Vulnerable clase media

La ilusión de un México clasemediero resulta un argumento funcional al statu quo: no nos permite visibilizar a las clases vulnerables ni avanzar, con política pública, en el combate contra la desigualdad.

| Nacional

¿Es México un país de clase media? Cada cierto tiempo esta pregunta resurge en nuestra conversación pública. Su respuesta no es trivial: de ella dependen ideas tan básicas como la que tenemos de justicia social, los niveles de (des)igualdad que nos parecen deseables o tolerables o las políticas públicas que consideremos más urgentes para generar bienestar.

Desde hace años hizo fortuna la idea de que México era ya –o estaba camino de convertirse– un país de clase media. Se trataba de una tesis discutible pero que conectaba con el espíritu del tiempo y cuya aceptación ha tenido serias implicaciones. Mi intención con este texto es criticar la fantasía del país de clase media, sosteniendo que el trasfondo de la ampliación de la identidad clasemediera (la construcción social que implica sentirse de clase media) en México está en el crecimiento de un sector que, pese a su importancia, ha sido ignorado: la población vulnerable. Para hacerlo, hay que comenzar por ver la nueva composición de nuestros clasemedieros.


Distinguir entre pobres y clase media: ¿un acertijo esotérico?              

Hace dos mil años, Aristóteles afirmó que los seres semejantes se encontraban ante todo en las situaciones medias. Hoy, por el contrario, si algo caracteriza a las clases medias es su diversidad, pues bajo esa etiqueta solemos incluir a grupos tan diversos como los empleados públicos, los pequeños empresarios o los profesionistas independientes. La complejidad se vuelve mayor dadas las confusiones a la hora de auto-ubicarse en la escala social, frecuentes entre los clasemedieros. El centro de la geografía social se ha abarrotado a tal grado que el uso del plural ha sido el medio para organizarlo: se habla de “clases medias” y no de “clase media”.

¿En qué ha cambiado la composición de este sector? A finales de los noventa, como explica Ludolfo Paramio, el escenario en América Latina era el de una clase media en crisis.[1] Las transformaciones económicas de esa época fragmentaron a este sector en al menos dos grupos: quienes ganaron con los procesos de liberalización económica y quienes resultaron perdedores. La clase media tradicional se habría dividido en función de su relación con el nuevo modelo económico y de la posesión o carencia de las habilidades requeridas para adaptarse a las nuevas exigencias laborales.

Aunada a esta división, la novedad de los últimos años ha sido el surgimiento de un nuevo grupo social: el de quienes “emergen” a partir de la pobreza y forman un colectivo que se aproxima a la “clase media perdedora” en términos socioeconómicos, aunque les separen diferencias culturales. Se trata de un grupo social de situación endeble, movediza y problemática, resultado de una década de crecimiento económico, programas redistributivos y cambios en la estructura familiar.

Ante la emergencia de este sector, distinguir entre pobres y clase media pareció convertirse en un “acertijo esotérico”, como dice un personaje de la novela Si viviéramos en un lugar normal (2012) de Juan Pablo Villalobos. La pregunta es: ¿basta con dejar de ser pobre para integrarse a la clase media?

Si algo distingue a estos nuevos sectores que emergen a partir de la pobreza es que son muy vulnerables a los cambios en el ciclo económico, a la retracción del Estado o a otros riesgos como la pérdida de empleo, la enfermedad o muerte de un miembro de la familia. Precisamente esa vulnerabilidad se ha ensayado como una respuesta al acertijo de la novela de Villalobos. Para los economistas Luis Felipe López-Calva y Eduardo Ortiz, estar más allá de la vulnerabilidad, del riesgo de recaer en la pobreza, es precisamente lo que define a las clases medias.[2]

Este punto de vista los lleva a definir a la clase media como aquellos hogares con un nivel de ingresos –ubicado entre los 10 y los 50 dólares diarios– que les permita protegerse de los riesgos de caer en pobreza a través del tiempo. La idea es que quienes han logrado salir de la pobreza pero mantienen una situación de inseguridad económica –producto, entre otras cosas, de encontrarse fuera de los sistemas de seguridad social– difícilmente podrán crear una empresa con éxito, demandar cierto patrón de consumo o reafirmar su estatus. Todas exigencias clasemedieras.

A partir de este enfoque surge un nuevo grupo social que, sin ser de clase media, tampoco es pobre, y por tanto, no es elegible para beneficiarse de los programas de lucha contra la pobreza: los vulnerables. Tengo la impresión de que la mayoría de nuestras auto-identificadas clases medias (8 de cada 10 mexicanos, de acuerdo con algunas encuestas) entraría sin dificultad en esta “clase vulnerable”, cuyo reciente crecimiento puede ser el trasfondo de la voluntariosa universalización de la identidad clasemediera en México.


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Representación de clase media, realidad vulnerable: los empresarios

La zona gris en la que se encuentran los individuos que no son pobres pero tampoco llegan a ser clase media arroja luz sobre una segunda cuestión –la vasta distancia entre nuestra representación de los clasemedieros y su realidad material– pues está presente en mucho de lo que solemos pensar como propio de la clase media. Tomemos por caso a los empresarios.

La capacidad emprendedora se encuentra bien asentada en nuestra representación de las clases medias, quizá como su principal característica. La figura del empresario permea lo mismo a los discursos políticos que a los programas académicos. No resulta extraño que entre nuestra mayoría subjetiva de clasemedieros haya una multitud de empresarios en potencia. Sin embargo, la realidad de la mayoría de estos emprendedores está lejos de su representación idealizada –asociada a la toma de riesgos o a la creación de empleos– y se diferencia poco de la de sus equivalentes más pobres.

¿Cómo son realmente la mayoría de nuestros empresarios? De acuerdo con el censo económico de 2009 realizado por INEGI, 49.9% de las casi cuatro millones de empresas contabilizadas pertenecían, en ese año, al sector del comercio. Dentro del comercio, los micronegocios agruparon en la práctica la totalidad de unidades económicas (97.1%). Alrededor de la mitad de estos micronegocios (46.8%) se ubicaban en el giro de los abarrotes y alimentos al por menor. Es decir, que si existe un prototipo del emprendedor mexicano seguramente sea el dueño de la tienda de la esquina.

Decía Charles Wright Mills en su estudio clásico sobre la clase media estadounidense que si podíamos hablar de lumpenproletariado bien podríamos hablar también de lumpenburguesia, pues “el fondo del mundo empresarial es tan distinto a su cima que es cuestionable el que los dos deban ser clasificados en el mismo grupo”.[3] Mills se refería a pequeños negocios que no empleaban a nadie, en los que los propietarios y sus familias trabajaban día y noche en un estado de aguda ansiedad, pues modestos cambios en el volumen de ventas se reflejaban sensiblemente en las ganancias. ¿No está nuestro empresariado clasemediero conformado en su mayor parte por estas empresas de “triste condición, alta tasa de fracaso y curiosa supervivencia”? ¿No son nuestras tienditas una nueva representación de la lumpenburguesía? Desde esta perspectiva, hablar de la actividad empresarial como una amplia vía para la movilidad social estaría en los límites del engaño (o varios pasos más allá).

No es un fenómeno exclusivamente mexicano. En una investigación en la que se preguntan qué tan clasemediera es la clase media alrededor el mundo, Abhijit Banerjee y Esther Duflo encontraron los mismos patrones entre los emprendedores de 13 países en vías de desarrollo: más de la mitad de sus empresas eran tiendas de abarrotes, locutorios o sastrerías. Como en nuestros changarros, los inventarios de estos establecimientos eran pequeños y poco diferenciados de la competencia. Y como la lumpenburguesía de Mills, trabajaban largas horas por muy poca ganancia, empleando muy rara vez a alguien fuera del círculo familiar.

De acuerdo con dicha investigación, para estos emprendedores montar un negocio era a menudo una manera de “comprar un empleo”, más relacionada con la subsistencia y la falta de oportunidades laborales que con el afán de emular a las versiones actuales del héroe schumpeteriano. Los empresarios de Banerjee y Duflo regentaban una empresa donde ganaban más o menos igual que empleándose para alguien más, trabajando más horas aunque de forma menos intensiva. La investigación concluye que, en el mundo en vías de desarrollo, los negocios clasemedieros no son muy diferentes de los regentados por los pobres.

Con ello en mente, me parece probable que una importante proporción de los empresarios mexicanos que se identifican como de clase media sean en realidad individuos vulnerables con poca capacidad de inversión e innovación, con ganancias siempre volátiles y que probablemente no estén inscritos en el IMSS ni paguen impuestos. Entre ellos habrá quienes se hayan iniciado en el mundo de la empresa debido a la “la transubstanciación de las clases medias en utopía”, como ha señalado Ariel Rodríguez Kuri, mientras que muchos otros lo habrán hecho obligados por las circunstancias, haciendo de la necesidad virtud en un contexto de bajo crecimiento.


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El peso de la vulnerabilidad

La empresa no es el único lugar en el que podemos entrever el peso de los sectores vulnerables en la sociedad mexicana. Esta población en tránsito ha transformado también otras prácticas que asociamos con la clase media: una de ellas es la asistencia a escuelas privadas, cuyo crecimiento[4] se explica en parte a que han encontrado un nicho entre quienes, pese a no contar con grandes ingresos, desean dejar a sus hijos un título en una “escuela particular” (aunque sea una “patito”).

Considerando una estratificación social tetrapartita (con pobres, vulnerables, clase media y una siempre residual clase alta), un grupo de investigadores encabezados por López-Calva concluyó en 2014 que si bien la clase media mexicana había crecido en los últimos años, el segmento más amplio de nuestra población estaba conformado por individuos vulnerables, que sumados a los pobres ocupaban más de dos terceras partes del edificio social. Algo similar ocurre en América Latina, donde ser vulnerable es el problema de las mayorías. El aumento de la pobreza a raíz de la reciente crisis económica sería una prueba a favor de este argumento: muchos de los individuos convertidos en nuevos pobres no provenían de la clase media (un sector que se mantuvo estable o incluso aumentó en algunas regiones) sino de los grandes sectores vulnerables.

Parece obvio, pero no sobra decirlo: que México sea una sociedad mayoritariamente de clase media o una mayoritariamente vulnerable (y pobre) importa. La diferencia entre ambos sectores no es poca: de acuerdo con el trabajo de López-Calva y su equipo, prácticamente la mitad de la población vulnerable labora en la informalidad, dos terceras partes no tiene derecho a pensión y más de la mitad no cuenta con servicio médico. En estos tres indicadores la distancia respecto a la clase media es de alrededor de veinte puntos. Por tanto, calificar a nuestra sociedad en uno u otro sentido implica serias consecuencias a la hora de plantear nuestros desafíos colectivos y las acciones necesarias para hacerles frente.

El dilema de la población vulnerable no es solo que no pueda aprovechar las políticas públicas que buscan favorecer a la supuestamente mayoritaria clase media, que benefician fundamentalmente a un sector privilegiado, sino que probablemente también están fuera de los programas de asistencia social, dirigidos a los más pobres. Los vulnerables, se habrá sospechado, tampoco tienen acceso a muchas de las alternativas del mercado a los sistemas de protección y a los servicios públicos. Su tragedia es que –pese a su tamaño– parecen ser un colectivo invisible.

Por ello, cualquier proyecto político que busque ser realmente incluyente deberá encontrar la manera de agrupar y beneficiar tanto a los más pobres como a las clases medias y a los nuevos sectores vulnerables. Un primer paso para hacerlo sería plantearse el objetivo de democratizar la seguridad económica, para que quien deje de ser pobre tenga un menor riesgo de volver a serlo.


Reflexiones finales

Con todo, la fantasía del país de clase media tiene implicaciones reales. Quizá la más importante sea que oculta la persistencia de nuestra crisis estructural más longeva: la desigualdad. En un contexto en el que menos del uno por ciento de la población concentra cerca de la mitad de la riqueza del país, como señaló recientemente Gerardo Esquivel, la ilusión del país de clase media y su compañera, la concepción de la justicia como “igualdad de oportunidades”, resulta un argumento funcional al statu quo, una venda de ingenuidad o cinismo que nos impide enfrentar nuestro más grave problema.

En cierta ocasión “Los Cuatro Fantásticos” se enfrentaron a un gigantesco extraterrestre que pretendía invadir la Tierra: Gormuu. Lejos de doblegar a la criatura, las armas terrícolas parecían fortalecerla, al hacerla aumentar de tamaño. Por fortuna, al examinar una de las huellas del invasor –de gran perímetro pero escasa profundidad– Mr. Fantastic llegó a la conclusión de que la criatura crecía en volumen pero su masa permanecía estable. Es decir, que era más grande pero también más frágil. Gracias a ello, Gormuu fue derrotado cuando se le atacó con un láser que lo hizo crecer más que la Tierra hasta desvanecerse.

La extraña imagen que prevalece sobre nuestra clase media tiene una gran similitud con este villano de historietas. Recuérdese cómo hace poco, en un contexto donde la clase media supuestamente crecía, un modesto aumento al ISR se interpretó como una condena de muerte para este colectivo. ¿La razón de estas confusiones? El no reconocer la importancia y expansión de la “vulnerabilidad”. Me temo que mientras sigamos ignorando este fenómeno nos limitaremos a debatir sobre nuestra clase media como voluntad o representación, pero nunca como realidad.

(Fotos: cortesía de photogreuhphiesHugo Cesar y Omar Bárcena.)


Notas y referencias

[1] “Economía y política de las clases medias en América Latina”, Nueva Sociedad, septiembre-octubre de 2010, Fundación Friedrich Ebert; “Clases medias y polarización en América Latina” y “Clases medias, política y democracia”, Pensamiento Iberoamericano, AECID-Fundación Carolina, Madrid, 2012.

[2] Luis F. López-Calva y Eduardo Ortiz, “Clases medias y vulnerabilidad a la pobreza en América Latina”, Pensamiento Iberoamericano, AECID- Fundación Carolina, Madrid, 2012.

[3] Charles W. Mills, White Collar: the American middle classes (Oxford University Press, 2002).

[4] De acuerdo con la SEP, en el ciclo escolar 2013-2014 existían en México 43,801 escuelas privadas.

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