Trump en México: una diplomacia falaz

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Desde el martes en la noche he tratado de entender la lógica detrás de la invitación a Trump. Es una regla importante para quien pretenda entender cualquier tipo de evento político o histórico: tratar de entender la racionalidad detrás de las acciones, incluso –o sobre todo– de aquellos personajes con los que diferimos. El atajo de acusar irracionalidad de inmediato suele ser una mala receta. Pero no recuerdo una sola vez en que esta tarea me hubiera resultado tan difícil. Al menos parece que no estoy solo en mi incapacidad para entender su lógica –si no, pregúntenle a la revista Slate. De hecho, pregúntenle a toda la prensa internacional que no cuenta con las lumbreras del Excélsior para entender la sofisticada lógica detrás de la invitación a Trump. El martes en la noche no faltó el defensor en Twitter que argumentó razones de Estado que “no todos entendemos” o el funcionario de presidencia que mandó a sus interlocutores a “ponerse a estudiar”, porque, claro, la única razón para no estar de acuerdo es la ignorancia. Todos estos tuits desgraciadamente ya han sido borrados ¡y con la falta que nos hacen sus luces! Afortunadamente después vinieron los funcionarios y los dirigentes del PRI a aclararnos a todos nosotros el tamaño de nuestra ignorancia: se trata de un posible presidente de Estados Unidos y es importante cuidar la relación con los vecinos y hay que defender a nuestros connacionales.

Pero mi ignorancia es terca. En mi ignorancia, me parece que sería conveniente diferenciar entre posible y probable: en estos días no es tan difícil hacer un recuento basado en encuestas estatales sobre el estado de las preferencias americanas y sobre cuál puede ser la conformación del colegio electoral. Hasta donde sé, el invitado del presidente tiene un escenario muy complicado. Es posible, pero no es probable, que sea presidente. Y si tiene pocas posibilidades, ¿por qué ayudarle? Porque, disculpen mi ignorancia, le ayudaron. De forma marginal, pero lo de ayer ayudó a la moribunda campaña de Trump. Supongo que nadie en presidencia notó que Trump usaría esto para limpiar su imagen, verse presidenciable, tener fotos de estadista. Ayer en México, el gobierno federal le dio credibilidad a un candidato prácticamente derrotado. Lo cual, a lo mejor no estaría mal si se tratara del candidato que más nos conviene. Pero resulta que se trata del candidato más explícitamente antimexicano desde James Polk. ¿Es esto una estrategia responsable? No, en el mejor de los casos es la expresión de una brutal ingenuidad política.

Pero, ah, claro, la relación. Hay dos posibilidades, una más probable que otra, pero dos al fin: que el 8 de noviembre gane o Hillary Clinton o Donald Trump. ¿En qué nos ayuda lo de ayer ante cualquiera de esos dos escenarios? Ayer se perdió poder de negociación frente a cualquiera de las dos fatalidades. Entre otras cosas, la imagen de nuestro gobierno alrededor del mundo, por no hablar del nivel interno, se volvió completamente indigna. Y aquí el problema: en política, particularmente en política exterior, la dignidad sí importa. ¿En serio creen que nuestra posición negociadora frente al gobierno actual o el próximo, gane quien gane, está mejor hoy que hace dos días? La relación es importante, pero las relaciones no se tienen solo por tenerlas: en mi ignorancia onda TVNotas, aprendí que lo importante es lo que uno puede hacer con esa relación. Someterse con tal de tener una relación no me parece la mejor idea.

Finalmente, no puedo estar más de acuerdo: hay que proteger a los mexicanos estén donde estén. Ayer después de su productiva reunión con Peña Nieto, Trump dio en Arizona uno de los discursos más antiinmigrantes que haya pronunciado un candidato presidencial en Estados Unidos. Supremacistas blancos abiertos festejaron el discurso de Trump en Twitter. Supongo que cuando los migrantes mexicanos en Arizona, acosados por supremacistas blancos armados, vieron las fotos del encuentro con Peña Nieto se sintieron muy protegidos. Supongo, porque en mi ignorancia no queda más que suponer.

La política exterior también requiere, entre otras cosas, prudencia. Esa era la única razón por la que los presidentes mexicanos, con algunas mínimas excepciones, no solían reunirse personalmente con candidatos presidenciales en Estados Unidos: porque no es necesario y porque los riesgos son altos. No es necesario porque la relación México-Estados Unidos tiene un alto nivel de institucionalización y los contactos del gobierno al interior de ambos partidos suelen ser suficientes para siempre tener canales de comunicación abiertos. Solo por la remota posibilidad de que Trump gane, el gobierno mexicano debería estar acudiendo a esos contactos, pero no había ninguna necesidad de invitarlo. Los riesgos son altos porque México puede terminar siendo rehén de la disputa electoral en Estados Unidos y eso no puede ser conveniente para nuestros intereses. No importa si se invitó a Hillary también, Trump va a explotar las fotos y el hecho de haber tenido esa reunión como mejor convenga a su campaña; ya lo hizo ayer en la noche y la campaña de Hillary va a responder seguramente minimizando la importancia de visitar México. Hillary, sépanlo bien, no va a venir. Fue una imprudencia, una ocurrencia irresponsable.

Cuando Lincoln ganó la Presidencia en 1860, Juárez ordenó a Matías Romero llevar un mensaje al presidente electo a Illinois, pero la orden incluía instrucciones precisas: Matías Romero debía evitar que se supiera hacia dónde se dirigía y con qué fin para evitar ofender al gobierno en turno. Juárez y Romero, operando en una relación infinitamente menos institucionalizada que la que tenemos hoy, tenían muy claro que los intereses de México estaban del lado de Lincoln y no de los supremacistas blancos del sur e, incluso así, al país no le convenía ofenderlos. Prudencia. Lo que hizo ayer Peña Nieto, sin hipérbole, fue justamente darle oxígeno a la campaña de esos mismos supremacistas. Lo de ayer fue un error, por más que se quiera decir lo contrario, lo de ayer fue un anti-Juárez.

(Foto: cortesía de Gage Skidmore.)

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