Terrorismo en Kenia: El ataque en Garissa

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El pasado 2 de abril, jueves Santo, ocurrió un ataque terrorista en la Universidad de Garissa en el noroeste de Kenia. 147 personas fueron brutalmente masacradas, casi todas estudiantes. Este es uno entre muchos otros ataques perpetrados por el grupo somalí Al-Shabaab en los últimos años; sin duda alguna el más sangriento.

Algo que sorprende sobre este ataque y que ha sido muy comentado, es la aparente falta de solidaridad del público en general con las víctimas. Muchos criticaron la ausencia de leyendas como “yo soy Kenia” para emular al ya tan famoso “Je suis Charlie”. Incluso, se acusó que el reciente avionazo deGermanwings haya suscitado más empatía por tratarse de víctimas occidentales.

En realidad lo verdaderamente preocupante no es la falta de “posts” en Facebook, sino la aparente lentitud e imprecisión con la que algunos medios de comunicación internacionales reportaron el incidente. Con buenas razones, se criticó el hecho de que la información se haya retrasado, aparentemente, a causa de las vacaciones de Semana Santa, apareciendo de forma masiva sólo el lunes de pascua. También se reportaron 500 estudiantes desaparecidos además de los muertos, cuando en realidad, para esa fecha, el resto de los estudiantes que sobrevivieron el ataque ya estaban a salvo. También se emitieron juicios a la ligera subrayando con amarillo la naturaleza religiosa del ataque, pues los terroristas tenían como blanco a los estudiantes cristianos mientras que liberaron a los musulmanes. Nada de esto contribuyó a entender bien lo ocurrido.

En realidad las causas y circunstancias detrás del ataque son mucho más complejas que una guerra entre religiones y, de hecho, resulta, como siempre en estos casos, altamente irresponsable relacionar este tipo de actos con una religión en particular.

Hay que entender que Al Shabaab es un actor político, no homogéneo, que ha buscado por años hacerse del poder en Somalia y establecer un Estado Islámico. Desde el 2007, la Unión Africana estableció AMISOM como misión de paz para apoyar el fin de la guerra civil que comenzó en 1991 y el establecimiento de un gobierno “legítimo” y democrático. Por razones geopolíticas, Kenia comenzó a aportar tropas a AMISOM en Octubre de 2011 y, en consecuencia, al igual que otros países africanos tales como Uganda, se convirtió desde entonces en enemigo y blanco de las represalias de Al Shabaab.

En resumen, mediante repetidos ataques en Kenia, Al Shabaab tiene tres objetivos: busca que el gobierno keniano retire sus tropas de AMISOM, agrandar las divisiones tribales y religiosas en la sociedad keniana, y aumentar sus simpatizantes entre los kenianos musulmanes y de origen somalí.

Es justamente esta última razón la que permite entender por qué el ataque se llevó a cabo en Garissa, pueblo que se encuentra más cerca de la frontera con Somalia que de la capital de Kenia, Nairobi. Siendo este pueblo habitado por una mayoría de kenianos de origen somalí ha sido víctima de múltiples ataques terroristas, de menor envergadura, en la que tanto como cristianos como musulmanes han perecido. Pero también Garissa ha sido desde hace muchos años el escenario de masacres atribuidas al gobierno keniano durante “pesquisas de criminales” en pos de la seguridad nacional.

Es obvio que una organización terrorista como Al Shabaab estaría interesada en blancos simbólicos como lo puede ser una universidad o bien un centro comercial frecuentado por extranjeros. Como en el caso del atentado aWestgate en Nairobi en septiembre de 2013. Al Shabaab sólo comenzó a hacer distinción entre cristianos y musulmanes como sus víctimas a partir de entonces, aunque en realidad, y es fundamental recordarlo, muchos musulmanes también han sido asesinados en sus ataques en Kenia y Somalia.

Desde Westgate, el gobierno keniano ha sido altamente criticado por su incapacidad para prevenir y contener este tipo de ataques. Incluso, en Garissa, se condenó a las fuerzas de seguridad kenianas porque aparentemente actuaron con lentitud injustificada en la tarea de rescatar a los estudiantes. Aunque el gobierno y la sociedad keniana han procurado impedir la polarización de sus comunidades religiosas con discursos de unidad, sus intentos parecen estar fracasando.

La marginalización socioeconómica y las tácticas agresivas de los cuerpos de seguridad kenianos se antojan como un éxito de la estrategia de Al Shabaab. Una estrategia que apunta precisamente a aumentar los antagonismos religiosos, fortalecer una identidad militante, y engrosar sus filas con jóvenes resentidos. Desafortunadamente, no se percibe una solución fácil al problema del terrorismo en Kenia y este tipo de ataques, es probable, continuarán ocurriendo.

A los kenianos y a la comunidad internacional presente en el Este de África les corresponde seguir exigiendo resultados al gobierno de Kenia, para garantizar la seguridad de sus ciudadanos, pero no a costa de una sociedad radicalizada. Al resto del mundo, sin duda alguna, le corresponde continuar las muestras de solidaridad, pero también le toca entender que aumentar la división entre religiones es precisamente el objetivo del aparato propagandístico del terror. No debemos participar de ello.

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