista y Sonita se dirigen a Afganistán y, después de una serie de tensas secuencias de incertidumbre, la niña obtiene sus papeles y se va a Estados Unidos sin avisar a sus parientes para evitar cualquier impedimento. Allí es bien recibida y puede desarrollar sus talentos. Entonces observamos su hermoso pelo negro sin burka; la oímos cantar ante sus compañeros, rodeada de profesores afectuosos y chicos entusiastas: Sonita es “libre”.

Rokhsareh Ghaem Maghami ha cumplido su fin; no solo filmó las peripecias de su protagonista, sino que participó activamente en su vida: la salvó. El documental reitera su papel ético: esto es sumamente pertinente en el mundo en el que vivimos hoy. Las diversas realidades opresivas retratadas en pantalla e inscritas en el “realismo” de este tipo de documentales –las guerras, los genocidios, la marginación, los movimientos migratorios, el papel de las mujeres en innumerables contextos, y otros asuntos de capital importancia en la contemporaneidad–, plantean también la función social del medio de exposición. El documental es un formato cinematográfico que suscita múltiples interrogantes al confrontarse con distintas circunstancias y al situarse en ángulos precisos: su mirada devela un posicionamiento no solo intelectual y distanciado, sino también una proximidad ética. En esta se juegan los acontecimientos encarnados, allí donde la mirada de la cámara y la del espectador se convierten en Otro.

El público tiene dos opciones: volcarse en el gozo del triunfo individual, o no. Si lo hace, sale del cine victorioso: Sonita triunfó, es libre. No sabemos qué pasará pero, por lo pronto, en el espacio-tiempo del filme, la niña está fuera de los horrores de Medio Oriente: de la guerra, la miseria, del exilio, y, sobre todo, de la polvosa burka y de la familia “dictatorial” en la que tuvo la desgracia de nacer. Los espectadores que no se convencen del triunfo individual terminan, en cambio, con una impresión extraña, la misma que se tiene cuando nos damos cuenta de algo terrible y monstruoso, casi innombrable, que no cambiará. Más allá de esa epifanía, se advierte la constatación de que, si bien ciertas costumbres religiosas se vuelven cada día más inadmisibles, también se vuelve apremiante resolver las condiciones económicas de desigualdad y miseria en las que millones de personas alrededor del mundo se encuentran. Aunque la problemática de Medio Oriente suele comprenderse como una lucha religiosa e ideológica, a menudo maniquea, contra Occidente –y dentro de Oriente mismo frente a los grupos de musulmanes radicales–, también habría que considerar una serie de cuestiones materiales que, de igual manera, determinan el enfrentamiento con el Otro.

¿Cómo plantear una ética de la comprensión de otras visiones de mundo también determinadas por el papel que Occidente tiene frente a ciertas economías y a sus intereses financieros y bélicos? Sonita los retrata, pero de forma lateral. Al concentrarse en la historia de éxito personal y en los desesperados esfuerzos de la documentalista por salvarla a toda costa, su destino aparece sumamente singularizado; deja de ser la voz de todas las mujeres que padecen las mismas circunstancias y se transforma en la excepción. De esta manera, obvia la problemática de fondo: la relacionada con un conjunto de prácticas tradicionales y religiosas complejas sobre las que es necesario reflexionar, y con una serie de situaciones económicas que habría que dilucidar y cuestionar.

Así como hay un espectador identificado con el triunfo personal y voluntarioso de la heroína, existe un espectador que, si bien goza de las alegrías singulares, también, en el fondo de sí, escucha una suerte de plegaria, un susurro inquietante y molesto que no se conforma con la salvación individual de la protagonista; se trata, quizá, del hálito de muchos otros, de millones de otros, que ya no caben en este mundo de restricciones y violencias, que se ahogan en hambre y golpes, guerras, exilios y esclavitudes.


Sonita

Directora: Rokhsareh Ghaem Maghami

Países: Alemania, Irán, Suiza

Año: 2015

Idioma: inglés, persa

Duración: 90′


 

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