Una reflexión sobre México20 y el Hay Festival

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En diciembre pasado, en la FIL de Guadalajara, se anunció la lista “de los 20 autores mexicanos menores de 40 años más sobresalientes del ámbito de la ficción y la no ficción”, elegidos para integrar el programa México20, iniciativa patrocinada por el Hay Festival, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y el British Council, que formará parte del Año de México en Reino Unido. La idea consiste en “poner en valor las nuevas voces de la literatura mexicana y acercar su obra al público general y al mundo editorial internacional” (las dos citas proceden del sitio web del Hay Festival). Los escritores seleccionados verán presentada en la feria del libro de Londres de abril próximo una antología con sus textos, además de que “participarán también en el circuito del Hay Festival que se realiza en varias partes del mundo”. No es mi interés detenerme en la polémica de las inclusiones u omisiones de la lista sino reflexionar sobre el significado que tiene que el Estado mexicano (a través del Conaculta) intervenga en un proyecto como este.

Antes, viajemos a Xalapa. Debido a los ataques reiterados al ejercicio del periodismo en Veracruz, un grupo de escritores e intelectuales de Latinoamérica llamó la atención de los organizadores del Hay Festival Xalapa sobre el uso político que de él ha hecho el gobernador Javier Duarte, aprovechándose de que la actividad se realiza parcialmente con recursos del erario estatal. Cuando, en respuesta, el Hay tomó la decisión de retirarse de la sede, algunas voces en Veracruz señalaron que esto significaba un castigo no a Duarte sino a los lectores de Xalapa, quienes no tendrían ya en su ciudad las actividades en que podían escuchar a escritores de renombre internacional, como ha ocurrido con Wole Soyinka o Salman Rushdie.

No está de más citar algunas cifras. La Encuesta nacional de hábitos, prácticas y consumo culturales (realizada por Conaculta y publicada en 2010) consigna, en sus datos referentes al estado de Veracruz, que un 61.8% de habitantes no habían ido nunca a una librería; un 79.77% confesó no haber comprado un solo libro en los últimos doce meses; un 72.28% dijo no haber leído un solo libro completo no relacionado con la escuela o con su profesión en ese mismo periodo.

En ambas plataformas, el Hay Festival Xalapa y México20, advierto un síntoma parecido: las instituciones del Estado confunden la promoción de la lectura de obras literarias con la promoción de los escritores. La pregunta no es retórica: ¿tiene sentido esperar que usando cheques del erario se organicen actividades con gigantes internacionales de las letras cuando el sistema educativo se ha desentendido de la formación de hábitos de consumo cultural, y cuando la infraestructura libresca es pobrísima? Pensaría yo que Javier Duarte utiliza el Hay Festival no sólo —aunque principalmente— para pretender dar la imagen de un gobernante preocupado por el fomento de la cultura y la defensa de la libertad de expresión —al tiempo que en su estado se mata impunemente a periodistas—, sino también, y en esto se parece a muchos otros políticos, para no verse instado a invertir en otros proyectos, más útiles para la circulación de los libros y la formación de lectores, pero que no se le traducirían en ningún lucimiento político. La presentación en vivo de autores famosos podría ser el corolario de una sociedad en la que ya haya mejores acervos en más bibliotecas, librerías de barrio funcionando, maestros lectores capaces de transmitir el gusto por los libros. Traer a Rushdie es un gesto costoso y efímero que puede ser utilizado para dar lustre al gobernante más déspota, pero formar lectores, apoyar a las librerías, mejorar las bibliotecas beneficia a largo plazo a la sociedad entera.

El caso de México20 no tiene un relieve político tan sensible como el del festival xalapeño; incluso, ofrece un enfoque distinto, más renovador, al centrarse en rostros jóvenes. Ciertamente, es probable que varios de los autores seleccionados vean con merecimiento impulsada su proyección internacional mediante traducciones y una recepción crítica positiva, y eso puede significar que las letras mexicanas en general conciten un mayor interés de editoriales anglófonas en el futuro. Este sería el escenario ideal, y como tal la iniciativa es valiosa. Pero, por lo menos en el rubro de la promoción de la literatura mexicana en el extranjero, la participación de México en la feria de Londres refrenda la sospecha de que el único formato que el Estado mexicano conoce es trepar a grupos de escritores en un avión: así ha sido los últimos años con viajes a París, Buenos Aires, Bogotá, Panamá…

Así, lo que tenemos es una agencia de viajes y no, incomprensiblemente, un Instituto Cultural operado por la Secretaría de Relaciones Exteriores que, a la manera del Goethe o el Cervantes, utilice la enseñanza del español —nuestro país tiene el mayor número de hispanohablantes en el mundo— como una plataforma de difusión de la cultura mexicana, y por lo tanto el estado nacional no cuenta con un programa dedicado a enfrentar una desventaja ya histórica: el hecho de que, fuera de pocos casos (Rulfo, Paz, Fuentes), la literatura mexicana viaja muy mal.

Un ejemplo: notables volúmenes de cuento, como La semana de colores de Elena Garro, Dormir en tierra de José Revueltas, Ven, caballo gris de José de la Colina,Amores de segunda mano de Enrique Serna o Grieta de fatiga de Fabio Morábito, no tienen resonancia en otras lenguas. Elijo cinco novelas: La paloma, el sótano y la torre de Efrén Hernández, El libro vacío de Josefina Vicens, La obediencia nocturna de Juan Vicente Melo, Las muertas de Jorge Ibargüengoitia o Los erroresde Revueltas, y el diagnóstico es el mismo. Si nos metemos a los terrenos de la poesía, el ensayo o la dramaturgia, las conclusiones son más desalentadoras aun: más allá de nuestras fronteras, no existen.

Existe, eso sí, un programa de apoyo a la traducción operado por el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes; sin embargo, este no funciona de manera proactiva, sino que financia la traducción de propuestas presentadas por editoriales extranjeras, cuyo interés surge gracias a los esfuerzos y oficios de agentes literarios, lo que significa que los títulos apoyados no necesariamente son una muestra representativa de las letras nacionales, ni siquiera de las contemporáneas.

México20 surge como una excepción, que hace más patente el hecho de que —más allá de boletos de avión y de polémicas sobre inclusiones, exclusiones o límites arbitrarios de edad—, no existe, o no ha existido hasta ahora, la intención de promover de manera continuada la publicación en otros idiomas de los grandes libros de la literatura mexicana. El Año de México en Reino Unido habría sido la vitrina inmejorable para dar a conocer la traducción al inglés no sólo de una antología con textos de 20 autores jóvenes sino de un puñado de esas obras ya clásicas que presumen de innegable aprobación crítica en México pero que, por consideraciones no necesariamente de índole literaria, son desconocidas fuera del país. Por supuesto, no hay nada irremediable en esto: México20 podría ser el punto de partida que plantee la puesta en marcha de un mecanismo permanente (pienso en algo parecido al Instituto para la Traducción de Literatura Hebrea, del gobierno de Israel) que de manera diligente busque y seduzca a las editoriales de fuera con los tesoros negligidos de las letras mexicanas.

“Está muy bien que los presenten en Inglaterra, pero estaría mejor aun que vieran cómo se ponen en circulación acá en México los libros de varios de ellos”, le escuché decir a un amigo, refiriéndose a algunos nombres incluidos en México20 de quienes nunca había visto un título en las librerías. Este es el segundo aspecto que da qué pensar: podríamos pensar con malicia que a través de México20 se buscó más bien un efecto mediático, dándole resonancia a un ejercicio bienintencionado (El Estado Mexicano Abre Las Puertas Del Mundo A Los Autores Jóvenes), y tomando las funciones de una agencia literaria que avala nombres nuevos. Así, este énfasis significa que se apoya a un grupo de escritores mientras poco o nada se hace para dar forma acá a un circuito interno de distribución y comercialización que el mercado por sí solo tiene nulo interés en formar: 500 librerías y 7,300 bibliotecas públicas (según datos de la Caniem y de Conaculta) para un país de 120 millones de habitantes y dos millones de kilómetros cuadrados abonan para que la profesión literaria en tanto tal no se traduzca en un diálogo —polémico, enriquecedor— con los lectores ni mucho menos en regalías, sino de esfuerzos personales y estímulos públicos. Si las instituciones oficiales, ante el desinterés del capital privado, financia la producción de poemas y cuentos a través de fondos valiosos de mecenazgo, algo similar estaría obligado a hacer en el rubro de las bibliotecas y las librerías.

Un último apunte:

“Para un editor extranjero es un problema el no saber en quién confiar, qué dictaminar de autores mexicanos: en las revistas casi no hay críticos, y las reseñas las hacen en su mayoría escritores que recomiendan las obras de sus amigos”, escuché quejarse hace algunos años a un editor italiano en la FIL de Guadalajara. Sintomáticamente, el jurado de México20 ha sido integrado sólo por escritores de prestigio, y no se ha incluido a ningún crítico, académico o investigador de literatura mexicana contemporánea. No es que los tres jurados —Cristina Rivera Garza, Guadalupe Nettel y Juan Villoro— carezcan de dotes de discernimiento crítico, o que supongamos con pruebas que no estén al día en la producción literaria de los más jóvenes, sino que se repite aquí un fenómeno ya habitual, y que ha sido estudiado, por ejemplo, por el sociólogo Tomás Ejea respecto del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes: otorgar a quienes detentan el prestigio literario la facultad de tomar decisiones que implican la validación a las nuevas generaciones a través de una operación que exige no sólo capacidades críticas sino también un conocimiento continuado del campo en cuestión, dejando fuera a los especialistas, quienes, en una discusión argumentada con los escritores integrantes del jurado, pueden aportar otra visión, una quizá menos comprometida por afectos personales o intereses de grupo, y pueden tener una apreciación más profunda del tema, por haberlo estudiado ya desde tiempo atrás. Sé que este fenómeno no es privativo de la cultura mexicana, y que el desinterés por integrar a las voces críticas en la discusión intelectual es un signo de los tiempos. Pero no por eso habremos de asumir que ese desinterés deja de ser perjudicial, pues confiere a las decisiones que involucran la validación literaria un sesgo endogámico y a menudo sujeto a consideraciones políticas y que afecta, en primer término, la confianza de los lectores… incluidos en ese grupo los editores extranjeros.


Corrección: 24 de febrero. En una versión anterior se afirmaba erróneamente que los autores de México20 viajarían a la feria del libro de Londres. En realidad, viajarán otros once autores, como Elena Poniatowska, Enrique Krauze, Jorge Volpi y Carmen Boullosa, entre otros.

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