Un secuestro inevitable

El periodista colombiano Juan Diego Restrepo nos habla sobre cómo hacer una cobertura sobre violencia y los riesgos de que todo salga mal.

| Amenaza y violencia. Muerte de periodistas

Un secuestro inevitable

El 16 de mayo de 2015 cuatro hombres armados con pistolas, no mayores de 22 años y vestidos de civil, me retuvieron en el pequeño casco urbano del municipio de Hacarí, en el nororiente de Colombia, una región donde el Estado no tiene el control del territorio y proliferan grupos armados ilegales que se lucran de toda la cadena del narcotráfico, desde la siembra de la hoja hasta su exportación.  Querían saber quién era yo y qué estaba haciendo en ese lugar. Saqué mi carnet de prensa y mi identificación y les contesté con calma que había llegado ahí en busca de historias para publicar en el portal VerdadAbierta.com, que actualmente dirijo. Fue el primero de tres interrogatorios.

En Hacarí, los agentes de policía no salen de la estación y solo se les ve de manera esporádica a través de gruesas ventanas reforzadas en acero. Les temen a los francotiradores que están apostados en las montañas y que integran una estructura armada irregular que se conoce como el Frente Libardo Mora Toro del Ejército Popular de Liberación (EPL), al que las autoridades no le dan el estatus de grupo insurgente. Esta célula surgió en febrero de 1991 tras negarse a dejar sus armas y regresar a la vida legal, como sí lo hicieron otros frentes bajo los acuerdos alcanzados con el gobierno colombiano. Los cuatro hombres que me retuvieron pertenecían a esa facción armada disidente.

Viajé al municipio para establecer cómo estaban viviendo las comunidades bajo el control del EPL y cuáles eran sus expectativas frente al proceso de negociación que adelantaba en ese entonces la guerrilla de las FARC en La Habana, Cuba, para buscar una salida política a 53 años de confrontación armada. En el Catatumbo, la región a la que pertenece Hacarí, este grupo insurgente también tenía presencia y era importante saber de voz de los pobladores qué pensaban al respecto.

Para llegar a pueblos como este, bajo total control del EPL, así como a muchos otros lugares en Colombia dominados por otros grupos ilegales, es necesario enviar mensajes días antes a las autoridades locales. También a quienes están cerca de esas estructuras armadas. Es una forma de minimizar riesgos.

Seguí con rigor esa estrategia. De mi presencia sabían varios funcionarios de la alcaldía y también un hombre cercano al EPL con el que venía hablando a través del WhatsApp desde hacía dos días y quien, supuestamente, me ayudaría en mi trabajo periodístico, dando a conocer mi visita entre los hombres que controlaban Hacarí. Sin embargo, todo falló. Los riesgos se pueden minimizar, pero nunca desaparecen.

Cuando llegué a la plaza del pueblo a eso de las 11 de la mañana, luego de tres horas de viaje, nadie contestó sus teléfonos móviles. Empecé a sentirme observado. Sabía que si nadie me atendía con prontitud mi situación se complicaría. Había llegado con dos colegas que me había encontrado por casualidad, pero por aquel entonces ya se habían ido a hacer sus tareas. Me senté, solo, en una de las bancas de la pequeña plaza y seguí marcando, compulsivamente ya, cuanto número de móvil había guardado. Pero nadie contestaba.

Al tratar de buscar soluciones, noté que en un pequeño coliseo cercano había una reunión de campesinos y fui hasta allá a buscar a sus dirigentes. Quería hablar con ellos para mi trabajo y, a la vez, resguardarme de aquellos que observaban mis movimientos.

Pero esa solución empeoró mi situación. La reunión era una actividad de una organización de la región llamada Asociación Campesina del Catatumbo (ASCAMCAT). Al presentarme ante uno de sus líderes y explicar que era periodista de VerdadAbierta.com, reaccionó de manera agresiva y me increpó por un artículo periodístico que habíamos publicado en nuestro portal dos meses atrás que describía el férreo poder que la guerrilla de las FARC tenía desplegado en el Catatumbo.

Después de mucho discutir en público, me dijo que tenía que esperar y me senté en unas gradas del coliseo, confiado en que más tarde me daría alguna declaración o le permitiría hablar a los campesinos. Pero ni lo uno ni lo otro sucedió. Transcurrió por lo menos una hora. Volví a marcar a los números de los móviles de mis contactos y no hubo respuesta alguna. Parecían apagados. El ambiente se estaba enrareciendo más.

Entonces sonó mi celular. Era una de las colegas que me invitaba a almorzar. Caminé hasta el lugar que me indicó, un pequeño restaurante cercano a la estación de policía. Allí estaba ella con la otra colega que la acompañaba y un periodista local. No hablábamos mucho porque teníamos miedo a ser escuchados.

Estando allí llegaron los cuatro hombres jóvenes y me hicieron señas desde la calle para que saliera. Me levanté con algo de aprehensión y recuerdo ahora que en ese momento alcancé a pensar que era mi fuente del EPL que venía a presentarse. Pero me equivoqué. Ellos no sabían nada de ese contacto. Después de varios minutos de conversación, uno de ellos, el que parecía el jefe, dijo que me tenía que ir con ellos para que hablara con los ‘comandantes’. Calculé rápidamente qué debía hacer y les pedí el favor que me dejaran hablar con una de las colegas. Aceptaron. Regresé al restaurante y le dije que si no llegaba en dos horas llamara a mi jefe a Bogotá y explicara en qué situación estaba.

Me quitaron mis documentos y me subí en una motocicleta conducida por un muchacho de no más de 18 años de edad. Salimos del pueblo por un camino veredal en malas condiciones. Minutos más tarde paramos en una casa a la vera del camino donde, recuerdo, había una trajinada mesa de billar. Del lugar salieron varios hombres vestidos de camuflado y otros de civil, portando fusiles Galil nuevos. En medio de la carretera comenzó de nuevo otro interrogatorio sobre mi presencia en la región y qué pretendía. Luego de un intercambio de palabras, les dieron la orden a los de las motocicletas que “me llevaran más abajo”. A mis espaldas iba quedando el casco urbano de Hacarí y frente a mí se desplegaban las montañas del Catatumbo, plagadas de hoja de coca para uso ilícito.

Al rato volvimos a detenernos en otra casa campesina a la vera del camino y salieron más hombres armados y vestidos de camuflado con brazaletes del EPL. De nuevo el interrogatorio, pero esta vez me ordenaron que entrara al corredor de una casa cercana y esperara. El lugar estaba habitado por una joven familia de campesinos, nos mirábamos con curiosidad, pero nadie habló.

En ese momento caí en cuenta que los hombres que me retenían no habían reparado en mi mochila, donde llevaba la cámara fotográfica y mi teléfono móvil, un indicio de que estaba con gente inexperta, lo que me preocupaba más, pues no sabía cómo reaccionarían en una situación de extremo riesgo para todos.

Pensando en ello, sonó mi celular y contesté: era un colega de Ocaña que ya estaba enterado del caso y quería saber si estaba bien. Yo lo dije que sí, que estaba bien, y que esperaba regresar ese mismo día. Fue ahí cuando comencé a enviar mensajes de texto a mi hijo, a mi hermana y a mi novia, relatando un poco lo que estaba viviendo y que tuvieran calma, que nada iba a pasarme.

A mi hermana le pedí un favor especial: que fuera a casa de nuestros padres rápidamente y, ¡vaya paradoja!, no los dejara ver los noticieros de televisión, porque sabía que no solo se asustarían con la situación, sino porque era muy probable que escucharan afirmaciones que no eran ciertas y eso los afectara aún más.

Me dieron la orden de salir a la carretera y subirme nuevamente a una de las motocicletas, porque me iban a “trasladar de lugar”. Me condujeron a una casa abandonada, entre unos matorrales, y me dijeron que tenía que esperar allí hasta que ‘los comandantes’ resolvieran mi situación. Ahí perdí toda señal de celular. Les dije que, por favor, trataran de que decidieran pronto porque no me gustaba la idea de quedarme por allá esa noche. Al rato me dieron una noticia que me inquietó: solo a las 6 de la tarde decidirían qué hacer conmigo. Mentalmente me dispuse a afrontar por lo menos una noche en aquel lugar. Ya habían pasado tres horas desde que me habían retenido.

Estuve custodiado por dos hombres armados de fusil y con frecuencia llegaban otros de civil “a pasar revista”. En una de esas “revistas” subió el hombre que me había hecho salir del restaurante a decirme que en redes sociales estaban diciendo que yo estaba secuestrado y a recriminarme porque eso no era cierto. Yo le dije que no tenía que cuestionarme a mí sino a las “redes sociales”, que yo no tenía idea de quién había hecho la afirmación si estaba incomunicado y que coincidía con él, un poco sarcásticamente, en que “yo no estaba secuestrado”. Y se fue, tan agitado como llegó.

Eso era justamente lo que yo no quería que mi papá y mi mamá vieran: un titular escandaloso sobre una circunstancia que estaba en camino de resolverse. Tenía claro en ese momento, y aún me sostengo en ello, que una mala cobertura de prensa en este tipo de situaciones incrementa el riesgo de la víctima. Cuando todo falla en este tipo de trabajos periodísticos y, además, se suma un pésimo cubrimiento, el desenlace puede ser fatal.

Ya no recuerdo muchos detalles de lo que se dijo y se calló en esas dos largas horas. Hablamos de la situación del campesinado en el Catatumbo; de los diálogos de las FARC en La Habana; de la presencia de la guerrilla del ELN en la región; del paramilitarismo; del gobierno nacional; del narcotráfico; pero también hicimos alusión a la fotografía, a la mala señal de los teléfonos móviles, a las armas que usaban y a un montón de banalidades. La idea era no dejar que se impusiera el silencio, porque me generaba angustia.

Por momentos, los dos custodios se perdían entre los matorrales y dejaban los dos fusiles Galil a mi cuidado y una pistola 9 Milímetros, así como sus camisas camufladas. El exceso de confianza se debía al control territorial que ejercían en la zona, que era de tal magnitud que si yo huía del lugar no llegaría muy lejos. Me relajé tomando un par de fotos a esas armas y a las prendas de vestir.

Minutos antes de las 6 de la tarde aparecieron los jóvenes que me condujeron hasta allí portando un radio transmisor de largo alcance. A través de ese medio se gestionaría mi salida hacia Hacarí o mi pernoctada en aquellas veredas. Comencé a sentir mucha ansiedad, que se incrementó con la presencia de un muchacho que hasta ese momento apareció: tenía una mirada fija, no parpadeaba cuando me observaba, parecía un tigre mirando a su futura presa. Instintivamente reaccioné hablándole, describiéndole su mirada, y buscando palabras para desactivar su tensión. Creo que los dos teníamos miedo.

A las 6,15 de la tarde les dieron la orden de que me regresaran a Hacarí. Todos respiramos tranquilos.

Una hora más tarde, en el sitio con la mesa de billar, me hicieron entrar a un cuarto a media luz y allí estaba uno de los ‘comandantes’ del EPL. Era alias ‘Caracho’, el segundo al mando. Me pidió disculpar por la retención, que yo debía entender que a esas zonas no se podía ingresar sin su permiso. Yo le dije que había enviado durante varios días mensajes de mi llegada, pero que todo había fallado.

Tiempo después supe que uno de los colegas a los que había llamado había contactado con el EPL para confirmar quién era yo. Quizás ese fue el principal motivo por el que a diferencia de otros colegas mi secuestro tuvo un buen final.

Me entregaron a una comisión de campesinos y regresé con ellos, en moto, al casco urbano de Hacarí, donde me esperaba el párroco del pueblo y el personero municipal, dos de las personas que estuve llamando horas antes y que jamás me contestaron. Si lo hubieran hecho, es muy posible que nada de lo relatado hubiese pasado. Me dijeron que no podían atender el teléfono porque ese día habían tenido otros compromisos.

Aquella noche hablé con directivos de la Fundación para la Libertad de Prensa y les pedí el favor que trataran de contener la noticia de mi liberación. Me inquietaba la idea de que dieran un mal informe y me volvieran a retener, pues debía pasar la noche en el pueblo. No quería convertirme en una noticia nacional. Afortunadamente algunos directores de medios entendieron la situación.

Aquella noche del 16 de mayo la pasé en la Casa Cural y a eso de las 9 de la mañana del día siguiente dos funcionarios de la Defensoría del Pueblo me recogieron y me trasladaron a Ocaña, a donde llegamos sin ningún problema.

Allí me di cuenta que algunos medios de prensa locales habían exagerado la noticia: publicaron que yo traía un mensaje para la Presidencia de la República y que por eso el caso se había manejado con total hermetismo.

Dos meses después volví al Catatumbo, esa vez a Tibú, un municipio con una zona urbana más grande que Hacarí y tal vez más segura. Había algo de aprehensión en ese nuevo viaje, pero no modifiqué mucho mi manera de viajar: hice las llamadas adecuadas, eso sí con más insistencia y expliqué mis objetivos días antes a las personas que quería entrevistar. Esperaba que nada me fallara. Y todo resultó según lo planeado.

Mi familia y mis amigos me cuestionaron por volver a una zona tan afectada por la confrontación armada, pero mi argumento era sólido: el periodismo tiene que estar allí donde las comunidades padecen los avatares de la guerra para ayudarles a comunicar sus pesadillas, y también sus sueños.

Lo que se debe hacer es reducir los riesgos, teniendo los contactos pertinentes, accediendo a visitar zonas lejanas y aisladas solo en compañía de pobladores locales, y siendo claros en los planes de trabajo. Es imposible que desaparezcan los factores de inseguridad en zonas de conflicto armado en un país como Colombia, pero en nuestra labor se trata de minimizarlos para evitar que tanta inestabilidad nos afecte a nosotros y a las personas que nos ayudan en nuestras labores de campo.

Ilustración: @donmarcial

Esta publicación/plataforma ha sido posible gracias al apoyo del pueblo de los Estados Unidos a través de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). Su contenido es responsabilidad de los autores y no refleja necesariamente el punto de vista de USAID o del Gobierno de los Estados Unidos de América.

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