Tercer Informe de Gobierno: el discurso del rey

Falto de autocrítica y salpicado de propuestas y promesas disonantes, el Tercer Informe de Gobierno no se trató de rendir cuentas sino de montar, otra vez, un espectáculo indigno de una república.

| Nacional

Lo primero es un deja vú: lo que estoy mirando no es el Tercer Informe de Gobierno de Enrique Peña Nieto sino el final de la película El discurso del rey. Para quien no la conozca (y eso hablaría mal de usted, hipócrita lector, porque será todo lo cursi que quiera pero fue oscarizada y todo), El discurso del rey es una cinta que narra el calvario por el que debió pasar Jorge VI, monarca británico a quien le tocó la mala fortuna de ser contemporáneo de Hitler, y un sujeto tímido, tartamudo y más bien corto de entendederas, para hilar un speech que sirviera para declararle la guerra al Tercer Reich y, de paso, levantar el menguado ánimo de sus súbditos. Luego de los muchos requiebros ya enunciados (es decir, que el material de trabajo era un señor tartamudo, timorato y mensito…), la intervención de un profesor ideático y todo corazón consigue que Jorge cobre confianza y sea capaz de repetir en cadena nacional, por la BBC, el discurso que le escribieron sin meter la pata. No solo eso: lo hace con tal seguridad, emoción y resolución que sus súbditos se conmueven y el Reino Unido entero lo aclama. Aunque el asunto fue poco más que simbólico no faltó, claro, el lambiscón que dijera que ese día comenzó a ganarse la guerra.

No puedo dejar de pensar en la cinta mientras arranca la kermés anual del gobierno mexicano. Imagino que los invitados todos –funcionarios, gobernadores, legisladores, jueces, embajadores– también lo hacen y se reflejan en los viejos cortesanos de Jorge VI, porque reciben al presidente con un aplauso que suena muy ensayado. ¿Por qué aplauden tanto? ¿Por Ayotzinapa, por Tlataya, por la devaluación del peso o por la fuga del Chapo Guzmán? Antes de entrar en materia, y como para darle un coscorrón al chisme de que anda en malos términos con su esposa, el presidente saluda a la Gaviota y la agradece por su “amor incondicional”. Ella, enfocada por las cámaras, sonríe. Adivinó usted: lo mismo pasa en El discurso del rey.

Llega el momento de arrancar y de hacerlo a todo tren. Peña Nieto aprieta los labios, empuña las manos y, luego de reconocer que el último año ha sido difícil, asegura que su gobierno enfrentará los retos “con rumbo y determinación”. Al contrario de la política de comunicación que ha seguido hasta ahora, que ha privilegiado la táctica conocida como “hacerse pato”, esta vez menciona de inicio el caso de Iguala, la fuga “de un penal de alta seguridad” (aunque sigue sin pronunciar la palabra “Chapo”) y las acusaciones de conflictos de interés y corrupción vertidas contra sí mismo, su esposa y varios funcionarios de su equipo, así como las “preocupaciones ciudadanas” por la brutal devaluación del peso y la baja sostenida en los precios del petróleo, que representan el peor descalabro a las finanzas mexicanas en años. Reconoce, pues, que los conflictos existen. Y jura que “se trabaja” en solucionarlos. Lo hace con la convicción discursiva de quien ha pasado largas tardes con un lápiz entre los dientes para modular la voz y no confundir una letra con otra. Puede uno imaginar al profesor de dicción siguiendo sus palabras en las sombras de la tramoya, remarcando cada sílaba con un movimiento de manos como si fuera un director de orquesta.

El Informe de Gobierno ha sido, año con año, un ejercicio que sirve al poder federal para hacernos saber que ya mero se resuelven los grandes problemas nacionales que no se han resuelto desde las épocas del virrey Calleja (representados por la inefable frase: “Nuestros rezagos ancestrales”). El equipo que escribió el discurso del presidente lo sabe y lo remacha: tras la mínima autocrítica del inicio, el texto subsiguiente es una ruta triunfal que vindica las “necesarias” reformas estructurales, las políticas contra la pobreza (tan exitosas que otros dos millones de personas se unieron a la categoría de pobres en lo que va de sexenio), la responsabilidad “permanente” de su gobierno. Termina, luego de un rato de autoalabanzas, con un ataque frontal contra “el populismo” y con la enunciación de la esperanza de que, en un futuro, México será “ejemplo e inspiración mundial”.

En veinte ocasiones, a lo largo de la comparecencia, la voz de Peña Nieto es interrumpida por los aplausos. Porque no, el Informe no se trataba de rendir cuentas precisas sobre la violencia, corrupción e impunidad en las que estamos hasta el cuello, sino de machacar prioridades y prometer todo un batiburrillo de acciones, que involucran a todos los poderes, para “beneficio de la gente”. Incluyendo, claro, una austeridad gubernamental que no se ve por ninguna parte, al menos en el primer trienio del mandato, con sus giras lujosas y sus récords de gasto en publicidad. De lo que se trata, en fin, es de mostrarles a los “compañeros de ruta” de su gobierno, aliados, inversionistas y aplaudidores, que el rey puede hilar un discurso sin tropezar.

Podemos conceder que esa le salió casi bien (hubo gracejadas involuntarias como “la diabetis”, “el petrólio” o “los dilamas” pero nada demasiado terrible). El problema principal, a fin de cuentas, es que algunos seguimos recordando que, para empezar, esto es una república y tenemos sentado en la presidencia a alguien que se comporta y se ve a sí mismo como rey.


(Imagen: Presidencia de la República)

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