Una fotografía en el presente, un documento para el futuro

El fotógrafo Enrique Rashide Frías nos muestra qué hay detrás de la vida y la muerte en Culiacán y reflexiona sobre el poder y la responsabilidad del fotoperiodismo

| ¿Para qué sirve la libertad de expresión?

 

 


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LA BICENTENARIO ̈El lavadero de Abraham ̈

La colonia Bicentenario me interesó porque era una contradicción. El año que saqué la foto se celebraba el bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución, pero las personas que vivían en la colonia eran paracaidistas: habían caído en esos terrenos porque las autoridades los habían quitado a golpes de otro. Saludo de lejos a Rocío, la mamá de Abraham, que tiene 3 años. La había conocido cuando trabajaba en el relleno sanitario de la ciudad. Al primer jicarazo de agua, un clic. Luego otro, buscando el contraluz, el encuadre. A Abraham, aunque es un niño pequeño, parece no molestarle el baño. Se entiende porque hace unos 40 grados. Al final saco la foto que quiero, llena de un contraste de color, una apología sobre el día a día de millones de mexicanos, pero sobre todo un instante que queda marcado. Años después regresé a la colonia para darle la foto a Rocío y Abraham, que ya tenía 7 años. Los dos sonrieron. Me contaron que a Abraham le bromeaban en clase porque se había hecho famoso con la publicación de la foto en el periódico. Lo que yo sentí al volver es que quizás ese instante contribuyó para que el niño se bañara con agua corriente.

 


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ESCUELA DE CARTÓN ̈La loseta de Armando ̈

Los padres de la colonia Bicentenario empezaron a construir una primaria. Unos salones con paredes de cartón lámina y madera fueron el principio. Llevaba meses registrando la colonia y por eso entré sin dificultad. Pero tenía dos retos: el primero, que los niños se acostumbraran tanto a mi presencia que ya no les importara la cámara. El segundo, despertarme temprano. Para mí era mortal, aunque me sirvió de lección para aprender que la fotografía también necesita mucha disciplina. Ya casi es la hora de la salida y el famosísimo Armando, el desmadroso de la clase, saca unos lentes oscuros de la mochila y se los pone muy seguro de sí. Agarra un pedazo de loseta como pistola y empieza a jugar a policías y ladrones. Revisando la foto empecé a pensar lo importante que es la educación, sobre todo en la familia. Armando no tiene papá y su mamá está todo el día trabajando. Él vive con sus abuelos y la mayor parte del tiempo se la pasa en la calle jugando con niños más grandes. Su madurez no es la de un chico de su edad, tampoco sus expectativas. La foto es el reflejo de su ambición de ser como los grandes, del poder y la riqueza que el narcotráfico tiene en el lugar donde vive. Armando fue expulsado al año siguiente y no lo he vuelto a ver. La escuela ya no es de cartón: aulas equipadas con aire acondicionado, techumbre, alimentación y una mejora en la educación.

 


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DESPUÉS DE LA TORMENTA

La vida puede durar lo mismo que el clic de la cámara. El piso lleno de lodo, los colchones mojados, la madera que se empieza a pudrir por la humedad. El huracán Manuel había llegado a Sinaloa y en cuestión de minutos, en un instante, muchas personas perdieron todo, algunas la vida. Había salido la noche anterior con el ansia de un fotógrafo de estar en el lugar de la noticia. La gente estaba refugiándose en los albergues. El viento tumbaba los árboles. Podía haber retratado eso: la historia de fuera hacia dentro. La catástrofe y las personas como instrumentos de la noticia. Pero cuando saqué esta foto me di cuenta que quería hacerlo al revés: de dentro hacia fuera, fotografiar lo que queda de nosotros después de la catástrofe. Lo único que pude pensar cuando llegué a casa es que todo es efímero como una foto. Valoré lo mucho o poco que tengo.

 


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ESTRAGOS DEL NARCOTRAFICO ̈EL último respiro ̈

Se escucha por el radio 5 bravo (clave que se refiere a un herido por arma de fuego). Afuera de un OXXO ha habido un enfrentamiento entre policías estatales y gente armada. Al parecer es un 41 (clave que se refiere a un muerto). Voy a la escena de los hechos con mi colega Ernesto Martínez, “El Pepis”, un viejo reportero con años de experiencia en nota roja. Yo soy casi un novato. El periódico para el que trabajaba en esa época apenas cubría sucesos policiales, pero en medio de la guerra contra el narcotráfico del presidente Felipe Calderón, yo pensaba que era importante fotografiar la violencia para que se recordara esta época en el futuro. Al llegar a la escena no entiendes casi nada. Se escuchan gritos de dolor, las claves de los radios, la gente se mueve aprisa, pero sin un destino claro. Hay ruido, nervios, miedo. Empiezas a hacer fotografías al aire. Y, de repente, veo a un agente de la Policía Estatal recostado. Lo miro, aunque casi no puedo ver sus ojos por la capucha que le cubre el rostro. Está muerto. Lo fotografío, pero antes hay un clic mental que no se me irá nunca de la cabeza. Casi no muestro esta foto, me mueve demasiadas cosas. Me cambió para siempre. Si con el proyecto del huracán Manuel comprendí lo efímero, en esta escena comprendí que la muerte es lo único seguro que tenemos en la vida.

 


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EL ROUND DE LA VIDA ̈Golpe a golpe ̈

Soy fanático del boxeo y lo practico como aficionado. Disciplina, corazón, entrenamiento, es un deporte que te exige día a día para lograr tus metas, cada movimiento, cada golpe, cada respiro lo relaciono con mi vida dentro y fuera del ring. Te conviertes en un guerrero. Si te caes, te vuelves a levantar. Si ganas, recibes una recompensa por el trabajo duro. Si pierdes, es una lección para la siguiente batalla. Yo veo la fotografía así. Mi afición me llevó a fotografiar un torneo amateur en el que participaba un buen amigo mío. Lo particular es que el torneo se desarrollaba en un centro de rehabilitación para la reinserción social de jóvenes a través del deporte. En Culiacán, Sinaloa, el lugar donde vivo, hay muchos jóvenes que necesitan ayuda. El torneo acabó, pero yo seguí yendo al centro para adentrarme en la vida y la recuperación de gente como la del buen Chava, un muchacho de 18 años adicto a la cocaína que quería recuperarse para estar con sus dos hijos; o la de Cristóbal, que fue internado por sus padres porque pensaban que fumaba marihuana. También la de Goyo, que era adicto al juego. Y, por último, la de “El Lechuga”, adicto al cristal. “El Lechuga” es el protagonista de la foto. La saqué el día —después de mucho insistir a los directores del centro — en el que pude entrar a su dormitorio. Está fumándose un cigarrillo para calmar el ansia. Es un descanso para el siguiente round. Para no perder la batalla.

Nunca pude acabar el proyecto. Salí un tiempo de la ciudad y cuando regresé el centro había cerrado.

 


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AYOZTINAPA ̈La lucha sigue ̈

Yo fui uno de los no sé cuántos fotógrafos y periodistas que viajó a Guerrero porque los medios de comunicación de todo el mundo querían cubrir la desaparición de 43 estudiantes normalistas de Ayoztinapa. Era un símbolo demasiado evidente de la corrupción, la opresión del pueblo y la podredumbre del sistema. Estuve una semana, hasta que los viáticos se terminaron. Pero no estaba conforme. Me causaba mucho conflicto ver cómo mis fotografías solo servían para ilustrar la nota del día con la que muchos medios de comunicación se lucraban del dolor ajeno. Además, reconozco que era ingenuo y no había estudiado lo suficiente. Todo era demasiado nuevo: la historia de la escuela, Lucio Cabañas y Genaro Vásquez, lo que ese movimiento había significado para México. ¿Qué más podía hacer? Decidí volver. Solo, con la libertad y la responsabilidad de tomar mis propias decisiones. Esa experiencia siempre te deja enseñanzas profundas. Al final un amigo se unió al viaje. Siempre se lo agradeceré. Un periodista me pidió un retrato con Don Mario, uno de los padres de los muchachos. Las fotos fueron cuestión de minutos, pero la plática en la que me contó sobre su hijo César y la lucha de un padre para sobrellevar las emociones de tener un hijo desparecido, duró dos horas y me marcó para siempre. Sentí la obligación de hacer el mejor trabajo posible, un proyecto que, aunque no le devolvería a su hijo, sí sirviera para las futuras generaciones. Seguí durante muchos meses el movimiento de protesta. Recuerdo que en uno de esos días, un 2 de enero, unos sujetos armados nos asaltaron en la Ciudad de México. Me quitaron mi mochila y con ella mi equipo de trabajo. Aunque salvando mucho las distancias, recordé lo que me había contado don Mario sobre la rabia y la impotencia. Así que volví unos días después y continué el trabajo. Un año después decidí que ya era tiempo de publicar todo el trabajo. No fue fácil. Casi ningún medio quería la historia que antes habían cubierto con avidez. Al final un medio local me apoyó. Aprendí muchas cosas personales y laborales en este proyecto. En cuanto a la fotografía, creo que lo más importante fue darme cuenta que esos instantes que retrato muchas veces más que una imagen sobre el presente son un documento para el futuro.

 


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DEL DÍA A LA NOCHE ̈Vida y muerte ̈

La violencia del narcotráfico está en apogeo en Culiacán y ha penetrado en las entrañas de la sociedad, cada vez más normalizada, incluso en mí. Cuando llega la tarde, reportan por el radio un asesinato en un estacionamiento.

Hago pocas fotos, porque enseguida reportan a otra persona asesinada, esta vez en un camino de terracería al lado de un hotel. Fuimos los primeros en llegar. Sólo había una policía y nos dio chance de acercarnos a pocos metros del cuerpo antes de que llegaran los peritos. Es una escena difícil de encontrar: la belleza reflejada en el paisaje, las nubes que anuncian tormenta y la muerte en la víctima. Parece un poco irreal, pero eso se respira en muchas partes de Culiacán. Esta foto técnicamente superó mis expectativas, pero me causó un conflicto moral. Pensé en hacer un proyecto para intentar contar la violencia de una manera diferente. Conseguí un financiamiento durante un año, pero el problema era entregar los resultados. Mi afán por encontrar escenas similares fue creciendo cada día hasta el punto de imaginarme escenarios casi mágicos y desear que hubiera una persona asesinada para conseguir las fotografías. Me causó muchos problemas morales. Pero al final hice el trabajo. ¿Hasta qué punto puedes llegar a desear la muerte de una persona para cumplir con tu trabajo? Sólo llegar a hacerte esa pregunta es muy perturbador.

 


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FUEGO CRUZADO ̈Genoveva ̈

Genoveva Rogers, 20 años, estaba en su puesto en la sala del radio de la Cruz Roja cuando un hombre apareció de repente y le pidió que le abriera la puerta trasera porque lo estaban persiguiendo para matarlo. En ese instante los sicarios que lo perseguían lo vieron y comenzaron a disparar. Genoveva recibió dos balas: una en la cara y otra en la cabeza. Minutos después murió en el hospital. Revisando mi archivo me di cuenta que no era la primera vez que había cubierto sucesos similares: víctimas que habían muerto solo por estar ahí, porque el destino y la violencia de la ciudad se habían conjurado contra ellas. Además, como no entraba en la supuesta lógica de la guerra contra las drogas, eran invisibles. Empecé a tocar puertas. Era un completo desconocido queriendo que los familiares de las víctimas me contaran una historia desgarradora. Era como echar sal a una herida en el corazón. “De qué sirve si a mi hijo no me lo van a revivir”, me dijo el padre de Sonia, una de las víctimas. Y, sin embargo, no se negó a las entrevistas y las fotos. En realidad, no lo hizo nadie. Tampoco los papás de Genoveva. Don Guillermo y doña Genoveva me abrieron una mañana la puerta de su casa con una sonrisa. A pesar del dolor, un dolor que quizás nunca entenderé, me dejaron conocer un poco más a su hija. Esta foto es mi pequeño homenaje a Genoveva.

 


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LO COTIDIANO ̈Movimiento ̈

Me gusta salir a la calle en busca de nada: sólo observar y esperar el asombro. Caminas para alejarte de tus problemas, para darte un respiro y ahí en un segundo encuentras algo, haces clic como la primera vez y transformas eso en algo parecido a la vida dentro de las cuatro esquinas del frame.

Para mí la fotografía es el medio para saciar la necesidad que tenemos los humanos de contar historias y comunicarnos. De ella he aprendido su poder y su responsabilidad. Me ha llevado a lugares inimaginables, a conocer personas extraordinarias, a contar historias sobre ellas que, al mismo tiempo, me han hecho crecer. La foto ya es parte de mí. Es como un diario en imágenes a través del que mis seres cercanos llegarán a conocerme un poco mejor.

Y, para los demás, les dejaré un archivo visual que intente retratar lo que llamamos vida, siempre agarrado de su opuesto, que llamamos muerte.

Esa necesidad que tiene el ser humano de contar historias, yo lo hago mediante la fotografía. Es eso que te mueve, te motiva a seguir encontrándote y te enseña la importancia de la comunicación, su gran poder y responsabilidad. Eso que te hace vibrar y te lleva a lugares inimaginables, a conocer personas extraordinarias, a contar esas historias que te hacen crecer en todo momento y a su vez van creando la tuya.


Esta publicación/plataforma ha sido posible gracias al apoyo del pueblo de los Estados Unidos a través de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). Su contenido es responsabilidad de los autores y no refleja necesariamente el punto de vista de USAID o del Gobierno de los Estados Unidos de América.

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