Una carta para Bowie

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11 de enero de 2016

Querido David:

Te escribo porque a lo largo de los años he descubierto que la epístola es una buena forma de comunicarse con los muertos y en esta hora, azorado, no encuentro otro camino para escribir sobre ti. Tanta saliva verde y tinta roja ha corrido en tu nombre –saliva de marciano, tinta de sangre de gato japonés– que tal vez la única manera sensata de dedicarte unas palabras sea así, desde lo íntimo y sin aparentes mediaciones.

De entrada, debo darte las gracias por haberme ayudado a ponerle palabras, melodía y cara a la encabronada rareza que me acompañará hasta ese silencio que llamamos muerte y que en este momento, a pesar de recordar a Epicuro y su Carta a Meneceo, sí que es algo para nosotros. Porque antes pasaban los años y uno podía contar con que tarde o temprano sacarías un disco o harías algo para desestabilizar la norma y seguir moldeando la sensibilidad de quienes queremos vivir de otra manera, en los límites de lo aceptable. Ya no será el caso pero seguramente tu obra, esa casa fría que cambió de colores y se reinventó a sí misma una y otra vez, tiene la gasolina suficiente para seguir haciéndonos sentir tan extraños en este mundo extraño. Te agradezco también porque fuiste la primera persona –artista, músico, escritor o cocainómano en bar clandestino– en hacerme ver que se podía, al mismo tiempo, ser un tipo afeminado y un chico duro; un roquero y un intelectual; un andrógino por el que todas babean, es decir: un feliz navegante del género; un terrorista cultural melancólico; un rebelde sin sentencias políticas; un hombre glamuroso y estrafalario pero bien sucio por dentro; un poeta capaz de degollarte con una navaja fría en una pelea callejera; alguien sobrio y pese a ello habitante de un universo personal oscuro y psicodélico; una encarnación del angst y un viejo refinado.

Te comento, asimismo, que para comprenderte mejor alguna vez imaginé este diálogo entre Andy Warhol y tú:

Warhol: Todo es bonito.

Bowie: Niña psicodelicada –sal a jugar.

Warhol: No se puede tomar una mala foto.

Bowie: Deja que te presente a la pandilla. Johnny toca el sitar. Es un existencialista. Molly es modelo: ropa locochona y ácido. Pero lo más importante son las estrellas psicodélicas.

Warhol: Aún me importan las personas pero sería mucho más fácil que no me importaran… es demasiado difícil que te importen… no quiero involucrarme demasiado en la vida de otras personas… no quiero acercarme demasiado… no me gusta tocar cosas… por eso mi trabajo es tan distante (ajeno) de mí mismo…

Bowie: Me dan miedo los gringos.

Warhol: Las máquinas tienen menos problemas, me gustaría ser una máquina, ¿a ti no?

Bowie: Sabemos que Major Tom era un yonqui.

Warhol: La razón por la cual pinto así es porque quiero ser una máquina. Lo que sea que haga, y lo haga como una máquina, es porque es lo que quiero hacer. Creo que sería grandioso que todo mundo fuera igual.

Bowie: Estas son las noticias. De acuerdo con el último informe sobre la población las cifras han alcanzado un punto peligroso. ¡Dios mío! Londres, 15 millones 750 mil. Nueva York, 80 millones. París, 50 millones. China, 1,000 millones. Somos una especie hambrienta.

Warhol: Si quieres saber todo acerca de Warhol solo tienes que mirar la superficie de mis pinturas y mis películas, y ahí estoy. No hay nada detrás.

Eso, Bowie, tú también estás y vas a estar en la superficie de cada una de las fotografías en las que apareces transformado y camaleónico a lo largo de tantas décadas y en dos siglos. En el nitrato de plata y en los unos y ceros del planeta digital. Estarás también en tu voz injertada ya en tantos aparatos que utilizamos con obsesión tus hermanos y hermanas cyborgs. O eso quiero pensar, David.

Y bueno, en aras de seguir acortando la distancia, de establecer este hoyo negro entre mi vidita y tu muertesota –nunca fui a un concierto tuyo, pero sí te vi caminando por tu barrio en Nueva York, cerca de St. Mark’s–, te quiero compartir lo siguiente que escribí en el año 2000 cuando viví en el número 78 de Vartry Road en el norte de Londres:

Son las siete de la mañana y estoy sentado en los sillones verdes que pueblan una sala llena de banderas marroquíes, un póster del Che (durante una borrachera lo acuchillé brutalmente y ella lo pintó de rojo, simulando una hemorragia), un letrero que reza La force tranquile’ que puse en la pared para mantener la cordura en mis innumerables días de aislamiento, ceniceros repletos de colillas, tazas semillenas de te negro, zapatos y mantas con las que nos cobijamos del frío húmedo. El silencio es absoluto en la casa. Subo al cuarto, miro por la ventana y, como siempre, llueve y no hay nadie en Varty Road. Nunca se ve un alma. Solo en algunas ocasiones, alrededor de media noche, una limusina se aparca frente a la iglesia metodista y una puta moreteada se para en la esquina. Cómo taladra esa lluvia ligera y sempiterna. Hoy no encuentro las fuerzas para ponerme a trabajar. Digo, todo aquello es motivo de inspiración para escribir algo petulante sobre la melancolía, pero sencillamente encuentro insoportable la idea de sentarme a repasar, por enésima vez, Los heroicos furores de Giordano Bruno o El concepto de la angustia de Kierkegaard. Demasiado temprano para ir al off-licence por unas latas de Fosters que me quiten el hambre y acolchonen tanta pared sin ruido –de manera que decido tirarme a leer a Harold Pinter y me quedo dormido. Despierto un rato después y el silencio sigue igual de opresivo. Son las diez de la mañana. Voy al off-license, compro un cuartito de whiskey Jameson y unas latas de Red Stripe (no había Fosters) y regreso a la casa. Abro una lata, le doy un tragote, hago lo propio con el whiskey, y me visto de forma estrafalaria: un top de lentejuelas que le pertenece a ella, mis pantalones de cuero, y unas gafas oscuras redondas y gigantes. Pongo “Heroes” y voy al espejo. Estoy enojado. Quiero salir así a la calle y escupirle a alguien en la cara, a Tony Blair si es posible. Como Bowie que se puso tacones cuando le presentaron a Blair y el tipo ni se dio cuenta. Poco a poco el alcohol comienza a hacer su labor en mi cuerpo y, tras unos geniales pasos de baile, el ánimo oscuro se distiende: de nuevo seré un héroe.

Ayer dormíamos mi mujer y yo cuando nuestra hija de siete meses comenzó a llorar como lo hace regularmente cada noche. Natalia se levantó para darle pecho y cuando regresó no pudo evitar compartirme, con gran tristeza, que habías muerto. Me desperté. No podía creerlo, como tampoco pude volver a conciliar el sueño mientras veía tus mil y un rostros, escuchaba tu voz (metal y carne) y experimentaba una profunda soledad. Así que nada, Ziggy, todas estas palabras para sencillamente darte las gracias. Por ser un gran transfigurador de vidas y haber sabido siempre acompañar mi miseria y mi perplejidad. Es por ello que lloro y doy un guitarrazo al aire en franco homenaje a tu mirada de hielo. Espero que el silencio en el que te encuentras no sea demasiado ruidoso.

Tuyo siempre,

Kyzza Terrazas

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