Varias escrituras horizontales

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Uno entre muchos casos concretos: el 28 de abril de 2013, durante un viaje en carretera desde la ciudad de Querétaro hacia el D.F., el escritor mexicano José Luis Zárate y yo decidimos proponer un juego literario a nuestros lectores en la red social Twitter. Ya lo habíamos intentado en ocasiones anteriores, con buenos resultados. Habíamos terminado de dar en Querétaro un breve curso sobre microrrelato y escritura en línea —actividades en la que hemos estado involucrados desde hace tiempo— y el juego podía funcionar como una conclusión extemporánea de la sesión en el salón de clases. Además, para ser sinceros, no teníamos nada más que hacer.

Desde la carretera, con aparatos móviles, avisamos a los asistentes de esa sesión y convocamos al juego, que llamamos “Amalgamas” y propusimos para cualquier persona que pudiese estar leyéndonos. Las reglas [1] eran simples y las publicamos en estos términos:

  1. Se toman 2 obras (libros, películas, canciones, lo que sea) y un nombre asociado a c/u de ellas (autor, actor, intérprete…).
  1. Se mezclan los 2 nombres y los 2 títulos para crear un híbrido, en el que se puedan entrever los originales. Y se le tuitea.
  1. Ejemplo: Ridley Scott Fitzgerald, «El gran gladiador» («Gladiador» + «El gran Gatsby»).

Etiquetados con el hashtag #Amalgamas, los textos podrían recobrarse, rastrearse, reproducirse. Otros ejemplos que yo publiqué, en los que se mezclan referencias de distintos orígenes y “alturas” culturales:

  • Roberto Gómez Bolaño, «El chavo del 2666»
  • Octavio K-Paz de la Sierra, «Mi credo de sol”
  • De Marx Ernst, “Una semana de lucha de clases”

Zárate publicó otros más:

  • De Federico García Lovecraft, «La casa de Bernarda Carter»
  • “Los hombres que no amaban a las mujeres que amaban demasiado” por Stieg Norwood

Y si bien podría parecer que un lector “cualquiera” no respondería a un juego así —en el que se involucran constantes referencias intertextuales y es preciso que se les identifique para encontrar el humor de los textos: una propuesta muy distante de los chistes y las obviedades que algunos creen que es lo único disponible en internet—, hubo centenares de participaciones de lectores. Algunas de ellas:

  • «La muerte del club de mujeres engañadas» Laura León Tolstói —@condecrapula_
  • «La flor en el llano en llamas» de Leopoldo María Rulfo —@zirila
  • «La ciudad y los perros de reserva» Mario Vargas Tarantino —@Cero_Cinco
  • Homero Zambra, «Formas de volver a Ítaca» —@ernestosinhache

Algunas, incluso, eran juegos de referencias más sofisticados y complejos de los que nosotros mismos habíamos pensado:

  • Hardt, Negri & Lucas, “El imperio contraataca” —@sruizvelasco
  • «El cocinero, el ladrón de orquídeas, su esposa y el amante», Peter Kaufman Duras Chatterley —@tuitlibiesco

Muchas más derivaron hacia otras ideas, mutando la propuesta original. A todo lo largo del viaje en carretera siguieron apareciendo textos. Inicialmente repetíamos algunos de los que veíamos “llegar” mediante la búsqueda constante del uso de #Amalgamas, para insistir en la convocatoria, pero pronto esto no fue necesario para que el grupo de lectores a los que la etiqueta llamaba la atención —la comunidad virtual formada alrededor de ella— continuara escribiendo y comentando por cuenta propia. Y puede deberse a que era domingo, y no había grandes movilizaciones ni partidos importantes de futbol en México, pero #Amalgamas se convirtió por unas horas en tema de moda nacional —trending topic— en Twitter.

Después, como suele ocurrir, el juego terminó. Ninguna tendencia dura para siempre. Luego de cierto tiempo, que en general se mide en horas, todos los grupos de personas y publicaciones que se forman alrededor de una idea o un tema en las redes sociales, y que crecen por acumulación y luego replicación de lo publicado, empiezan a perder impulso y terminan por pasar a otra cosa: disolver espontáneamente el conjunto visible que habían conformado. De no haber recogido entonces algunas de las publicaciones de ese conjunto, ahora sería muy difícil recuperar cualquier evidencia de lo ocurrido entonces.


En este juego se ve una de las numerosas posibilidades de las escrituras horizontales que la red hace posibles: las expresiones en línea cuyo origen y recepción no reafirman ni dependen de una autoridad central establecida de antemano, dotada de control sobre el medio de comunicación, y que son sostenidas por grupos que tienden a ser de iguales. En especial cuando estas escrituras tienden a la expresión, lo creativo, lo literario, sus características esenciales son las mismas. Aunque tengan origen, instigadores reconocibles, escapan del control de estos; pueden tomar formas y propósitos identificables pero también modificarlos y escapar de cualquier clasificación genérica conocida dentro o fuera de internet; su sentido puede trascender el momento de su publicación pero también puede quedar limitado a esta, y ser más el elemento central de una experiencia colectiva, fugaz, que el proceso de creación de un objeto con usos posteriores.

Son juegos, experimentos, sucesos: happenings, en el sentido que la palabra tuvo en la segunda mitad del siglo XX. Y en México, como en otros países de América Latina, son un conjunto de textos y prácticas que se resiste a ser asimilado en los “medios literarios”, sean los mercados o las discusiones de los especialistas.

Es verdad que las herramientas de comunicación digitales pueden ser, simplemente, aparatos de escritura, y así en los últimos años autores tan variopintos como Margo Glantz, Aurelio Asiain, Benito Taibo, el propio José Luis Zárate y muchos otros han —hemos— publicado libros impresos que compilan, a veces con algún proceso de adaptación de por medio, a veces no, textos redactados inicialmente en alguna red social. También se han dado las publicaciones en formato de libro electrónico y las selecciones en publicaciones periódicas. Sin embargo, muchos acontecimientos de escritura que se dan en la red no tienen sentido como publicaciones con la aspiración de permanencia de una publicación “formal”. En ellos la autoría es, en el mejor de los casos, múltiple o difusa; quienes escriben no tienen necesariamente un reconocimiento perceptible y preexistente de los que exigen, por ejemplo, ciertas empresas editoriales y ciertos críticos literarios; los textos no se pueden entender como representantes de algún tipo de discurso considerado pertinente o rentable. ¿Quién compraría un libro de #Amalgamas? La inspiración del juego, como Zárate y yo indicamos en su momento, provenía de un pasatiempo literario similar propuesto por Umberto Eco en su libro Segundo diario mínimo (1992), pero en el contexto de ese libro el juego de combinar autores y obras es una lista de textos adscrita a una sola voz autoral, y en el contexto de la obra del escritor italiano, dueño de una gran reputación como teórico y como novelista de éxito, escribir y publicar algo así es un mero divertimento que se ha ganado el autor de numerosos textos más “pesados”, más “importantes”, y que se puede comercializar gracias a la fama de su nombre.

Las escrituras horizontales tienen otros sentidos y otros atractivos. El más importante es que están, en principio, completamente abiertas a cualquier persona con acceso a internet y conocimientos mínimos de las herramientas disponibles. La accesibilidad permite a muchas personas, si así lo deciden, aventurarse en breves empresas creativas que de otro modo nunca hubieran estado a su alcance: apropiarse de las herramientas de la escritura, llegar a sus entornos y sus procesos, de maneras que cualquier otra circunstancia, con cualquier otro medio, hubieran resultado imposibles.

Esto no es poca cosa en un país en crisis, en el que los medios convencionales suelen estar al servicio de los poderes fácticos, los gremios artísticos dieron la espalda a la población durante décadas para concentrarse en cortejar a esas élites, y muchas personas —aleccionadas únicamente por la televisión, que entre nosotros es la autoridad más vertical y monolítica de todas— no aprenden jamás de sus propias necesidades de comunicación y expresión.


La situación puede verse más claramente con otro ejemplo de escrituras horizontales, de orígenes más inciertos.

La idea misma de la existencia de herramientas de comunicación digital es vista por muchos con horror o con desprecio. Extrañamente, esto sucede lo mismo entre personas que las utilizan y luego se apartan de ellas, entre otras que jamás se han asomado a un foro en línea o a una red social —convencidas de entrada de que todo lo vertido en semejantes espacios es igualmente despreciable, y sin el deseo de verificar si su prejuicio tiene algún sustento— y entre algunos que frecuentan cotidianamente la red, que interactúan y publican con frecuencia y que en general hacen sin empacho su “vida en línea”.

Las quejas del tercer grupo pueden verse como parte de un fenómeno más amplio: las expresiones de malestar que son parte importante de las incontables publicaciones cotidianas de las poblaciones con acceso a internet, y en especial de aquellas en grandes áreas urbanas. Sin embargo, su carácter paradójico es notable y suele pasar inadvertido. “Facebook es un vertedero”, publica alguien en el propio Facebook —digamos: sucede en todos los espacios a nuestra disposición, modificándose de acuerdo con las posibilidades de cada uno— y continúa, a veces largamente, refiriéndose a toda la basura que aparece en su pantalla, las opiniones estúpidas y desprovistas de fundamento, la hipocresía y las quejas. De inmediato obtiene numerosas indicaciones de apoyo: señales de “Me gusta” y comentarios que replican o amplían el enojo o la amargura, que reaccionan superficial o frívola o acremente, que terminan por ser en general más de ese contenido desagradable que fue el motivo inicial de la queja y que en ocasiones causa sus propias quejas subsecuentes.

Aunque su propósito es catártico y no literario —expresivo solo en el sentido más cerrado e individual— estos discursos se repiten (y se reproducen) porque resultan aplicables a la experiencia en línea de sus lectores, es decir, provocan una reacción análoga a la causada por un texto literario convencional que cobra sentido a partir de su relación con la experiencia de quien lo lee; además, implican una conciencia clara de su medio de difusión: son metadiscursos. Hay antecedentes de ellos, cuando menos, desde la etapa de esplendor del blog a comienzos de este siglo, y ahora como entonces representan una línea divisoria entre la creación privada y la pública, la escritura sin propósitos ulteriores y las diversas posibilidades de la literatura que muchas personas cruzan aun sin proponérselo, y sin tener en mente los objetivos tradicionales de un escritor profesional: la validación sobreentendida de la publicación, la explícita que viene de parte de las autoridades literarias, la inserción en un mercado o en un ambiente: en el “medio” literario.

Esa frontera se cruza con más frecuencia de la que se podría suponer y muchas veces, por supuesto, inadvertidamente. El hecho pone en riesgo muchas certidumbres tradicionales sobre el papel del escritor especializado, profesional, en una cultura, del mismo modo en que lo hacen las crisis de los medios impresos y de los mercados para la publicación. El proceso por el cual la noción del especialista en el lenguaje se difumina puede tener consecuencias benéficas, pero también perjudiciales, en la transición presente hacia sociedades fundamentalmente digitales, aún en marcha y cuyo fin probablemente no veremos quienes hoy estamos vivos.

Sin embargo, las escrituras horizontales parecen hoy capaces de dar una sacudida necesaria en regiones subdesarrolladas como la mía: una muestra de cómo es posible, mediante la comunicación digital, sobreponerse a atrasos materiales y culturales y crear espacios y posibilidades expresivas que entre nosotros, simplemente, no habían existido jamás.


Nota

  1. Todos los textos relacionados con este juego se reproducen de tuits publicados en aquel día, acopiados mediante el servicio Storify: https://storify.com/albertochimal/amalgamas (leído el 22 de octubre de 2014).
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