¿Y cómo se vive mejor que sublevado? Migración y poder en Elena Garro

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Una tras otra, las noticias sobre los refugiados que durante los meses últimos han llegado de oriente próximo a Europa saturan la percepción. Entre los números de miles y decenas de miles, las historias particulares se desvanecen; cuando se trata de un caso extremo, como el fallecimiento del niño Aylan Kurdi en las costas de Turquía el 2 de septiembre pasado, el estremecimiento dura unos pocos días, y nada más. Una tragedia multitudinaria se convierte solo en un desfile de estadísticas.

¿Cómo adentrarse en el vulnerado mundo de quienes tienen que dejar a fuerzas su casa y su país? Una escritora mexicana, de cuyo nacimiento se cumplirán cien años en diciembre próximo, publicó en agosto de 1980 una colección de relatos de espeluznante actualidad: en Andamos huyendo Lola Elena Garro esbozó las duras batallas del migrante en sociedades ricas e insensibles.


Habría que empezar diciendo que Garro, en la vena de Nellie Campobello y Juan Rulfo, se interesó desde un principio en las historias de personajes colocados en las orillas más frágiles de la vida comunitaria, a menudo hundidos en la pobreza o en una escala inminente de peligro e indefensión, pero dotados de habla. “¿Quién se fija en mí? ¡Nadie! Nadie sabe ver a un pobre”, clama uno de sus campesinos. La compasiva mirada de Garro hacia los desheredados sería un rasgo temperamental, manifestado tanto en su compromiso político –defendió a grupos de campesinos en sus peticiones de tierra en los años cincuenta y sesenta– como en las venturas y desventuras de su vida.

El polémico papel de Garro durante el movimiento estudiantil de 1968 (señaló en un artículo periodístico a escritores e intelectuales que apoyaban las protestas de los universitarios) la llevó a una posición vulnerable a la crítica moral y política, dio pie a su decisión de abandonar México a partir de 1972 y se tradujo en una capa de silencio y negación sobre sus aportaciones a la literatura. Luego de vivir con grandes carencias por más de dos décadas en Estados Unidos, España y Francia, la autora regresó al país y se estableció en Cuernavaca en 1993. A lo largo de los años ochenta y noventa fue dando a conocer varias obras inéditas. Como ha señalado la crítica y estudiosa Gabriela Mora, la literatura de Garro debería ser considerada, en calidad y trascendencia, a la par de las dos obras maestras de Juan Rulfo. Sin embargo, tanto por los saldos de su exilio como por su condición de mujer en una sociedad literaria machista y su perfil incómodo para las instituciones del Estado –al haber sido crítica siempre de las injusticias sociales–, Garro, quien falleció en agosto de 1998, no fue reconocida nunca a plenitud. Ninguno de los premios mayores del país o de la lengua llegó a sus manos. Un galardón como el Premio Nacional de Ciencias y Artes le fue negado sin más. Claro que para las generaciones siguientes de lectores resultaría natural hacer a un lado los ires y venires biográficos y las desaveniencias personales y políticas. Es decir: su vida fue un itinerario de derrotas que se trasfiguraron oblicua y deslumbrantemente en sus obras, y es esta, su escritura, la que pervive. Mantengámosla en el nodo de la conversación crítica.

En lo que viene me planteo leer Andamos huyendo Lola, una compilación de diez relatos, no tanto como el recuento pronunciadamente autobiográfico de las desventuras extranjeras de dos mujeres, Elena Garro y su hija Helena Paz, trocadas en los nombres de Lelinca y Lucía, sino como una serie de historias en torno a los vínculos de la realidad y la imaginación que se crean cuando la emigración, con su constante de persecución y desamparo, llevan al ser humano a un abatimiento emocional y psíquico extremo.


En primer término, el tema de la emigración da como resultado que la misma forma narrativa mute. Más que cuentos ceñidos y redondos como los de La semana de colores (1964), su primer tomo de ficción breve, en Andamos huyendo Lola Garro incluye relatos exentos de la búsqueda de un efecto dramático único. Se trata de piezas más bien distendidas, con un aliento amplio para desmenuzar las peripecias de sus entes de ficción, pues lo que se privilegia es una pauta progresiva con que se designe la sedimentación interna del hostigamiento. No es raro que un crítico tradicional como Seymour Menton haya descalificado apresuradamente el libro aduciendo que “los cuentos son demasiados difusos y carecen de unidad estructural”. Se ha incluso señalado que el texto que da título al volumen sería una novela corta antes que un cuento o un relato (ciertamente, la novela corta es una forma que caracterizó la ficción publicada por Garro en los ochenta y noventa). En el texto central de Andamos huyendo Lola, Garro se demora en las tribulaciones de las dos mujeres en Nueva York: los episodios se centran en sus dificultades económicas, sus amistades y apegos, los rumores y ruidos, el talante sutilmente perverso de quienes las rodean y que les afinca el temperamento en los feudos de la desconfianza y la maledicencia. A pesar de su mayor extensión, sin embargo, ese texto sigue rigiéndose por la lógica de distensión acumulativa que asociaríamos con el relato, antes que por una construcción novelística en que los sucesos confieran una evolución determinativa a la psique de las protagonistas. Las acciones finales, que las salvan del peligro, vienen tomadas por otros personajes, excepciones benignas en un medio calamitoso. La parálisis de madre e hija hallaría una relación orgánica con la estructura de la narración.

También en consonancia con su tema medular, este segundo tomo de ficción breve de Garro tiene una prosa virada hacia tonalidades más oscuras que La semana de colores, y en las que el humor y la ironía son escasos. Algunos ejemplos están en el primer texto, “El niño perdido”. El narrador, un chico que ha huido de los maltratos en su casa, da fácilmente con las inconsistencias y los absurdos de la vida en torno suyo, como cuando afirma: “La vida es injusta hasta en los Diez Mandamientos. Yo siempre honré a mis padres, quiero decir, que aguanté sus palizas y sus borracheras”.

Antes que el color y el juego, en Andamos huyendo Lola predomina un registro de lo opresivo y lo pesadillesco, con frases más compactas y hasta estrictas en el tesón con que se delata la debilitada armazón emocional de las protagonistas. El tono exacerba la representación, a ratos maniquea, de víctimas enfrentadas a fuerzas superiores que nunca (y no es casual) se definen con claridad, como una forma de poner énfasis en su identidad con un sistema global establecido de poderes incontestables, ante los que, así sea en la perseverancia de la inmovilidad, las protagonistas nunca se rinden. “¡Sí, mocoso, nos sublevamos! ¿Y cómo se vive mejor que sublevado?”, dice una mujer amiga de Lelinca en una página inicial del libro.

En “Invitación al campo”, el primer cuento de El accidente (1997), Garro presenta el desconfiado encuentro entre una mujer intelectual y un poderoso político. Este invita a aquella a un paseo en su automóvil, durante el cual ha de revisar pleitos de tierras entre grupos de ejidatarios y un gobernador. Más que enfocarse en la lucha social concreta, lo que Garro desentraña es el tenebroso vínculo del poder con el tiempo. En unas páginas de catadura realista, el ministro da una explicación insólita, decididamente fabulosa: “el tiempo son imágenes, que se proyectan en espacios sucesivos, como un juego de espejos… El todo está en colocarse en el ángulo favorable”. Lo que llamamos presente, pasado y futuro son bajo esa mirada estaciones simultáneas que los seres humanos equivocadamente aprehendemos en secuencia, separadas una de otra. El hombre se hace del poder gracias a la facultad de ver por adelantado los hechos, es decir, al descifrar el futuro en el mismo rubro del ayer, y actuar en su beneficio a partir de ese conocimiento. Así lo explica el peculiar narrador de “La primera vez que me vi…” en Andamos huyendo Lola: “no hay tiempos mejores ni peores, todos los tiempos son el mismo tiempo aunque las apariencias nos traten de engañar con su espejeo”.

Señala Fabienne Bradu, en su libro Señas particulares: escritora, cómo el tema del poder ejerció en Garro “una fascinación y una repulsión simultáneas, que sus creaciones ordenan en una suerte de venganza simbólica”. Al recuperar la voz e historia de las víctimas, la escritora habría dado a sus obras el cometido de fungir como “una suerte de compensación o de corrección de una realidad, muchas veces la del poder, que no acaba nunca de aceptar y que repudia a través de o gracias a sus ficciones”. Si la víctima es el personaje principal de los relatos de Andamos huyendo Lola, el victimario es la ausencia más ominosa: los relatos nunca aclaran los perfiles de esos enemigos que según Lelinca y Lucía se esmeran por cerrarles los caminos y hundirlas en la miseria. Ante un mundo de tan kafkiano espesor, solo se puede ver “el final de la desdicha”, esa esperada liberación de deudas y hambres, con el recurso de una imaginación que se subleve no solo contra los huidizos agentes del poder que vuelven la emigración una experiencia intolerable sino contra las formas elementales que sustentan la realidad misma.

En “La corona de Fredegunda”, uno de los cuentos más notables de Andamos huyendo Lola, la insolvente Lelinca se relaciona con Diego, un hombre vestido de color amarillo huevo de locuaz inclinación por la historia medieval y quien, aun vistiendo pobremente, es capaz de traer consigo joyas antiguas de un altísimo valor. ¿Viven acaso una y otro en la misma época? ¿Es posible que un emisario del ayer invada y corrija las bajezas que dominan en la actualidad? ¿Eso que llamamos presente es de veras solo una de las moradas del tiempo en que se puede ensayar la vida? Diego se revela poseedor de otra forma de poder, una fuerza propia de muchos siglos antes y que, en este nuevo contexto, lo vuelve el subversivo operador de un desagravio. Madre e hija se salvan de las circunstancias en que deben dinero a sus arrendadores porque alguien de una era lejana –ya que nadie de entre quienes las rodean en ese insensible siglo XX– considera la existencia de ambas merecedora de respeto y solidaridad.

Y más aun: la huida de Lelinca y Lucía se da gracias a que la fantasía se manifiesta como un poder tan definitivo que es capaz de adentrarse en la percepción, en los sentidos, con la contundencia y certeza que asociamos únicamente con la realidad: lo imaginado ocurre finalmente. No se trata de una evasión vicaria; no es un empeño carente de repercusiones. Como en “Las cuatro moscas” o “Una mujer sin cocina”, dos relatos de Andamos huyendo Lola con los que “La corona de Fredegunda” comparte claras afinidades, esta subversión de los tiempos se da no solo en la vaguedad de lo deseado o lo elucubrado sino desde la sensibilidad. No hay la intención de cuestionar la miseria desde un programa explícito de reivindicación social. La intuición de Garro la lleva a dejar a un lado lo racional en sus personajes: si el hambre se siente en las vísceras y atrofia la inteligencia, Garro parte de esas mismas premisas y así exhibe la fantasía como una sensibilidad con ribetes quiméricos que podríamos asociar con los estados alterados de la conciencia, una esfera de vivencias análoga al sueño, la alucinación, la ebriedad o el escapismo de los juegos infantiles, a la que los personajes asignan efectos consistentes y perdurables.

Visto a la distancia, Andamos huyendo Lula es un duro veredicto de las sociedades modernas, espoleadas por la lógica de explotación económica y que difunden como naturales las conductas de la indiferencia y el rechazo hacia quienes malviven, humillados y ofendidos, en los desnudos bordes de la miseria a raíz de su forzoso desplazamiento de su lugar de origen. Bajo esta perspectiva, Garro asume una posición política sigilosa en su formulación pero vehemente en sus conclusiones: muestra cómo las secuelas de la pobreza a que da pie la emigración llegan a un extremo tal que las facultades racionales del adulto se ven devastadas, la noción del aquí y el ahora termina volviéndose una estancia insoportable, por lo que los personajes desarrollan formas de la imaginación que los hagan volver a la irrealidad de la infancia. La pregunta que subyace en Garro sería: ¿qué mundo es este en que los migrantes, al verse imposibilitados para mínimamente sobrevivir, pierden su condición de humanos, adultos, racionales?

Por eso, la fuga fantástica que los personajes ansían a lo largo de Andamos huyendo Lola es la de un sueño pesaroso del que al final se habría de trascender hacia una región de la vida en que las víctimas se ven reivindicadas no solo como entes sociales (migrantes, pobres, enfermas) sino como seres humanos conferidos de renovada dignidad.

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