Voces alrededor de avenida Chapultepec: más allá de la consulta

Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email

Hasta hace poco no era un tema. La frontera se atravesaba con indiferencia. Ni siquiera se reconocía como tal. Pero hubo una apelación al deseo. En las primeras planas de los periódicos aparecieron de pronto imágenes de lo que podría ser, en vez de imágenes de lo que es. A partir de entonces su existencia se volvió problemática: una avenida en grave “descomposición” económica y social.

¿Y la solución? Un proyecto multimillonario —un parque elevado, estilo High Line, avalado por un jurado internacional en temas de diseño y sustentabilidad. Pero hay problemas: el proyecto ha sido desarrollado puramente con inversión privada, y de imponerse, en vez de crear un nuevo espacio público (como se anuncia), suspenderá sobre Avenida Chapultepec un centro comercial del tamaño de Antara.

Furor vecinal y de especialistas. La construcción se suspende y se hace un llamado a una consulta ciudadana, misma que se aplaza y se aplaza, cambiando de manos hasta que por fin se queda en una fecha: el 6 de diciembre.

Para entonces, el tema ya ha saltado coordenadas, convirtiéndose en ejemplo de una tendencia global hacia la privatización del espacio público:

—En Atenas tenemos una historia casi idéntica con respecto a nuestra avenida principal —me comenta por correo un urbanista que da clases en la New York University de Berlín—. La arquitectura se ha convertido en mercadotecnia.

Mientras todo esto sucede, la vida sigue su curso: en los parques de la Condesa los perros —cuando no los están matando— sacan a pasear a sus dueños, y el tema se discute entre muchos más. A las casas llegan, junto con los menús de fondas y catálogos de Office Depot, panfletos rosas CDMX con el logo del proyecto: “Seguridad las 24 horas. Accesibilidad para todos. Actividades culturales sin costo”. Un diseño impecable, atractivo, pero sin una palabra del impacto, de los pros y los contras. Como si la iniciativa fuera un proyecto de bienes raíces o un departamento de lujo, no una iniciativa gubernamental.

Y luego están los kioscos promocionales. En la calle de Durango. En la Glorieta de los Insurgentes. Los domingos se confunden con los stands de tés y de zapatos tenis que se ponen en el Parque México para aprovechar el flujo peatonal, pues también tienen su personal de ventas: señoras con chalecos de la delegación Cuauhtémoc que hablan, con quien se preste, de todas las actividades que se van a incluir. Que será gratis. Que no se gastarán tus impuestos. Que la ciudad no se endeudará.

—Ya está financiado. Se va a realizar —me dice una de ellas enseñándome todas las encuestas (a favor) que le realizó a los transeúntes—. La consulta ciudadana va a ser para decidir cuáles son los usos que se le quiere dar.

Esto, hace unos meses: desde que se anunció la nueva fecha para la consulta se han retirado los mensajes de los kioscos. Se les va a extrañar: formaban ya parte del mobiliario urbano cotidiano.

En su lugar han aparecido grafitis sobre la estructura vacía —todos en contra del Corredor Cultural.

Lo que dijo la señora no es cierto. La consulta solo tiene una pregunta: ¿Deseas que se realice el proyecto, sí o no?

—Es como si un niño le preguntara a su mamá: ¿puedo robar de tu clóset, sí o no? —me dice Elias Cattan, fundador del despacho de arquitectura Taller 13. Su oficina está en el techo, literalmente, de un edificio de la Condesa: una estructura de madera amplia que refleja los intereses de Cattan por la sustentabilidad.

Según Cattan, la consulta es ilegítima. Llega muy tarde porque todo el proceso, desde la formulación de la necesidad de una intervención hasta el concurso y la licitación, fue ilegal.

—Es absurdo eso de que se está “decidiendo juntos”: los renders del proyecto y los desarrolladores ya están escogidos… ¿Por qué se necesita ese segundo piso? —pregunta retóricamente, viendo su taza de café—. Pues simple: para hacer un centro comercial.


Me encuentro junto a uno de los kioscos, en la Glorieta de Insurgentes. De ahí saldrá, como una lengua, una rampa que formará parte del techo del centro comercial.

Le marco a Ignacio Lanzagorta, antropólogo que pasó un año entre los travestis, skaters y emos de la glorieta. Me lo imaginé como un motociclista, con una chaqueta de cuero y lentes obscuros. Pero desde lejos me saluda un chico de sandalias, gorra gris y camisa de rayas.

—La idea original de la glorieta era que tuviera cafés, que fuera un lugar de destino, bajo un ambiente tranquilo —me dice. Al igual que el Corredor Cultural Chapultepec, la glorieta había sido diseñada para “resolver varios problemas al mismo tiempo”: el tráfico de los autos, la falta de cruce peatonal, la concepción de esta zona como un espacio marginal.

Pero salió mal. Y desde el momento en que se construyó ha habido diferentes grupos que la han querido rescatar. Las propuestas han sido variadas: hacer un estacionamiento en forma de pirámide, una plaza para los tríos, un Times Square mexicano. Y, recientemente, convertirla en la galería al aire libre más grande del mundo. Anexada —claro— al Corredor Cultural.

—El espacio no funciona, pero ¿para quién? Las clases altas de la ciudad y las empresas trasnacionales están regresando a las zonas céntricas del DF. Los intereses alrededor de Reforma se han vuelto más poderosos.

Desde que Ignacio realizó su estudio, hace cuatro años, el espacio ha cambiado mucho. Ya no hay skaters ni trans: es un espacio más vigilado. Caminamos debajo del paso peatonal en Génova hacia un túnel oscuro. Ignacio apunta hacia una reja.

—Cerraron el túnel porque aquí vivían indigentes, familias enteras.

Luego, por la calle de Oaxaca, entre la basura y el grafiti vemos banquetas nuevas, algunos lofts.

Recuperar. Reutilizar. Estas palabras tienen una fuerte carga de clase social.


—No tenemos nada en contra de la cultura, pero decir “aquí el dinero es lo que baila y lo vamos a hacer” ¡no se vale! —dice Hilda, dueña del Servicio Eléctrico Chávez, una empresa de reparación automotriz que fundó su papá y que lleva cuarenta años en la esquina de Avenida Chapultepec con Varsovia—. Ya han venido a querer comprar el edificio. ¿Y los negocios de aquí? Van a desaparecer. Nuestros clientes no son peatones. Vienen de todos lados: de Iztapalapa, de la del Valle, de la Zona Rosa. ¡Todos nos conocen! ¡Después de tantos años, ya te imaginarás!

Salgo del local a la avenida y atravieso puestos de comida, tlapalerías, ferreterías, fondas, tiendas de abarrotes y de mayoreo. En los reportes del Corredor Cultural se habla del potencial económico de la avenida como si el espacio estuviera subutilizado. Los renders, con sus lofts, delis y restaurantes gourmets, proponen dotar de vida el espacio. Como si ahora no hubiera nada.

—Nuestro trabajo no es de la gente que pasa por aquí —dice Alejandro Espinosa de la Vega (me dio por lo menos otros cuatro apellidos pero no tuve tiempo para apuntarlos), quien nació en Avenida Chapultepec 433 y vivió ahí hasta que murieron sus padres. Su negocio de enmicados tiene 40 años en el mismo lugar, sobre la avenida. Es su vida. Con él sacó adelante a su familia. De ahí no se mueve.


Para poder cruzar Avenida Chapultepec me tengo que parar en medio metro de cemento. A la mitad de la calle. Es un simulacro de banqueta: entre los semáforos, los mofles, los camiones. Hay pedazos de vidrio —¿un choque, un robo?— en el piso. Poco más adelante, un absurdo puente, monumento a la nada, rompiendo el cruce peatonal. Me siento como Simón Levy, que hace unos meses apareció en El Universal diciendo que cruzar Chapultepec era un “deporte extremo”.

Viví por un año en la Zona Rosa, a una cuadra de la avenida y nunca imaginé a esta como una “frontera” hasta que leí los reportes realizados por los promotores del Corredor Cultural. Y sí. Podría pensarse de esa manera. Atravesarla es riesgoso, me consta. Pero la solución (y pienso ahora en lo que me dijo Cattan) debería ser generar flujo a través de ella, no cortarla aún más con una construcción de concreto que corra por encima.

—¿Que cómo está la perspectiva? ¡Negra! —me dice el cajero de la tienda Yug que se encuentra sobre Chapultepec, entre Sonora y Guadalajara. Sobre mi cabeza hay formas geométricas cabalístico-tibetanas y calendarios de limpias, masajes, alineación de chacras. Atrás, una foto de un señor con un afro enorme en una especie de mameluco naranja. Había un proyecto similar en la Zona Rosa. Era un lugar de cafés y galerías me dice, y al instante pienso en mi papá, que había vivido ahí hace cuarenta años, entre galerías, restaurantes gourmets y happenings— ¿y ahora? ¡Puros antros!

—A nosotros nos conviene. Va a haber más restaurantes, ¿no? —comenta la dueña de una tienda de cafeteras y hornos para establecimientos de comida, del otro lado de la frontera.

—Pues que van a hacer una plaza….—me informa el recepcionista de una compañía que renta oficinas en el cuarto piso de un edificio que está sobre la avenida. Se queda viendo por la ventana hacia el cruce con Sonora: hay tres coches parados en doble fila. El primero es de Qualitas Seguros. El segundo, de la SSP. El tercero, el accidentado.

Detrás de los edificios viejos de cuatro o cinco pisos se yergue un nuevo skyline “primermundista” que contrasta con la avenida como en un mal collage. Las fuerzas que lo construyeron son las mismas que hoy quieren invertir en el espacio. A lo lejos, justo encima del Ángel de la Independencia, coronando uno de esos monumentos al corporativismo, se puede leer una señal de lo que, para algunos, es ya un futuro próximo. New York Life.

Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email

ARCHIVO

Shopping Basket