«Todo el espacio es una cadena de privatizaciones». Entrevista a Miguel Fernández de Castro

Desentrañar cómo opera la materialidad de las formas de poder sobre el territorio es la premisa de Caborca, de Miguel Fernández de Castro. Más allá de los decretos y anuncios oficiales, la privatización corroe el territorio de muchas maneras que se observan en su superficie material.

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Miguel Fernández de Castro es uno de los artistas mexicanos que ha destacado en fechas recientes en el panorama internacional. A lo largo de su carrera ha elaborado una geología crítica de los cambios marginales –como desgastes, depósitos y fisuras– que se convirtieron en expresión simbólica de distintos procesos sociales. El cuerpo de su obra artística está conformado por proyectos a largo plazo en los que combina la fotografía, el video, la escultura y la escritura.

Teniendo como excusa su reciente exposición Caborca, inaugurada el pasado mes de mayo en la Nave Generadores del Centro de las Artes en Monterrey, platiqué con Miguel Fernández de Castro a propósito de la investigación que ha llevado a cabo sobre las formas en que la extracción de valor y las relaciones de dominación transforman materialmente el territorio.


Óscar David López (ODL).- Caborca contiene múltiples capas de lectura sobre dos ocupaciones clave que han tomado lugar a la par de la explotación de recursos naturales de esta parte del noroeste de México, el gambuseo y el trasiego. ¿Cuáles son las capas a las que nos da acceso tu obra y cómo las explicas?

Miguel Fernández de Castro (MFDC).- El trabajo presentado en Caborca examina el territorio como un orden fragmentado en dominios simultáneos que se organizan alrededor del desplazamiento de materia y de mercancías. De ahí que decidiera concentrarme en cinco elementos: polvo, cercos, brechas, piedras y montículos. Estos son, en cierta forma, el respaldo y la manifestación material de las políticas y economías de este paisaje. Al mismo tiempo, funcionan como pequeñas fronteras plegadas que muestran y ocultan, en las diversas caras de sus pliegues, formas inusitadas de generar valor.

Aunque detrás de estos elementos hay motivos geográficos –el municipio de Caborca tiene costa en el golfo de California y frontera con Arizona–; geológicos –es una de las regiones auríferas más ricas de Latinoamérica–; y económicas –es una importante región agrícola y también clave en el trasiego de mercancías–, la exposición no es temática: no busco hablar sobre Caborca. En cambio busco pensar, a partir de los elementos que decidí registrar, cómo se manifiestan materialmente las fronteras internas de un territorio en constante cambio y cómo están ligadas a dinámicas de explotación y vaciamiento.

ODL.- ¿Cómo decidiste registrar estas cinco categorías (que particularmente relaciono con cierta parte de tu obra anterior en la que la huella o la ralladura en el desierto tenía un peso de suma importancia)?

MFDC.- Todos los videos de la exposición son de naturaleza fragmentaria, sus planos son evasivos: apenas sugieren algo, son reemplazados por otros. Un coyote que deambula en los alrededores de una mina va seguido de un drone volando en una humareda, o de una mano que dibuja un mapa sobre la tierra. Una pista clandestina de aterrizaje bloqueada con piedras deja lugar a una montaña de escoria minera. Estos fragmentos intermitentes son también una reflexión sobre la condición elusiva de ciertas mercancías y los dominios por los que circulan. En los lugares donde fueron grabados los videos, las mercancías huyen de la vista, se ocultan. No solo ocurre con la mercancía ilegal, epítome de lo oculto, sino también con los minerales extraídos. El oro es trasladado en forma líquida o en piedras sin procesar. Los gambusinos extraen granos de oro que apenas miden milímetros. En suma, aquí la mercancía en desplazamiento se oculta, a diferencia del capitalismo clásico en el que la mercancía es lo primero que se muestra.

Un punto de convergencia en el paisaje es el polvo. La minería y el trasiego, al igual que las fuerzas geológicas, interactúan con el polvo como origen y destino, si bien en tiempos distintos. El polvo aquí no es una representación que busque acumular, desplazar o sustituir significados sino algo mucho más material, algo más cercano a la diálisis –en su sentido etimológico de descomposición, separación o fragmentación– que a la metáfora. Los videos fragmentarios no presentan un desarrollo temporal narrativo y tienden a lo erosivo y a la criba: una desintegración espacial y discursiva que apela al contrasentido y se aleja de la pretensión de contar una historia.

ODL.- ¿Qué fue lo que encontraste (de manera palpable, perenne o permanente) durante el tiempo que pasaste haciendo este control visual del territorio?

MFDC.- Que la totalidad del territorio está privatizado. Ya sea por la industria extractiva, un propietario particular, o milicias que controlan el acceso a caminos y regiones, todo el espacio es una cadena de privatizaciones que funcionan de manera simultánea. Las fronteras plegadas que comenté al principio, aquí se despliegan para ser depositarias de múltiples dueños y labores: un pedazo de tierra contiene mineral, pero también puede ser ruta de trasiego; el migrante que es cruzado por un pollero también puede ser utilizado para cargar droga; el gambusino que encuentra chispas de oro puede ser a la vez punto (halcón) de una milicia. Este traslape entre lo ilegal y lo legal genera una especie de beneficiarios pasivos del sometimiento territorial, una clase política y empresarial que se nutre del conflicto.


ODL.- Claro, todas esas realidades están presentes en Caborca. Más allá del aspecto formal de la edición, cada video como fragmento combinado funciona a modo de una ranura por la cual podemos ver tanto el desplazamiento como la ubicuidad de la materia en múltiples formas. Sin embargo, cuando veo los videos, una duda resuena cada vez más en mi cabeza, ¿y estas personas? ¿Qué sucede con ellas? ¿Cuál fue el trato para poder acceder a sus espacios?

MFDC.- La cuestión del acceso a un espacio no me interesa analizarla a partir del ‘cómo entré’ ahí o ‘cómo logré grabar’ tal o cual cosa. Lo que me interesa es restituir la lectura política y económica de un paisaje. Con esto me refiero a algo muy preciso: la existencia de un paisaje sometido es posible gracias a la colaboración entre mafias políticas legales e ilegales que cuentan con el respaldo, pasivo o activo, del Estado.

 

ODL.- Me imagino que estas intermitentes ocupaciones territoriales, tanto de los gambusinos como de grupos de narcotraficantes, han chocado irremediablemente con los asentamientos originarios de quienes no solo habitaban la región, sino también con quienes trabajan dichas tierras, crían animales y hacen otras labores propias del lugar. Según tu mirada, ¿en qué consiste esta narración?, ¿y cómo la vinculas con lo que estamos viviendo en el resto del país y del mundo?

MFDC.- Es complicado definir lo que es ‘propio del lugar’. El despojo sí ha reconfigurado las formas de propiedad de la tierra y las formas de trabajarla en muchas regiones de México. Sin embargo, esa violencia ha tendido a indultar a las clases adineradas y la propiedad en general. La parte más densa de la violencia del despojo ha recaído sobre los más vulnerables. La explotación extractiva parasita núcleos de personas que no pueden ejercer ningún poder político de forma inmediata.

Un caso importante es el de los tohono o’odham, habitantes originarios de la región fronteriza entre Sonora y Arizona. Su territorio ancestral fue dividido con el tratado de Guadalupe-Hidalgo y fragmentado por expropiaciones del lado mexicano y el establecimiento de las reservaciones en Arizona. Actualmente y desde hace años, los pequeños pueblos tohono en Sonora han quedado en medio de una embestida triple que pulveriza lo que de por sí ya fue erosionado: grandes terratenientes que acaparan las tierras y el agua, grupos de sicarios que asolan sus comunidades y, por supuesto, la indiferencia activa del Estado mexicano. Tres poderes que, como sabemos, se alimentan entre sí. Por otro lado, los tohono en Arizona persisten en medio de la ficción de nación que aparentemente les otorga tener una reservación, pero sin soberanía efectiva.

La geometrización política y económica no fue otra cosa sino llana colonización. La retícula de dinamita que la minera extiende para hacer un tajo sobre una superficie irregular me parece una imagen que condensa muy bien el significado de la geometrización como forma de poder.

 

ODL.- Las imágenes que encontramos en tu exposición hablan tanto del nivel de capitalismo que adquirió la guerra contra las drogas como del sistema de terror que actualmente vivimos en México, ¿en qué consisten estos traslapes de soberanías?

MFDC.- Para mí es importante ver las imágenes como pretexto para pensar críticamente un territorio y un lenguaje específicos. Como comenté anteriormente, las imágenes de la exposición no son acerca de Caborca o acerca de la minería, no son sobre el trasiego o sobre la piedra. Las imágenes intentan pensar cómo estos conceptos y su materialidad nos pueden ayudar a desentrañar las formas de poder que actúan sobre una superficie. Solo cuando entendemos lo que sucede en Caborca como algo materialmente anclado a ese lugar, podemos después usarlo para pensar otras realidades igualmente complejas.

Creo que muchos de los abordajes críticos, desde la literatura a las artes, sobre la violencia en México, generalizan el acontecimiento en aras de alcanzar un argumento totalizante y ocultan, así, lo específico del territorio. Esto lleva a hacer definiciones simplistas como «los cárteles gobiernan el país» o, por el contrario, «los cárteles no existen, es el gobierno quien controla todo». Ambas son falacias efectistas que apelan al espectáculo de la declaración pseudoatrevida y ocultan la dimensión estructural del problema. En realidad, solo estamos en posibilidad de aprehender un acontecimiento cuando hemos atendido la especificidad de un lugar prestando atención a rasgos mínimos que en su conjunto dibujan un panorama mucho más complejo. Para mi investigación es irrelevante si un cártel existe o no. Por el contrario, es importante ver cómo coexisten en un mismo tiempo y espacio distintas formas de poder que, como lo ha sistematizado la antropóloga Natalia Mendoza, generan traslapes de soberanías. Ha investigado, por ejemplo, cómo en la línea internacional entre Sonora y Arizona existen diversos regímenes de control territorial en los que un mismo cerco puede estar simultáneamente señalando el límite de un país, de una propiedad privada o de una reservación indígena. Más aún, ese mismo segmento de cerco, en el régimen no menos codificado que organiza las economías ilegales, es propiedad de una milicia que se arroga el control exclusivo del tráfico de personas y mercancías por ese espacio.

ODL.- Particularmente me parece que la construcción del muro entre México y Estados Unidos representa una gran farsa para que la reforma energética se mantenga fuera de la mirada de los mexicanos, una reforma que ha incrementado la explotación de territorios ricos no sólo en minerales, como el de Caborca, sino de otros recursos naturales también, como los hidrocarburos y los mantos acuíferos. Para los mexicanos que habitan esta zona del país ¿qué significado tiene el muro?

MFDC.- Considero que el muro fronterizo no es la frontera. La frontera viene de mucho más al sur, se extiende mucho más al norte y ni siquiera tiene límites fijos. La frontera se desplaza y se puede instaurar en cualquier lugar. Se pueden crear fronteras efímeras que regulen cualquier cosa. Al mismo tiempo, el muro material como límite fijo acapara la atención mediática porque es lo más accesible y reconocible como forma visual de lo fronterizo. Es ahí donde yo ubicaría la farsa. Los acuerdos formales e informales que han permitido la apropiación de los recursos naturales, los abusos policiacos, las deportaciones, la negociación comercial del TLC, ni siquiera requieren siempre de un lugar específico. Su ubicuidad escapa, por definición, al drama nacionalista del muro como límite. Así, la crítica al racismo y la xenofobia que sostienen el proyecto de ampliar el muro no debe centrarse en el muro mismo sino en las zonas donde las avanzadas de la explotación transnacional se han instalado desde hace tiempo y en los territorios específicos que ya han sido vaciados de todo sentido de lo común.

Imágenes de Caborca, cortesía del artista

Nave Generadores, Centro de las Artes, en Monterrey, 17 de mayo al 29 de junio del 2018

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