Violencia de género y trabajo de duelo

El testimonio ha suplido al silencio y la empatía al aislamiento. El duelo (político) en contra de la violencia de género es un proceso sin retorno.

| Sociedad

Un duelo se elabora cuando se acepta que vamos a cambiar a causa de la pérdida sufrida, probablemente para siempre.

Judith Butler

Hace poco menos de un año me fui a vivir a Canadá para seguir estudiando. Era la primera vez que vivía fuera de México y, por tanto, la primera vez que tomaba distancia de una cotidianidad constantemente marcada por la violencia, la cual, después de 32 años, tenía ya muy incorporada. Mi hermana Lorena y yo hablamos mucho del tema: yo sorprendida por darme cuenta de que viviendo en México había llegado a creer que la violencia era algo irremediablemente cotidiano, y ella reconociendo en sí misma esa resignación.

Entonces sucedió el ataque contra Andrea Noel y, a los pocos días, comenzó a circular información sobre la denuncia por violación que Daphne presentó contra “Los Porkys”. Estos casos representaban una nueva muestra de la corrupción e ineficacia de las instituciones mexicanas, pero, sobre todo, una exposición descarada de la precariedad que implica ser mujer en México (“estar viva es rebeldía”, se oía el 24 de abril en las calles de la Ciudad de México).

Harta de la situación y dispuesta a hacer algo contra el silencio y la desestimación del problema de violencia contra las mujeres en el país, mi hermana Lorena decidió publicar en Facebook su propio testimonio sobre el acoso y la violencia de género. La respuesta en redes sociales fue impresionante: no solo las mujeres se mostraban empáticas unas, identificadas otras, sino que los hombres, sorprendidos, reaccionaban con enojo y tristeza ante algo que no habían sido capaces de ver. A pesar de eso, y pensando en el caso de Noel, temí posibles amenazas y posteriores juicios de la opinión pública contra mi hermana, así que decidí acompañar a Lorena publicando también mi experiencia como víctima del abuso sexual. Era una forma de decirle que no estaba sola, que no era la única que guardaba historias al respecto, que no era la única que vivía acotada por la violencia, y resultó también una forma de recuperar mi voz y mi valor. En el proceso de publicar mi testimonio, lo que tanto tiempo viví con culpa y vergüenza dejó de formar parte de mí y adquirió su propio espacio.

La exposición organizada de mi historia, más allá de la simultaneidad y cruces que sucedían cuando pensaba en eso, por un lado, y la ubicación del texto en un espacio público, por otro, me permitieron identificar la violencia y el acoso como algo independiente de mis acciones y, así, eliminé el sentimiento de culpa. Además, el haber respondido al testimonio de Lorena, y el saber que, otra vez, como en la muerte de Enrique (algo que mencioné en mi testimonio), estabamos juntas en esto, me hizo sentir acompañada y con fuerza. Así, la culpa y la vergüenza se transformaron en rabia e ímpetu. “Ojalá todas las mujeres tuvieran la forma de hacer lo mismo”, le dije a Lorena la siguiente vez que hablamos, cuando una amiga suya, Mica, ya le había sugerido que convocáramos a otras a mandarnos sus testimonios por mail para hacer algo con ellos.

Lo siguiente fue la idea de la página web. El movimiento ocasionado por #MiPrimerAcoso nos confirmó la necesidad de un espacio específico en donde se pudieran reunir los testimonios para acompañarnos entre todas, pero también para contribuir a la visibilización del problema de la violencia de género en México. También sirvió para que las mujeres dejaran de ver la violencia como algo normal y los hombres se dieran cuenta de cómo vivimos cotidianamente las mujeres. El sitio en internet sería un espacio, en otros términos, que diera pie a un trabajo de duelo en comunidad y, en ese sentido, un duelo político.


Siguiendo a Freud, “el duelo es, por regla general, la reacción frente a la pérdida de una persona amada o de una abstracción que haga sus veces, como la patria, la libertad, un ideal, etc.”[1] En el caso de la violencia de género esa pérdida es múltiple: por un lado, se pierde el derecho a la privacidad, pero también a ocupar libremente el espacio público, a circular por la ciudad. Se pierde además la confianza en la comunidad (que observa el acoso sin reaccionar a él) y el apoyo social e institucional (pues los mecanismos de denuncia son degradantes e inoperantes). En breve, se pierde la agencia, la capacidad de acción y poder propia de cualquier sujeto sobre su entorno y sobre sí mismo.

El duelo es un doloroso y arduo trabajo en el que se reconoce la pérdida y la condición misma de duelo; a través de distintos rituales, el doliente se reconfigura en función de lo que ha perdido hasta conseguir un desprendimiento libidinal de aquello que perdió. En otras palabras, ante la pérdida de un “ser esencial” –y aquí me remito a Jacques Lacan– quien está en duelo habrá de decir la pérdida desde un cuerpo comprometido, dando lugar a una escritura nueva, a un trazo nuevo que reestructura al sujeto en duelo.

Ahora bien, para que el duelo se complete, para que el doliente consiga reconfigurarse, es necesario el reconocimiento del duelo tanto por quien ha sufrido la pérdida, como por la comunidad. En ese sentido, es imprescindible identificar lo real de la muerte, de la expulsión o de la vejación. Decía Agamben acerca de Auschwitz que ahí “no se moría, se producían cadáveres, cadáveres sin muerte.”[2] Más allá de que en el caso de Agamben la cita se refiera al acontecimiento criminal del Holocausto, lo que me interesa rescatar aquí es la noción de que ese anonimato, el de las estadísticas, el de los números sin nombre, elimina al sujeto y difumina los eventos sucedidos. Por tanto, elimina también la posibilidad de realizar un trabajo de duelo al tiempo que promueve una sociedad enferma, autodestructiva.

En México, detrás de cada una de las agresiones contra las mujeres puede leerse un discurso machista generalizado en el que las mujeres ya no somos consideradas como personas sino como “perras”, “putas” o “locas” –por mencionar algunos de los epítetos más frecuentes– y las agresiones son exageraciones, merecidos o alucinaciones. Esa sola operación de desplazamiento desensibiliza a la sociedad frente a lo que suceda con nuestras vidas. Al interior de las familias se esconden las historias de abuso y acoso sexual para evitar el juicio de la comunidad, lo cual, a su vez, promueve la violencia en el espacio doméstico. A lo anterior, debemos añadir instituciones corruptas que fomentan ese mismo discurso y sostienen la impunidad de los agresores mientras la población, harta de escuchar cifras y porcentajes de asesinatos, de víctimas y daños, hace oídos sordos a voces que, de cualquier manera, no tienen ninguna vía para hacerse escuchar.

A las mujeres –silenciadas y alienadas de la comunidad, objetivadas bajo los varios insultos antes dichos– se nos agrede porque no se nos reconoce como sujetos. Podríamos adaptar el planteamiento de Judith Butler en Vida precaria a esta situación y decir que a las mujeres en México no se nos ha reconocido el derecho al duelo ni se nos ha llorado; ni se ha reconocido la pérdida de nuestra condición humana, de nuestra libertad y derecho a la participación política y social, ni se ha llorado a las víctimas de feminicidio, porque no somos consideradas vidas que importen. Con razón se leía en una pancarta durante la marcha del 24 de abril que “un país donde la sociedad cree que acosar y violar hasta el feminicidio es un privilegio, está enferma de muerte”.

Cuando las mujeres hemos sido violentadas al punto de poder hablar de una normalización de la violencia de género, es necesario –y cuando digo necesario quiero decir vital– cambiar las dinámicas, construir nuestro lugar en la sociedad y hacer valer nuestra voz. Pero para poder transformar las condiciones en las que vivimos, la forma en la que se nos considera y la autoconcepción que hemos ido formando a lo largo de tantos años de violencia, es necesario pasar por un trabajo de duelo.

Después de la experiencia que tuvimos al escribir nuestros testimonios, tanto Lorena como yo creemos que es necesario llevar a cabo rituales, ceremonias. Como por ejemplo la escritura de un testimonio, para que cada mujer le dé la importancia que amerita a la pérdida que ha sufrido, y su publicación para que la sociedad la reconozca. Por eso creamos duelo.org.mx, para dejar de hablar de estadísticas y contar historias, para que sean voces y personas con particularidades y matices acompañándose desde la identificación o la empatía.

Nunca he contado esto porque mucho tiempo me dio vergüenza […] me sentí muy tonta de haber permitido que ese tipo se aprovechara de mi estado y no haberme dado cuenta antes.” En los testimonios que hemos recibido y publicado aparecen constantemente la vergüenza y también la culpa: “[…] a esos abusos se sumó el silencio de la familia, la culpa cargada a mis espaldas.” Condiciones que, en la mayoría de los casos, dieron lugar al silencio –“esa vez ni siquiera busqué ayuda, había aprendido desde chica que no existía tal cosa, que el error era mío” – o, en caso de hablar de lo sucedido, a la reprobación social: “no me creyeron, solo decían: ‘Seguro estaba jugando, no exageres’.” Los testimonios narran cómo se ha estructurado en México el ciclo de la violencia de género desde lo particular, y desde ese mismo lugar, modifican lo general: la historia de una advierte a otra, la identificación con un testimonio confronta la alienación impuesta socialmente y así, probablemente, la próxima vez que alguna esté en una situación de riesgo o acoso, tendrá menos miedo de alzar la voz, de exigir sanciones contra el agresor y la comunidad; otras se unirán a ese reclamo. El trabajo de duelo conduce a sensibilizar a la sociedad y a configurar, gradualmente, nuestro lugar como sujetos políticos y sociales.

(Foto: cortesía de KylaBorg.)


Referencias

[1] Freud, Sigmund. “Duelo y melancolía”, 1917 (1915), XIV, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1979.

[2] Agamben, Giorgio. Lo que queda de Auschwitz. El archivo y el testigo. Homo Sacer III, Pretextos, Valencia, 2000.

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