Transparencia, secreto y rumor

La falta de transparencia y el vacío de información se complementan con el rumor. ¿Cuáles son las implicaciones políticas de ese espacio de tensión entre lo público y lo secreto?

| Sociedad

I.

“¿Quién es el público y dónde se le encuentra?”, se preguntaba el personaje principal de El Pobrecito Hablador,  una sátira que imaginó Mariano José de Larra hace casi doscientos años: “esa voz público que todos traen en boca”. ¿Qué es o quién es? El ingenuo periodista lo busca por la mañana en las calles y plazas, por la tarde en las fondas y teatros. Toma nota: “el ilustrado público gusta de hablar de lo que no entiende”, “el respetable público se emborracha”. Por la noche no encuentra al revisar sus apuntes a ese público que saludan los publicistas y poetas, “eterno dispensador de la fama […] que no conoce más norma ni más leyes que las del sentido común”. No encuentra a ese público razonador y justo, sino muchos públicos contradictorios (caprichosos, sufridos, impresionables, rutineros, idólatras, desmemoriados) que en suma forman “la fisonomía monstruosa del que llamamos público” –figura deforme, ridícula y grotesca de eso que Jürgen Habermas llamó “esfera pública”. La sátira de Larra es hoy todavía sugerente. No hay un concepto tan decisivo en el lenguaje político contemporáneo como “esa voz público que todos traen en boca”, como sustantivo y como adjetivo.

Las oposiciones abstractas de lo público y lo privado con las que hablamos sobre la política, la ley o la economía, sobre los sentimientos, el cuerpo o los discursos, nunca son simples en la práctica. Los sentidos de lo público que suelen relacionarse a lo común y general –opuesto a lo individual y particular–, lo manifiesto y ostensible –opuesto a lo oculto–, lo abierto y accesible –opuesto a lo cerrado y exclusivo–, se complican en diferentes contextos sociales.[1] ¿Qué es lo público y cómo y dónde se le encuentra? Esta pregunta sin duda es considerable para México tras décadas de privatizaciones y reconfiguraciones del espacio público. Me interesa aquí una derivación problemática de los sentidos de lo público: la publicidad y el secreto en política, la transparencia y esa zona que rodea todo secreto, el rumor.


II.

Aunque desde luego no intento otro “elogio de las sombras” –criticado ya por Humberto Beck–, creo sin embargo que el secreto es vital. Según Georg Simmel, es una potenciación de la vida porque posibilita la formación de otro mundo diferente al visible y que este nuevo mundo esté, a la vez, condicionado por aquel. Es una fuerza diferenciadora que abre distancias y jerarquías,[2] pero siempre amenazada por la fascinación que ejerce –su atractivo casi mágico– y por los sentimientos ambivalentes que produce: la obligación de guardarlo para unos, el temor o el deseo de descubrirlo para otros; produce siempre una cierta sensación de peligro moral por el riesgo de la traición, por el sentido del ridículo, por el escándalo.

El secreto tiene una estructura temporal. La revelación es su límite; romper este límite, la aureola de misterio que envuelve al secreto, puede ser equiparable al sacrilegio, a una profanación o a la transgresión de los tabús. Es un límite siempre vulnerable: las paredes oyen. El secreto a voces pone en circulación un saber separado del conocimiento común, antes reservado, oculto, sustraído a la mirada, guardado por interdicciones, silencios, represiones, pudores, resistencias, sacrificios, trucos, enigmas. Estos límites cobran cierta intensidad en política.

El secreto, para Elías Canetti, está en el centro mismo del poder.[3] En un sentido instrumental, técnico, como medio que pretende fines políticos, es innegable su importancia –lo que sorprende, decía Hannah Arendt, es su ausencia como tema de reflexión en nuestra tradición de pensamiento filosófico y político.[4] Para Reinhart Koselleck es un fenómeno “metahistórico” que estructura, en su oposición a lo público y la publicidad, las condiciones de todas las historias posibles.[5] Desde la Ciropedia hasta, digamos, El Político de Azorín, la literatura de los espejos de príncipes insistió en la importancia del secreto como un recurso necesario del mando, la dominación y el imperio.

Los arcanos políticos, acaso derivados de los “misterios” de teólogos y juristas medievales,[6] fueron sistematizados técnicamente en las obras sobre la “razón de Estado” para uso de príncipes, consejeros y ministros.[7] Para uso de cortesanos se tematizó un álgebra del ocultamiento en libritos sobre la “discreción” –Gracián en su Oráculo manual y arte de prudencia (1647), Acceto en Della dissimulazione onesta (1641), etc. Esta tratadística del secreto se enfrentó en los últimos tres siglos con las exigencias morales y jurídicas de una mayor publicidad –contra la política principesca y de gabinete, contra las intrigas cortesanas, contra la arbitrariedad burocrática–, una publicidad que torna visibles las decisiones que afectan los asuntos públicos, para discutirlas en el parlamento, limitar y racionalizar el ejercicio del poder, criticarlo en la prensa, evitar la apropiación privada de los recursos públicos, exigir la rendición de cuentas, etcétera. Estas exigencias, con sus efectos liberales y democráticos, continúan su trayectoria durante las últimas décadas en las demandas de transparencia.[8]

Con la trayectoria histórica de la transparencia se torna público lo que antes era secreto, se institucionalizan procedimientos y operaciones que ponen al Estado ante los ojos –invirtiendo la mirada en la imagen del Leviatán hobbesiano–, al tiempo que se reproducen nuevos espacios secretos para la acción política. Publicidad y secreto se reconfiguran continuamente en la práctica: se ajustan como los lentes de un mecanismo óptico que amplifica y acerca las cosas públicas, las reduce y aleja –y, cuando no, puede ser una mera ilusión, un juego de espejos y sombras. La transparencia, como todo instrumento técnico, no es para nada neutral: puede funcionar para el político como el anillo de Giges o el yelmo de Hades que menciona Platón en su República,[9] un artilugio que torna invisible, translúcido, a quien lo usa, como la capa de Harry Potter; o puede funcionar como el arma más poderosa de un público atento, vigilante, genuina bola de cristal en manos del ciudadano, un panóptico para uso de la sociedad civil.

Pero la transparencia no elimina el secreto. Intensifica el juego de los ocultamientos y las revelaciones, lo que se sustrae de la mirada, lo visto y no visto, lo que no queremos ver pero sabemos que ahí está, a la vista, la miopía selectiva y la ceguera activa –eso que Taussig llama el “secreto público”–,[10] lo real y sus dobles, el fantasma de la duplicación –magnifica esa periferia pública del secreto: el rumor.


III.

En el lenguaje político mexicano lo secreto es aquello que se hace en “lo oscurito”. Esta expresión, con su connotación erótica, es desde luego irónica: el diminutivo la aleja del horror para aproximarla a la picaresca canalla, delincuencial, al chiste picante, obsceno, y a la fábula –en México al político suele llamársele “grillo”, insecto de hábitos nocturnos, saltarín y ruidoso. Todo es diferente en lo “oscurito”: la expresión denota el espacio discreto, mal iluminado, un poco sucio y de alguna manera contaminado por la corrupción, donde los políticos negocian, pactan, deciden de espaldas al público. Es el espacio inescrutable, no manifiesto, de lo invisible, lo inespecífico, tras las bambalinas del espectáculo de la política mexicana.

La transparencia no elimina necesariamente “lo oscurito” en México (y tampoco sus formas equivalentes en el mundo), sino que en todo caso lo transforma, lo reconfigura. Para apreciar esto es interesante introducir un tercer elemento en la oposición entre publicidad y secreto en política:[11] el rumor. La falta de transparencia, el vacío de información por malicia, torpeza o ignorancia, interpretado como secreto, suele ser llenado por el rumor: la matanza de Tlatlaya, la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, el conflicto de intereses en la “Casa Blanca” de la primera dama, la fuga de “El Chapo Guzmán”, etcétera. El escándalo político en México no es la revelación de un secreto, sino la confirmación de un rumor.

Los rumores son narrativas producto de situaciones ambiguas, inciertas, hipótesis explicativas o interpretaciones infundadas pero creíbles para quienes las comparten: mantienen cierta verosimilitud en su transmisión difusa, continuamente (re)elaborada, siempre anónima, que se acopla a otros decires –chismes, murmuraciones–, con los afectos del espacio social en que circulan, el sentir común –esperanzas, anhelos y miedos en el horizonte de expectativas. Historiadores y antropólogos han descrito al rumor como arma de resistencia o como instrumento de dominación. Ovidio lo imaginó en el centro del mundo (Metamorfosis, XII). “El rumor –escribió Shakespeare en el prólogo de The Second Part of King Henry IV– es una flauta donde soplan las sospechas, los recelos, las conjeturas, y tan sencilla y fácil de tocar, que ese monstruo sin arte, de cabezas innúmeras, la multitud eternamente discordante y bullidora, puede hacerla resonar.”

¿Este monstruo policéfalo no será de casualidad el mismo que encontró El Pobrecito Hablador? El rumor, como un tercer elemento en la oposición entre publicidad y secreto político, tiene un extremo en las teorías paranoicas y conspirativas, algunas tremendas, de gran profundidad humorística, y otras que nos transportan al mundo de la magia con signos ominosos de fuerzas y poderes ocultos.[12] Las especulaciones del rumor forman parte de un imaginario político en el cual los límites entre lo real y lo irreal, la verdad y la mentira, son ya indiscernibles; con efectos prácticos, forman parte de las memorias y creencias políticas –y esto es lo decisivo para nuestra desfigurada esfera pública en México, porque ¿qué es esa musiquilla que toca la flauta del rumor? Es un mismo tema con variaciones que se repite al fondo de toda conversación, en bajo continuo o con sordina, solemne y burlón: es la desconfianza inalterable, rotunda, decidida en los políticos y las instituciones públicas, en su cínica transparencia.


Notas y referencias

[1] Sobre esos tres sentidos de lo público: Nora Rabotnikof: En busca de un lugar común. El espacio público en la teoría política contemporánea, México: UNAM, 2005; para el problema de las complicaciones contextuales: Michael Warner, “Public and Private”, Publics and Counterpublics, Nueva York: Zone Books, 2005, pp. 21- 63 (hay una traducción en Público, públicos, contrapúblicos, México: FCE, 2012).

[2] Georg Simmel, El secreto y las sociedades secretas, Madrid: Sequitur, 2010.

[3] Elias Canetti, Masa y poder. Obra completa I, Barcelona: Random House Mondadori, 2005, p. 430.

[4] “La mentira en política”, Crisis de la República, Madrid: Taurus, 1999, pp. 12-13.

[5] “Histórica y hermenéutica”,  en Koselleck y Hans-Georg Gadamer, Historia y hermenéutica, Barcelona: Paidós, 2002, pp. 78- 81.

[6] Ernst Kantorowicz se refiere a los misterium iustitiae, ministerium iustitiae, sacratissimum ministerium iustitiae. Véase su estudio sobre los  “Secretos de Estado (un concepto absolutista y sus tardíos orígenes medievales)”, Revista de estudios políticos, número 104, marzo/abril 1959, pp. 37- 70.

[7] Definitivamente por Clapmarius en De arcanis rerum publicarum (1605), Naudé en sus Considerátions politiques sur les coups d’État (1639), etcétera.

[8] Y estas demandas, a su vez, se enfrentan con las críticas contra el parlamentarismo y las justificaciones históricas de la dictadura, por ejemplo Carl Schmitt, La dictadura. Desde los comienzos del pensamiento moderno de la soberanía hasta la lucha de clases (1921), y Sobre el parlamentarismo (1923).

[9] II, 359c y ss.; X, 612b y ss.

[10] Michael Taussig, Desfiguraciones. El secreto público y la labor de lo negativo, Madrid: Fineo, 2010.

[11]  Un tercer elemento que le daría cierta concreción empírica, como sugiere Andrea Ballestero: “Transparency in Triads”, en la introducción de la serie sobre transparencia de PoLAR. Poltical and Legal Anthropology Review, vol. 35, núm. 2, noviembre 2012, pp. 160- 166.

[12] En relación a la transparencia, véase la colección de  Harry G. West y Todd Sanders (eds.), Transparency and Conspiracy. Ethnographies of Suspicion in the New World Order, Durham: Duke UP, 2003. En México circulan también las historias populares del recurso de las élites a la brujería.


(Foto: cortesía de Juanedc.com.)

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