Tras los pasos de la India María

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El fallecimiento de María Elena Velasco detonó un moderado debate en torno a su creación más famosa, la India María. Se habló de racismo y clasismo en dos direcciones: lo mismo se dijo que la India funcionó para evidenciar problemáticas sociales como que Velasco usó los estereotipos para una exitosa explotación de la imagen indígena. Ambas ideas encuentran su intersección allí donde importa: en las películas protagonizadas por el personaje –y, a veces, también escritas y dirigidas por Velasco. Con eso en mente, la siguiente revisión de tres de las películas más conocidas de la India María.


¡Pobre, pero honrada! (Fernando Cortés, 1973)

Si alguien quisiera demostrar que el personaje de Velasco es una caricaturización –por momentos rayana en lo infame– de lo que se entiende por “indígena” en el imaginario colectivo mexicano, esta película bien podría servirle de irrefutable prueba. Aquí, la India María vive en una cueva (!) en compañía de un burro llamado Filemón. De las paredes de la cueva brota agua, agua con la que María prepara un brebaje de propiedades curativas que le salva la vida al agonizante Don Abundio, terrateniente del pueblo. Abundio, coludido con dos estafadores, tomará control de la cueva a fin de comercializar el manantial –e, invariablemente, convertirlo en una atracción turística.

El personaje de María presenta unos rasgos acaso indignantes: su ingenuidad colinda con la idiotez; profesa un catolicismo enardecido que la ciega ante la posibilidad de ser timada (un botón: María acepta sin mucho problema que su apendicitis mute en embarazo divino, convirtiéndola en una especie de paráfrasis de la Virgen María por un buen tramo de la película); su presunta humildad la lleva a rechazar sueldos, dádivas y cualquier cosa que se entienda por beneficio económico: ella lo que quiere es quedarse a vivir en su cueva, obteniendo lo necesario “ai nomás para ir saliendo”. Al final –perdonarán elspoiler–, y después de una alocada persecución como de Buster Keaton en drogas de procedencia dudosa, la India María, después de ser sucesivamente estafada y humillada públicamente para beneplácito del pueblo y el espectador, vuelve a su humilde cueva, acompañada de su burro, dispuesta a servir al Señor por los siglos de los siglos. Amén.


Las delicias del poder (Iván Lipkies, 1999)

En enero de 1999, mientras México se balanceaba al borde de la transición electoral, Iván Lipkies, hijo de María Elena Velasco, dirigió esta película, la última antes del hiato de quince años en el que entró el personaje. En Las delicias del poder, trasunto poco disimulado de El príncipe y el mendigo, María es la gemela idéntica de Lorena Barriga, candidata a la presidencia por el Partido Único Femenino –ajá: PUF–, facción escindida del Partido Auténtico de Machos, órgano centralizador del poder. Lorena sufre un accidente en una fábrica de cohetes que la deja incapacitada para competir por la grande, y su padre y unos asesores buscarán a la gemela perdida en San Filemón el Grande. Su objetivo será, naturalmente, hacerla pasar por Lorena en lo que dura la recuperación, con todo lo que eso conlleva: un proceso de “civilización” para María (que, entre otras cosas, apesta, porque no se baña más que los domingos), a fin de igualarla a Lorena, que toca el piano, se graduó de Harvard y gusta de la música clásica.

La trama, como resulta evidente tan solo de leerla, nació desgastada, pero es interesante su crítica, aún tibia y temerosa, a las malas mañas de la incipiente democracia mexicana –apenas diez meses después, una película mucho más aguerrida de temática similar estrenaría en los cines: La ley de Herodes, de Luis Estrada. Allí están las parodias del Partido Oficial, los remedos de los pomposos gestos, la demagogia grabada en el ADN de los políticos nacionales, y allí están, también, las bromas a costa del reparto de tierras (resulta tantito incómodo que esta cinta se haya concebido después del levantamiento del EZLN), de los indígenas como una minoría cuya única posibilidad de convivencia es a través de la servidumbre. En este sentido viene a la mente lo dicho por Carlos Monsiváis respecto a la obra de María Elena Velasco: “En el caso de la India María, […], su punto de partida es el humor racista y su breve nulificación. La India María no es un producto de la observación de las migraciones y de las indias mazahuas, viene del teatro frívolo en donde la risa fácil se obtiene imitando la preocupación afanosa del lenguaje por parte de los indios, y en donde, también, los ‘inditos’ se burlan de quienes los observan con paternalismo.”[1]


La hija de Moctezuma (Iván Lipkies, 2014)

La última película de la India María se estrenó en circunstancias desfavorables: filmada en 2011, no llegó a salas sino hasta tres años más tarde, después de ser ignorada por más de una distribuidora; además, habían pasado ya quince años desde la última película del personaje, Las delicias del poder. A pesar de esto, La hija de Moctezuma logró buenos números en taquilla: de ese tamaño era el arrastre de la India María, aun con tanto tiempo de por medio entre ambas entregas.

La hija de Moctezuma es un vehículo de lucimiento similar a cintas de aventuras como National Treasure. Su materia es el vínculo entre el emperador Moctezuma y la India María, quien resulta su último descendiente directo; es, también, la summa del trabajo de Velasco con su personaje. El pasado prehispánico deviene aquí atracción turística, parque de diversiones para el público nacional. Es, probablemente por sus aires de despedida, la película más autoconsciente del personaje, con todas sus respectivas constantes: está la bondad del nativo –el buen salvaje– frente a la voracidad del extranjero –en este caso, un explorador español, por lo que la metáfora de la Conquista está apenas disimulada– y la capacidad del político para traicionar a su propio pueblo. Como en muchos otros casos de cómicos nacionales clásicos –Chespirito, Cantinflas, Capulina–, la virtud del personaje de Velasco fue alcanzar una nota y, una vez a salvo, estacionarse allí un buen rato: en más de una ocasión, este rato se prolonga por toda una vida.


A manera de conclusión

Habría que hacer una distinción. Aunque el personaje de Velasco tiene fincadas sus raíces en el humor de la discriminación, sus películas tienen cierto mérito al intentar lanzar críticas –si bien incipientes, tímidas incluso– a algunos aspectos de la realidad nacional. Además, y esto es vital a la hora de revalorar su trabajo, Velasco logró algo que muy pocas mujeres de la industria conseguían en aquellos años e incluso ahora: lo mismo actuó que escribió que dirigió. Esto, en un panorama dirigido mayormente por hombres, no es poca cosa.

Para entender la clave de este humor habría que referirnos lo mismo al teatro de variedades mexicano, tan dado a la discriminación de las minorías –en el que hizo su primera aparición la India María, un contexto muy parecido al de las carpas en las que Cantinflas debutó treinta años antes– que al minstrel showestadounidense, cuna de origen de otro estereotipo discriminatorio de ánimo cómico, el blackface. La diferencia estriba en que el blackface fue paulatinamente eliminado durante años, llegando a su casi total desaparición gracias al movimiento de derechos civiles norteamericano, en la década de 1960, mientras que las representaciones de la India María continuaron hasta su última película, estrenada el año pasado.

No solo eso: la comedia de la discriminación en México trasladó su objetivo del indígena al naco citadino, habitante perpetuo de las vecindades de la televisión abierta nacional. Basta echar un vistazo al trabajo de gente como Eugenio Derbez, Adrián Uribe y Eduardo España, entre otros, para encontrar ecos de esas prácticas: los objetos de la mofa son pobres, sucios, ignorantes, perezosos, pero de buen corazón, nobles y desinteresados. Los recientes decesos de comediantes como Roberto Gómez Bolaños y María Elena Velasco, idealmente, deberían servirnos como puntos de inflexión para analizar por qué existe tanta comedia mexicana contemporánea que parece haber sido creada hace más de cincuenta años.


Nota

[1] “La Santa Madrecita Abnegada: la que amó al cine mexicano antes de conocerlo”. Debate Feminista, año 15. vol. 30, cctubre de 2004. Disponible aquí.

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