«Viento aparte»: estampa de un país roto

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Todavía me sigue sorprendiendo cualquier tipo de relieve topográfico porque crecí en planicie. Hace un par de años realicé el servicio social de la carrera en una montaña de Hidalgo, a unos kilómetros de Actopan. El objetivo del voluntariado, no es difícil imaginarlo, era apoyar a comunidades marginadas con proyectos productivos, financieros, educativos, diseñados desde la técnica universitaria. El resultado de la experiencia no fue despreciable, sino feliz: una rápida internalización de la ignorancia propia. ¿Qué lección útil puede compartir un capitalino con alguien del campo? Varias veces, teniendo los cerros a la vista, pasó por mi mente una imagen: ¿qué haría si, por ejemplo, el vehículo que me transportara se detuviera en estas carreteras solitarias? He visto Viento aparte, el segundo largometraje de Alejandro Gerber Bicecci, y he encontrado en sus protagonistas esa extrañeza, una inocencia torpe. Simplifiqué con lo anterior: la obra de Gerber tiene un registro mayor –es (en cierto sentido) una obra de iniciación y (sobre todo) un paseo por el territorio nacional, desde esa inocencia torpe.

La fórmula de la trama es sencilla. Primero, unas vacaciones interrumpidas: el padre deja a sus hijos, Omar y Karina, luego de que su esposa sufriera una embolia a unos metros de una playa oaxaqueña, en los peñascos. Por su cuenta, los hermanos de 15 y 12 años deben regresar a la capital a reunirse con su familia. Ya rumbo a su destino, los obligan a bajar del camión porque unos campesinos han bloqueada la carretera: protestan por la masacre de 39 compañeros a manos de las guardias blancas del cacique de la zona. Deben, ahora, tomar otra ruta, aceptar la inestabilidad de su viaje y recorrer kilómetros de carretera rumbo a Chihuahua. Cada parada, un nuevo personaje, algún riesgo distinto. En su camino: un oportunista, un chofer perverso, un buen hombre de campo. Más tarde: nuevos objetos de deseo, nuevas manifestaciones de violencia. También el desarrollo de una historia de la relación entre Omar y Karina. Y el examen de cierto país –tentativa que me interesa.

En las escenas de Viento aparte vemos paisajes amplios rayados de infraestructura, mucho concreto en valles áridos. No aparecen los causantes de la violencia. Ni intrigas entre élites. Toma escena, en algún momento, una corporación estatal: el Ejército. Y luego escuchamos –solo eso– un tiro de metralleta. Independientemente del escenario, la sensación de peligro tiene un origen claro: la presencia de los personajes que Omar y Karina encuentran en el camino. Los personajes (a veces al límite de la caricatura) dan el tono a cada zona. Algunos, primero amables, ponen en riesgo la seguridad de los hermanos; otros, al principio oscuros, los acogen y permiten avanzar en el viaje. Son periodistas, matrimonios, gente de pueblo, choferes y prostitutas. El México de Viento aparte es, primordialmente, un país impredecible: un valle de peligros anidado por refugios.

Para explorar este país y avanzar en la historia, el teléfono celular de Omar es un objeto protagónico en la trama de Gerber. La memoria del celular guarda los suficientes videos para construir una imagen de la familia y sus tensiones internas. Es, asimismo, un objeto que vincula a Omar sentimentalmente con el pasado, a expensas de lo que lo rodea. No hay representación más elocuente de la escisión entre los protagonistas y su presente que la de Omar retratando con el móvil lo que ve. Inocentes, retraídos, es cierto que Omar y Karina nunca logran vincularse realmente con sus dramas contingentes –apenas se estremecen frente a la muerte, las balas y el peligro. Vieron muertos, pero bien pudo ser una tormenta, otro inconveniente. No intervienen: escapan, siguen el camino. Son, fundamentalmente, espectadores. Su primer souvenir es una foto de ellos como público del bloqueo carretero, sacada por otro fotógrafo. Interesa lo que ven –el acto de ellos observando– y el lente del móvil. E interesa, en tanto personajes, su idiosincrasia: son –eso sí– la metáfora del espectador capitalino, que ve todo drama provincial como terrible pero efímero.

(La tragedia provincial tiene otro nombre, dice la capital: tema de discusión semanal.)

Alejandro Gerber ha declarado, sobre esto, que la “extranjería” es una idea cardinal en su obra. A propósito de Omar y Karina, argumenta: “La brecha de entendimiento con el otro es insalvable para ellos. Carecen de las herramientas necesarias para entender la otredad.” Los otros, los personajes secundarios, los que habitan esos territorios desconocidos, son ajenos (por su clase social, por su tez, por su pasado) a Omar y Karina, pero también son ajenos a sus circunstancias: “su identidad y su pertenencia –señala en la misma entrevista el director– están puestas en duda por ellos mismos.” Esta tensión recorre cada episodio. Si algún sentimiento se repite es la incomodidad. Ubicando la violencia en su rango anecdótico (brutal, sí, pero anecdótico), esta crítica al desasosiego de todos sus personajes, por supuesto, es la más honda de Viento aparte, si se quiere, la más política. Extranjeros frente al otro y extranjeros del territorio que pisan, los hermanos encuentran (al final) refugio en ellos mismos. Le dan la razón a una responsabilidad mutua. Por ello quizá el momento íntimo de su relación –y para decirlo en breve: la escena perfecta del filme– es una carrera –entre ellos, solo ellos– por los recovecos pálidos de Paquimé.

No deja de intrigarme la referencia a la playa. Desde la capital, vemos este escenario de alguna manera como zona de escape –Y tu mamá también, Dramamex–: la playa es una zona de libertad y contemplación, antítesis de la jaula urbana. Los personajes de esos dramas (¿ficcionales?) no buscan ni una recompensa ni cumplir una ambición; notamos que su motivación es simplemente huir de una tragedia existencial atada a una geografía específica. En Viento aparte, en cambio, el recorrido de Omar y Karina parte de una playa oaxaqueña. La última memoria que ofrece el celular es la llegada a la playa: el atardecer, las sonrisas, el remanso. Una trayectoria invertida: del descanso al recorrido por el país roto.

La madurez de los hermanos de Gerber, especialmente de Omar, es entonces el proceso por el que se ven forzados a explorar lo ambiguo (de un territorio, de un vínculo humano) sin aprehender certeza alguna. ¿Qué es un país roto? En parte, un sentimiento de extrañeza generalizado en un territorio. Cuando el camión que los debería llevar a la capital se detiene por el bloqueo carretero, Karina le hace una pregunta a su hermano: ¿Ya llegamos a México? No, responde secamente Omar.


Viento aparte

Director: Alejandro Gerber Bicecci
País: México
Año: 2015
Idioma: Español
Duración: 99’


Viento aparte se encuentra, actualmente, en la cartelera de la Cineteca Nacional y Cinemanía y, en internet, en el catálogo de Filminlatino y MUBI.

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