Venezuela después de Chávez: las crisis de Nicolás Maduro

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Las elecciones parlamentarias que se celebraron en Venezuela el 6 de diciembre pasado le dieron a la oposición venezolana su primera victoria electoral importante en 17 años. El bloque opositor de 18 partidos agrupados en la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), conocida popularmente como Unidad Democrática, obtuvo el 56.2% de los sufragios que se tradujeron en 112 escaños de los 167 en disputa. La crisis económica que ha vivido Venezuela a raíz de la caída de los precios del petróleo hizo posible lo que en tres lustros la oposición no había podido hacer: que la mayoría de la población venezolana empiece a dudar de la viabilidad del proyecto bolivariano y del “socialismo del siglo XXI”.

Durante 14 años, el gobierno de Hugo Chávez realizó proyectos sociales que repercutieron favorablemente en índices de desarrollo humano para la población más pobre, lo que le permitió tener una amplia base de apoyo popular. Los años previos a la llegada de Chávez al poder mostraban a una Venezuela con una inflación desproporcionada (en 1996 se incrementó arriba del cien por ciento), en la que más de la mitad de la población vivía por debajo de la línea de pobreza y donde la riqueza petrolera se despilfarraba. Es cierto que el gobierno chavista fue incapaz de controlar por completo la inflación, sin embargo, durante ese periodo las tasas fueron considerablemente menores a las del decenio precedente. En los 14 años anteriores a Chávez (1985-1998) la inflación anual promedio fue de 44.4%, con picos en 1989 y 1996 cuando alcanzó cifras de tres dígitos, mientras que en los 14 años del chavismo (1999-2012) el promedio inflacionario anual fue de 22.3 %. De igual manera, desde  el “viernes negro” de 1983 las devaluaciones han sido una constante en la historia venezolana y no son un invento de la revolución bolivariana. Tan solo en el periodo 1983-1998 la devaluación promedio anual fue del 65.3%, mientras que en los años del chavismo (1999-2013) se logró “controlarla” con un promedio de 31.7 % anual.

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Fuente: José Huerta, Consultoría e Información.

Conocemos bien la correlación entre devaluaciones y procesos inflacionarios por las experiencias a lo largo y ancho de América Latina, pero Venezuela ha sido un caso muy marcado de esto, lo mismo en la etapa neoliberal que durante la construcción del “socialismo del siglo XXI”. ¿Por qué esas similitudes entre periodos tan ideológicamente diferentes? Fundamentalmente porque la Venezuela de Chávez utilizó los excedentes petroleros para crear y profundizar programas sociales enfocados en las clases más empobrecidas buscando una distribución más justa y eficiente de los ingresos, pero no transformó el modelo de producción económica basado en una economía rentista, que había sido la misma base de los gobiernos anteriores.

Para darnos una idea de las fuentes de la popularidad de Hugo Chávez y de por qué ganaba con cierta amplitud los procesos electorales (cuatro elecciones presidenciales y un referendo revocatorio con un mínimo de 55% de los sufragios) pese a la confrontación constante y al desgaste a la que su imagen era sometida en varios medios de comunicación nacionales e internacionales, hay que revisar algunos de sus logros en materia de política social. Por ejemplo, en 1998 el gasto social era de 8.2% del PIB, mientras que al comienzo del gobierno de Chávez, en el 2000, ya se había incrementado al 11.3%, y para 2006 rondaba alrededor del 13.6%. Según las cifras de los economistas Mark Weisbrot y Luis Sandoval del Center for Economic and Policy Research, de Washington, DC, el gasto social por persona en Venezuela aumentó, en términos reales, en 170% durante el periodo entre 1998 y 2006. En 2001 el gasto en educación fue del 6.4%, un poco más del doble respecto a 1995. En los diez años anteriores a la llegada de Chávez se construyeron 65,000 viviendas; en contraste, de 1999 a 2002 se crearon solamente 92,000. Durante los años de su gobierno, se redujo la mortalidad infantil y hubo un aumento en el porcentaje de médicos disponibles para la población. La cifra de gente en condiciones de pobreza disminuyó de 55.4% en 1998 a 36.3% en 2006. La matrícula universitaria ha aumentado tres veces desde 1998. El desempleo se contrajo; y si bien es cierto que la gran mayoría de los empleos pertenecen al sector informal, esto no es algo que haya sido diferente en el pasado de Venezuela o con respecto al resto de las economías de América Latina en el presente. Todas las medidas redistributivas del gasto en materia social hicieron que para 2011 Venezuela fuera, con base en el coeficiente de Gini, el país menos desigual de América Latina y el tercer país con menos porcentaje de pobres.

Hay que señalar que, a pesar de disfrutar de una enorme riqueza petrolera y de ser un país afortunado desde ese punto de vista, los dirigentes venezolanos anteriores a Chávez convirtieron a Venezuela en el tercer país más desigual del mundo y no diseñaron políticas fiscales redistributivas eficientes. A pesar de ser uno de los países que menos grava la riqueza y las ganancias (junto a México y por características similares), los grupos de poder han defendido sus cotos de poder y privilegios, no sus derechos. En 1995 el impuesto sobre la renta (ISLR) equivalía 1.7% mientras que para 2004 aumentó ligeramente a 2.1%[1]; y la recaudación fiscal total pasó de 4.4% en 1990 a 11.1 en 2004. Bajo la égida de Chávez poco a poco a cambiaron las políticas fiscales para otorgarles un carácter más redistributivo, pero los esfuerzos se han quedado cortos en este rubro.[2]

Tampoco es del todo cierto que Chávez haya atentado sistemáticamente contra la clase media. Claro que las devaluaciones e inflaciones afectan a los ciudadanos (aunque spots y declaraciones de conductores de programas matutinos en México declaren lo contrario). La clase media se vio afectada durante el gobierno de Chávez, por supuesto, pero al igual que durante el periodo de 1975 a 1997, cuando la clase media venezolana se redujo del 56.9% al 31.3% por las mismas razones que son ya rasgos estructurales de la economía venezolana hasta la fecha: inflaciones y devaluaciones. En este mismo periodo, previo a la llegada de Chávez a la presidencia, el ingreso per cápita disminuyó en 22.5% y la pobreza aumentó en 24%.[3]

Pero ¿cuál es el panorama de Venezuela en la actualidad? El presidente Nicolás Maduro se enfrenta a dos crisis evidentes, una económica y otra política. La caída de los precios del petróleo ha afectado el sostenimiento de los programas sociales. El momento actual de Maduro es similar al de Chávez en 2003, cuando el PIB cayó a -7.8%, la tasa de desempleo alcanzó la cifra máxima en veinte años previos (16.7%) y el producto per cápita se redujo, al igual que el salario real. En ese contexto es en el que surgieron los programas sociales denominados “Misiones Bolivarianas”, que trajeron resultados exitosos para los grupos más vulnerables, los mismos que fueron la base de la victoria de Hugo Chávez en el referendo revocatorio de 2004.[4]

Ese panorama guarda similitudes con el actual. La recesión económica ha estado presente en los últimos nueve trimestres: según el Banco Central de Venezuela la inflación durante 2015 fue de 180.9% (una inflación de tres dígitos no ocurría desde 1996) y el PIB se contrajo en un 5.7%. Está también la caída de los precios del petróleo de más de cien dólares en junio de 2014 a menos de treinta a principios de 2016. Todo lo anterior ha hecho mella en la popularidad de Maduro. La salida a la crisis económica no será financiera debido a los bajos precios del petróleo (que parece no cambiarán en el corto plazo). La estrategia que usó Chávez en 2003 con las misiones ya es agua bajo el puente: ya no hay recursos extras o nuevos de los cuales echar mano. Tampoco será política: Maduro no movilizará a las masas de la manera en que lo hacía su antecesor porque el presidente actual no es el líder carismático que sí era Chávez. No tiene su retórica y no existe esa conexión entre el presidente y la ciudadanía venezolana de la que sí gozaba Chávez.

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Si bien las cifras macroeconómicas del primer mandato de Chávez eran similares a las de los gobiernos previos, la diferencia radicó entonces en la redistribución en el gasto social, algo que hizo exitoso y popular al gobierno de Chávez. Pero la incapacidad de crear alternativas a la economía rentista está a punto de terminar con el proyecto bolivariano. En su informe de 2013 el Banco Central de Venezuela informó que la manufactura e industria representaban alrededor del 13.9% del PIB, lo que los ha llevado a estar en niveles inferiores a 1998, mientras que las instituciones financieras (bancos y aseguradoras) han ido en aumento, a tal punto que en 2012 cinco de las 10 empresas más grandes pertenecían a este rubro según la Cámara Venezolano Americana de Comercio e Industria (VenAmCham). El capital en Venezuela no es productivo sino especulativo, culpa compartida del gobierno, que al estar anclado a una economía extractivista-rentista no desarrolló una política agresiva de industrialización (socialista), y del empresariado, que lleva décadas viviendo de la especulación del control de cambios, de precios y de tasas de interés, y por la venta restringida a precios preferenciales de los dólares que tiene en su poder el gobierno. Así, cuando el precio del petróleo es alto, el empresario se dedica a comprar mercancías de importación con dólares baratos que son suministrados por el gobierno. Cuando el precio del petróleo cae y el gobierno realiza devaluaciones para financiar su déficit fiscal, el empresariado venezolano especula y vende caro el producto que había adquirido barato y el costo es pagado por el trabajador que, además, ha perdido poder adquisitivo de su salario por la espiral inflacionaria.[5]

Los empresarios venezolanos no solo especulan con las mercancías y los ciclos de sobrevaluación-devaluación-inflación, sino que también lo hacen con el propio capital. Así lo explica el economista Manuel Sutherland:

Señalamos que la fuga de capitales en el período 2003-2013 bajo estricto control de cambio es ilícita. Afirmamos que es un fraude porque en Venezuela los mecanismos de venta de divisas a la clase capitalista se hacen (en un 90%) en estricta correlación a las solicitudes de importación. No hay otros mecanismos importantes de trasferencia de divisas. Por ende, el capitalista que protagoniza este drenaje de capital lo hace a costa de realizar solicitudes de importación por 100 dólares de una mercancía X, luego recibe del gobierno los dólares por diversas vías (CADIVI, SITME, SICAD etc.) y este se “cuadra” con el proveedor para importar mucho menos de esos 100 dólares, digamos 10 dólares; le da [otros] 10 dólares al proveedor de “regalo” y los restantes 80 dólares para ahorrarlos en el extranjero, incorporarlos al mercado paralelo y un largo etc. De esa forma es como se engordan las cuentas en el extranjero de la clase capitalista y de ahí es donde surge el llamado “mercado paralelo”.

Solamente esta sobrefacturación representó más de 50,000 millones de dólares entre 2006-2011, mientras que la fuga de capitales total entre 2003-2013 (con el control de cambios) está por arriba de los 160,000 millones de dólares según un estudio de Carmen Reinhart y Miguel Ángel Santos, aunque podría rondar los 300,000 millones de dólares en los últimos 15 años según otras estimaciones.

Si bien es cierto que, gracias a los programas redistributivos, la revolución bolivariana lo ha hecho mejor que los gobiernos neoliberales (los cifras de reducción de pobreza y desigualdad no mienten), ambos proyectos han fracasado en construir una economía más allá de la renta petrolera. El proyecto chavista permaneció atado a la economía de mercado y no logró emanciparse de ella. La crisis del rentismo petrolero, de las inflaciones y devaluaciones es una piedra con la que han tropezado tanto la revolución bolivariana como los gobiernos de derecha y neoliberales. Ahí están los números y la historia.

¿Cuál es el futuro para Venezuela? La crisis económica que se instauró en el país caribeño a partir de la caída de los precios del petróleo poco a poco ha ido alimentando una crisis política. El gobierno de Maduro comete una falta grave al no reconocer los errores propios de la revolución bolivariana y presentar una “guerra económica” y una “conspiración mundial” como principales tesis para explicar la crisis. Es cierto que durante los periodos de escasez ha habido especulación con distintos productos (desde aparatos electrodomésticos hasta alimentos de la canasta básica), pero la inflación y la escasez no dejan de ser una realidad en Venezuela. También existe un aumento en la corrupción de la clase política venezolana, que “envolvió a las políticas revolucionarias”, algo que el propio Maduro ha reconocido pero no corregido.

Aún así, el mayor déficit de la revolución bolivariana, tanto en el periodo de Maduro como en el de Chávez, sigue siendo su incapacidad para crear alternativas al sistema rentista. La mayoría de las críticas bien intencionadas a la revolución bolivariana han apuntado, desde hace años, a que, dado que la bonanza petrolera no sería eterna, para mantener a salvo los programas sociales había que empezar a construir una infraestructura que posibilitara la diversificación de los ingresos del Estado más allá del petróleo. El problema de la revolución bolivariana es que en realidad nunca profundizó en la creación de una economía socialista. La crisis venezolana no es una crisis del “socialismo del siglo XXI”, sino una de un capitalismo de Estado basado en una economía rentista, que, eso sí, llevó a cabo amplios programas sociales que beneficiaron a millones de venezolanos y los sacaron de la pobreza.

Si Chávez radicalizaba su discurso y acciones políticas con la legitimidad que le otorgaba cada victoria electoral, es de esperarse que ahora la derecha haga lo mismo. Veremos una radicalización de su parte para poder llegar fortalecida a un referendo revocatorio que debiera celebrarse este mismo año. Hasta ahora, distintos actores de la derecha se han opuesto legal y extra-legalmente al chavismo: intentaron un golpe de Estado en 2002; un paro petrolero promovido por los empresarios agrupados en Fedecámaras en 2002-2003; la candidatura presidencial de 2013 del opositor moderado Henrique Capriles, quien no reconoció su derrota por un estrecho margen e impugnó los resultados electorales; la confrontación perenne de María Corina Machado y su capitalismo popular a lo Margaret Thatcher, que incluso ha confirmado que una de las vías que ha propuesto Ramón Guillermo Aveledo de la Mesa de Unidad Democrática (MUD) es “provocar y acentuar una crisis, un golpe de Estado…”; Leopoldo López, actual líder radical (calificado así incluso por The Economist) de la oposición, quien ha promovido siempre la protesta violenta, como las de las guarimbas[6] en 2014 (este tipo de protesta ha sido condenada por la oposición más moderada y por el mismo Henrique Capriles), y le apuesta a un movimiento (“La Salida”) en las calles que derroque a Maduro a través de mecanismos extra-legales y extra-constitucionales. Actualmente en la cárcel por las acciones del 2014, Leopoldo López puede ser un preso político pero definitivamente no es un demócrata, como señala el politólogo peruano Farid Kahhat.

Se pueden objetar errores en el gobierno de Chávez, sobre todo en la incapacidad de crear una alternativa a la dependencia del mercado del petróleo, pero no era un dictador ni un autócrata. ¿Cuántas de nuestras democracias en el continente tienen referendos revocatorios?[7] Ganó elecciones, muchas y con amplio margen. La legitimidad y fuerza de Hugo Chávez se basaba en un amplio respaldo popular, y esta voluntad se expresaba constantemente en ejercicios plebiscitarios, consultas ciudadanas, iniciativas directas de ley, elecciones y, por supuesto, en el referendo revocatorio al que se sometió y ganó. El proyecto político del chavismo se basaba una democracia plebiscitaria.

Los últimos meses han sido especialmente complicados para Venezuela. Ante la crisis económica y la escasez de productos (que va de la mano con la especulación y el contrabando), Maduro ha decretado un «estado de excepción y emergencia económica» para “derrocar el golpe de Estado y la guerra económica, para estabilizar socialmente nuestro país y para enfrentar todas las amenazas internacionales y nacionales que hay contra nuestra patria”. Por su parte, tras su victoria electoral de diciembre pasado, la oposición ya ha comenzado con la recolección de firmas para solicitar el referendo revocatorio del mandato presidencial. Aunque solo se necesita el 1% del padrón electoral  para solicitarlo (alrededor de 200,000 votantes), en pocos días se han logrado reunir más de dos millones y medio de firmas. Encuestadoras señalan que alrededor del 70% de los venezolanos apoyan una salida anticipada de Maduro. Con el péndulo político yendo hacia la derecha como ha ocurrido en otros países de América Latina, tal vez la suerte de Maduro y el chavismo en general esté echada. Si acepta el referendo, contemplado constitucionalmente, una derrota parece segura. Si no lo acepta y lo dilata a través de medidas quizás legales pero nada legítimas, como el estado de excepción, Maduro romperá con la legitimidad política del chavismo: el régimen plebiscitario. Chávez nunca tuvo miedo de ir a las urnas y por eso es que, a pesar de lo que decía la propaganda en su contra, nunca fue un autócrata. Maduro, por su parte, de no aceptar el referendo revocatorio sí caería en formas políticas autoritarias, a las que el secretario general de la Organización de los Estados Americanos (OEA), el uruguayo Luis Almagro hizo mención cuando declaró: «Que nadie cometa el desatino de dar un golpe de Estado en tu contra, pero que tú tampoco lo des. Es tu deber. Tú tienes un imperativo de decencia pública de hacer el referendo revocatorio en este 2016, porque cuando la política está polarizada la decisión debe volver al pueblo, eso es lo que tu constitución dice».[8]

Es en este sentido que debería actuar el gobierno de Maduro en el futuro próximo. Para utilizar los términos weberianos, la revolución bolivariana estuvo cimentada siempre en una ética de la convicción. Actuó siempre con base en sus principios y lo hizo mejor que los gobiernos neoliberales. Pero esto no ha sido suficiente. Con un 70% de rechazo (similar al del actual presidente mexicano) y una derecha que podría utilizar todos los medios a su alcance, incluyendo una confrontación permanente (como lo muestra que el radical Leopoldo López goce de mayores simpatías que el moderado Capriles), para lograr la salida de Maduro, tal vez sea el momento de actuar de acuerdo con una ética de la responsabilidad y evitar una escalada de violencia. Si el gobierno no se puede sostener plebiscitariamente como lo hizo Chávez, no hay sentido en que se mantenga en el poder de forma autoritaria. Eso sería una traición al proyecto político chavista. En este callejón sin salida, el pueblo venezolano es el que debe tener la última palabra.

(Fotos: cortesía de kremlin.ru y The Photographer.)


Notas y referencias

[1] Dinamarca y Noruega recaudan en impuesto sobre la renta alrededor de 29.4% y 21%, respectivamente.

[2] Ayesteran, José R. “Nivel, estructura y determinantes de la tributación en Venezuela: 1980-2005”. Fermetum. Revista Venezolana. de Sociología y Antropología. Vol.19, No. 55: 2009.

[3] Patricia Márquez y Ramón Piñango (eds.). Realidades y nuevos caminos en esta Venezuela. Caracas, IESA 2003.

[4] Los tres programas más importantes son la Misión Robinson (alfabetización), la Misión Barrio Adentro (cobertura médica gratuita) y la Misión Mercal (alimentos a precios subsidiados). Sin embargo, se han implementado decenas de otras misiones que reciben asignaciones regulares por vía del presupuesto o por recursos directos de PDVSA. Ver Leonardo Vera, «Políticas sociales y productivas en un Estado patrimonialista petrolero: Venezuela 1999-2007», Nueva Sociedad 215: 111-128, mayo-junio 2008.

[5] Para entender cómo funciona la economía rentista del petróleo venezolano, incluidos los mecanismos del control de cambios y las tasas de interés, está la obra de Asdrúbal Baptista, Teoría económica del capitalismo rentístico. Caracas, Banco Central de Venezuela, 1997.

[6] Una «guarimba» es una barricada. Se llamó guarimbas a las protestas violentas por parte de la oposición en 2014, las cuales provocaron la muerte tanto de opositores como de seguidores chavistas, de personas en fuego cruzado y de miembros de los cuerpos de seguridad del Estado venezolano.

[7] En México ya quisiéramos contar con referendo revocatorio para momentos como el presente, en los que el ejecutivo actual tiene una aprobación de solamente el 30%, la más baja para un presidente en dos décadas.

[8] Hay que aclarar que Luis Almagro pertenece al espectro político de la izquierda uruguaya y fue ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de José Mujica.

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