“Me lo dijo Lemebel: sé una mariposa que nadie pueda atrapar”

Una entrevista al cronista, editor y agitador cultural Cristian Alarcón en una cama de Ciudad de México

| Entrevista

Antes de empezar la entrevista, el cronista, editor y agitador cultural Cristian Alarcón anuncia que ha tenido un día memorable: está por publicar una antología sobre el poliamor, el primer número en papel de Anfibia, la revista digital que dirige, y alguien le ha visitado en su hotel para pedirle consejo práctico. Alarcón lo cuenta en un cuarto de Centro Horizontal, donde esta semana ha impartido el taller Seminario de periodismo anfibio, doce horas de innovación y transgresión narrativa, un viaje desde el periodismo al arte. “Esto parece un hotel alojamiento, o un motel para parejas”, dice Alarcón mientras se recuesta sobre las sábanas de una cama tendida con una cerveza en la mano. Es el escenario perfecto para conocer la identidad de este chileno-argentino para quien los géneros, tanto en su vida como en su trabajo, sólo existen para mezclarse.

Perteneces a una generación de cronistas nacidos en los periódicos, a la crónica la has visto mutar y has sido partícipe. Alguna vez has anunciado su muerte y también, en la revista Anfibia, has buscado salvarla. ¿Qué le dirías a esa vieja amiga en una noche de nostalgia?

No recuerdo cuándo te conocí por tu nombre. Creo que para entonces ya nos habíamos enredado. Alguien debe habérmelo dicho, para no dejarme tan mal delante de ti. Cuando ya éramos íntimos ya era muy tarde para dejarte. Me obligaste a cambiar de planes, me hiciste perder mucho tiempo libre, me quitaste fines de semanas enteros, me obligaste a volver a leer libros que había abandonado a la mitad y a buscar libros que desconocía. Me hiciste sentir un ignorante. Me expulsaste varias veces de tu parnaso. Te vengaste de mí, por muchos motivos, y siempre me perdonaste. Y creo que finalmente siempre termino perdonándote. Si fueras una persona entrarías en la lista de mis amores y te diría lo mismo que le estoy diciendo a todos ahora: es que podría estar con todos nuevamente.

Convertido en editor anunciaste: “El cronista que he sido ya no existe”. Te has reinventado con el paso de los textos y las temáticas. ¿Hay cambios de piel más dolorosos que otros? ¿Hay pieles demasiado estrechas?

Hubo un cronista de los diarios que fue pura piel durante dos décadas, hasta que hace siete años me embarqué en la aventura de dirigir proyectos periodísticos. De ponerme a la cabeza de equipos, de liderar innovaciones y transformaciones. Entonces intenté reconciliarme con la idea de que el cronista que quedaba en mí era el de los libros, pero ha sido una tarea infructuosa porque ahí están esos dos libros comenzados y sin final. Sin embargo, de vez en cuando, por alguna misión extraordinaria, me tengo que volver a sentar en la máquina. Cuando eso ocurre es como volver a andar en bicicleta: las palabras vienen y la historia se concreta en el papel. Estoy a punto de asumir un compromiso que nunca imaginé, y es escribir un cuento de ficción a pedido. A pesar de que seguramente saldrá de una historia real, y de que en algún sentido será una crónica, ya no lo será. Quizás esa sea la mayor traición que haya cometido con el género. Alguna vez en los últimos meses una mujer con cierta maldad me preguntó: “Vamos, sé sincero, ¿hace cuánto tiempo que no te sientas ante el teclado? ¿Que no escribes dos líneas seguidas?”, haciendo alusión a que mi tarea como director de revistas, como profesor, como agitador cultural y ahora también como experimentador con el arte, era imposible que me dejasen tiempo para la escritura. Y ese aguijón, certero, me golpeó. Pero acabo de descubrir, gracias al capítulo final o al epilogo del libro Poliamor que publicamos en Anfibia antes de fin de año, que el narrador sigue ahí, porque la máquina narrativa puede interrumpir su procedimiento factual y, sin embargo, continúa ocurriendo algo vinculado a la matriz del contador de historias. Es imposible en este oficio perder la mañas.

Dices que “un texto es al fin y al cabo el resultado de la vida entera de su autor”. Esta semana el resultado fue una crónica epistolar sobre el amor. ¿Hay algún texto que esperes que resulte de la vida transcurrida?

Son dos textos. Uno sobre los guerrilleros del movimiento Izquierda Revolucionaria que intentaron derrocar a Pinochet en 1981, en plena dictadura, creando un foco en la cordillera de los Andes, en el extremo sur, muy cerca de donde nací. Y una crónica sobre una mujer a la que le arrancaron los ojos y sobrevivió en un pueblo insular. La de la mujer me resulta más urgente y hace poco logré escribir un capítulo y más de un capítulo sobre esa historia, que es lo que me espera en los próximos meses: enfrentarme a las páginas que continúan. La otra es una novela rusa en la que no pierdo las esperanzas. Sin embargo, sé que me va a demandar un esfuerzo titánico. Espero volver a juntar energías después de los proyectos en los que estoy embarcado para atreverme a la escritura final.

“Mi intención es que [los periodistas] aterricen respecto a su ubicación como narradores para luego lanzarse a la experimentación”.

De tu seminario y de tu obra nace una discusión sobre qué es ficción y qué no lo es, como un camino hacia debatir de manera más profunda qué es verdad. ¿A dónde quieres llevarnos y cuáles serían los textos nacidos de seguirte hasta ahí?

Quiero llevarlos a la idea de que el tránsito hacia un nuevo o novísimo periodismo implica un reconocimiento de las faltas que, sobre todo en los que comienzan, tienen que ver con lecturas. Con un camino que lleva mucho tiempo porque significa recorrer determinadas zonas de la literatura imposibles de soslayar si lo que se quiere es innovar en la crónica con el lenguaje y explorar nuevos lenguajes. Mi intención es que aterricen respecto a su ubicación como narradores para luego lanzarse a la experimentación. Siempre el peligro es que alguien no quiera escuchar la primera parte de mi clase, en la que los sitúo en ese campo, y quiera pasar directamente a la acción, considerándose autorizado, legitimado, sólo para la experimentación. Ya esa no es una misión mía, sólo puedo advertirlo. En el mundo todo se mezcla, existe incluso la posibilidad de que existan genios ocultos capaces de generar maravillas sin haber transitado los caminos que yo creo que hay que recorrer.

Has hablado de un “casting de personajes”, ¿has errado horriblemente? ¿Has tenido aciertos magníficos? Incluyéndote.

Me he dejado ganar por las mujeres, en mis historias ellas son la voces más potentes porque se han ganado su espacio padeciendo el patriarcado, que fue los mismo que sufrí como niño queer, marica, al dejar el campo en Chile y llegar a la ciudad en Argentina. Una transición que tuvo mucho de destierro y de violencia. Creo que hay algo vinculado también a la voz materna, que nos configura y nos determina más allá de donde uno mismo —incluso en el psicoanálisis— pueda asumir. También: me atrevo hoy, después de haberles dado todo ese espacio, a recuperar algo de mi voz masculina, de una voz paterna, de otro orden, que aún estoy explorando.

Nos dejas antes del Día de Muertos, con sus altares a los difuntos queridos, cubiertos con todo los que fueron sus placeres terrenales. En tu altar de escritores o cronistas, ¿a quiénes pones y qué les dejas de ofrenda?

Es extraño, pero siempre me estoy  yendo antes del Día de Muertos en México, aún habiendo venido tantas veces. Hoy saqué las cuentas y había comenzado a viajar hacia Ciudad de México en el año 2003, interrumpidamente, hasta el año 2012. Desde entonces no regresaba. Durante aquellos viajes mi deseo de compartir con los mexicanos y las mexicanas ese día extraordinario siempre ha estado.

En mi parnaso, o en mi cementerio, o en mi altar, podría ubicar fundamentalmente a Pedro Lemebel, como el amigo y el maestro que desde su lujuriosa y sardónica manera de llamarme niña, marica, loca, Alarcona, Cristina, me ayudó a tomar decisiones literarias que tuvieron tantísimo que ver con el resultado de Cuando me muera quiero que me toquen cumbia, Un mar de castillos peronistas y Si me querés, quereme transa. Él fue quien dijo que el nombre del primer libro debía ser una canción, pero también fue él quien me advirtió — junto al poeta Sergio Parra, en una larga noche en Santiago de Chile hace ya más de veinte años— que no debía, en aquél momento, como periodista de investigación que era, en un ruta mucho más ‘Walshiana’ (en referencia a Rodolfo Walsh, el periodista argentino autor de Operación Masacre, obra precursora de la novela de no ficción) y clásica de revelación de lo oculto en la que estaba, no debía dejarme ganar por los espacios y las luces que se me iban a ofrecer, y las ganancias que me iban a tentar, para que me dedicara a ser un experto. Él fue el que me dijo: “Nunca dejes que te traten como un experto”, en jóvenes, en violencia, en narcotráfico, en marginalidad, en desigualdad, en feminismo, en teoría queer, en ciudades, en género, en cultura, en arte. “Jamás te acerques a los objetos de tal manera que te puedan casar con ellos. Tienes que volar”, me dijo. “Tienes que ser una libélula, una mariposa que nadie pueda atrapar”. Y eso fue lo que hice en cada uno de los lugares en los que he estado, aunque haya llegado a una profundidad casi peligrosa, me he ido a tiempo, y he sobrevivido a la condena de dejarme abrazar por la idea de que un escritor, un narrador, un cronista, tiene que transitar siempre en los mismos territorios.

Fotografía: Alejandra López

 

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