Uso, hábito y adicción a las drogas: todo menos sinónimos

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En el debate de las drogas, el lenguaje es uno de los primeros frentes de batalla. Aun sin darse cuenta, la gran mayoría de personas que entra en esta discusión repite muletillas y frases hechas que impiden el desarrollo de un diálogo democrático y respetuoso entre todos los interlocutores. En este debate, la crítica es necesaria; la difamación y la calumnia, en cambio, entorpecen el intercambio al introducir lo que de hecho son insultos que muchos pronuncian sin siquiera notar que lo están haciendo.

Esto viene al caso por la insistencia de numerosos comentaristas —algunos casuales, pero también especialistas— en utilizar términos inaceptables para referirse a los usuarios de drogas. Para estos comentaristas, cualquier uso de drogas es sinónimo de adicción, al igual que lo es para las instituciones del Estado. La Encuesta Nacional de Adicciones, por ejemplo, es representativa de esta confusión. La Encuesta no reporta sobre las adicciones en específico, sino sobre el uso cuantitativo de las drogas en el país, pero comprende la «adicción» como cualquier uso de drogas, así haya sido una sola vez en la vida. En este contexto, todo usuario es un adicto.

Por ello, no sorprende que incluso el ex director y el actual director de la Comisión Nacional Contra las Adicciones (CONADIC), organismo encargado de atender el problema de las adicciones en México, hayan recientemente declarado que, de regularse el consumo de marihuana en México, en 15 días tendremos «zombies caminando por las calles”, o bien, que no podemos aceptar un “país de marihuanos”. Con semejantes declaraciones tales funcionarios —ambos médicos— no solo revelan su falta de apego a los principios médicos más elementales, sino también su proclividad a estigmatizar a una minoría que, de acuerdo con el lenguaje aceptado internacionalmente, debería ser llamada en todo caso “personas que usan drogas”.

Por estas razones, vale la pena señalar que los humanos somos seres de hábitos. Son los hábitos los que constituyen la estructura fundamental de nuestras propias vidas. Repetimos una y otra vez aquello que nos hace sentir bien, porque los ciclos dan seguridad y tranquilidad a la existencia cotidiana.

Existe, de este modo, una delgada línea que separa al hábito de la adicción. Comer a ciertas horas, bañarnos diariamente, leer las noticias, caminar, reunirnos con la familia o los amigos, acompañar una buena comida o una charla con una copa de vino, fumar de cuando en cuando un poco de marihuana, pueden ser considerados hábitos comunes en muchas personas. Muchas veces podemos ser incluso dependientes de esos hábitos: si por alguna razón tenemos que interrumpirlos, el vacío o el malestar nos pueden llegar a perturbar. Mi abuelo, por ejemplo, bebía siempre un tequila antes de comer y jamás lo dejaba de hacer. ¿Era el abuelo un alcohólico? Probablemente sí, al menos estadísticamente, porque de verdad se ponía de mal humor si no se lo tomaba. ¿Hacía este hábito de él una persona problemática para sí mismo y para los demás? De ninguna manera. Se bebía una copa nada más y con eso era feliz.

Incluso podemos ir más allá: se puede ser dependiente de una substancia, sin necesariamente inferir que hay en eso una carga intrínsecamente negativa. Los diabéticos son dependientes de la insulina, y muchos de ellos deben administrársela periódicamente por vía inyectada: dependen de ella, y corren peligro de muerte si no se la administran.

Las diferencias entre los diabéticos y los usuarios de drogas son sin duda muchas, pero un usuario habitual de drogas sufre la carga moral y el estigma de una sociedad que lo margina y discrimina, aun cuando este usuario no sea dependiente de la sustancia que ha elegido consumir.

De hecho, la Primera Encuesta de Usuarios de Drogas Ilegales en la Ciudad de México revela que el 85% de ellos son personas cuyo consumo no afecta negativamente su vida ni la de aquellos que los rodean, una cifra que concuerda con las propias estimaciones de los organismos internacionales de control de drogas, que estiman que menos del 9% de usuarios presentan un consumo problemático. En todo caso, los mayores riesgos que corren los usuarios, al menos en la Ciudad de México, es el de entrar en contacto con las autoridades policiacas —que los extorsionan de manera sistemática— o bien con las redes de la delincuencia organizada, en las que la incierta calidad de los productos y la exposición a toda clase de sustancias es moneda corriente para todos.

La clave se encuentra, entonces, en saber reconocer la diferencia entre el uso ocasional, el hábito y la adicción. Cuando repetimos una conducta porque nos deja algo positivo y no nos causa mayor daño —o este es mínimo— podemos decir que tenemos un hábito. Si esta repetición, en cambio, afecta de manera notoria nuestras vidas e impide y dificulta el resto de nuestras actividades y relaciones personales y sociales, entonces debemos considerar tales acciones como una adicción. Y se puede ser adicto a cualquier cosa: televisión, juego, sustancias, relaciones personales, o lo que se quiera nombrar. La adicción, en realidad, revela más un tipo de personalidad, más allá de la práctica o actividad a la que se sea adicto.

Si nuestras voces públicas y las autoridades encargadas de tratar con las drogas desde el punto de vista de la salud tuvieran un verdadero interés por proteger la salud de los usuarios, podrían empezar por 1) no estigmatizarlos por el simple hecho de consumir, y 2) dar a entender que comprenden las diferencias entre uso, hábito y adicción —del mismo modo que tendrían que diferenciar los riesgos del consumo en relación con las sustancias consumidas: no es lo mismo consumir marihuana o alucinógenos, que tienen una capacidad adictiva ínfima, que consumir estimulantes o alcohol, cuyo impacto social es notoriamente diferente. Los riesgos de las drogas no estriban exclusivamente en si son estas legales o ilegales, sino en la forma en que son consumidas y en la existencia o no de información útil, confiable y de fácil acceso —esto último algo en lo que, a todas luces, nuestras autoridades han fallado.

Por último es necesario señalar que sin un lenguaje adecuado para las circunstancias asociadas al consumo de drogas, las políticas públicas hacia ellas no pueden tener otro destino más que el fracaso. Si nuestras autoridades no pueden reconocer las diferencias entre el uso ocasional, el habitual y el verdaderamente problemático, la respuesta institucional hacia ellas continuará siendo lo que es ahora: una que se limita a clasificar a los usuarios como enfermos o como delincuentes, pero nunca como sujetos de plenos derechos. La reciente decisión de la Suprema Corte de Justicia de la Nación sobre el consumo de cannabis y el derecho a la autonomía personal podría ser un buen principio —en último caso, las autoridades judiciales están obligadas a ello.


(Foto: cortesía de Fabien Agon.)

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